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Regresé al hotel animado. Sintiendo, a mi modesta medida, que era el rey del mundo. De un mundo pequeño. Digamos: de una isla parecida al mundo. Pero en realidad, quienes voltearon a mirarme vieron a un tipo solitario, a un pobre diablo que iba por ahí pateando latas. Al llegar ni siquiera pensé que eran más de las tres de la mañana y que al otro día iba a estar intoxicado, pues no tenía aspirinas. Lamentable error. El cuarto empezó a girar sobre mi cabeza y debí anclarme con el pie, una operación que no realizaba desde mi adolescencia. Sin saber a qué horas, me quedé dormido.
Los golpes en la puerta me despertaron de un salto y durante un segundo no supe dónde estaba. La oscuridad era densa y miré el reloj de agujas fosforescentes: eran las cinco de la mañana. Pensé que había soñado que alguien golpeaba a la puerta cuando volví a escuchar los golpes.
- ¡Señor! -el llamado era casi un susurro-. ¡Señor...!
Era la voz de mi vecino y de nuevo tuve la sensación de estar soñando. Encendí la luz de la lámpara y sentí una opresión muy fuerte en la cabeza. Eran las cervezas, el vino y el whisky que cobraban su venganza. «Un momento», me escuché decir, y busqué mis pantuflas y mi bata. Al abrir la puerta vi al marroquí vestido con el mismo traje de la noche anterior. Los dedos de la mano muerta le colgaban del brazo como una sarta de peces. Con el otro brazo sostenía una bolsa negra.
- Disculpe, señor, sé que es tarde pero...
- Siga, por favor -le dije, para no hablar en el corredor, y el hombre entró mirando hacia los lados.
- Mi mujer escapó del cuarto, señor, y debo salir a buscarla. No sé cómo sucedió, me quedé dormido un instante y cuando abrí los ojos ya no estaba. Debió salir a tomar el aire...
El hombre colocó la bolsa en el piso.
- Quisiera pedirle que me guarde esto por unas horas, mientras la encuentro y la traigo de vuelta.
Abrió la cremallera del bolso y vi la urna. Una vasija de color verde con dos asas a los lados. Sentí un poco de angustia pero me pareció que el hombre estaba desesperado. Le dije que no se preocupara, que fuera a buscar a su esposa.
El hombre me dio las gracias y salió corriendo. Entonces cerré la puerta y me senté en el sillón, frente a la bolsa negra. El dolor de cabeza crecía con cada movimiento y decidí quedarme ahí, con los ojos cerrados. Hacía frío. Aún estaba muy oscuro afuera pues faltaban un par de horas para que amaneciera. Tiritando, doblado en el sillón, logré dormirme con la idea de que muy pronto, quizás ya mismo, volvería a sonar la puerta.
El timbre del despertador me atravesó el cerebro como una fina broca de taladro. Abrí los ojos lentamente y la habitación, inundada por una escuálida luz de mañana, me recordó que estaba de viaje, que una nueva jornada del congreso estaba por comenzar y que en Bogotá la sección esperaba de mí cubrimiento eficaz, oportunas entrevistas y sesudos análisis. Si tuviera que subir de rodillas las escaleras del edificio Empire State habría sentido lo mismo. Sólo entonces, al enumerar mis desgracias, recordé la urna. Ahora brillaba con un extraño fulgor, como deben brillar al salir a la luz los bronces que han permanecido mucho tiempo en el mar. «Esta sí que es buena -me dije-, ¿y ahora cómo hago para salir de aquí?» La primera hipótesis que vino a mi mente, la de que el hombre había olvidado que yo tenía la urna, me hizo comprender que mi cerebro estaba realmente en mal estado. Luego surgieron versiones cercanas: no se olvidó, pero no quiso despertarme en medio de la noche; no quiso enfrentar a su mujer a la visión dolorosa de la urna, y mientras ella se dormía bajo el efecto de los tranquilizantes él también durmió. En fin, las últimas propuestas de mi mente fueron algo más satisfactorias, y decidí meterme al baño. «No hay nada que no pueda curar un buen chorro de agua fría», decía mi abuelo, y entonces abrí de par en par la llave azul, retiré la cortina y salté adentro pegando un grito. El grito, valga la precisión, lo provocaron dos estímulos: en primer lugar el cambio de temperatura brutal para el cuerpo, y en segundo, en realidad el más importante, un golpe seco de mi rodilla contra el grifo. Caí al suelo de la tina y me acurruqué como un animal herido, sintiendo que la vida estaba muy lejos. Pero uno siempre se repone y al final, con la cabeza latiendo como un gran corazón de dolor, con la rodilla violeta y el resto de la piel rosada por el frío, salí a secarme, afeitarme y lavarme los dientes. Mientras hacía estas operaciones, que en situación normal me producen un enorme placer y que soy capaz de prolongar hasta el infinito, era consciente de que en cualquier momento sonarían dos golpes en la puerta y yo debería abrir para entregar la urna.
