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El refinamiento de los métodos coercitivos, disminuye el costo de represalia individual contra los creadores. Condonar ideológicamente la obra y condenar o atar políticamente al autor en las redes de un discurso institucional que reconoce públicamente que no existe arte contrarrevolucionario, sino un intelectual comprometido con la cultura, despersonaliza la creación artística y personaliza la acción política. La Cultura convertida en "escudo y arma de la nación" desplaza del discurso oficial la intolerancia ante el espíritu crítico del arte, por la comunión con un grupo (reducido a un ghetto) que, protegido por los mecanismos institucionales de reclutamiento, dona su poder simbólico socialmente percibido como movimiento de resistencia, por la complacencia estética. La pérdida de referencia para otros sectores de la postura contestataria del artista frente a la institución suma las ventajas de una dominación sin la cara visible del látigo socialmente proyectado como represión.
El aparente deslinde entre producción artística y participación pública (menos eufemísticamente, Institucional) de los creadores de dicha producción, se reconoce como una fisura al discurso totalitario de "todo o nada". La libertad de producción artística e intelectual dentro del País para abordar la realidad cubana es tan prolífera como descarnada e incluso premiada y hasta difundida. Para no desmentir este "nobleempeño", están para contar los Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano, Las ferias del Libro, los conciertos en Teatros de trovadores nuevos y novísimos, Festivales Aquelarre del humor y demás espectáculos muy masivos o muy selectivos que no se suspenden o se cierran como otrora por "problemas ideológicos". En caso extremo, y ya muy poco usual aunque no inaudito, de suspensión o clausura, son por causas técnicas, estéticas… La aceptación de este nuevo viraje no es muda, es servil, no es silencio ante el temor, es sin voz ante la inexistencia de un referente en outside de la patética barricada donde se guarecen las críticas de los males que corroen a la sociedad.
Lo que parecía una estocada a favor de las libertades artísticas, se convirtió en una escaramuza, hundiendo con su propia lanza, las posibilidades de identificar en el arte una ideología que se alzara como palabra colectiva.
La precariedad que asola a la sociedad cubana en la década del 90, clamaba un caudal ideológico catalizador para afianzar el espíritu y la acción de múltiples sectores. Las principales fuentes de producción ideológica que pudieran catapultar los murmullos disonantes, articulando un discurso opuesto al oficial en el escenario cubano son la Religión, el Arte y los grupos de oposición política. Mientras en los valores religiosos y artísticos se pueden sublimar la idolatría al mito que encarna los valores revolucionarios, la otra postura es irreconciliablemente opuesta. Su alcance para proyectar la acción (ni aún en los momentos de mayor desequilibrio del sistema) es permisible. En el juego a la tolerancia discursiva a esta postura política frontal le va la sobrevivencia a la Revolución. Por eso, fundamentalmente, la capacidad ideológica de la disidencia para mover en su espíritu al país no está asumida en el significante social del cubano como proyección viable.
Descartada en el inconsciente colectivo la visión abiertamente disidente para dar respuestas inmediatas, existen en la palestra pública dos referentes ideológicos, cuyos valores trascienden la esencia totalitaria presuntuosa de absoluto de la Revolución porque devienen en una alteridad que solo se expresa en lo divino y en la estética como símbolo de lo absoluto.
Cuando las estructuras que sostenían la política de la Revolución cubana parecían colapsar, la responsabilidad social de los intelectuales y artistas cubanos desenfocó y bifurcó el punto de mira para provocar a la acción colectiva. La represión brutal a que estuvo sometida su estigmatización ideológica durante las décadas anteriores, minó justificadamente la capacidad de resistencia individual y de estructuración colectiva al interior de la sociedad y aguzó la de sobrevivencia, provocando el consecutivo éxodo de gran parte de estos o la mancomunidad. El pensamiento y la creación artística dentro del País en ese período, estuvo enfrascada en consolidar una alianza substanciosa con la cultura desde la institución que le permitía cruzar el límite pacíficamente. Conformándose con describir el espíritu de la nación, sortearon la escabrosa proyección ética (por el alto costo que implica cruzar el límite desde aquí) para asumir ser cómplices desde su torre de marfil de una política que como marionetas les asigna el rol principal, el de "papeles secundarios", los ubica de extras o entre bambalinas para sustituir la escenografía mientras otros dominan el escenario.
Deslumbrados, crédulos o agotados, volcaron el horror de una sociedad desmembrada por doquier en las cimbreantes maneras de recrear estéticamente el pensamiento y la creación. El pensamiento y la creación artística cubana fuera de Cuba pero sobre Cuba presuponen una postura de disidencia que por su dimensión política hace sospechosamente peligroso su discurso; sobre todo porque el límite no se cruza desde la estética aunque se recrea en ella, sino desde una ética que veta públicamente el discurso oficial legitimado en Cuba. La socialización de su producción dentro del País es institucionalmente inexistente aunque la política reconozca que no existe exclusión para la producción de la cultura cubana. Esta producción no existe pragmáticamente para el cubano común, a pesar de describir su cotidianeidad porque no tienen formas de visualizarlas.
El contenido de la creación intelectual y artística es huero para el pensamiento común del pueblo cubano cuando se debate en la subsistencia de su extenuante realidad.
