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Depende lo que se llame «suerte feliz». Si «suerte feliz» se llama a que te echen del Caimán barbudo, cuando comenzabas a aprender a hacerlo; que cierren tu centro de trabajo y lo destruyan, como pasó con el Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana; que censuren tu novela y ese acto de censura te genere un bloqueo que te tenga doce años sin escribir; que en el aeropuerto de Rancho Boyeros, a un amigo luxemburgués, le secuestren el manuscrito de Las palabras perdidas; ¿a eso le llaman «suerte feliz»?
Luego, el exilio comenzó en Alemania en 1992. Un año antes había obtenido una beca de la Oficina Alemana para las Relaciones con el Extranjero (DAAP), y a raíz de la carta de Hart, justo cuando la beca terminaba, decido exilarme. Nací en 1941 y en ese momento tenía cincuenta años; dos hijos, a los que se sumó un tercero, también cubano, que adopté en Berlín; una mujer; sabía muy poco alemán; y por supuesto, no tenía trabajo. Pero francamente, la suerte, si por suerte entendemos destino, ha cambiado.
Lo que media entre aquella primavera de 1992 y este otoño de 2001, abarca la publicación de Las palabras perdidas; la publicación y por tanto la escritura de La piel y la máscara, de Dime algo sobre Cuba, de Siberiana; y la escritura y publicación en enero del próximo año de la novela Las cuatro fugas de Manuel. Y trabajo, mucho trabajo de subsistencia en muy diferentes terrenos. Mucha inseguridad, muchas ansiedades también.
Ni en Cuba ni en el exilio me han regalado nada. Tampoco he parado de trabajar.
Lo que le debe cualquier ser humano a la vida que le tocó vivir, pero no creo que tenga ninguna deuda especial. Creo que vivir es muy duro, para todo el mundo y en todas las épocas. Y a mí me tocó ésa. No me pesa haber nacido en Cuba, lo considero una suerte. Pero deberle a la Revolución Cubana, absolutamente nada.
La Revolución misma nada. Ahí la respuesta la dio Antonio Machado: "Y al cabo, nada os debo; debéisme cuando he escrito./ A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito,/el pan que me alimenta y el lecho en donde yago".
La división entre nación y exilio, en la que tanto hincapié hace el castrismo, es una división falsa. La división verdadera es entre dictadura y nación. Y hay una parte de la nación que está afuera. Y Encuentro nace con el objetivo de examinar libremente nuestra sociedad, de propiciar el encuentro de aquellos que viven en la Isla y quienes no vivimos en ella, sin pasar por las horcas caudinas impuestas por el gobierno cubano.
Encuentro en la red responde a semejantes motivaciones, aunque respetando las diferencias que hay entre periodismo y una visión más reposada como la que ofrece la revista Encuentro de la cultura cubana.
El hombre sin información está ciego. Y una de las primeras cosas que hizo el castrismo fue aniquilar la libertad de expresión y la de prensa. Nosotros pretendemos contribuir a la restitución de esas libertades.
Hay una famosa anécdota española, que cuenta que un joven le hizo una pregunta al dictador Francisco Franco y éste le respondió: "haga como yo, joven, no se meta en política".
Pienso que esa es la respuesta de todos los dictadores para preservar la política y el ejercicio del poder como cotos cerrados. Pero esa es una posición ridícula. No hay publicación importante en la historia de Cuba, en la historia del universo al que Cuba pertenece, que no haya considerado la política como uno de los quehaceres sociales sobre los que vale la pena reflexionar. Y ofrezco nombres como Bimestre cubano, Patria o Avance. Quizás la excepción sea Orígenes, que se encerró en el mundo de la poesía, pero como se sabe, la excepción confirma la regla.
En el universo de la lengua, tenemos en el siglo XX una tradición creada por la Revista de occidente, de Ortega y Gasset. Tradición que continuaron publicaciones como Sur, Vuelta, y que en la actualidad sostienen otras como Letras libres, Clave o Madrid.
Y esa acusación de que Encuentro no sólo se ocupe de cultura, sino también de política, es tan ridícula, tan de asfixia y campanario, que prácticamente no vale la pena refutarla. Vale la pena, eso sí, aclarar que Encuentro se ocupa de política, no de propaganda, ni siquiera de propaganda anticastrista. Nos ocupamos de política en la medida que existen ensayos, textos, a los que siempre les exigimos un aporte al conocimiento de la situación cubana. No una repetición de consignas ya sabidas. Nos ocupamos de política como una esfera del saber.
Hay una tendencia en esa dirección. Cuba vende y las razones que provocan ese fenómeno serían largas de explicar. Pero considero que aquellos escritores que permanecen en la Isla tienen un plus de cara al mercado, y esto no es una caracterización de la literatura que se escribe hoy en Cuba. Opino que existen extraordinarios escritores residentes en ella y extraordinarios escritores que no viven en la Isla. Ahora, el hecho de que un autor como Carlos Victoria no haya sido publicado en España, expresa una realidad. Y pienso que a los editores les interesa más que alguien viva adentro, pues esto facilita su inserción en un determinado tipo de mercado. Para un escritor cubano residente en el exilio, en un principio, es más difícil publicar. Después, las historias siempre son individuales.