Al salir del baño vi de nuevo el bolso negro y pensé que debía adoptar una actitud más respetuosa, pues al fin y al cabo se trataba de un muerto. Pero yo no practico ninguna religión; no me gustan los dioses porque nos roban los secretos y meten su nariz en todas partes. Por eso, simplemente, me mantuve en silencio mientras acababa de calzarme, y cuando estuve listo salí al corredor. Hacía frío y por la ventana abierta del patio entraba un desagradable olor a aceite caliente. Golpeé en la puerta y me quedé a la espera. Una, dos veces. Pero nada. «Señor», susurré, dirigiendo la voz hacia la cerradura de la puerta. «¡Señor!» Nada. Bajé a la recepción y pregunté al empleado.
- Los señores no regresaron anoche -fue la única respuesta que obtuve de un francés gruñón con aliento a cebolla, el propietario del hotel, que durante el día ocupaba el lugar del sonriente hinduista.
«¿Qué hacer?» Miré el reloj y vi que era hora de salir hacia el Centro de Convenciones en donde se celebraba el congreso. Entonces escribí una nota a mi vecino y se la dejé en la casilla. «Tuve que salir a trabajar. Di instrucciones para que le faciliten mi llave en caso de urgencia. Regreso a las seis de la tarde. El vecino de la 610.»
El congreso estaba llegando a su parte central. Los delegados de todo el mundo habían acabado de presentar sus primeras propuestas, que todos habíamos fingido escuchar con los aparatos de traducción, y ahora se disponían a iniciar una ronda de sesiones a puerta cerrada en las cuales nuestro trabajo se hacía más difícil. Era ahora que la pericia del periodista entraba realmente en juego, pues ya no podíamos escudarnos en los cómodos boletines del servicio de prensa, en los resúmenes de las intervenciones y en las versiones directas de los políticos. Ahora éstos estaban detrás de una puerta y el contenido de sus charlas era secreto. Para poder escribir algo, para llenar la doble página diaria que justificaba el pago de mis viáticos, debía trabajar el triple y desplegar todas las artimañas a la caza de cualquier indiscreción o rumor. En este punto las conversaciones de cafetería se volvían vitales, lo mismo que los buenos contactos con otros medios de prensa. Y así lo hice, y después de una tarde agotadora en la que logré cazar un par de comentarios novedosos en boca de representantes diplomáticos, volví al hotel a escribir mi artículo. Sólo al llegar a la recepción pensé en la urna.
- ¿La pareja del 609 ya regresó?
-No señor -me dijo el francés sin mirarme a los ojos. Y en efecto vi que mi mensaje estaba todavía en su casillero, al lado de la llave.
