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No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.
Oscar Wilde.
El escritor Santiago Gamboa nos dice: “En esta historia de escribir libros la única regla es la credibilidad. Un libro puede tener muchos defectos, pero lo que determina que sea bueno o malo es la credibilidad. Y la credibilidad de un personaje se construye contando las experiencias desde dentro; los personajes tienen que estar vivos, a mí me gusta que hablen y se definan entre ellos. Y si no conozco lo que pasa dentro de cada uno no es creíble.”
Esta señal sirve para situarnos un poco en la experiencia literaria de Santiago Gamboa. Una experiencia literaria (al decir de Alfonso Reyes), entendida como una forma particular de traducir el mundo. Hablemos en forma especial de Páginas de vuelta (1995), su primera novela. El hecho de que el lector se enfrente en un momento dado a tres narraciones distintas dentro de la misma novela, hace que ésta adquiera una fluidez narrativa admirable. La narración primaria viene a intercalarse con las historias del joven sacerdote y de la mujer venida del campo, lo cual consigue crear un universo dinámico que transporta continuamente al lector a diversos espacios y lo lleva a formar parte de ese juego narrativo en busca de respuestas.
Pero a la vez que las historias se intercalan y se complementan, cada una de ellas va adquiriendo vida propia a tal punto que aunque se separara cada una del texto original, podría leerse con total coherencia y verosimilitud. Esto da cuenta de un trabajo exhaustivo por parte del escritor, quien no solamente se reta a él mismo a construir un andamiaje y una estructura que demanda esfuerzo intelectual, sino que a la vez reta al lector a enfrentarse a dicho andamiaje y a que le de forma, para que en últimas reconstruya el mundo que se le está proponiendo.
Buena parte de la literatura deriva su fuerza de reparar un origen perdido. La angustia, el olvido, la indiferencia y la crueldad son elementos que hacen parte integral del libro, pero a la vez se encuentran otros como el amor y la esperanza, que vienen a ser componentes que tratan de equilibrar las cosas. Aún así, permanece la impresión de incertidumbre y desencanto, o por lo menos en la trama principal es la sensación suspendida en el aire.
El eje sobre el cual se desarrolla el argumento de Páginas de vuelta es la vida de tres personajes principales, que son Natalia, Arturo y Jaime. Descubrimos en cada uno de ellos a seres que están en un proceso de acomodamiento dentro del mundo en el que se mueven, de búsqueda de un horizonte propio, que se encuentran tratando de encontrarle una dirección a su existencia y que en desarrollo de esa búsqueda se enfrentan a una amalgama de situaciones que les hace concientes de su propia realidad, de una soledad que les acompaña.
El conflicto viene a generarlo el hecho de no poder encontrar lo que esperan hallar, ya que en ese instante se conjugan tanto la necesidad como la frustración, entonces los sueños quedan tan sólo en eso, en ilusiones casi inalcanzables. Y al parecer no existe una salida clara para librarse de su estado. A veces parece que lo único que pueden hacer es seguir adelante, dejar que la vida les vaya mostrando el camino e irse adecuando al mismo, casi sin luchar por transformarlo; en este sentido, el texto puede considerarse como un poco pesimista.
Natalia se encuentra atraída por Arturo, y lo que se interpone en esa felicidad que le representaría estar junto a él es Carlos, su novio. La mujer decide alejarse de este último y acercarse a aquel que le gusta. En desarrollo de esto, lleva a Arturo a acompañarla en una aventura que intenta reunir a un padre con su hija. Pero este hecho que podría acercar a Natalia y Arturo termina por separarlos. Tiempo después, acerca de esta situación leemos que
“Fue pura cobardía -cuenta Natalia-, claro, y lo más doloroso es que nunca lo volví a llamar... Bueno, qué se va a hacer ahora. Apenas llegamos a Bogotá, apenas subí a saludar a mamá y vi el apartamento, mi cama, mis afiches, mis discos, todo, me di cuenta de que yo no podía cambiar, que... ¿cómo decirte? Que lo que había pasado estaba por fuera, ¿me entiendes? Afuera de algo a lo que yo pertenecía, por suerte o por desgracia, pero que no me sentía con fuerzas de cambiar.”
[...] “Esa misma noche lo vi, fuimos al apartamento de la avenida Jiménez y fíjate, todo fue igual, como si yo me hubiera ido el día anterior para la universidad y ahora volviéramos a vernos. Yo odiaba todo eso, pero al mismo tiempo sentía que la vida se colocaba en su sitio y, además, que todo era culpa mía; aceptaba las recriminaciones de Carlos, y hasta me disculpé diciéndole que tenía razón, que me había portado mal.” (Gamboa, 390)
Queda la sensación de un conformismo, de un estatismo del cual es difícil escapar y que, en el caso de Natalia, la atrapa y no le permite romper con los vínculos que odia pero a los que se ha acostumbrado. ¿Y en este mundo dónde quedan los deseos? Quedan momificados por la inercia de una vida que no quiere transformarse, por cobardía, como diría ella, y también por la desazón, por ese rendirse ante las circunstancias, por sentirse más segura con lo que ya existe, a pesar de no ser lo óptimo.
El autor nos habla entonces de personajes que le temen al hecho de reinventar nuevos caminos para su existencia, o por lo menos de mantenerse firmes ante la posibilidad de recorrerlos. Y es que Arturo, el otro personaje involucrado en esta historia, no dista mucho en su forma de actuar. En últimas descubre que siente algo por Natalia, pero, al igual que ella, se muestra incapaz de intentar luchar a su lado y crear una relación estable o seria. En las páginas del texto encontramos que:
Se levanta y va a la sala, relee y se da cuenta de que ha escrito las mismas palabras que vienen a su mente cuando está insomne. Va a la cocina y se sirve un vaso de agua. Mira el reloj: la una de la tarde. Es domingo, la gente atraviesa la 7ª en bicicleta, se oye música. Abre la ventana y respira el aire ya cálido por el día. Tal vez Natalia esté ahí, piensa, en medio de toda esa gente que sonríe y se saluda. Tal vez, pero él siente que no debe bajar a buscarla. (Gamboa, 391)
Arturo también deja que el estatismo le rodee. Siente que no es su deber bajar a buscar a Natalia, porque se encuentra más cómodo sumergido entre las páginas del libro que lo tiene absorbido y que le llena gran parte de su pensamiento. Así pues, sólo le queda el someterse a esa resignada manera de ver las cosas que se encuentran hacia afuera de él.
Kundera señala que “Todas las novelas de todos los tiempos se orientan hacia el enigma del yo. En cuanto se crea un ser imaginario, un personaje, se enfrenta uno automáticamente a la pregunta siguiente: ¿qué es el yo? ¿Mediante qué puede aprenderse el yo?” (Kundera, 33). Santiago Gamboa indaga en ese yo que tanto encierra de misterioso como de interesante. A partir de los diálogos vamos acercándonos a ese comprender y revelar la interioridad anímica de los personajes como reflejo de una realidad que se halla fuera de las páginas del texto. Y es que a partir de los personajes literarios se hace una aproximación al universo real, en dónde el ser humano busca identificarse, descubrirse y entenderse.
Natalia y Arturo son dos personajes que dejan traslucir muchas de las circunstancias que impregnan el mundo de los hombres y mujeres que se mueven por el mundo cotidiano y que esconden o resignan gran parte de sus sueños, ante la posibilidad de vivir en una cierta “comodidad” a la cual se acostumbran. Pero también son reflejo de la imposibilidad de conocerse totalmente, de las diversas motivaciones que mueven la mente. En este sentido, el autor hace una aproximación psicológica a esos mundos tan contradictorios e impredecibles que acompañan la existencia, pero que forman parte integral de la vida.
Resulta justo hablar de Jaime, ese otro personaje que forma parte importante de la estructura de Páginas de vuelta; y es que éste puede representar, si se quiere, la esperanza. Jaime es un escritor que siempre estuvo enamorado de Chela, a quien nunca le dijo algo por temor y porque Fernando, su amigo, terminó enamorándola. Años después se reencuentran, y después de varios sucesos, Jaime se decide a decirle que siempre ha estado enamorado de ella. También se lo cuenta a Fernando, quien queda sorprendido.
Pero este hecho hace que Chela se acerque a Jaime, y aunque nunca se cuenta en la novela si ellos terminan en algo concreto en cuanto a una relación afectiva, sí se abre la esperanza a que algo así suceda. Jaime, entonces, rompe con ese estatismo, con la pasividad que inunda la vida de los demás personajes, no se conforma con su situación y actúa, y es en ese momento cuando algo parece cambiar. En uno de los últimos diálogos entre Chela y Jaime, entendemos que se comienza a construir un nuevo camino:
-¿Por qué no me acompañas a la fiesta de la Beba? ¿Te gustaría? Se supone que hay que ir con parejo.
