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- ¿Pero qué te pasa? Preguntó.
- Nada.- Sonrió.
Después él la miro un rato y preguntó si tenía un amante, que estás muy rara estos últimos tiempos, cosas que decía palabra por palabra desde que se habían casado, siempre estoy rara yo, siempre me lo dices, era lo que ella respondía, pero esa vez dijo otra cosa.
- No uno, dos.
Sonrió.
Pero él no. Él siguió comiendo sus calamares como si tal, como si ella no hubiese dicho nada.
Pero mujer, ¿Qué crema utiliza usted? Si parece que tiene cuarenta y ocho años.
Dijo la voz que no paraba de hablar desde que la anciana había entrado y se dijo que ya quisiera ella tener cuarenta y ocho años, y cincuenta y ocho, lo que sea.
Pero mujer váyase inmediatamente a comprar una crema que le rejuvenezca.
- Pero es que yo tengo cuarenta y ocho años, por eso es lo que aparento.
- No lo puedo creer,- ahora la voz en contra de todas las reglas entraba en discusión con la mujer de cuarenta y ocho años,- para eso están las cremas, para que aparente tener treinta y ocho cuando tiene cuarenta y ocho.
- Bueno, la verdad es que cuarenta y nueve.
- Da igual, vaya a comprarse una buena crema.
- Cincuenta, y ahí lo dejamos.
- Compren cremas señoras, más y más cremas mejores cremas.
La anciana que ya había meado de sobra no sabía si salir o esperar que se acabara esa conversación.
- Bueno, ¿Y qué crema me recomienda?
- La más cara. Gaste más señora.
- Si eso, y mi marido después vera como se pone.
- Señora de cuarenta y ocho años, los maridos nunca, pero nunca, saben lo que cuesta una crema, si lo supieran irían todos los domingos al fútbol sin remordimientos, cuando ven el precio de una crema los maridos creen que nadie pagaría algo así por nada, y menos sus mujeres. Así que no se enteran ni se pueden enterar, ellos creerán antes que se gasta el dinero en un amante joven que en una crema.
- Bueno, ya me voy.
La mujer de cuarenta y ocho años salió y detrás de ella la anciana un poco asustada y de prisa mientras la voz le decía, y usted cómprese un bastón que no le vendría mal a su espalda.
Mientras tanto el anciano que ya empezaba a gustarle la idea de follar a la anciana, a falta de algo mejor, contaba al joven que había sido escritor y después lo había dejado.
- Yo también quiero ser escritor,- dijo Sandoval.- Pero todavía soy joven.
- ¿Joven?
- Solo tengo treinta y tres años.
- ¿Y a eso lo llama usted joven?, yo a su edad ya había salvado a mi familia, con mi culo, ya había pasado cinco años de guerra, había cambiado tres empleos, tenía seis hijos, y había decidido ser escritor.
- ¿Y qué escribía?
- Sobre la guerra, todos mis libros empezaban por "Erase una vez una guerra", llegué a publicar dos novelas y hasta gané un premio. El premio Gallo del Cielo de novela. Pero después lo dejé.
- ¿Y por qué?
- Por lo de siempre, los libros no se vendían. ¿Y tú que haces para sobrevivir?
- Soy basurero. En la basura se aprende mucho sobre la gente y me da ideas para mis escritos, que no son más que veinticinco comienzos de una misma novela, pero ya vendrá.
- Erase una vez una guerra. Empiece usted por esa frase y después todo se arregla, los editores les gustan las guerras, se venden bien, mejor que las guerras que nos hemos bebido aquí, guerra y literatura se vende bien. Los lectores quieren siempre leer de cómo las guerras son tan terribles y tan malas, pero es que son exquisitas las guerras y sobre todo es lo mejor que hay para la economía, después de una guerra no hace falta todos estos altavoces que chillen, la gente se pone a procrear como locos y a comprar todo lo que pueden, y además se desprende uno de mucha mierda, de mucha basura, en su lenguaje.
- es que no se puede usted imaginar lo que la gente tira, botellas enteras de güisqui, ojos de pescados, ojos que nos miran, cabezas de cerdos, cajones, libros, y más libros, OY, cuantos libros, y lo peor son las muñecas sin manos, no entiendo por que llegan todas a la basura sin manos, no pueden tirar muñecas enteras… No lo entiendo.
- A lo mejor se las arrancan antes de tirarlas,
- Sí, puede ser. A lo mejor hay gente que eso le gusta.
- Y vamos a ver, a ti, ¿qué te gusta?
- A mí. Bueno, lo de todos, un buen trago, follar una chavala, ir al fútbol.
- Mientras tu pinpón te pone los cuernos.
- Eso no.
- Mira que a mi no me gustó nunca el fútbol y los domingos por la tarde eran de maravilla, la hora de las mujeres casadas, ansiosas, buscando a salirse de la rutina, de sus maridos cansados.
- ya será menos. Pero, qué sabor tiene esto, no puede ser más raro.
La anciana tuvo el tiempo de comprarse unas bragas y ponérselas en la tienda, y volver a sentarse con su libro enfrente del anciano. Ya sabía yo que esta viciosa iba a volver, pensó. Estaba leyendo "Hygiene de l´asassin" de Amelie Nothomb, en francés. La muy afrancesada y cursi.