Subí a la habitación algo molesto. ¿Habrá tenido algún problema grave con su mujer? Era seguro. Entonces entré a mi cuarto y vi la urna, asomando su gracioso copete color verde turquesa por la apertura de la bolsa. Me agaché y la extraje, notando que detrás caía algo al suelo. Era una fotografía de una joven en blue jeans delante de la fuente de Luxemburgo. «Ya estoy en París. Besos. Leila.» Agregaba una fecha. La joven se parecía a su padre: tenía la cara delgada y una nariz muy fina que se proyectaba hacia adelante. La foto había sido tomada en el verano y por eso vestía unos pantalones cortos celestes. Era bajita y tenía algunos kilos de más, pero me gustó su sonrisa, y no me pareció posible que esa simpatía, esa vida fresca que emanaba de su rostro pudiera ser ahora cenizas. Mi carácter dilemático y pesimista me llevó a hacer algunas reflexiones banales sobre la vida que, esta vez, no transcribiré, y con gran disciplina me senté a escribir el artículo. Mientras redactaba lo poco que había logrado recoger, escribiendo de tal forma que mi par de secretos parecieran importantes, esperaba con ansia los golpes en la puerta y la voz de mi vecino. Con cada ruido en el corredor me preparaba para abrir la puerta. Pero nada. Entonces hice un cálculo: en tres días acababa el congreso y yo debía regresar, lo que equivalía a decir que mi vecino tenía tres días para recuperar su urna. Pero esto me llevó a pensar otra cosa: si no aparecía, ¿qué diablos haría yo con las cenizas de Leila? Esta pregunta era ya más difícil y preferí no buscar una respuesta. Lo mejor era concentrarme en mi artículo pues, según mi reloj, quedaban exactamente cuarenta y cinco minutos antes del cierre.
A la hora en punto mandé ciento ochenta líneas pensando que se harían comentarios por el leve retraso. Pero la imagen de Leila, poco a poco, se iba instalando en mi mente, ganando terreno y llevando mis ojos una y otra vez hacia la urna. Mi vecino dijo que había tomado drogas y pensé en la sobredosis, que es la forma más común de morir por drogas, aunque nada me pareció más lejano a su rostro que el drama de un organismo carcomido por la heroína, por ejemplo, o los ácidos, o esas pastillas que fabrican ahora. ¿Cuál sería la droga que la mató? Pedí un pollo con ensalada y encendí la televisión con la idea de no salir, pues quería evitar a toda costa la tentación de la cerveza y los bares, de esa atmósfera que con tanta facilidad nos acoge y de la que es difícil salir cuando el resto de la vida es más bien inhóspita. Y aquí, tal vez por Leila, y para que se vea que este Valle, además de Lágrimas, es de Vicios, me nace hacer una confesión: siempre he tenido problemas con el alcohol y ya va siendo hora de hablar muy en serio con alguien, aunque ésta sea otra historia.
En estos soliloquios andaba cuando escuché pasos y el ruido de una llave en la habitación de al lado. Regresaban, por fin. Ante la inminente despedida miré la urna y pensé que había sido respetuoso. Lo suficiente como para seguir teniendo de mí esa imagen digna que, en ocasiones, pierdo de vista. Apagué el televisor y me levanté al espejo para intentar mejorar mi aspecto. Me puse el saco y encendí un cigarrillo, impaciente, observando el cambio de colores del aviso luminoso. Pero estas señales intermitentes son picanas para los nervios del que espera, pues uno comienza a contar, a decirse que antes de que las letras verdes se enciendan por quinta vez ya habrán golpeado a la puerta, y al ver que llega y que nadie golpea viene un nuevo plazo, otros diez cambios de luz. Pero nada. Entonces decidí salir al corredor.
El espectáculo que vi me dejó perplejo. En lugar del señor marroquí y su esposa encontré una horda de policías, esos fascistas vestidos de azul claro que en Francia llevan el ridículo nombre de «guardianes de la paz», pero que más que «la paz» lo que buscan es la oportunidad de reventarle la cara a un árabe o a un negro. Con ellos un señor de civil, acompañado del propietario del hotel, recogía las pertenencias de la familia, mientras que los policías alejaban la mirada curiosa de otros inquilinos que también se habían asomado al corredor. Mis piernas empezaron a flaquear y llegué a creer que la policía escucharía mis latidos. Me dio miedo retirarme, pues no quería llamar la atención, pero sentí que mi presencia en el corredor era sospechosa. Tal vez buscaban la urna y yo debía hacer algo... ¿Entregarla? Juré al hombre que la cuidaría hasta su regreso y pocas veces he incumplido una promesa, aunque en este caso hubiera un cierto hedor de peligro. ¿Y si su contenido no fuera en realidad cenizas? Pero al poco me retiré a mi habitación avergonzado de mis sospechas, di-ciéndome que la cercanía con aquellos fascistas debía haberme influenciado.
Cuando se fueron bajé a la recepción e interrogué al propietario. El hombre me dijo que el señor marroquí de la 610 había sido arrestado por suministrarle drogas a la esposa, que la noche anterior la señora había tenido un ataque, que había escapado y luego perdido el sentido en la calle. Al llevarla al hospital los médicos habían encontrado que su organismo estaba bañado en morfina -y subrayó la palabra «bañado»-, con lo cual decidieron llamar a la policía. «El resto ya se lo podrá imaginar.»
- Pero es una mujer enferma... -dije, y de inmediato me arrepentí, pues el hombre levantó hacia mí un ojo acusador que escondía una amenaza: si seguía haciendo preguntas tal vez yo también sería denunciado.
Entonces salí a la calle y caminé hasta el puesto de policía de Cambronne. Le di varias vueltas observando las ventanas iluminadas de los sótanos, como si con eso pudiera lograr dar una voz de aliento a ese hombre que, desesperado en una celda, estaría pensando en las cenizas de su hija y en la salud de su mujer, llorando de impotencia al ver que sus explicaciones no convencían a nadie y recibiendo golpes de los «guardianes de la paz», que habrán encontrado en él abrevadero para su odio. Di otra vuelta pero mis ojos se cruzaron con los de un policía de guardia. Entonces decidí irme antes de que me llamaran por sospechoso y me pidieran mis documentos.
Volví al hotel sintiendo una oleada de angustia que subía por mi cuello como una negra tarántula. No tuve fuerzas y, de camino, hice escala en uno de esos pequeños supermercados de esquina para comprar una botella de Ballantine's, pues la noche que se me venía no era para andarse con heroísmos ni promesas. Serví el primer vaso tratando de ordenar las ideas pero lo único que pude sacar en claro fue que no podía abandonar a ese hombre ni, por supuesto, dejar la urna. Entonces la guardé muy bien en el bolso y la escondí detrás de mi maleta, al fondo del armario, con la idea de que las sirvientas del hotel no le pasaran informaciones al propietario. En esas estaba cuando sonó el teléfono y la angustia se apoderó de mí. ¿Quién podría ser a esta hora? Desocupé lo que quedaba en mi vaso y fui al auricular con un inicio de taquicardia, y la verdad fue que me alegró, del otro lado, escuchar la voz de Pedraza, nuestro editor jefe.
- El recuadro no está completo -me dijo en tono autoritario, olvidando que de vez en cuando los seres humanos se saludan-. Vuélvalo a mandar con la guía de las sesiones de mañana. Y apúrese, cerramos en media hora.
El trabajo me distrajo de las preocupaciones y, sobre todo, fue como un chasquido de dedos, una especie de paño enjabonado que limpió el cristal y me dejó ver de nuevo mi verdadera vida, lo que yo era antes de que la urna entrara a mi cuarto. Pero el trabajo duró poco y por detrás estaba el abismo de una noche entera, larga de recorrer. Volví a llenar el vaso sin saber aún qué debía hacer, pues las posibilidades que venían a mi mente eran confusas. Podía, claro, averiguar el nombre de mi vecino en la recepción, ir a la Prefectura de Policía y preguntar por él. No sabía con exactitud la gravedad de la acusación y era posible que el hombre saliera libre, al menos en libertad condicional, en pocos días. Esto me pondría en la mira de la autoridad, pero al fin y al cabo yo no tenía nada que ocultar. ¿Cómo conseguir el nombre de mi vecino? La respuesta llegó con el siguiente vaso. Durante la noche el guardián de la entrada era el sonriente hijo de Brahma. Miré el reloj y vi que eran las dos de la mañana, y acto seguido me puse los zapatos y bajé corriendo. El hinduista estaba leyendo un ejemplar atrasado del India Times y al verme me saludó con una sonrisa.
- ¿Va a salir el señor?
No respondí a su pregunta y, fingiendo interés por el periódico que leía, le conté que era periodista.
- Tenemos muchos diarios en India... Muy buenos. Me pareció un hombre sincero y le pregunté de frente por mi vecino.
- ¿Hay alguna noticia del matrimonio del 609? ¿Los señores...?
- Arabi. No señor, la policía recogió sus cosas y la habitación está libre. Qué raro, era un señor muy amable.
Volví a subir a la habitación. Antes de terminar el último vaso pude conciliar el sueño.
Al día siguiente me despertó un golpe en la puerta y, al abrir los ojos, noté que estaba vestido y que me esperaba un agudo dolor de espalda por haber pasado, de nuevo, la noche en la poltrona. Abrí la puerta y era el dueño del hotel trayendo una carta a mi nombre con estampilla urbana. La cabeza me pesaba sobre los hombros como un bloque de cemento y, a pesar de haberle agradecido, el dueño no se retiró, pues esperaba que la abriera delante de sus ojos. No sabía cómo quitármelo de encima cuando un milagro vino a solucionar las cosas: el teléfono sonó. Entonces pedí disculpas y cerré la puerta. Era uno de los periodistas mexicanos que había conocido durante el congreso; llamaba para decirme que uno de los delegados colombianos había hecho una declaración importante, y que por solidaridad la había grabado para mí. Lo bendije, le di las gracias y le puse una cita más tarde, en la cafetería del Centro de Convenciones. Entonces metí la cabeza en el chorro del agua fría, tomé un poco de agua y abrí el sobre.
Estimado vecino:
Su amabilidad es el único signo vital que he recibido desde que me encuentro en este mundo de espectros en el que caí tras la muerte de Leila. Lo que ha ocurrido en estos últimos días me hace pensar que, en realidad, los que estamos muertos somos nosotros, y que es la pequeña Leila quien, desde el otro lado, protegida en su urna de color verde, nos espera en la vida. Ojalá que así sea, pues esta sospecha me permite aceptar todos los dolores y humillaciones que he padecido y que, no me cabe duda, padeceré. Me siento muy lejos de nuestra vida en Oujda, de mi almacén de electrodomésticos y de los juegos de dominó con los vecinos del barrio al atardecer. Tal vez nunca regrese allá, como tampoco lo podrá hacer mi pobre esposa. Ella se encuentra extraviada, pues el dolor le robó la razón y lo último que escuché de los médicos, antes de ser arrestado, fue que no tenía cura. Pero ya nada importa. Mi consuelo, y fíjese cómo es la vida, ha sido mi mano izquierda, pues es la única parte de mi cuerpo que, de algún modo, está cerca de Leila, en ese mismo país adonde van las cosas que ya no están con nosotros. No sé si me comprenda, pero la mano me ha servido en estos días difíciles para acariciarle la frente y sentir su presencia. Para aferrarme a la vida, a la hermosa vida de Leila. Perdone que le haga estas confidencias ahora, pero siento que usted es el único que puede entenderlas. El abogado de oficio que se ocupa de mi asunto me juró que pondría esta carta en el correo sin que usted tuviera problemas. Me acusan de haber dado un anestésico fuerte a mi mujer, pues ellos no entienden lo que es el dolor de una madre. Ese anestésico, como tal vez ya sepa, es ilegal, por lo que mi caso, según el abogado, es un tanto complicado. No sé cuándo podré salir pero me siento tranquilo, pues sé que los restos de Leila están en buenas manos. No he querido hablar de la urna a mi abogado ni a nadie, y sólo le pido que deposite las cenizas donde mejor le parezca, liberándose usted del peso que le supone este amargo favor. Yo estoy, se lo repito, satisfecho, pues sé que donde quiera que se encuentre, Leila estará en un mundo mejor, a salvo del odio del que yo todavía soy objeto, y sólo espero que Dios me reúna pronto con ella.
