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Los escritores y los periodistas escriben para que los lean. El arte necesita de su público. Publicar en Cuba es todo un arte. Además de las editoriales nacionales, en cada provincia existe un Consejo editor. No se necesita de un censor oficial al estilo de las dictaduras latinoamericanas antiguas. El mencionado consejo determina cada año, de acuerdo a los escasos recursos asignados por el gobierno a las instituciones culturales, qué libros serán incluídos en el plan editorial, que casi nunca se cumple por una razón u otra. De entrada o de calle, como decimos los cubanos, a ese plan no entra nada que contradiga la dichosa frase que, como hemos visto, puede tener una acepción tan amplia como más o menos amplia sea la miopía política o cultural del funcionario de turno. Ahí entran a jugar muchos factores ajenos a la propia creación artística, como puede ser que haya un solo cupo de edición, usted haya presentado una obra con cierta influencia equina a lo Lord Byron y otro aspirante haya llegado con un laudatorio poemario dedicado a la revolución de 1959: si las calidades —técnicamente hablando— son más o menos similares, la obra de usted será derivada para el plan del año próximo y así sucesivamente. En mi ciudad natal, por ejemplo, se edita cada cierto número de años, una antología denominada Poetas en Matanzas: aunque va por su sexta versión, conozco muchos poetas cuyos textos jamás han sido recogidos allí y no por falta de calidad literaria: simplemente no existen, su poesía es un hueco negro en el espacio.
La presión de los organismos represivos sobre los intelectuales es también un factor determinante. Los órganos del Ministerio del Interior tienen oficiales específicamente dedicados a lidiar con los intelectuales y a supervisar la labor y actitud de aquellos para con el régimen. En algún momento de mi vida escribí ciertos versos que hablaban de discursos vacíos, simulaciones constantes y otras cuestiones potencialmente peligrosas, los envié a una revista en el extranjero: nunca fueron publicados, pero algún tiempo después, recibí una citación para presentarme en el Departamento de Seguridad del estado. Al entrar al recinto, como aplicación práctica de los versos del Dante a las puertas del infierno, me despojaron de mi cinturón (quizás creyeron que, poeta al fin, podría suicidarme) y del documento de identidad (sin ese carné simplemente no existes). Allí, en el confesionario, ante el nuevo sacerdote con grados de teniente, me acordé de Joseph Brodsky…Me preguntó: ¿Eres miembro de la UNEAC? No… ¿Perteneces a la Asociación Hermanos Saíz? No… Entonces, ¿quién te autorizó a escribir? No tuve otra alternativa que, literalmente temblando de pies a cabezas y copiando a Brodsky, responderle: Nadie, como tampoco nadie me autorizó a respirar o caminar… Terminó, luego de una larga plática plagada de amenazas veladas, pero en apariencia amigable, aconsejándome que no escribiera más versos a determinados caudillos. Otras veces la represión es más directa, como en la misma Matanzas del año 1998, cuando los participantes en un evento literario, entre ellos los poetas Teresa Melo, León Estrada, Juan L. Hernández Milián y Carilda Oliver Labra, fueron reprimidos por la policía secreta. Así lo describe, años después, un conocido historiador matancero:
La operación (se refiere al operativo policial preparado de antemano) resultó un desastre. Los encargados de dirigirla en la práctica malinterpretaron sus facultades y concluyeron propiciando un incidente abiertamente represivo. Hubo coacción, violencia y maltrato físico, además de todo un prefabricado montaje escenográfico donde no faltó la inmediata presencia de gente de pueblo en el lugar de los hechos, el mitin de repudio dirigido a los escritores "contrarrevolucionarios" y la postura de algunos intelectuales que aprobaron la actuación de las autoridades militares.3
Por si alguien creyera que esto es historia pasada, le recordamos que los ministros de Cultura y del Interior son los mismos que entonces, y que aunque algunos mandos inferiores fueron sancionados —esencialmente por hacer mal las cosas, no por violar los derechos de los artistas, nótese en el tono del texto citado—, la estructura cultural, política y represiva sigue siendo la misma.
El mensaje pues, es simple, pero claro: dentro de la Revolución interminable todo: alguna que otra publicación, la posibilidad de viajar al extranjero y compartir con escritores que generalmente se quejan de sus malos gobiernos, el reconocimiento de la comunidad... y la paz y tranquilidad necesarias para escribir. Contra la revolución, o tan sólo al margen de ella: presiones, represalias o, en el mejor de los casos, la no existencia.
Entre estos extremos, acorralada por los perros que ladran, por los defensores de la fe que traicionan la esperanza de un pueblo desesperanzado y por la endeblez ética de profesionales e intelectuales que yerran el camino, se mueve la Cuba de hoy, como carro de hojas marchitas —no verdes— que marcha lenta, pero inexorablemente, a su cita con el destino, ahora o en algunos años más, en medio de una lamentable ausencia de coraje intelectual, del equilibrio justo y necesario tan ajeno a los cubanos, como nos reprochara el dominicano insigne, Máximo Gómez. Pobre Cuba, cuando llegue tu hora, en medio de una transición pacífica —cada vez más inalcanzable— o de una conmoción social que puede devenir sangrienta, ¿dónde estarán los intelectuales cubanos en primer término, y dónde los poetas? ¿Qué versos escribirán entonces los poetas matanceros?
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Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena