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- Si, pero no sé si por idiota o es que no se enterado que hoy no necesitamos ambaxos por esa puerta, no hay trabajo para ellos, los necesitábamos por la otra bajada a los sótanos.
La otra bajada, la del los subsotanos, era la bajada de la cual el anciano había salvado a los dos jóvenes, en ella se encontraba la muerte, rápida y segura. Ni el dueño de la cafetería ni el anciano lo sabían. Ahora el anciano y la anciana andaban juntos hacia la salida B8 cuando se acordó de los libros que tenía que comprar para salir. Fue a la librería, los compró en menos que canta un gallo, compró los primeros libros que seguían las reglas de la promoción y fue a pagar directamente.
- Sí, es una falta, porque mucho trabajo hoy no tenemos aquí, dijo la mujer cincuentona, pero ya encontraremos algo, hay que limpiar el suelo y los mataderos, bueno, por lo visto es la primera vez que llegan aquí, las cosas son muy simples, hoy tendrán que trabajar para los de arriba, los de arriba no saben nada de los de abajo, los que saben nos llaman los ambaxos, hoy trabajan aquí hasta la una y media de la mañana y se acabo, ese es su castigo por haber robado,
- Pero si no hemos robado nada de nadie, - Dijo Sandoval.
- Bueno, algo habrán hecho, claro que pueden apelar a un tribunal pero entonces os quedáis aquí hasta el juicio y eso puede durar dos años, así que mejor se callan y salen esta noche, como todos y se acabó, el trabajo no es tan duro, bueno, primero a la una y media salen pitando, porque a las dos cierran todo y sueltan a los lobos para que no quede nadie alrededor de la catedral, así que lo importante es que lleguen a su casa o al cuello tercero en menos de media hora, mejor vale correr. Mientras tanto ustedes trabajan aquí conmigo, esto es el sótano tres, y se llama la sinagoga, aquí preparamos carne de cordero, vaca, pollo y jirafa para enviar a los restoranes de arriba. Hoy no hay mucha carne, hay escasez, así que limpiaremos todo para mañana. Y creo que os habéis salvado de una gorda.
- Y esa cual es.
- Yo no digo nada, pero a veces una oye voces, gritos, de abajo, dicen que hay otro sótano más abajo y que allí utilizan a los ambaxos cuando hay escasez de carne, que cuando ponen unas gotas de aceite esencial de azafrán la carne humana tiene el mismo sabor que la carne de vaca, pero son rumores, así que mejor hacen lo poco que hay que hacer hoy aquí y se van esta noche y se olvidan de todo y mañana siguen comprando.
- ¿Y por qué tendríamos que creer lo que dice?- Dijo Sandoval.
- Mejor nos callamos.- Dijo Sandra.
- Ah, y todo lo que tienen en las bolsas está confiscado y lo enviamos para arriba de inmediato.
- ¡Qué cara dura!
- Muy bien,- Dijo Sandra.- Se lo llevan.
Los dos jóvenes fueron trasladados a una sala blanca con manchas de sangre, y les dijeron que limpiaran las manchas. No es muy difícil, dijo la mujer. En ese momento los dos ancianos entraron en la casa del piso diecisiete.
- ¿Quieres beber algo?
Preguntó el anciano.
- ¿Qué vamos a hacer con esto?
Preguntó el joven.
(Tetuán, Marruecos, 1959) Vive en Jerusalén. Empieza a escribir poesía a los quince años, en inglés, después en hebreo, y finalmente en su lengua materna, el castellano. En España ha publicado el poemario Esquina en Tetuán (Esquío, 2000) y en 2005 la novela Lucena (Lf ediciones). En el 2008 la editorial Destino publicó la novela En Las Puertas De Tánger.