

«Con unas deliciosas reflexiones sobre la vejez y la creación, Otro lunes inicia esta nueva sección con la que pretende compartir su homenaje de recordación y respeto por Gastón Baquero en el décimo aniversario de su muerte.
El texto que presentamos a continuación es un fragmento de las respuestas que el poeta escribiera para una entrevista que, según parece por los testimonios del propio autor e indicios del original, nunca llegó a publicarse.
También hemos querido dar a conocer un texto de Gerardo Diego sobre Baquero, que permaneció inédito en su papelería hasta que apareció en el número 20 (1999) de la Revista Atlántica. Por el interés que puede tener para el lector el punto de vista del poeta español sobre el cubano es que revisitamos dicho artículo.»
No tengo un recuerdo exacto de cuando inicié la actividad literaria propiamente dicha. De una manera espontánea, sin propósito literario, según creo, escribí en 1937 un breve comentario titulado "Unamuno y el mar", para encomiar el efecto de renovación o renacimiento que hizo el mar en uno de "los dioses" de mi juventud. Había pasado casi insensiblemente de Alejandro Dumas a lecturas más serias, por la pasión de leer, con la cual se nace, según creo.
Recuerdo que ya en ese comentario de "Unamuno y el mar" asomaba mi inevitable pedantería, que conservo cuidadosamente, porque citaba un verso de Platón "lava el mar las dolencias de los hombres". Las citas o alusiones literarias son en mí inevitables, porque me brotan como un sudor de la memoria. Según pienso ahora, se trata de un acto de honradez, para no quedarme con lo ajeno, aunque en literatura todo, o casi todo, es ajeno siempre. Pero también puede tratarse de exhibicionismo infantil de erudición, para darme importancia.
Recuerdo además que en ese comentario de Unamuno elogiaba con entusiasmo el hecho de que él dijera: "al frisar los sesenta, mi otro sino,/ el que dejé al dejar mi natal villa/ brota del fondo el ensueño y brilla/ un nuevo porvenir en mi camino". A mí, aquello de renacer, de no morir, de vencer la vejez y la decadencia física con la imaginación y la poesía, me pareció aleccionador y hasta maravilloso. Tanto, que esa idea se encuentra, me parece, en todo lo que escribo. No tengo lo que se llama "miedo a la muerte", sino rechazo y temor a convertirme, por la vejez o por la enfermedad, en alguien que ya no está lúcido, conscientemente sumergido en el Cosmos, con interés de conocerlo. La edad nos va reduciendo el ángulo de visión sobre el mundo, y de una manera humillante nos va convirtiendo en "un loco que se mira en un espejo", que es mi definición del viejo. No hay nada más horrible que un Narciso con arrugas en la cara y en el cerebro. Mi temor es irme dejando colocar de espaldas al universo, y reducir el fabuloso escenario que se nos ofrece con el vivir, a una minúscula y torpe autobiografía constante. El narcisismo de los viejos es, quizás, una imposición de la naturaleza, de la fisiología, pero intelectualmente es lo más detestable (y lo más frecuente) que quepa imaginar.
De aquí viene mi rechazo a las preguntas de tipo personal en una entrevista que se supone centrará su interés en lo literario. Hablar de uno mismo es una prueba de mala educación, y una falta de respeto a las estrellas. Todas las vidas humanas son, más o menos, iguales, monótonas y llenas de servidumbres ajenas a la inteligencia. Lo que importa, o debe importar, es la creación, el esfuerzo artístico, la búsqueda de una clave o llave para abrir las puertas del Misterio, de lo Extraño. Valery enseñó que a las dimensiones conocidas hay que añadir una cuarta dimensión: lo Extraño.
Nunca he pensado en mi "evolución creadora". Supongo que existe, que se ha producido, como se produce el desarrollo físico de la niñez a la vetustez. Puesto a pensar en esto, creo, como todo fatalista, que en realidad escribimos siempre el mismo poema, con ropaje más o menos distinto. Lo que de Vivaldi dijo Stravinsky, que no había escrito seiscientos conciertos, sino seiscientas veces el mismo concierto, es aplicable a todo y a todo el mundo, porque siempre llevamos encima nuestra biografía completa, y no podemos, jamás, salirnos de ella. "Nadie puede saltar fuera de su sombra". Hay matices de complacencia o regodeo en el yo (esto es lo que hace insoportables a los románticos), y se da, en los que llamo genios, la gran batalla creadora, la lucha contra la imposición del yo y de la biografía sobre las ideas y sobre la estética. Por eso es Goethe un clásico, no un romántico. Goethe, como Bach, como Mozart, como Haydn, no llora sus penas meramente humanas y corrientes. Goethe no es un hombre vulgar.