Ni el arte ni los grupos de oposición política pueden expresar refugio ni consuelo para el desaliento y la desidia moral que depaupera aceleradamente a la sociedad cubana. El primero, demasiado radical y con ninguna posibilidad de reconocimiento en espacios públicos; el segundo, utiliza los espacios públicos para reafirmar una postura de defensa al sistema aunque su producción (con menos alcance social) enuncie su crisis. Mientras, los signos vitales de la nación penden de los batacazos de un sistema que solo ofrece como garantía, el congelamiento de sus inoperantes estructuras económicas y el desesperado intento político de un simulacro de aperturas cívicas que permite la entrada en escena de las instituciones religiosas, como paliativo a la asfixia masiva. La Religión (católica, protestante y afro) protagoniza el exorcismo popular con el cántico bíblico de "Ánimo pueblo mío". El aliento esperanzador para el espíritu de la nación aparece depositado, como fenómeno colectivo, en la fe a sus respectivos rituales que invocan el cambio, a modo de una predisposición de actitud personal, para satisfacer una conducta religiosa que permita al cuerpo soportar la pesada cruz sin que desfallezca el alma. La Religión se convirtió en el espacio ético para contrapuntear el desolador y decadente espectro que vislumbran todos los órdenes de la sociedad cubana en la década del 90, e instó a una acción social de prudencia, sin exaltación de otros ánimos que no fueran la catarsis animista de sus elucubraciones mítica rituales.
Por no arriesgar el recién reencuentro con sus devotos, provocando la furia represiva de antaño contra cualquier expresión religiosa, el sistema que componen las principales estructuras religiosas en Cuba, prefirió abocar el sentir de la nación hacia el interior de sus instituciones insólitamente abarrotadas y desechó el protagonismo extramuros.
Cuando los amigos y enemigos se persignaban esperando el lógico desenlace de la caída total del imperio simbólico más poderoso del siglo XX, el último reducto atrincherado en Cuba tenía asegurada su entrada triunfal en el nuevo milenio. Sin ningún recurso ideológico que respaldara un discurso político de oposición pública al sistema, el tangible descontento y desorden social no transitó más allá de una revuelta popular.
El balserazo, la violencia callejera contra órganos represivos y los rumores abiertamente inconformes, fueron señales manifiestas de su vulnerabilidad y las únicas alternativas masivas viables de la sociedad para proyectarse.
Mientras el pueblo (que antes y después respalda las marchas combatientes y las tribunas abiertas) recurre a la salida desesperada y a la protesta, en una batalla contra la mar y una reyerta contra el mal, al precio de sus vidas y de la represión, no se organiza contra el sistema ninguna fuerza opositora interna (fuera de los grupos disidentes) para provocar el ansiado o temido pero necesario cambio al margen de las estructuras económicas, políticas y sociales que soportan el poder ideológico que garantizan la perdurabilidad de la Revolución. A más de una década de su mayor crisis, ante los ojos atónitos de los que confían en la posibilidad de una apertura (mesurada o radical) al cambio desde el sistema y contra los augurios derechistas, divinos y hasta izquierdistas, la Revolución Cubana continuó su sendero trillado de intolerancia, represión y falta de alternativas a la cada vez más asfixiante realidad cubana.
Sin soluciones alternativas, la década del 2000 se inicia favorecida por el desembarazo económico que propicia primero la entrada fundamentalmente del turismo internacional.
La relativa solvencia que crea en determinados grupos (jineteros, trabajadores estatales del sector, arrendatarios particulares de casas de alquileres y otros servicios y oportunidades vinculados directamente con el turista) son las mayores libertades robadas al sistema por una minoría que sortea el embalse del control absoluto para tratar de burlar el cerco que ejerce la precaria subsistencia de la mayoría.
El "mal necesario" que representa para el estandarte igualitario el fomento de la nueva industria cubana, muy pronto sería compensado por un ignorado y oportuno bálsamo redentor, insuflando un segundo respiro. La oleada populista que protagoniza América Latina con Chávez a la cabeza, dispone la seguridad de arremeter contra "el pecado original "del mercado"por cuenta propia" que se expande como plaga contaminante de iniciativas individuales, sugerida por la espontánea movilidad social afiliada al turismo como fetiche. Las estructuras estatales salpicadas del Oro Negro venezolano y bordadas de proyectos solidarios, tejen la "reanimación" económica hilando el control absoluto de la movilidad social, como otrora en sus surrealistas y manipuladores sueños de institucionalización totalitaria que tan bien le equiparó el modelo soviético.
Anonadados los recursos ideológicos simbólicos que radicalizaran discursos políticos dentro del País y exorcizados los intersticios económicos aleatorios de una minoría in crescendo en el imaginario colectivo, para una nación que como sociedad ha perdido el credo que ha llevado de cabezas a todos a un régimen que ha puesto de rodillas a tantos, las actuales garantías al cambio y a las libertades no es siquiera un eufemismo peligroso para el discurso y el mecanismo oficial, porque masivamente sus referentes de cambios y libertades son a lo sumo, una proyección difusa en el "más allá" de cualquier otra orilla. Lo inalcanzable que parece su efecto en el "más acá" de esta orilla hace insólita una reacción que anime colectivamente a sacudirse del truco ya sin magia pero con efecto soporífero que lo subyuga.
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Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena