

La "Nota" final con la que José Manuel Fajardo cierra su novela El converso es una verdadera declaración de intenciones y una toma de postura narrativa: "Si en algún momento —escribe— toma el relato visos de verosimilitud, sepa el lector que no es casual porque en eso consiste precisamente la novela: en hacer creíble lo imaginario, en convertir la ficción en una forma de conocimiento".
El converso es una novela de aventuras, un hilo narrativo trepidante, con grandes amores, fábulas de familia, desgracias personales y sucesos sorprendentes, que impone entre los golpes del azar y de la suerte una meditación sobre la Historia y sobre el mundo, sobre nuestro mundo. Los recuerdos de Thomas Bird, un buscavidas de origen inglés nacido en el Caribe, y su peregrina relación con Cristóbal Mendieta, un personaje al que conocerá en tres ocasiones por primera vez, sirven para trazar una imagen de la vida cotidiana y de la política internacional del siglo XVII, a través de una aventura literaria con gotas de tono picaresco, morisco, pirata, cervantino, en la que se navega por los mares del Sur, se sufre cautiverio en las prisiones africanas, se respira el aire turbio de la España imperial y se participa en las luchas entre el Rey Carlos I de Inglaterra y los puritanos, todo ello bajo un vértigo que invita a cambiar de nombre, de patria y de religión según los mandatos de la supervivencia.
La condición humana es un vacío que duda de sí mismo y que sólo puede buscar seguridad en los extremos, en el orgullo de los orígenes y las creencias o en el cinismo descreído y sin patria de la piratería. Pero el argumento dirige su mirada irónica una y otra vez hacia estos extremos para descubrir su hueco, su mentira, ofreciendo la única realidad de la crueldad, del odio, el miedo, la avaricia, las pasiones que invaden el barco herido de la condición humana. Los dos protagonistas, que arrastran un pasado oscuro y buscan la promesa de un futuro imposible, coinciden en la bodega de un navío, el "San Juan de Gaztelugache", luchando contra la ferocidad de las ratas que lo infestan. El lector tardará poco en descubrir que los seres humanos sufren la misma ferocidad que las ratas y que se perseguen entre sí con la excusa de las banderas nacionales, la fe religiosa o los reclamos de la mercadería. Descubrirá también la fragilidad íntima del orgullo, la gloria ridícula de unos ejércitos que se comportan como piratas, las mentiras de los sentimientos amorosos más ardientes y la vanidad insostenible de una nobleza que se debe a su sangre, una sangre que tal vez no procede de la estirpe familiar sino de los tratos impuros de una madre hipócrita y un buscavidas realmente enamorado. Ni siquiera hay contemplaciones con las víctimas porque provocan piedad en el sufrimiento, pero no permiten confianza alguna: basta un cambio de papeles para que el perseguido se convierta en perseguidor y la intolerancia cambie de piel. Los moriscos expulsados de España no tendrán inconveniente en hacer negocio con los extranjeros cautivos y en abrazar las peores enseñas de la iniquidad en la villa de Salé.
Expuesto así el panorama, habrá quien se extrañe de que yo pueda afirmar a continuación que la novela de José Manuel Fajardo está elaborada con las tintas de la poesía y el optimismo. El converso es una novela con versos, con muchos y bien elegidos versos. El vacío, la realidad menesterosa de las apariencias, surge en el libro con el recuerdo de un asombroso soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola, asombroso por la calidad y por la época inquisitorial en la que se escribió:
¿Qué pues que yo mucho perdido ande
por un engaño tal, ya que sabemos
que nos engaña igual Naturaleza?
Porque ese cielo azul que todos vemos
ni es cielo ni es azul...¿Y es menos grande
por no ser realidad tanta belleza?
También son ciertas las pasiones que provoca el amor mentiroso, la sitación que nos afecta desde el centro mismo de la paradoja, como nos recuerda el conocido soneto de Lope de Vega, consuelo para cautivos y amantes desdeñados:
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es mor: quien lo probó lo sabe.
La poesía está muy presente, se cuela y levanta la cabeza en la prosa narrativa de José Manuel Fajardo, bien con nombre y apellidos según se reconoce en la recapitulación de préstamos literarios, bien en el monólogo colectivo de la tradición que marca las relexiones anónimamente. Zorrilla está junto al amante experimentado que sube a las mansiones y baja a las cabañas, Cernuda da compañía a todo aquel que se siente desterrado porque su patria sólo es la temperatura de un cuerpo ausente, Kavafis nos recuerda que la enseñanza moral del viaje surge en el camino, en el hacer camino, más que en cualquier posible tesoro imaginado. El viaje es la elaboración, la fábrica, el artificio del deseo, el espejo del mar. "Pero todo bosque —comprende Thomas Bird al evocar un ataque de cólera y de muerte— tiene su linde y aquél también. Pronto vino el espejo del mar a devolverme mi humana condición, pues es en su dominio, que es el del sueño, donde el hombre puede imaginarse otro, reinventar la dicha y la esperanza y volver a empezar". La poesía no resulta simple adorno en la novela de José Manuel Fajardo. Después de haber ayudado a meditar sobre los extremos y el vacío de la condición humana, lo versos sirven para demostrar con su artificio que incluso los momentos de la sinceridad, las sombras de la confesión, los límites de la cólera o la tranquilidad, los alargados monólogos de la conciencia, son también construcciones, un fingimiento en el mejor y más moderno sentido de la palabra. En La hermosura de Angélica con otras diversas rimas, de Lope de Vega, extraño regalo en un vértigo de desgracias y salvaciones, Thomas Bird descubre lo siguiente: "Más aún, fue entonces cuando por vez primera busqué en las palabras, hasta entonces siempre traicioneras, una mentira nueva, un fingimiento hermoso que las hiciera refugio, hogar y herramienta con que ordenar mi alma". Volvemos al artificio, y de ahí al optimismo, porque la literatura y la historia en la mejor estirpe moderna, desde el Estado como obra de arte de los humanistas hasta la novela cervantina, son precisamente eso: la libertad de construir los artifficios que más nos convengan. Ahora este deseo se carga de matices constructivos.