Volviendo a la idea de evolución, que prefiero llamar "proceso de aprendizaje del oficio y perfeccionamiento ", o de "búsqueda de perfeccionar, de mejorar", no puedo juzgar. No sé si los poemas del año tal son mejores o peores que los del año pascual. ¿Cuándo es un poema mejor que otro? ¿Mejor en qué y para qué? Eso de "el mejor" es cuestión de gustos personales. Hablando otra vez de mí, digo que conozco personas que consideran "Discurso de la rosa en Villalba" lo mejor que he escrito, y también conozco personas —que tan tonto juicio lo aplican a "Saul sobre su espada" o a "Octubre".
En esto de la evolución yo me encuentro, desde hace tiempo, demasiado estancado en lo mismo, en la repetición de una fórmula. Parece inevitable que lleguemos a un momento en el que ya no asimilamos nada nuevo, no aprendemos nada, y nos volvemos repetitivos y monótonos. Es por eso por lo que leer por largo tiempo un libro de poesía, sea de quien sea, acaba por aburrir y hasta por irritar. ¿Quién "aguanta" dos horas de lectura de Whitman, o media hora de Jorge Guillén, o tres horas de Rilke?,
Escribo poco, y publico menos, porque hace tiempo que me siento atrapado, encarcelado por el oficio del señor Baquero. En cincuenta o más años de poesía, no he evolucionado nada. Esto me enfurece, y hago culpable a mi ineptitud natural, a mi incultura, o a la falta de imaginación, de esta repetición tan molesta y tan visible en mis poemas. Se cambia un poco el traje, el adorno, pero el maniquí, el esqueleto, es el mismo. Veo que en el fondo, "Palabras escritas en la arena", etcétera, es el mismo poema que "Memorial de un testigo" o que "Manuela Saenz baila con Garibaldi el rigodón de la despedida". Estoy metido en un agujero, en una prisión, de la que no puedo, o no sé, escapar. Esto lo veo como una humillación de la naturaleza a la inteligencia. Una victoria de la fisiología sobre la estética.
He llegado a pensar (en eso estoy sumergido ahora) que hay una estrecha relación bioquímica, trófica, (no estrófica), entre lo que se ingiere -se incorpora, decía Lezama- y lo que se escribe. Es posible llegar a construir un poema de acuerdo con la cantidad de carbohidratos, o de proteínas y aminoácidos, etc., que se haya incorporado al organismo. Así, si usted se come un plato de alcachofas, le sale un poema distinto al que le saldría con un plato de langostas o de berenjenas. Esto, que produce risa en el primer momento, porque parece una simple broma, una boutade, es mucho más serio de lo que parece, porque en el fondo todo es química, dice Severo Ochoa, y nuestro organismo (incluyendo la mente, por supuesto) no es más que un laboratorio donde las reacciones quedan fuera de nuestro control. No se sueña lo mismo cuando se come carne que cuando se come pescado. Los antiguos descubrieron esto, sin conocer las causas. Moctezuma tomaba grandes jícaras de chocolate cuando se disponía a hacer el amor a gran escala, al por mayor; la ciencia ha descubierto hace poco que en el chocolate hay un ácido que es el mismo producido por el cerebro cuando se tiene alguna excitación o incitación sexual.
Y los romanos descubrieron u observaron la acción del flúor en la dentadura, sin conocer exactamente el flúor, y acostumbraban a enjuagarse la boca por las mañanas con orines de español, porque comprendieron que los ríos de España contenían algún elemento que protegía los dientes: era el flúor.
Hay una alquimia del poema, y quizás hasta de la misma Poesía. Alquimia natural, no cultural. Es muy posible que en mis poemas prevalezca una dosis de azúcares que me los vuelve más sentimentales y dulzones de lo que yo quisiera. A menudo corro el riesgo del ternurismo, y la huella de eso está en mi abuso de los hipocorísticos o diminutivos. A veces llego a lo ñoño y a lo tagoriano, pero ya, a mi edad, me consuelo pensando que no es que yo sea cursi, es que la alimentación que recibí desde niño era enormemente cursi e impropia para el desarrollo de la inteligencia. Mallarmé, estoy seguro, devoraba grandes cantidades de ostras. Verlaine llevaba los bolsillos llenos de cerezas.
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Imagen de portada:
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Lorenzo Mena