- Bueno, un poco menos, pero es la mejor hora, déjate del fútbol y vente a un bar de barrio y veras lo que pasa por allí y como las recién casadas que han descubierto que la vida es sueño te miran por todos lados, que no eres tan feo, tienes unas buenas caderas masculinas y un buen culo, y estás delgado, que eso gusta mucho hoy en día.
- Pues el domingo que viene lo voy a probar.
- Pero entonces, ¿qué te gusta de verdad? O sea, lo que no cuentas a nadie.
- ¿Qué?
las niñas de ocho años.
- Eso no.
- Viejas como la que me mira, de ochenta años.
- No, para nada.
- ¿Hombres?
- No.
- Mearte encima de las mujeres.
- ¡Hombre!
- Que se te meen encima.
El anciano sabía que la anciana le estaba oyendo, y se dio cuenta que cuando dijo hombres el no del chico no fue rotundo, fue un no como cuando te chocan las manos y la mano de enfrente lo hace de una manera muy floja, el anciano tenia razón, lo había pensado, y hasta tal vez lo había hecho una o dos veces, no era homosexual pero la idea le pasaba por la cabeza y era conciente de ella.
Mujeres compren, mas y mas, Hombres compren, que el mundo se ha creado para comprar.
En eso llegó Sandra.
- Sandrita. - Dijo Sandoval que ahora se sentía aliviado por su aparición inesperada. - ¿Qué otro has comprado? ¿Otras alpargatas? ¿Pero no era que ibas por los libros? Bueno, vámonos.
- Gracias por su compañía, joven.
Sandra y Sandoval empezaron a alejarse del anciano y entonces Sandoval se acordó que no le había preguntado su nombre.
- Un segundo.- dijo y dio la vuelta.
- ¿Y cual es su nombre? Así encuentro sus libros.
Pero el anciano ni le oyó, estaba ya hablando con la anciana, y Sandoval pensó que sería mejor no insistir.
- A ti lo que te gustaría sería venirte a beber un café en mi casa, vivo aquí y podemos llegar a casa por la puerta A16.
La ciudad se había construido alrededor de la catedral y estaba dividida en cuellos, el cero eran los diecisiete rascacielos de 120 pisos que se conectaban con el centro comercial, después venía el primer cuello, desde el que se podía llegar en diez minutos de marcha a la catedral, y los inmuebles tenían todos 110 pisos, cada cuello tenía inmuebles mas bajos, así los que vivían arriba podían ver todo. Los precios de las casas estaban en función del cuello y del piso. La ciudad constaba con 49 cuellos, los de los últimos cuellos llegaban a la catedral en un tren hidráulico que viajaba a 700 kilómetros por hora y llegaba en menos de media hora.
- Bueno, podríamos beber otra guerra, a mi me gustó.- Dijo la bragada.
- Pues a mi no tanto, pero no me vendría mal un café.
Pidieron sus bebidas y dejaron de hablar.
Los dos jóvenes se acercaban a la puerta, Sandoval cabreado por las alpargatas se había olvidado de que era obligatorio comprar los libros para salir. Cuando llegaron a la salida, el controlador les pregunto donde estaban los libros. Mientras oían en los altavoces.
Promoción especial, compren dos libros de la colección anafe en la librería "Lanzallamas" y reciban de regalo tres libros de la colección Tetuán.
- Señores, no han comprado los libros. Esto es una infracción al artículo 18ª del contrato que han firmado.
- Pero si no leemos libros…
- De todas formas es obligatorio comprarlos.
- hemos comprado alpargatas y esto, ve, mascanvalde.- Dijo Sandra y se dio cuenta que no estaba en la salida A7 que había indicado el vendedor, cuando vio venir a dos policías, uno era un hombre y el segundo policía era una mujer con barba o un travesti, ya que tenía una falda corta y una barba larga, sus piernas eran carnosas y atractivas.
- A correr.- dijo Sandoval y los dos se volvieron en sus pasos a toda prisa. Al llegar a la cafetería el anciano le hizo signo con las manos que fuera a la izquierda, y los dos entraron en el interior de la cafetería, allí el dueño les abrió una especie de puerta que estaba en el suelo y les dijo que se metieran, sin hesitar los dos entraron y se encontraron en un tobogán de color rosa azafranado y bajaban como si fuese un juego en un parque de atracciones, bajaron tres pisos y llegaron a un sótano en el que todo estaba hecho de madera.
Cuando acabaron sus bebidas el anciano dijo a la anciana: Vamos a comer agua frita y empanadas de viento.
Sandra Y Sandoval se encontraron en una sala con paredes, techo y suelo de madera. Pasaron siete minutos hasta que llegó una mujer de unos cincuenta años con un delantal blanco, y enseguida los dos dijeron,
- esto debe ser una equivocación.
- Si que lo es, pero no la que ustedes creen.
En ese momento un hombre trajeado y corbateado se acerco al dueño de la cafetería y le dio un billete de cien.
- ¿Pero no era cien por cabeza?