Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Yo nací en la literatura

Entrevista a Roberto González Echevarría

Por Ladislao Aguado

Roberto González Echevarría

Página 2

Empezando lo que se llamaría en narrativa un “punto de giro” dentro de la entrevista, ¿estos estudios dónde unen con el béisbol?

Se unen a un nivel autobiográfico. Yo no niego que la crítica literaria tenga un trasfondo, como lo tiene la literatura, autobiográfico. O sea, hacemos literatura, ya sea de creación o de crítica, en parte con nuestras vidas, con la suma y la resta de nuestras experiencias. Entonces, lo que ocurre es que en el libro sobre la pelota Pride of Havana, La gloria de Cuba en español, yo apliqué a mis propias memorias y añoranzas de mi niñez cubana, los métodos de investigación histórica que había aprendido en mi práctica de la crítica literaria y ahí sí que traté de que el libro tuviera una factura literaria, aunque está minuciosamente investigado: horas, días, meses, años en bibliotecas en Cuba, en New York, en Yale, etc. Así que ahí es donde se juntan. Ese libro tiene una forma narrativa, por ejemplo, no empieza desde el principio, yo quise evitar el lugar común de empezar, bueno… “la primera pelota llegó a Cuba y…” no, no. No, yo empecé, quise empezar, con un momento traumático en la historia de la pelota cubana y en la historia de mi familia. Entonces, ese momento traumático era la memoria, el recuerdo de las veces que mi padre me contó la derrota del “Habana”, que era su equipo, Los leones de La Habana, a manos de El Almendares en febrero de 1947, después que “La Habana” había estado ganando todo el año. Entonces, esa derrota, traumática para los habanistas, gloriosa para los almendaristas, era en la historia familiar nuestra un momento traumático. Pero, además, entonces, descubrí que era también un momento de ruptura en la pelota cubana.

1947, la temporada del 47, fue verdaderamente la última temporada independiente de la Liga Cubana, porque había en esa temporada, y había habido, toda una serie de pugnas con el beisbol organizado de las Grandes Ligas y la Liga Mexicana; había muchos peloteros en esa temporada que habían jugado en México en la Liga Mexicana, norteamericanos y cubanos, y que habían sido suspendidos por Las Grandes Ligas por haberse ido a México. Entonces en la primavera del 47 la Liga Cubana se plegó al beisbol organizado norteamericano y aceptó que los jugadores cubanos y norteamericanos que habían jugado en México, que los americanos consideraban como una Liga ilegal, fueran suspendidos en Cuba. Yo le he preguntado a personas que estuvieron involucradas en esa decisión, por qué se hizo y podemos hablar de eso también. Pero el hecho es que en el 47 la Liga Cubana se tuvo que dividir y que la Liga Cubana se había mudado al estadio del Cerro en esa temporada. Se dividió en dos y hubo una liga, al otro año, que jugó en La Tropical, el antiguo estadio, porque no aceptó esas sanciones. Entonces, fue un momento de división de las aguas en la pelota cubana. Además fue, en 1947, el año en que Jackie Robinson entra en el beisbol organizado, es el primer negro que juega en Las Grandes Ligas, los Dangers se entrenaron en La Habana ese año y, en el estadio del Cerro, ese día de ese juego extraordinario, estaban en los palcos los Dodgers, inclusive Jackie Robinson. Así que fue un juego de una importancia histórica tremenda, así que cuando yo descubrí eso, digo pues aquí es donde tengo que empezar el libro, porque aquí se juntan lo personal, lo biográfico, con lo histórico.

Entonces narré todo ese juego en detalle, después las temporadas 47–48 y 48–49, cuando se firmó el pacto del beisbol del Caribe entre Puerto Rico, Panamá, Venezuela y Cuba y se jugó la primera serie del Caribe en La Habana, que ganó el Almendares. Entonces paro ahí, y digo, voy a parar la narrativa así como hace Cervantes en el Quijote —en el capítulo VIII, cuando están el Vizcaíno y Don Quijote enarbolando las espadas—, para hacerme la pregunta, ¿y por qué es la pelota tan importante en Cuba? Entonces, ahí sí regresé al principio.

