Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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From here to eternity: el hi(a)to y el mito medieval en La Celestina

Luis Pérez-Simón

Página 2

El octavo ensayo, sobre Juan de Espinosa Medrano, debe mucho al carácter interdisciplinario de las preocupaciones de RGE y la polinización cruzada académica que marcó sus años en el departamento de español y portugués de Yale23. El Lunarejo fue, al igual que su contemporáneo Carlos Sigüenza y Góngora, clérigo y literato barroco en uno de los virreinatos indianos. Al contrario del mexicano, la obra del peruano ha sido poco estudiada y raras veces puesto en valor. En sus libros anteriores RGE había empezado ya a erigir una “ciudad barroca ideal donde brillan, entre otros, Balbuena, Sor Juana y Sigüenza” y con este artículo espera “que pueda empezar a levantarse el monumento que le debemos al Sublime Doctor [Juan de Espinosa Medrano]”24, prototipo del ‘señor barroco’ de Lezama Lima25. El aporte más valioso de su indagación, y el argumento que mejor plantea el caso de la ejemplaridad del Lunarejo entre los ilustres, considera la auto-ubicación del autor criollo y el efecto que esto tiene en su poética. Para facilitar su tarea, RGE se sirve del mismo relativismo cultural que Montesquieu para destacar el uso de la ironía como estratagema retórico en la obra del Lunarejo, principalmente en el Apologético en favor de Don Luis de Góngora [...]. Apunta RGE la poco conocida censura del original en la segunda edición del Apologético para evidenciar “la modernidad de la poética del Lunarejo [que] es esa combinación de resentimiento, alienación, y reconocimiento del propio ser como algo que ... sufre su retraso”26. El autorretrato del Lunarejo se basa en una visión externa que el sujeto asume como tal y que manipula a su favor. La modernidad de Espinosa Medrano se basa, entonces, en el concepto barroco del ingenio: la forma es indisociable del contenido, por lo cual se presenta al “ser y [la] poesía como catacresis ... que le permite al ser crepitar intermitentemente entre sus volutas, mientras gira sobre sí mismo, confundiendo originalidad y anacronismo, proximidad y lejanía”27. Lo trascendental del Lunarejo, y el por qué de su necesidad en Prole, está en su defensa de Góngora pues al mostrar la superioridad de este a los poetas clásicos abre igualmente la posibilidad de permitir a lo americano de superar lo europeo y de existir independientemente.

El enfoque que estructura el capítulo sobre Carpentier, uno de los dos pilares más sólidos de la crítica de nuestro autor, tiene como preocupación principal los negros africanos y la historia. Comparando los logros de y los conflictos señalados por Carpentier al discutir estos temas en El reino de este mundo con las ideas expuestas en El siglo de las luces, RGE argumenta que el proyecto de Carpentier era justamente mostrar primero, que los oprimidos no necesitan la ayuda de sus opresores para desear la libertad y tratar de obtenerla [y luego cómo] con su propia acción revolucionaria, los negros quiebran la continuidad que los europeos tratan de conferirle a la historia, pero [cómo, sin embargo,] al mismo tiempo sus acciones repiten un acto fundacional que forma parte de un esquema histórico más amplio. Esa ruptura no significa necesariamente una interrupción sino una anticipación28.

RGE razona que al igual que Garcilaso, Carpentier establece una uniformidad dentro de la historia, pero que como Guaman Poma reconoce la fuerza desestabilizadora que constituyó la arribada de los españoles y la subsiguiente presencia de los negros africanos al Nuevo Mundo. Esta visión estrábica de la historia —discutida anteriormente en la obra cervantina— se evidencia concretamente en el estudio que RGE hace del emblemático cuadro ‘Explosión en una catedral’ que Carpentier utiliza en El siglo de las luces para hacer una sutil exposición de la asimetría histórica del Nuevo Mundo. RGE concluye, agudamente, que “lo que la pintura congela no es tanto una catástrofe como el proceso mismo de transformación ... por el cual una cosa se convierte en otra. La historia, cultura y poética americanas no están representadas por la hilera de columnas ‘deformadas’ de la derecha sino por ambas29. Esta superposición de cronologías y narraciones, ya existentes en las otras obras discutidas en Prole, se postulan de manera auto-referencial y conscientemente —por primera vez, según RGE— en Carpentier.

El décimo capítulo está consagrado a Nicolás Guillen y la cultura afroantillana presente en Motivos de son, Sóngoro Cosongo y West Indies Ltd., escritos todos en los años 1930. RGE aborda la dimensión política del lenguaje y la sonoridad al centro de estos poemarios al mismo tiempo que traza una genealogía del intercambio social blanco-negro desde La Celestina hasta Guillén. La estrategia utilizada en el análisis de Espejo de paciencia, de de-mistificar al poeta primero, y luego explorar las influencias y los diálogos de este con sus predecesores se repite aquí pero el resultado es otro. La cuestión de la continuidad entre las literaturas europeas y las americanas ha sido decidida anteriormente, ahora se considera la glosolalia inherente a la cultura afroantillana y su relación con el poder. Para comenzar, RGE sugiere una conexión directa entre el habla de los negros en Góngora y Guillén, y luego entre la teatralidad de los personajes marginales del último y los mismos en La Celestina. Vuelve a salir la idea del monstruo calderoniano en cuanto a la incompletud del ser, pero esta vez se extiende la idea y se aplica en forma de metáfora al lenguaje afroantillano, por naturaleza diglósico y religioso en la obra de Guillén. El análisis lingüístico, aparentemente por primera vez considerando la filología y teología bantú, de los textos antes mencionados destila las dimensiones antitética y contradictoria del proyecto afroantillano pues “entonar un canto ritual ... tiene una dimensión política, porque fortalece el vínculo que une a los [negros] oprimidos e inflama su espíritu de lucha, [y] al mismo tiempo, componer un canto ritual ... en un poema escrito casi todo en castellano constituye una desacralización de los signos africanos”30. La conclusión de RGE es que la prominencia de Guillén se justifica sobre todo en su aporte a diferenciar la historia de la poesía latinoamericana de las otras tradiciones occidentales, más que en marcar y denunciar al ser afroantillano como una simulación complicada, vestida de un disfraz que la sociedad caribeña le exigía llevar.

La progresión de los argumentos teóricos e históricos en Prole llevan al lector hasta la puerta de salida —hacia el futuro. Termina el desfile, como debe de ser, con un capítulo sobre el barroco, Lezama y Sarduy. RGE señala que si el Barroco de Indias y el Neobarroco son un mero regreso o recuperación a eso que La Celestina tiene de moderno, de humano, de nec plus ultra, entonces la prole de Celestina no puede ser nada más que un simulacro de esta. Y eso es el argumento de este capítulo. Empezando con las ideas de ‘eras imaginarias’ y del ‘sujeto metafórico’ que Lezama plantea en La expresión americana y Las eras imaginarias, para exponer una poética de ‘lo americano’, RGE analiza el sistema discursivo de Sarduy y postula una estética barroca basada específicamente en Paradiso y no la obra teórica de Lezama. Es lo científico en Sarduy que interesa a nuestro autor pues las analogías cosmológicas y psicológicas que este maneja en sus obras unen aún más al Barroco y al Neobarroco; más que la historia, la geografía y la cultura. RGE discute los aportes teóricos de Cobra al sistema poético del boom, del Neobarroco, y del postmodernismo. De la misma manera que Benítez Rojo repensó caos theory para hablar de una identidad caribeña31, Sarduy usa las conjeturas del Big bang para cavilar las fallas inherentes del sujeto caribeño. El salto quántico de Sarduy lleva a considerar que “la metáfora barroca cubre la falla sobre la cual se erige el ser [tal y como] el movimiento de los astros (metonimia) configura un sistema planetario que encubre (metáfora) el vacío de la explosión inicial [el Big bang]”32, consideración inusual pero cabal desde el punto de vista psicoanalítico. La elipsis del ‘sujeto metafórico’, en Sarduy y los tipos de textos mencionados arriba, se convierte en una ‘cámara de ecos’ que es “el esfuerzo formal por hacer de la anulación del sujeto parte de la constitución del ensayo”33. El sujeto caribeño, y para RGE el cubano en particular, un ser de-construido por la historia, la geografía, la cultura y el cosmos. En otras palabras —y con ellas cierra Prole—“lo cubano es un texto”.34

Me adelanto a mi conclusión, y regreso a lo anecdótico, relatando cómo un día RGE me amonestó por enfocarme en el problema (teórico) en vez de pensar en las posibles soluciones (concretas) que la buena lectura de un texto proponían. Siendo esa una buena lección, sugiero aquí que Prole debe leerse precisamente como la solución concreta a un problema teórico. ¿Cómo ‘manejar sin reservas’ un indiscutible clásico de la época medieval española donde ‘los vocablos y conceptos picantes’ lo convierten en una suerte de ‘catástrofe nacional’35? y ¿cómo establecer una continuidad, una ejemplaridad literaria, donde no hay descendencia? La respuesta, para RGE, es obvia: el barroco. Subvertir cronológicamente la historia y desestabilizar semánticamente el lenguaje permite una re-lectura y una de-construcción de la cultura como nacimiento de la literatura. Prole gira al rededor del segundo capítulo, sobre Cervantes y la picaresca, pues el primero es imprescindible para comprender los otros capítulos, sea el orden en que se lean. Los capítulos sobre Calderón y luego Lope Espinosa Medrano forman la segunda parte de una lectura donde lo visual y lo escrito dialogan. Este grupo de ensayos establecen la metáfora barroca como “la articulación, la ruptura donde comienza la repetición y la distorsión, el sitio espectacular de transformación”36. En resumen, permiten a la escritura de contener lo dicho y lo no dicho, y a lo visual de mostrar lo interior y lo exterior del objeto. Los cuatro capítulos sobre literatura cubana, por su parte, son el crisol en el cual se forja la teoría de la hipérbole y el hipérbaton como partes fundamentales de una estética que busca a proliferar los bordes socio-culturales europeos y clásicos “para que lo marginal o excéntrico37” permitan la inscripción de lo americano en el canon universal.

Como indiqué al principio, la obra crítica de RGE es vasta y profunda. Lo es también, coherente. Hice referencia anteriormente a The Voice of the Masters y Myth and Archive pues tanto ellos como La prole de Celestina contienen en su contenido la descendencia teórica de su autor y la forma concreta de esta teoría. Cada uno de ellos es la suma de sus partes, y el total sobrepasa el contenido. Cada uno de ellos se ocupa de la relación entre el lenguaje y el poder, pero desde una óptica diferente. Cada uno de ellos contiene una sinergia teórica que sugiere una supra-lectura, o múltiples lecturas. El conjunto de los tres —sin querer excluir Relecturas o Isla a su vuelo fugitiva, libros importantes por su propia cuenta pero de índole diferente— apunta a lo barroco, a lo americano, como consustancial el uno del otro, y a la metáfora como el único sistema capaz de contener las múltiples visiones del ser barroco, americano. Queda, pues, el capítulo sobre Don Quijote (el III) que cimienta no sólo la conclusión de Prole sino anticipa el próximo libro de RGE38. Escrito años después de la publicación de la versión en inglés de Prole, este ensayo explora no la percepción de Don Quijote, sino la visión y mirada de este. De la misma manera que Carpentier escribe El siglo de las luces para considerar y tratar las ideas que surgieron con su libro anterior —El reino de este mundo—, RGE re-(ins)cribe al Quijote dentro de la óptica que Prole concretizó. La visión es no sólo percepción sino expresión de la realidad; y la literatura —toda, pero sobre todo la americana— aspira a “lograr una reconciliación de visiones, por torcidas que sean nuestras miradas y ‘foscas’ nuestra vista”39. La Celestina es ese pastiche socio-cultural que instauró una representación basada en la captación de lo negado y lo escondido para garantizarse una posteridad en lo moderno de cada época.

Como dijo José Antonio Echeverría en el siglo XIX, “un pueblo sin historia, es como un mozo sin padres, que no sabe quién es, de dónde viene, por qué no lo han educado, ni cuál podrá ser su porvenir”40, y la labor teórica de RGE ha deliberado sobre esta cuestión. Su obra constata que en el Nuevo Mundo —América— las confluencias históricas que precipitaron su colonización revelaron al mismo tiempo profundos dilemas teológicos, filosóficos y políticos, es decir las bases del pensamiento europeo. Partiendo del postulado de un fundamento basado en versiones histórico-culturales discrepantes, RGE ofrece una lectura, una teoría, una genealogía cultural apoyada en la visión americana de los mitos europeos, y sobre todo en el rechazo y en la deconstrucción de estos por la literatura criolla, latinoamericana y nacional.

Recuerdo una tarde cualquiera en New Haven, en realidad fue la última vez que hablé con Roberto en persona, cuando él me dijo tras haber leído un ensayo mío —en verdad poco imaginativo— que todo estaba bien, pero, so what? ¿a qué desembocaba mi análisis? Ese día no supe qué decir. Hoy puedo agradecerle por el bello estroboscopio teórico que ha creado, con el cual puedo ver como lento o inmóvil, este objeto indefinido e inestable producido por culturas igualmente imprecisas e inconstantes, que es la literatura americana.

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