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El camarero dijo que la casa le invitaba a otra guerra, y otra más por el cincuenta por ciento de rebajas, que ya hace mucho que no nos piden una guerra, eso es lo que dijo el patrón. Antes de que el anciano pudiera responder el camarero estaba con dos guerras y la cuenta que era el cincuenta por ciento, o sea la mitad de lo que había pagado por la primera guerra.
- Ya ve usted, dos guerras por el precio de media, cuatro por el precio de una, y ocho por el precio de dos.
El anciano le pagó de inmediato y le dio una propina, y me deja usted un ratito tranquilo que quiero escribir algo.
- Será una guerra.
- Eso es.
Está vez el anciano se puso a beber despacio pero se le fue la inspiración, y no se acordaba ya de su frase genial para empezar un libro, erase una una guerra, frase de los más grandes bestsellers de todos los tiempos, nada mejor que una guerra para vender libros. Yo se lo podía soplar, o el joven Sandoval o Sandra que aunque no sabía nada de guerras sabía mucho de bestsellers.
El anciano bebía tranquilo, la anciana le miraba desde la esquina de su ojo y se daba cuenta que le recordaba a su marido, que odiaba, pero que hace muchos años fue un amante de primera, hasta que empezó a tomar esas pastillas contra la tensión y se le fue toda la tensión sexual, en eso pensaba le viejita. La guarra.
La anciana que aparentaba tener unos setenta y ocho años siete meses cuatro días y siete horas, en realidad tenía ya setenta y nueve años dos meses un día y siete horas y ahora estaba acordándose de cuando salía a la calle con una falda larga y sin bragas, era en la época que se llamaba en francés les années folles, y que a ella le gustaba llamar los años foyes, y se preguntaba si el anciano también había tomado esas pastillas contra la tensión que se llevaban también la erección. Claro que si querías después te vendían pastillas para la erección, pastillas que su marido nunca pudo soportar porque al tragarlas tenían un efecto secundario que ningún medico estaba dispuesto a creer, y era que le daban ganas de comerse sus propios cojones, de una forma tan fuerte que casi se rompía la columna vertebral, hasta que no se le daba un calmante y se dormía no dejaba de intentar hacer el gato, así que al final lo hacían con un vibrador de esos que compró en el zoco chico, en el sótano de Satanás.
Yo creo que sí me gustaría chupársela, por lo menos eso. Pensaron los dos ancianos a la vez. Pero sin hablar mucho, chupar y nada más. Esta guerra es que tiene un sabor muy raro. No sé si voy a beber algo así otra vez, no me atrevo ni a preguntar si tiene alcohol, porque a lo mejor el jefe me envía otra guerra, así que mejor me quedo callado y lo bebo lentamente.
- ¿Y qué sabor tiene eso?- Preguntó la anciana.
El anciano se hizo el sordo, lo cual decepcionó mucho al escritor que aquí esperaba meter un dialogo de puta madre, de unas siete mil palabras que tiene en otro archivo y que ni siquiera tiene que hacer un esfuerzo por escribir. Encajaría aquí de puta madre. Pero el anciano que nanay de la china, él a esa tía no respondía.
Ni aunque me paguen, y eso que nadie me paga, yo aquí gastándome mi dinero intentando escribir algo que no me sale ni de locos. Yo con esa tía no hablo.
Para la anciana que ya se sentía excitada y se acordaba de esa época de los años foyes, cuando tenía un amante cojo, bueno joven y un poco cojo, bueno, muy cojo, porque había perdido una pierna en la guerra y además no follaba muy bien, ni mejor que su marido, ni tampoco fue un gran amor, pero tenía ganas de tener un amante y eso es lo que la cayó del cielo, pues es que la vieja no iba a ceder. El dialogo que tenía preparado el narrador ya no servía para esta parte pero ella se levantó y se acerco a la mesa del anciano que no tragaba pastillas contra la tensión, yo pastillas doctor no meto en mi garganta ni que me paguen, y encima me piden que los de dinero a esos hechiceros. Ella se levantó y fue a su mesa.
- ¿Pero está usted sordo?
