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Tercero. La denuncia de la hipocresía y la explotación en las sociedades democráticas europeas, realizada por el Mayo del 68, ha cuajado en nuevos movimientos políticos como los ecologistas o los de liberación de la mujer y de los homosexuales, pero también ha permitido una lectura paranóica de la realidad que ha conducido a la pervivencia de grupos terroristas, como ETA o las Brigadas Rojas italianas, que llevan reforzando con su actuación a los poderes más negros y represivos del Estado desde los años 70.
¿Y en los dominios estrictamente culturales? Literariamente hablando, queda bien poco del 68.
La poesía combativa de los cantautores sobrevive, a pesar del paréntesis conformista de los años 80, aunque ya no goza de la pujanza de antaño.
La psicodelia literaria y musical ha quedado en el recuerdo y en el anecdotario clínico de la cultura.
El experimentalismo formal que se dio, paralelamente al Mayo, en el terreno de la novela con el Nouveau Roman hace ya tiempo que dejó de aburrirnos porque, sabiamente, dejamos de leerlo. La idea de que un texto es mejor cuanto más oscuro (no por profundo sino por difícil de entender) ha quedado en mera boutade.
Hoy la novela, como precursoramente apuntara Gabriel García Márquez con Cien años de soledad, que se publicó en España precisamente en 1968, retorna a su principal propósito que, como señalaba Wilkie Collins en su prólogo a La dama de blanco, no es otro que "narrar una historia". Las vanguardias literarias, cuya poética inspiró en cierto modo a los jóvenes del 68, han jugado su papel experimental, desbrozando caminos formales del lenguaje, pero siempre con el riesgo (y a veces más que el riesgo) de caer en el mero formalismo. Por seguir con el símil militar, si las vanguardias despejan el terreno y proporcionan información, los cuerpos de ejército son los que ganan las guerras. Y estoy convencido de que la guerra para devolver a la literatura su dignidad perdida en esta era audiovisual, como señalaba en una entrevista el escritor español Julio Llamazares, sólo puede ganarla una literatura narrativa capaz de incorporar las novedades formales de las vanguardias pero reconciliada críticamente con su tradición.
Vuelvo a repasar mis recuerdos de aquellos años 60 que en mi memoria infantil no son sino un solo y sobresaltado año. Y me pregunto qué queda de todo ello.
No hay misiles en Cuba y la guerra fría ha terminado, pero la isla sigue suspendida entre la amenaza y el sueño, pendiente de una revolución que no ha sido capaz de salir del estado de excepción y todavía en el punto de mira de los Estados Unidos como recuerdo de que, desaparecido en sus aguas el imperio español hace ahora un siglo y esfumado el imperio soviético que sostenía económicamente al régimen cubano, en el mundo sigue habiendo un imperio, como señalaba recientemente el escritor norteamericano Gore Vidal: el imperio de los Estados Unidos de América. Y, por lo tanto, una mentalidad imperial.
Ya no pasean tanques rusos por Praga. De hecho, ni siquiera existe ya un país que se llame Checoeslovaquia. Pero con la desaparición del sueño hecho pesadilla de los llamados países del Este, parece haber desaparecido también toda esperanza de alcanzar una auténtica justicia social.
Ahora Estados Unidos y Vietnam mantienen cordiales relaciones diplomáticas, pero en Irak se ha reproducido el horror en una versión aún más temible pues al choque de ideologías racionalistas le ha sucedido el de la violencia por intereses de mercado o religiosos, que a estas alturas del milenio son ya, ambos, sinónimos de irracionalidad.
La muerte del presidente Kennedy se ha convertido en éxito de cine y sus pertenencias en objeto de subasta, pero hoy sabemos que la trama que condujo a su asesinato fue una de las primeras manifestaciones de una corrupción del Estado democrático que ha dejado recientes y dolorosos ejemplos no sólo en Estados Unidos sino en todo Occidente.
La elevación del Che Guevara a los altares laicos y no tan laicos (hasta el papa Juan Pablo II llegó a elogiarle) ha convertido su figura en referente ético para los pueblos más oprimidos, como ha sucedido en Chiapas y más recientemente en Bolivia o Venezuela, pero ha sido invocada también en Europa para sustentar una mitología guerrillera con que encubrir nuevas formas de fascismo como el del terrorismo de ETA y del entorno político que le sirve de indispensable apoyo.
Y, por fin, tras largos años de olvido, ahora dicen que la vieja Luna, cuya piel en blanco y negro guarda todavía la huella del primer hombre que llegó a pisarla, puede revelar su secreto mejor guardado: el agua que atesora, congelada, según afirman los científicos, en algunos de sus cráteres. Quizá otra quimera más de las muchas con que la imaginación humana adorna a su satélite desde que Luciano de Samosata imaginó el primer viaje a la Luna.
¿Y en España? Aquí el cuento de un mayo del 68 español contra el franquismo ha tenido una vida tan corta como utilitaria. Sirvió para justificar algunas biografías políticas carentes de lustre, rescató del olvido las pocas movilizaciones estudiantiles que, pese a la represión de la dictadura, trataron modesta y vanamente de imitar a las francesas. Y al final, como dijo el clásico, no quedó sino polvo, nada. Una leyenda con más de ficción que de realidad.
Es un balance agridulce, desde luego. El mundo de mañana, como ha sucedido siempre, está aún por inventar, y es importante limpiarse los ojos de las telarañas de mitos y leyendas para poder ser conscientes de cuál es la calidad de los materiales con que hemos de intentar edificarlo, y de cuáles son los riesgos que semejante tarea entraña.
De todos esos materiales (ideas, experiencias, errores, atrocidades), quizá el más útil, el más precioso, que es también parte de la herencia del 68, sea esa cultura del malestar, esa conciencia de la injusticia, que en muchos de nosotros es el precipitado de los sueños de aquellos años. Una cultura que tiene sus riesgos: es muy fácil caer en el tremendismo cerrando los ojos a los avances que poco a poco se producen; o dejarse llevar por la paranoia antipoder y acabar calificando de fascismo a todo aquello que nos disgusta; o simplemente hundirse en la amargura. Claro que siempre será mejor que andar por la vida con ese gesto de pánfilo satisfecho, de nuevo Cándido, con que van los que afirman, ciegos al sufrimiento de los otros, que vivimos en el menos malo de los mundos posibles.
Emilio Zola, de cuya lucha por la verdad en el caso Dreyfus se han cumplido ya más cien años, decía al contemplar las injusticias del mundo: "Hay que vivir indignado". Suscribo.
Otra frase resume quizá mejor ese mandato moral que nos ha legado el Mayo del 68: " Me repugna ser más feliz a costa de un procedimiento que aborrezco". Sólo que no se escribió en una de las paredes de La Sorbona sino en las páginas de un libro publicado en Lovaina en el año 1516. Su autor se llamaba Thomas More y su título era: La mejor forma de comunidad política y la nueva isla de Utopía.
Y es que, al fin de cuentas, llevamos cinco siglos a vueltas con los mismos sueños insatisfechos.
Por
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Imagen de portada:
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Lorenzo Mena