OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Marzo 2010. Antilde;o cuatro. Número doce

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Datos de la revista, marzo 2010, año 4, número 12
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Urnas

(Relato)

 

 

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Siempre lamenté los exiguos viáticos que el periódico me daba en los viajes. Pero había una razón: en lugar de ser vistos como momentos de gran tensión nerviosa, de enorme concentración y esfuerzo, para la gerencia eran considerados premios. Y la verdad es que de algún modo lo eran, pues quería decir que por unos días dejábamos de ver la nariz roja de Pedraza, jefe de sección... De escuchar sus críticas desproporcionadas a todo lo que escribíamos. Además nos daban el aire de ser sumamente importantes, como si el periódico y la prensa en general sobrevivieran gracias a que nosotros viajábamos para informar, y entonces se había creado una leyenda de hoteles de cinco estrellas, de salidas intempestivas, de esposas llevando de urgencia al aeropuerto una camisa limpia y una corbata.

No era mi caso, pero tampoco era, en realidad, el caso de ninguno. Sin embargo manteníamos esa leyenda por vergüenza, porque nos gustaría que así fuera, por lástima. Se dicen muchas mentiras en mi profesión, pero todas se perdonan porque al fin y al cabo uno tiene que vivir de algo, y escribir en un periódico no es mejor ni peor que ser, por ejemplo, cajero de banco o corredor de bolsa. Es sólo una forma más de pasar el día que permite, con cierta dignidad, rellenar la casilla de profesión del pasaporte con la pomposa palabra de «periodista». Permite también, como toda actividad profesional, exceder los límites y llegar a ser alguien de prestigio. Ese es el sueño secreto del pequeño redactor, pues el material con el que escribe es el mismo que utilizan los grandes periodistas, aquellos a quienes todos respetan. Napoleón decía que la bayoneta de cada humilde soldado podía contener el bastón de un mariscal. Y aquí lo mismo, pues los periodistas rasos, como yo y tantos otros, buscamos hasta la derrota esa historia que tal vez nos lleve al triunfo, aún a sabiendas de que, matemáticamente, es tan difícil de encontrar como los números correctos de una quiniela.

Los exiguos viáticos. Estos me obligaron, al llegar a París, a alojarme en un modesto hotel del Boulevard de Grenelle, frente a la estación de metro de La Motte Piquet. La habitación tenía ese color tristón y sucio que tienen la mayoría de los cuartos parisinos por la abominable costumbre francesa de empapelar las paredes. El papel de colgadura, que por lo general es viejo y a veces tiene escritos o dibujos obscenos de otros inquilinos, absorbe el humo del cigarrillo y las manchas de sudor, y la humedad le va dibujando una orla negra que revienta como una llaga al tocarla con el dedo.

Odio París. Si acepté venir a cubrir este congreso fue sólo porque ningún otro en la sección conoce el francés como yo y el director vino a hablarme personalmente. Y la odio porque en otra época viví aquí. Yo también fui uno de esos hombrecitos grises que viajan en el metro envueltos en gabardinas y bufandas, que se sientan y vigilan con preocupación el reloj y que hacen el trayecto mirándose la punta del zapato hasta que se levantan con un salto nervioso, caminan por los socavones y, luego, al salir a la calle, van a meterse a alguna oficina. Me dan lástima porque durante años yo fui uno de ellos. Pero a pesar de haberme ido de París hace tanto tiempo, al llegar y oler ese aire sucio, al ver la caspa en los vestidos de la gente, al detectar el mugre en las paredes del metro y el olor a colilla fría, sentí un aire de angustia, el mismo que sentía cuando vivía aquí y encontraba, por ejemplo, una carta de la Administración. Ese miedo vive aún dentro de mí, el horror a equivocarme en alguna carta pública y cometer, sin saberlo, un delito. O la angustia de que mis hábitos de vida, cada vez más sencillos, fueran detectados por algún vecino y luego denunciados, pues uno puede ser culpable de muchas cosas sin darse cuenta.

Por ese odio, por esa sensación profunda de lástima, decidí no salir del hotel ni llamar a ninguno de mis antiguos amigos, entre otras cosas para no exponerme a que no me recordaran, o a que me dijeran qué bueno que viniste y luego me dieran cita para dentro de una semana. Entonces empecé a asistir a las sesiones del congreso desde muy temprano para tomar atenta nota de todo, hacer entrevistas y resúmenes de los aburridos boletines de prensa, y a eso de las seis de la tarde regresar al hotel a escribir mis artículos.