Para nada. Soy del criterio que cada cual debe correr su suerte sobre la tierra. No creo que vivir en el exilio sea un plus moral. Como tampoco, que vivir en Cuba implique una forma de colaboración con el gobierno. El valor de la literatura es independiente al lugar de residencia del autor. Y éstas son discusiones que se producen entre nosotros, por la anormalidad de nuestra situación, sólo por ella.
Tanto dentro como fuera hay obras buenas y malas. Pero considero que hay un enemigo común para ambas: el mercado. La literatura escrita en Cuba y la del exilio enfrentan obligatoriamente las reglas del mercado. Pues en el mundo occidental se imponen tendencias que sólo juegan con el factor venta, y muchas veces, conllevan a la reiteración de tópicos capaces de satisfacer las expectativas de un mercado que ve en Cuba un elemento exótico de ficción. Y esto puede provocar consecuencias desastrosas para el acto de creación literaria como un fenómeno autónomo.
Hay una gran literatura escrita en Cuba y una gran literatura escrita en el exilio. Pero no siempre hablamos de lo mismo, cuando planteamos esto. Considero que la literatura del exilio ha sufrido mucho la dispersión y el carácter de retención que impone el mercado. A mi juicio, pienso que un autor como Carlos Victoria merecía mucho más que cuanto el mercado le ha dado. Y puedo añadir otros. La novela Boarding home, de Guillermo Rosales, me parece un libro espléndido y hasta ahora sólo ha merecido una pequeña edición en Miami. O la novela Casa de Cuba, de Julio Miranda, apenas recibió una limitada edición en Venezuela. O el libro de memorias Veinte años y cuarenta días preso, de Jorge Valls, que es nuestro Archipiélago Gulag, nuestra memoria del presidio político, y desde el punto de vista literario, una obra extraordinaria; no ha recibido más que una mínima tirada en una editorial casi de tercera. Cuando se habla del éxito de la literatura cubana en el exilio no se está pensando en estas obras, apenas se conocen. Cuando yo hablo de la gran literatura escrita en el exilio, sí estoy pensando en ellas, pues hay que tener cuidado y no confundir éxito y calidad literaria.
Para nada.
No creo que haya respuestas fórmulas para todos los casos. Cada uno es individual. Pero el exilio plantea un problema, el de buscarse la vida, a veces, en condiciones muy duras; sin los apoyos que tuvieron otros exilios latinoamericanos como el chileno o el argentino. Porque, increíblemente, Cuba sigue suscitando una curiosidad paternalista. Y desde luego, el hecho de subsistir, de buscarse la vida cada día es muy duro. Los escritores residentes en Cuba podrán decir, y tienen razón, que hacerlo en la Isla también lo es. Pero cada situación exige de los escritores el máximo de vocación. Y si son escritores, propiamente dicho, van a seguir escribiendo aunque no publiquen. Si no lo son, no los venció el exilio, sino la vida. Y ambas situaciones plantean su dificultad particular. El exilio, al sacarte de tu humus y dejarte sin referentes, plantea más allá de la supervivencia, un problema literario. Hay escritores que lo han resuelto. De una manera, Joyce es un escritor típico del exilio. Nabokov lo es de otra; y no se quedó en Rusia como Joyce en Irlanda, sino que hizo literatura de aquel lugar y en aquella lengua en que vivía, y hablo de Lolita, por supuesto.
Permanecer en la Isla ofrece el riesgo del campanario. Pero hay autores, como Lezama, que lo resolvieron espléndidamente. No considero, entonces, que haya respuestas universales.
No la concibo de una manera concreta. Sólo tengo dos deseos y una convicción. Muerto Castro, Cuba cambiará inevitablemente; ésa es la convicción. El primer deseo, que seamos capaces de cambiar sin sangre, sin violencia. El segundo, que seamos capaces de construir, de empezar a construir otra vez, un Estado de derecho.
Nadie está preparado para lo que no ha hecho, se prepara haciéndolo. Y eso sólo depende de nosotros. No considero que haya una superdeterminación ahí, pero sí un factor en contra muy fuerte. Castro y su política han convertido a Cuba en una gran «villa miseria», y la democracia está muy vinculada a la expansión de las clases medias, eso es cierto. A cambio, tenemos otros factores diferenciales positivos. El futuro es una lucha y debemos trabajar para que la balanza se incline hacia el lado de la paz y de la construcción de un Estado de derecho.
Entre los más jóvenes pienso que sí. La experiencia de Europa del Este indica a ello. En un proceso de construcción democrática, donde no nos planteemos la venganza como objetivo, habrá un espacio de libre concurrencia política, en el cual tendrán cabida incluso aquellos que están hoy en el gobierno. Sólo que este derecho tendrán que ganarlo frente a la población. Esa es la diferencia.
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Imagen de portada:
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