La novela de José Manuel Fajardo es posmoderna en la significación progresista y responsable de la palabra. El ambiente morisco del argumento y las peripecias de frontera regresan a la atmósfera de la novela renacentista de caballeros moros y cristianos, por ejemplo, aquella delicia titulada El Abencerraje y la hermosa Jarifa, en ella el alma bella del cristiano Narváez y la del enamorado Abindarraez consiguen poner fin a los enfrentamientos crueles de la religión y la raza, estableciendo una simpatía renacentista de dignidades. Desde nuestra perspectiva, conociendo ya los laberintos éticos de la modernidad, sabemos que ese diálogo se iba a cifrar posteriormente en los universales de la razón, en la esencia humana colectiva. Junto a esos universales, negadores de la diferencia y devotos de lo estable, surgieron también los fragmentos, el irracionalismo, la falta de tribuna para opinar objetivamente. Y seguimos así, viviendo entre el orgullo diferenciador y el cosmopolitismo imperial de los piratas, en el fracaso impune y sanguinario de los universales de la razón, una metira poco confortable. El optimismo moral de la razón ética ya no puede definirse sobre la esencia universal del ser humano sino sobre una consciencia construída, capaz de fabricar los vínculos, de levantar las tribunas de la opinión moral. Un humanismo constructivo, representado en esta novela por la lealtad que se establece en el azar de algunos personajes.
La reivindicación del artificio que asume José Manuel Fajardo, en sus reflexiones y en las propia estructura de la novela, orgullosa de sus aventuras y de la fuerza decimonónica de sus ambiciones narrativas, implica una postura ética y una toma de posición narrativa. Como perro viejo en el ámbito de las preocupaciones históricas, sabe que el orgullo y la piratería desorganizan, fragmentan la realidad, imponen el silencio del capitán don Pedro Olea de Zumárraga o la palabrería sin raíces de Catalina.
Con lo dicho, me estoy refiriendo en el fondo al mercado y a su influencia en la literatura. Aunque parezca mentira, en un momento en el que los autores españoles escriben buenos libros, las editoriales publican buenos libros, la gente compra buenos libros, las librerías venden buenos libros y los traductores llevan a otros idiomas la creación española, es decir, en un momento en el que el panorama español parece vivir dentro de un sueño, como nunca lo ha estado, hay algunos críticos, críticos de periódico y vuelapluma me refiero, muy preocupados por la salud de nuestras letras, porque los lectores son tontos y las ventas desvirtúan la calidad de la creación. Frente al diálogo con los lectores, se defiende sólo el silencio, el orgullo esteticista, la pedatería de lo difícil, la novela y el poema sin historia, arqueológicos, separados de la realidad. Los que llevamos mucho tiempo preocupándonos del mercado, y no porque manche la literatura sino porque es capaz de degradar la vida humana hasta límites de crueldad tercermundista, sabemos que su ideología tiene los colmillos muy retorcidos y que, al acercarse a la literatura, inventa cosas peores que los libros de éxito y las listas de ventas. En el siglo XIX, por ejemplo y sin ir más lejos,la mentalidad industrial inventó el orgullo esteticista, que no es sino la inversión doméstica del pragmatismo burgués. El yo herido se encierra en su orgullo y pierde todo peligro porque deja de contar, de mirar, de construir vínculos. Los proyectos del yo esteticista son la verdadera propuesta del mercado para la literatura, porque acaban con cualquier ámbito de diálogo, sacralizan el silencio frente a la palabra y desorientan a unos eruditos a la violeta, muy inocentes en el terreno de la literatura y de la explotación mercantil. En este final de siglo de huracanes y de ilusiones perdidas, no hay otro camino que la dignificación humana del artificio. La tarea está en la calle, no en el camarote de los capitanes orgullosos, que se acostumbran al aire viciado de su ensimismamiento.
José Manuel Fajardo ha decidido volver a la palabra, al deseo de contar, al humanismo constructivo dejándose de zarandajas experimentalistas, de personajes que tardan cincuenta páginas en subir una escalera y de reflexiones sobre el yo esencialista. Yo se lo agradezco como lector. Creo que tiene razón al afirmar que la novela sirve para hacer creíble lo imaginario y para convertir la ficción en una forma de conocimiento. Y creo que ha sabido probarlo con El converso. Bienvenida su novela de piratas, bienvenido su dominio deslumbrante del lenguaje literario, bienvenida su capacidad de reflexión sobre las realidad del mundo, bienvenida su intensidad narrativa, su capacidad de entretener, conocer y hacer vivir, y sobre todo muchas gracias por elaborar una novela vigorosa que no podrá ser utilizada por los eruditos a la violeta como un ejemplo alternativo, como una protesta contra la seducción, con la estúpida excusa del éxito comercial de la literatura española. Quien no se detenga en minucias superficiales, tal vez se dé cuenta de que José Manuel Fajardo, sin vestirse de brujo o de payaso, ha escrito con esta novela un alegato feroz contra la mentalidad mercantilista.
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Lorenzo Mena