O sea, ese principio de mi libro, esa forma narrativa, pretende ser literaria. Esa es la historia para mí, así es como yo me explico la relación entre el libro y mi vocación literaria. Pero hay un detalle más que fue cuando descubrí que la pelota entró en Cuba aliada a la literatura. Es decir, que en 1889 ya se había escrito una historia de pelota en Cuba por Wenceslao Gálvez y del Monte. Wenceslao era poeta, era novelista, malo; había escrito una novela que se llamaba, que se llama Nicotina, que era soporífica y ensayista. Pero, además, era el short stop de El Almendares. Entonces, los peloteros y los literatos se reunían en la acera del Louvre a hablar de literatura y de pelota y muchas de las revistas de las dos últimas décadas del siglo XIX se declaraban “órgano de la literatura y el béisbol”.

Cuando di con eso, dije, este libro lo tengo que escribir yo, está hecho para mí.

Roberto González Echevarría

Hablando de tipos de narradores y narrativa, he leído sus elogios a La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, el novelista colombiano, la asociación que usted hace con novelas como El beso de la mujer araña, de Puig, o las novelas de Severo Sarduy. ¿Podríamos hablar de una tipología del narrador gay dentro de la novela hispanoamericana?

No. No, la relación de que tú hablas la hago en una nota al pie. No forma parte de mi evaluación o de mi análisis.

Disculpe un momento.

Sí.

Cuando le digo “narrador”, no me refiero a a “autor”, sino a la voz empleada.

Ah… ya. Ah, bueno… Sí, sí.

Yo no lo creo. Yo no lo creo, es una, es más, yo creo que lo gay es una variante, como lo es en lo humano. Es una de las variantes desde donde se puede narrar y yo creo que Vallejo en esa novela es extraordinario, por una serie de factores que yo estudio de una forma un poco somera. Pero, entre otras, el hecho de que es un profesor de gramática. O sea, eso es tan importante, creo yo, como que sea homosexual. Él es un hombre obsedido por el lenguaje, obsedido por la forma del lenguaje. Así que eso entra en la voz del narrador. Yo creo que el narrador de Puig es también extraordinariamente importante, pero en Puig es más diálogo, que un narrador. En El beso de la mujer araña, acuérdate, que hay diálogo

…Entre los dos. Y en Severo, Severo es tan complejo que sería muy difícil reducir la obra de Severo o su postura narrativa o su voz narrativa, aun en estos personajes, con un personaje gay, en el sentido que se le da a la palabra hoy. Yo digo también que ninguno de los dos —por lo menos, a Puig lo conocí y a Severo lo conocí muy bien—, jamás se habrían adscrito a estos movimientos de liberación gay ni nada de eso, porque lo que pasa es que en su literatura lo que se ve es la profunda tragedia de lo humano en cualquier dimensión, inclusive, la dimensión homosexual. Y que lo sexual en el hombre, en la mujer, en la humanidad es siempre trágico. Y eso lo sabemos desde la tragedia griega. ¿Entiendes? Por eso es que yo me abstengo de crear una tipología gay.

¿Cuál serían los libros del canon latinoamericano para usted?

Bueno, es que, imagínate, eso es interminable porque yo tengo que empezar por el Inca Garcilaso de la Vega, a quien he estudiado bastante, que es mucho; Sor Juana Inés de la Cruz…, etc. O sea, mi canon es relativamente convencional, yo creo que las antologías que existen, existen por algo. Hay un sedimento de opiniones. Y por eso creo que le dan validez al canon que tenemos, y tal cual está es lícito añadirle nuevos valores. Yo creo que Villaverde, Cirilo Villaverde —no lo digo porque sea cubano—, es un gran novelista; Cecilia Valdés es una de las grandes novelas del siglo XIX y se ha soslayado un poco en las historias de la literatura hispanoamericana. Amalia, María, me parece que son novelones que no se pueden comparar con Cecilia Valdés. Yo creo que Cecilia Valdés debe ser incorporada, es parte de mi canon del siglo XIX latinoamericano. Después, imagínate, es interminable, toda la vanguardia: Vallejo, Neruda, en fin. Mi canon no es excepcional ni distinto, yo creo que el canon que tenemos con injusticias que se pueden ir resolviendo con el tiempo y al que se han logrado añadir algunos escritores… eso se resolverá. Pero… ahora, los nuevos que van entrando, ahí es donde viene el problema; yo me había impuesto hace años no escribir jamás sobre un escritor vivo, porque un escritor —que si yo fuera más discreto, no diría que fue Guillermo Cabrera Infante— me acusó de escribir más sobre Severo Sarduy que sobre él, que tenía una venita de loco. Entonces yo me dije en ese momento, no escribo más sobre escritores vivos, porque, además, escribí una reseña muy negativa en el New York Times de una escritora dominicana de lengua inglesa, Julia Álvarez, y me dijeron que la agente de esta mujer me estaba buscando, yo no sé si para hacerme algo. Pero, ¿sabes lo que hizo Julia Álvarez?, tuvo una venganza cervantina y muy fina, en su próxima novela, la protagonista es una novelista que está paralizada ante la página en blanco, no puede escribir porque ha sido traumatizada por una reseña de Roberto González Echevarría. Entonces me ha incorporado a su novela. Yo pensé que era peligroso escribir sobre escritores vivos, ¿entiendes? Menciono a otra, ella sabrá por qué lo hizo, pero Zoé Valdés, hace unos meses, en Nueva York —como decimos en Cuba— me tiró un hielo tremendo cuando me le acerqué porque parece, yo no me acuerdo dónde dije algo negativo, o no sé, dudoso, sobre su obra, y me tiró un hielo; estaba molesta conmigo. Pero, ¡qué se va a hacer! Así que yo me siento muchísimo más cómodo escribiendo sobre Cervantes, sobre Calderón, que jamás van a protestar por lo que yo digo.