Pido disculpas por los inconvenientes causados. Dios tenga provecho de usted.
Nesrim Arabi
No supe cómo reaccionar ante esta carta y caí de espaldas en la cama. Imaginé los ojos en lágrimas de este hombre, su profunda soledad, y me sentí mezquino, débil, cobarde. Los sufrimientos de otros siempre me han enfrentado conmigo mismo, pues ante ellos surge siempre una voz que dice: «Qué has sufrido tú, qué sabes tú de eso que tanto te quejas y sobre lo que tanto reflexionas». La voz, que le habla a ese niño que aún recibe lecciones y que sigue viviendo, temeroso y a tientas, dentro de mí, llegó puntual en esta ocasión con la imagen de la mano marchita, de los dedos sosteniendo el cigarrillo y el olor dulzón del vino.
Saqué la urna y la coloqué delante de mis ojos, aún con las palabras del señor Arabi rondando en mi mente. Y entonces, habiéndole al techo, pensé que podía tener razón, que la verdadera vida, esa que tantas veces también a mí me escapaba, podría estar ahí dentro, con las cenizas de la joven, y ese pensamiento me provocó un extraño alivio. Pero ya está bien de divagaciones, pareció decirme, en respuesta, la pintura del techo, y de un salto empecé a organizar el día, ya con una idea más o menos clara de lo que debía hacer. No sabía si había un cementerio musulmán en París, pero sí conocía la Gran Mezquita. Entonces escribí una nota que decía, en mi vacilante francés: «Estas cenizas pertenecen a Leila Arabi, ciudadana marroquí nacida en Oujda y muerta hace pocos días a los diecinueve años. Pido para ella una plegaria y un lugar de reposo cerca del dios y los misterios bajo los cuales fue educada». Junto a la carta puse la foto, y salí con el maletín a tomar un taxi en la esquina de La Motte Piquet. La sala de la mezquita estaba vacía a esa hora de la mañana y no fue difícil, escondido detrás de los doseles en donde rezan las mujeres, dejar la urna. Miré por última vez la foto y, convencido de estar haciendo algo transgresor, me atreví a darle un beso. Luego salí y, al respirar el aire de la mañana, me invadió un profundo optimismo, un deseo legítimo de ver mi rostro reflejado en las vitrinas, pues me sentía limpio. Qué lejos estaba en ese momento del hombre tristón y acomodaticio de otros días.
Corrí al congreso, recuperé la cinta con las declaraciones que me dio el mexicano y escribí, de vuelta en el hotel, tres notas muy extensas y analíticas que me valieron una felicitación de los superiores. Los otros dos días hice cosas banales y luego, el día del regreso, llegué al aeropuerto de Roissy con varias horas de anticipación, anhelando que el avión despegara para dejar atrás, ahora sí de verdad, siete años de vida tediosa en París. Bastó haber hecho algo digno para que ésta fuera, por primera vez, realmente mía, y eso lo debo a Nesrim Arabí, a ese hombre trágico que la suerte colocó al lado de mi habitación, en ese hotel de paredes sucias del Boulevard de Grenelle. Y aún a veces, cuando duermo y sueño, veo la cara de Leila. A su lado, una figura borrosa la acompaña. Leila sonríe y la figura, delicadamente, le acaricia la frente con una mano vigorosa, cálida, esbelta y cargada de cariño, nítida ante mis ojos, y entonces sé que ese pobre hombre logró, a través de un miembro que yo vi inerte, llegar hasta ella y darle consuelo.