Cualquiera que haya hecho viajes de periodismo sabe lo mal dispuestas que, por lo general, están las habitaciones de hotel. Los enchufes están siempre debajo de la cama o detrás de un sillón, y entonces hay que cambiarlo todo, mover la mesa para poder conectar el computador y trabajar en una posición incómoda. En mi caso, además, con la luz de neón rojiza y verde de un restaurante chino que se prende y apaga cada tres segundos. Los enchufes. Casi nunca cuadran y siempre hay que tener prevista una tarde para ir a comprar adaptadores que permitan trabajar. Adaptadores de corriente y de la toma del teléfono, pues desde hace unos cuantos años enviamos nuestras notas por módem, y el dolor de cabeza comienza cuando al teléfono del dormitorio no se le puede sacar el cable. Yo no tuve ese problema porque recordaba los enchufes franceses de patas redondas y ya traía desde Bogotá los adaptadores. Por esa razón gané unas horas muy valiosas en las que pude recostarme en la cama y descansar, mirando la humedad del techo y preguntándome qué hubiera sido de mí si me hubiera quedado en París.

Muchas veces estando en Bogotá, sobre todo mientras esperaba un taxi para volver a mi casa después del trabajo, me decía que mi vida parisina no había terminado. Que a pesar de no estar seguía existiendo y que alguien, un hombre de gabardina gris y cara triste, vivía lo que estaba destinado para mí en lo profundo e insalubre de los túneles del metro y en los estudios de radio en los que trabajé; que había alguien a quien le caían encima las tardes de abulia y las angustias, las esperas rondando el teléfono con la esperanza, del todo infundada, de que una voz amiga llamara a proponer algo maravilloso que permitiera cambiar, de una vez y para siempre, esas horas lentas en las que nada sucedía. Cuando no se es feliz pero tampoco desgraciado nuestra vida empieza a parecerse a las vidas de los otros, a las de todos aquellos que han trabajado para no tener sobresaltos, para llegar al fin de año con una ínfima promoción en el trabajo y salir de vacaciones a alguna isla soleada con la esposa y los hijos. Yo estaba seguro de que mi vida en París seguía existiendo sin mí sencillamente porque nunca había sido mía, pues era la misma que llevaban tantos hombres comunes y corrientes, esos que están siempre muy ocupados, que de vez en cuando lloran o son felices y luego, indefectiblemente, regresan a la oficina creyendo que son únicos y vuelven a hablar del tiempo y de la lluvia. Se habla mucho de la temperatura cuando se vive en París, pues uno tiende a creer que lo que le sucede es culpa de algo externo y malicioso. La capa de ozono, por ejemplo.

Había terminado de desgrabar una entrevista sumamente aburrida y al fin me disponía a dar cuenta del plato de pollo con ensalada que había pedido al cuarto, cuando escuché por primera vez el lamento. Era una mujer que lloraba y la voz de un hombre intentando consolarla. Tenía una forma de llorar regular, sin sobresaltos, como el sonido de la lluvia en cualquiera de los inviernos parisinos. Un sonido que no indica nada más que eso: está lloviendo. No se sabe si va a durar mucho o poco. Simplemente está ahí. Entonces me acerqué al muro y pude distinguir con más claridad el llanto. La voz de alivio no hablaba en francés sino en un idioma que yo ignoraba. La escuchaba apenas, como una letanía, y no podía saber qué era. ¿Portugués? ¿Ruso? ¿Árabe? No tenía altibajos y al poco tiempo dejé de escucharlo. Entonces me senté en el sillón que la piedad de los propietarios había colocado cerca de la ventana, dispuesto a entregarme a mi pasatiempo favorito en los hoteles, que consiste en imaginar las escenas que transcurren del otro lado del muro. Casi siempre me vienen, tal vez por una educación de telenovelas, las historias de amor. Entonces veo a un joven y a una muchacha besándose, ella nerviosa por la presencia de la cama y él angustiado porque aún no sabe si podrá pagar el precio de una noche completa. Se besan y él no se atreve a bajarle la mano por la espalda, pues hasta el último instante debe demostrar que la respeta. Entonces ella le pide un minuto para ir al baño, y él, al quedarse solo, corre hasta la puerta y lee angustiado la hoja de precios... Sí, le alcanza. Esto podría estar sucediendo muy cerca, alguien podría estar a punto de ser feliz a pocos centímetros de mi sillón. Yo también he sido feliz pero ha durado poco. Una vez subí a un hotel como éste con una mujer que ofreció hacerme un masaje en la espalda, pero no me atreví a insinuar algo distinto y luego salimos, y esa noche me pesa en la memoria como si se hubiera repetido mil veces, como si hubiera determinado una tragedia que luego se haría permanente. Las mujeres más importantes de mi vida, y no sé por qué lo digo ahora, han estado poco tiempo conmigo; a veces un solo día, e incluso menos.

El llanto de la mujer en el cuarto vecino. La voz que le daba consuelo seguía al lado, como si implorara o rezara. Entonces pensé: «Es una pareja que ha tenido una disputa. Estarán de paso por París y habrán peleado porque ella quiso comprar algo que él desaprobó y ahora ambos se arrepienten: él le dice que mañana volverán al almacén y ella llora porque ya el daño está hecho, pues por la calle la trató de caprichosa y le echó en cara que con sus modestos recursos ya es mucho haber venido a París como para que, encima, pretenda ella meterse a todos los almacenes. La mujer, enfurecida, lo trató de tacaño y le dijo que eso no podía llamarse capricho, pues a cualquier mujer con autoestima le haría ilusión hacer una compra bonita en París para tenerla de recuerdo toda la vida». La escena me entristeció y decidí, muy a pesar mío, salir a la calle a dar una vuelta. Había hablado con el editor del periódico para comprobar que hubieran recibido el artículo y alguien me dijo, en una indiscreción sin precedentes, que el secretario de información estaba satisfecho, pues lo habían escuchado comentar que «el Congreso se estaba cubriendo de forma equilibrada». Pensé que eso era motivo suficiente para bajar a caminar por el Boulevard de Grenelle y tomar una cerveza en alguno de los bares aledaños a La Motte Piquet. Antes de salir me puse mi bufanda y mi abrigo y en el ascensor me miré en el espejo. Hice caras, me puse de perfil. He engordado, pero los kilos que me sobran no corresponden a nada feliz. Pura y simplemente al paso de los años.

Los bares de La Motte Piquet me parecieron demasiado bulliciosos y decidí caminar un poco más, hasta la glorieta de Cambronne. Allí encontré una brasserie con venta de tabaco que me gustó, con sillas cerca de la ventana y poca gente. Me senté, pedí la cerveza y encendí un cigarrillo, pero de inmediato me di cuenta del error. Un hombre de nariz roja, sin duda un desempleado, narraba a gritos sus proezas a los dueños del bar con un vaso de pastís en la mano. Cerré los ojos y traté de evitarlo, pero sus palabras me llegaban nítidas al oído. Conocía muy bien a este personaje, a ese hombre que la vida fue sacando a empujones hasta dejarlo sin trabajo, sin otro remedio que irse a los bares de esquina a conversar con los camareros. Me levanté y caminé un poco más por el boulevard hasta ver de lejos las luces de Montparnasse, pero decidí que ya era más que suficiente por esa noche y emprendí el regreso. Una leve sensación de angustia alcanzó a apoderarse de mí ante la visión del desempleado, pero ésta fue contrarrestada por otros recuerdos que no eran tristes: mis noches, hace años, en esta misma glorieta de Cambronne, cuando vivía en una buhardilla con Mercedes. Su celo por ordenarlo todo, porque el diminuto cuartico en el que vivíamos estuviera presentable y pareciera un hogar. Y sus palabras de ánimo, tan convencida como estaba de que nos iría bien a ambos, en nuestros trabajos y en nuestras vidas, algo que sólo se cumplió en su caso. Atravesé La Motte Piquet y entré al hotel. Pedí la llave al sonriente recepcionista, un joven indio venido de Madras, y caminé hasta el ascensor. Subí al sexto piso y, cuando salí al corredor, escuché una voz llamándome desde la oscuridad.

- ¡Señor! -oí decir en francés-. ¡Aquí, señor! ¡Por favor...!

Una mano se movía al fondo. Luego vi a un hombre sentado en el salón, en uno de esos lugares con un sofá y dos sillas que a veces se ven en los pisos de hotel y que todo el mundo se pregunta para qué sirven o quién los usa. El hombre levantaba la mano y me hacía señas.

- ¡Oiga, por favor!

Dudé un instante. No era normal que alguien llamara de ese modo a un desconocido. Sin embargo me acerqué, intentando mostrar una seguridad que no tenía. Verlo y darme cuenta de que era árabe fue una sola cosa. Tenía más de cincuenta años y vestía de modo simple; una chaqueta y un pantalón marrón, y en lugar de zapatos llevaba unas pantuflas de tela oscura. Sobre los labios lucía un bigote cano. No sé si fueron mis ojos, pero de entrada me pareció un hombre triste.

- Buenas noches -dije, acercándome-. ¿Me llama a mí?
- Sí-respondió-. Disculpe. ¿Tendría la amabilidad de darme un cigarrillo? Lo vi venir fumando desde la calle.
- Con gusto -metí la mano a la gabardina buscando el paquete al tiempo que me acercaba, y al entrar al espacio del pequeño salón sentí en el aire un perfume dulce de vino barato. El epicentro del olor era el hombre. Tenía una botella a los pies del sofá.
- Tengo a mi mujer enferma en el cuarto y no puedo salir a comprar cigarrillos, por eso me tomo el atrevimiento...
- Sírvase -le dije alargándole el paquete-. ¿Es usted el inquili-no de la 609? Creo que somos vecinos.
- Sí -me dijo-, muchas gracias.

Entonces vi algo que me inquietó: el hombre sacó el cigarrillo con la mano derecha y, antes de encenderlo, lo acomodó con cuidado entre los dedos de su mano izquierda. La operación fue vistosa porque debió separar el pulgar del anular, meter el cigarrillo y luego dejar que los dedos se cerraran. Tenía la mano paralizada.

- Es como si fuera la mano de otra persona -me dijo al ver que lo observaba-. A mí ya no me obedece.

Hice un gesto de vergüenza por mi curiosidad, que ante sus palabras me pareció ridicula, pero inmediatamente agregó:

- Pero tiene una ventaja: me hace compañía. Es ajena a mí y a todo lo que me pasa, y créame que a veces, muchas veces, es un gran consuelo.

Su confidencia me obligó a tomar una decisión y actué rápido, encendiendo yo también un cigarrillo.

- ¿Desea acompañarme con un trago de vino? No es nada especial, lo único que pudieron conseguirme en la recepción del hotel.

Me alargó la botella. Sé reconocer a quien necesita con urgencia de otro, aunque sea un desconocido, y decidí sentarme a su lado. Entonces nos presentamos. Era marroquí, como supuse, y llevaba en París apenas una semana.

- Mi mujer está muy mal -agregó-, y no es para menos. Vinimos a recoger las cenizas de nuestra hija, que murió hace algunos días. Estamos esperando un documento sin el cual no podemos llevarnos la urna.
-¿La urna?
-La urna con las cenizas -precisó.

Recordé el llanto y la voz, y de un golpe pude construir toda la historia: lo que yo escuchaba eran los lamentos de la mujer y las palabras de este hombre intentando consolarla.

- ¿Qué edad tenía? -me atreví-. Digo, su hija.
-Diecinueve. Estaba estudiando letras.

Hubo un silencio denso. Cogí la botella y tomé, asqueado, otro trago. El hombre continuó.

- La mandamos a París hace un año, a la casa de un primo en Sarcelles. Allí conoció a gente mala, adquirió hábitos extraños...

Dijo «extraños» haciendo una mueca de desprecio. ¿A qué se refería? Me quedé callado.

- Usted sabe... Los jóvenes europeos escuchan esa música, van a discotecas, toman cosas... Pasados seis meses mí Leila era otra persona. Dejó de escribir cartas, y cuando llamábamos rara vez pasaba al teléfono.

Un ruido nos indicó que alguien subía en el ascensor y, secretamente, deseé que no se detuviera en nuestro piso. No quería que me vieran ahí, tomando un vino dulzón y escuchando confesiones ajenas a esa hora de la noche.

- Nuestra Leila tomó drogas y murió.

Al decir esto pensé que le hablaba a su mano pues la observaba, inerte, como si alzara un animal. Sus ojos se pusieron aún más tristes y bajó la cabeza.

- Mí mujer ya no quiere vivir... La muerte de Leila, que era nuestra única hija, la destruyó. Por eso la mantengo con calmantes. Ahora está durmiendo y por eso puedo salir al corredor a tomar un trago y fumar. A lo mejor mañana nos dan el documento que hace falta. Somos de Oujda, ¿sabe? Cerca de la frontera con Argelia.

Al hombre le brillaban los ojos y ya no supe qué decir. Entonces pensé en la redacción del periódico, ¿qué diría el director si supiera que estaba tomando vino barato, a medianoche, en un corredor de hotel como cualquier desocupado? Pero me sentía preso. No podía imaginar una frase que me permitiera levantarme, dar las buenas noches y volver a mi cuarto.

- ¿Y cuánto llevan en esta situación?
- La semana entera, señor.

Le ofrecí mi ayuda para hacerle compras y recados. Para traerle cigarrillos de la esquina y todo lo que le hiciera falta. «Hay un Monoprix aquí a la vuelta -dije-, ahí se puede comprar de todo.» Me estaba agradeciendo cuando se oyó un quejido al fondo del corredor. El hombre saltó como un resorte.

- Disculpe, es mi mujer que se despierta. Debo ir. Levantó la mano sana a la altura de los ojos en señal de despedida y volvió a su habitación dando saltitos cortos.
- Siga -le dije-, y espero que pasen buena noche. Recuerde, cualquier cosa en que pueda serle útil estoy en la 610.

Un minuto antes no sabía cómo salir de ahí y ahora me sentía absurdamente solo, con ganas de tomar otro trago y seguir charlando. Entonces tomé una decisión algo turbia, sin duda motivada por los cuatro sorbos de vino, que fue volver a salir en busca de un trago. Las chispas del metro aéreo pasaron dos veces sobre mi cabeza y luego atravesé la explanada de la estación hasta llegar a la Rué d'Odessa, donde hace años frecuenté un baño turco. Montparnasse estaba lleno de animación pues, además de los bares y restaurantes, era la hora de salida de los cines. Sentí el entusiasmo y, al llegar al Select, me atreví a pedir un whisky. Un Ballantine's. Entonces me senté frente a las vidrieras para ver pasar la gente y los carros, para observar la entrada del restaurante La Coupole y analizar a sus clientes. Una de las pocas cosas extraordinarias que me han ocurrido en la vida sucedió allí, precisamente en La Coupole, una noche que fui a cenar con alguien y en la mesa de al lado estaba el escritor Vargas Llosa. Recuerdo que lo miré con una mezcla de admiración y vergüenza, pues me pareció que no más con ver mi cara notaría que yo era un periodista grisáceo con secretas y frustradas aspiraciones literarias.

El mesero llegó con mi whisky, que en lugar de levantarme el ánimo me provocó rabia. Era apenas una gota de licor expandida en hielo y disuelta en agua, cuyo sabor acabó después del primer trago. El chiste me costó sesenta francos. Pagué de mala gana y me levanté irritado, dispuesto a vengarme en otro lugar. Más adelante encontré el Banana Café, un sitio que en mis épocas estaba de moda pero que, ahora, parecía en lenta decadencia. No se sabe qué es peor: si estar solo en el cuarto de un hotel o solo en medio de la muchedumbre. Yo, al menos, soporto mejor la soledad rodeado de gente, pues siento que en cualquier momento puede ocurrir lo inesperado, que unos dedos pueden golpear en mi hombro y de pronto, zas, estar ya sentado con alguien, conversando y riendo. En el Banana Café sentí esto, pero parecía difícil que ocurriera. La música era agradable y, cuando iba por la tercera cerveza, me di cuenta de que no había vuelto a pensar en la historia de mi vecino. Era extraño, pero lo que más recordaba eran sus dedos inertes. Su mano posada sobre la pierna como una flor marchita. Los dedos muertos aprisionando con su peso el cigarrillo. No me dijo qué le había sucedido.