- Bueno sí, bastante.- el anciano atrapó la cuerda y se hizo el sordo, aunque ya ella empezó a gustarle un poco. Bueno, se la chuparía, y nada más que eso. No tenía ganas de muchos más que eso. - la verdad es con el tiempo que hace tengo una otitis y el oído derecho taponado.
- ¿Taponado? Bueno, yo le preguntaba qué tal lo que está tomando.
- Un poco raro, la verdad. - Y lo dijo en voz baja para que el camarero no lo oyera. - Puede usted probarlo si quiere.
- ¿Y los microbios?
- Mire, aquí hay una guerra que no he probado. Se llama guerra. Si quiere se la bebe toda. Toda una guerra para la señora…
- Gracias.
- la señora…
- Lo que sea, la señora lo que sea, que no crea usted que yo me paseo por las catedrales diciendo mi nombre a desconocidos.
- Eso no, pero salir a la calle sin bragas no te importa.
Era una frase que el anciano decía muy a menudo veinte años atrás, y que por alguna razón le saltó a la cabeza. Sí, mira, pues ¿qué coincidencia, no? justo lo que había pensado la anciana unos minutos antes. Pues sí, pura coincidencia, y el que no se lo crea pues que no se lo crea. La anciana que ahora debía darle una torta se puso a reír a carajadas. Los dos jovencitos, Sandoval y Sandra seguían cerca, ella probándose pares y pares de zapatos y el refunfuñando en contra de todas las zapaterías del mundo y contra toda la industria del zapato. A eso al anciano no le gustaba nada del todo.
- ¿Y de qué se ríe usted? Se cree que no lo sé.
- No de eso, hombre, me río del sabor de esta guerra. Tiene un sabor que es un chiste.
- ¿Qué?
- Un chiste. Mire es dulce y amarga, es salada, es agria, y sabe a limón cuando parece tomate, o sabe a vino y parece cerveza, una guerra.
- Pues a mi no me hace gracia.
- No crea que a mi me gustan las guerras.
- Pues a mi si, a mi si me gustan las guerras. - dijo el anciano.- y además me gustan mucho los genocidios.
- ¿Qué?
- Eso, ya ve, soy un antisocial, un sociopata, me encantan los genocidios.
- Nunca había oído eso.
Tampoco Sandoval había oído una barbaridad como esa.
- ¿Y qué sabrá usted de genocidios?
- Pues casi nada, todos mis tíos, primos, amigos murieron en la guerra. Casi nada. Pero después de un genocidio se huele un aire de limpieza. Matan a muchos buenos pero también a mucha mierda. A veces la peor mierda es hasta la familia. Claro que debe ser más divertido matar que ser matado, digo yo, aunque tampoco está mal que desparezca media o toda la familia.
- Usted me da asco, - la anciana se fue de nuevo a su mesa, con su guerra en la mano. Preguntando - ¿me la puedo llevar?
- Faltaría mas, ya veo que le gusta a usted esa guerra.
Ella hizo una cara de empojiñada y se fue a su mesa. El anciano ahora estaba contento de que nadie le iba a molestar y abrió el cuaderno.
Pero no.
Sandoval que nunca, pero nunca en su vida había dirigido la palabra a un extraño ni para preguntar la hora o para saber donde estaba una calle, se sorprendió a si mismo cuando le pregunto al anciano.
- ¿Usted ha dicho que le gustan los genocidios?
- Siéntese usted. - dijo el anciano, dándose cuenta por fin que ese día ya no iba a escribir.- El joven Sandoval le gustaba más que la anciana, tenia la edad de el campesino que le follaba cuando era niño. En esa época le parecía un anciano, ahora era un joven.
- ¿Quiere usted beber algo?
- Pues la verdad, siento haberle molestado.
Levantó la mano al camarero.
- una guerra para nuestro amigo.
- Faltaría más. No por favor. No.
- es solo una bebida, se llama así, y gusta mucho a las calentonas de cierta edad. Esa iba a la anciana que estaba tan empojiñada que no oyó nada.