Hablando de canon y con un tono ya más desenfadado en la entrevista, ¿podríamos decir, con toda la mala intensión además, que de Carpentier a Miguel Barnet eso se podría llamar la loma abajo del canon cubano?

Hay un tango que se podría citar: cuesta abajo en la rodada; pero eso sería una crueldad. Porque, te voy a explicar, yo sé que mi defensa de Miguel Barnet ha causado inquietudes y disgustos. Yo creo que Biografía de un cimarrón es un libro importante…

Importantísimo, sí

…Y, además, Alejo mismo lo dijo, que era un libro importantísimo. Claro, Alejo lo dijo: Oh, esto es como una especie de apéndice de El reino de este mundo, lo vio desde su propia perspectiva, ¿no?

Primero, lo del canon. Yo soy íntimo amigo de Harold Bloom, que ha sido mi colega por muchísimos años, fui a su clase cuando era estudiante, hemos compartido tragedias comunes, con nuestras familias, con nuestros hijos…, y lo quiero muchísimo, pero yo discrepo de cómo Harold hace su canon, y yo se lo digo a él. Es el canon de un profesor de literatura inglesa, cuya lengua de cultura es el inglés. Él lee una barbaridad, pero todo lo lee en traducción. Y yo me considero un romanista que leo en el original… yo no escribo sobre nada que no pueda leer en el original. Entonces, yo creo que el libro de Harold, que es estupendo, porque le da otra vez importancia a lo literario, a la crítica literaria, y que ha desencadenado una serie de polémicas que han sido muy útiles. Sin embargo, tiene fallas extraordinarias, ¿cómo puede faltar en ese canon, Petrarca? O Petrarca apenas figura. Y sin Petrarca no hay poesía moderna. Es punto y aparte. ¿Cómo puede Flaubert no figurar de una manera más prominente en ese canon? Para no hablar del lado español, digamos San Juan de la Cruz, etc. Así que yo estoy en desacuerdo con el canon de Harold Bloom. Ahora, volviendo al canon cubano, en realidad lo que ha habido del 59 para acá, y lo he dicho por escrito, y no por razones políticas, es que el valor de la literatura cubana ha disminuido. Llegan, en 1959, hechos, Carpentier, Guillén, Lezama, Lydia Cabrera, Fernando Ortiz, Eliseo Diego… ¿podemos seguir, no? No hay una sola figura en la literatura cubana surgida del 59 para acá que se pueda comparar con esas figuras. Yo no digo que a lo mejor no exista, tal vez, un Kafka cubano que nunca ha publicado nada o que alguno de ustedes los jóvenes vaya a ser…, pero hasta ahora, hasta hoy, no hay ningún escritor cubano que se pueda parangonar con esos. Yo creo que ese libro de Barnet y que parte de la obra de Reinaldo Arenas es valiosísima, no toda, yo creo que casi toda la obra de Severo Sarduy es valiosísima, pero yo no sé si están al nivel de, digamos, Lezama y Carpentier, ¿me entiendes? Así que ha habido, digamos, un declive, sí, “un cuesta abajo en la rodada”, sí, es cierto. Pero no vamos a estigmatizar a Miguel Barnet.

Roberto González Echevarría

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