Urnas. Nunca he visto una y ni siquiera sé cómo es la ceremonia de cremación. Pensé, con la cerveza muy tibia fluyendo por mis venas, que la muerte es igual para todos y que sólo varían las circunstancias en que ésta llega... Nada muy original, reconozco. Entonces miré por detrás de la terraza buscando el cielo negro, oscurecido por la noche, y volví a hacer esas preguntas que todos nos hacemos muchas veces en la vida: ¿qué es morir?, ¿dónde vamos después de la muerte? Nada. No hay respuesta y, si la hubiera, no la iba a tener yo esa noche, que cualquiera con un par de cervezas se siente filósofo, capaz de enfrentar esos misterios.

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Sumario

Este Lunes

Más allá de un cuarto propio: trece novelas en pugna en el siglo XXI

Nara Araújo

Contrahistoria de la independencia sudamericana

Alfredo Muñoz-Unsaín

Al margen de la Historia: Antoñita Domínguez en el trono de España

Leonel Antonio de la Cuesta

Memorias de una infamia

Lidia Cacho

La necesidad de un rearme moral

Félix Sautié Mederos

El síndrome del flautista de Hamelin

Manuel Gayol Mecías

Europa en América/América en Europa: Colón y los umbrales de la incertidumbre

Narciso J. Hidalgo

Cómo escribir un cuento

José Lorenzo Fuentes

Poéticas de la ambigüedad: "Un minuto de libertad" de Tania Bruguera y las "Joyas de la Corona" de Carlos Garaicoa

Jorge Camacho

Silbar en Madagascar: el arte de mostrar ocultando

Alfredo Antonio Fernández

Unos escriben

Santiago Gamboa

Otros miran

Orlando Jiménez Leal

OtroLunes conversa

con Fernando Iwasaki

"Tal vez nunca hemos sido realistas"

con Sergio Ramírez

"Eran los sueños y las esperanzas"

con Juan Antonio Sánchez

"De animador cultural a escritor... Cuatro décadas en la literatura"

Punto de mira

La voz poética de la mujer latinoamericana. Brevísimo e imperfecto botón de muestra

Cuarto de visita

con Phillip Kerr

Curriculum Vitae

«Cada país tiene su esqueleto en el armario»

Unos por otros (Fragmentos de novela)

En la misma orilla

El Diván, de Narrativa

No encuentro a mi hijo

Juana Vázquez

Relato

Producto Nacional

Enmanuel Castells Carrión

Relato

Dignidad

Miguel Gómez López

Relato

La niña que no tuve

Rodrigo Rey Rosa

Relato

La marmita, de Poesía

La novia de Wittgenstein

Dolan Mor

(Fragmentos del libro homónimo)

Poemas

Francisco Ruiz Udiel

Poemas

Maribel Feliú

Poemas

Denisse Vega Farfán

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

El barroco de Severo Sarduy

Los aullidos del horror en Eduardo Monteverde

La maga Karla Suárez y su verbo brujo

Antonio Lozano, la emigración y otros miedos

Recycle

¿Somos culpables?

Heinrich Böll

¿Diferencias entre socialismo y fascismo? Fascismo y comunismo: el mismo perro...

Roberto Álvarez Quiñones

Marxismo y Liberalismo

Polémica entre Haroldo Dilla y Carlos Alberto Montaner

El terremoto de Chile

Laura García

De lunes a lunes

Presentarán el Diccionario de Autores y Críticos Guatemaltecos, DACLIG

Estrena la Editorial Iduna un nuevo sitio web

Muere "Chango", Decano de la Prensa Extranjera acreditada en Cuba

Librario

A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

(NOVEDADES EDITORIALES)

A cargo de Recaredo Veredas

La previa muerte del lugarteniente Aloof

Álvaro Pombo

El hijo del futbolista

Coradino Vega

Tres vidas de santos

Eduardo Mendoza

La bailarina y el inglés

Emilio Calderón

Cóndores no entierran todos los días

Gustavo Álvarez Gardeazábal

Donde se cuenta como me encontré con Don Quijote de la Mancha...

Jorge Franco Ramos

Algunas de mis tumbas

Rafael José Díaz

Doce cuentos desvergonzados

Saki

A cargo de Jorge de Arco

Pan

José Viñals

El minuto interior

Rubén Martín Díaz

Rey solitario como la aurora - Antología Poética

Julián del Casal

El tiempo alzado

Lidia Beatriz Biery

Manuscrito en sueños

Juan Rosa Pita

 

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