Antes de que canta un gallo el camarero estaba de vuelta. El anciano pensó que debía haber preparado una buena cantidad de guerras cuando el pidió la primera. Enseguida le pagó, y ahora Sandra preguntaba a Sandoval qué hacía sentado en la cafetería, desde la entrada a la tienda que ahora sonaba como loco porqué ella tenía un par de zapatos en sus pies, ¿Qué te parecen? Enseguida aparecieron dos policías, un hombre y una mujer, señora, no salga de la tienda con los zapatos, venga, entre, que si no tenemos que arrestarla. Sandra entró.
Al anciano le empezaba a gustar Sandoval, tanto como no le gustaba la anciana. Se le imaginaba en su culo como el campesino y se imaginaba otra vez dando su culo para salvar la vida de la familia. Al anciano no le parecía que el joven era ajeno a esta clase de relaciones. Pero no sabía por donde empezar.
- Espero que te gusta la guerra.
- Bueno, no está mal, es un poco raro, espero que no beben aquí genocidios.
- ¿Quién sabe? Hasta hoy no sabía que las guerras se bebían.
- Ni yo.
- Y ya llevo bebiendo aquí muchos meses, desde que se murió mi mujer.
- Lo siento.
- No es para tanto. Bueno, en realidad no está muerta, está en coma, yo ni la veo, la dejan así en coma para poder cobrar una buena suma mensual de mi hijo que tiene mucho dinero. Ya ni nos dejan morir en paz, porque eso ayuda a la economía.
Compren señores, durante las dos horas siguientes promoción especial en la librería del canuto, compre dos libros de la colección Anafe y reciba gratis tres libros de la colección Tetuán. Y todos los que están ahora dentro de la catedral tendrán que aprovechar esta promoción para poder salir.
- Esto es que ya es una cárcel. - dijo el joven.
- ¿Qué sabrás tú de cárceles? Yo no pude salir de un sótano durante cuatro años.
- Bueno, no es patanto.
- Y me lo pasé bien. Que conste.- sonrió el anciano.- Me lo pase muy bien con un chico de tu edad. Aunque yo era mucho más joven que ahora.
- Me lo imagino.
La Sandra salió de la zapatería con otro par de alpargatas. Siempre se probaba veinte pares de zapatos pero acababa con alpargatas, pero entonces por qué no pruebas de entrada las alpargatas, preguntaba Sandoval. Pero era una de esas preguntas profundas que nadie ha podido resolver.
- Voy por los libros, dijo Sandra,- y después nos vamos, que hoy vienen mis padres a comer en casa.
- ¿y eso?
- Pero si te lo dije ayer.
- ¿Ayer?, pues no, nunca oí hablar de eso.
- Te lo dije mientras veías el partido de fútbol.
- ¿Y era ese el momento?
- Mira, te dejo aquí los zapatos y tú te quedas a hablar con tu nuevo a migo y vuelvo.
Compre de día y compre de noche, compre los lunes y compre los martes, compre cuando está de buen humor y compre cuando está de mal humor, comprar es vivir.
La anciana se estaba meando encima después de beber la guerra e iba casi corriendo al baño. Al abrir la puerta la voz se cambiaba y una voz de mujer se dirigía a las mujeres que entraban. Usted señora lo que necesita es una falda un poco más alegre, que parece que va a un entierro. Compre faldas, compre faldas y blusas, túnicas y medusas. Compre, señora. La anciana entró en el retrete mientras seguía oyendo esa misma voz que se dirigía a nuevas mujeres y se dio cuenta que había salido de casa sin bragas, cosa que ya no hacía hace años. Esta vez es de puro olvido, pero no pudo no acordarse de la vez que salio a un restaurante con su marido sin bragas y en medio de la cena se fue al baño y folló con un francés que le había guiñado desde el fondo de la sala y se había levantado en el momento que se dio cuenta que ella le había repelado. Ella fue como una buena niña que la maestra le dice que se levante y escriba algo en la pizarra. Él la penetró por detrás y se corrió casi enseguida. Después cuando volvió a la mesa su marido se puso a reír, y ella rozó con sus pies descalzos sus huevos.