-Bueno, si ahorro lo suficiente para alquilar un vestido de corbata.
Vuelven a la 15 y se despiden.
-¿Entonces te llamo el sábado para lo de la Cinemateca?
Jaime levanta la mano.
-Sí, por ahí a las once. No muy temprano. (Gamboa, 372)
El autor deja en el aire la sensación de una transformación, de la posibilidad de que esta se dé, que exista. El lector no resulta ajeno ante lo que se le está mostrando, y muy seguramente se identifica con ciertos aspectos que le ocurren a alguno de los personajes. El escritor consigue plasmar las vivencias de ese mundo exterior en el mundo interior de la novela, lo cual conduce a un identificarse por parte del lector.
Bajtin señala que, “El primer momento de la actividad estética es la vivencia: yo he de vivir (ver y conocer) aquello que está viviendo el otro, he de ponerme en su sitio, como si coincidiera con él (en qué forma es posible esta vivencia, es decir, el problema psicológico de la vivencia ajena, lo dejamos de lado; para nosotros es suficiente el indiscutible hecho de que, dentro de ciertos límites, tal vivencia se vuelve posible)” (Bajtin, 1998:30). Así pues, el trabajo estético realizado por el autor se puede observar claramente desde el punto de vista del espectador, porque esas situaciones que les ocurren a los personajes están a la orden del día en la existencia cotidiana del ser humano. Se reafirma pues la capacidad de observación del artista, la cual se refleja en las líneas del texto, lo que las hace tan familiares a los ojos de quien se acerca a la novela.
La esperanza y la desesperanza son dos elementos que se pasean con desparpajo por el texto, convirtiéndose en ejes fundamentales de las historias, de los personajes, de las acciones. El autor no juzga, simplemente pone sobre el tapete los hechos, y le corresponde al lector acogerlos o dejarlos de lado. Pero independientemente de lo que decida, éstos permanecen en lo profundo del texto, grabados en él como señal de que la vida y la buena literatura se identifican mutuamente.
El autor de Páginas de vuelta utiliza una narración fluida, vigorosa y llena de elementos sorpresivos, lo cual permite una lectura dinámica del texto. La narración se da en tercera persona y con un carácter omnisciente. Para su propósito utiliza diversidad de formas como los diálogos, las cartas, la descripción y lo que denomina páginas paralelas, entre otras, con las cuales mantiene a la historia en constante movimiento.
Las historias intercaladas consiguen que el lector esté atento a lo que se le cuenta, lo cual garantiza una complicidad narrativa constante y un juego de situaciones a las cuales es necesario atender para no perder el hilo de los hechos. Resulta interesante observar un pasaje del texto en el cual se entrecruzan diálogos, cada uno independiente del otro, dando la sensación de hallarse frente a escenas cinematográficas. Es el caso del pasaje en el cual Heberto logra que tres compañeros suyos sean reintegrados a la empresa, luego de haber sido injustamente despedidos. Entonces se escuchan una serie de diálogos entre Heberto y su esposa, entre unos sujetos que se resienten por el papel desempeñado por el hombre, y entre compañeros que apoyan a Heberto:
Heberto decidió tomar las riendas de la negociación a los tres días del paro y, luego de una noche de discusiones, logró que aceptaran otra vez a los despedidos. Por eso le ofrecieron un puesto en la mesa directiva del sindicato.
-No sé si aceptar, mijita, es una responsabilidad.
-Increíble ese man, uno lo ve en el ascensor y es una hueva hinchada, pero de frente a los jefes es puro Búfalo Hill.
-A ese hijueputa hay que tenerlo entre ojos, lo dejamos subir y ahora nos quiere meter el dedo por el culo. No señor.
-Tenga cuidado, mijo, acuérdese que usté ya no está solo.
-Lo ven a usté y les tiembla, man. Se les pone la cara como una arracacha. Usté es el man indicado, métale.
-No es cosa de política, no señor. Es pura justicia. Ustedes me acusan de comunista, de rojo, pero aquí la vaina es a nivel de gentes, de tres que le dieron la vida al banco y que ustedes quieren tirar como si fueran medias rotas.
-Eso fue el matrimonio lo que cambio a Huambisa. Claro, eso le da fuerzas a cualquiera. Antes ese huevón no era así. (Gamboa, 287-288)
Estrategias narrativas como estas son las que hacen que el texto de Santiago Gamboa se mantenga en un constante fluir, en una permanente sensación de movimiento que, en últimas, logra que el carácter de la novela adquiera esos tintes que llevan al lector a sentirse transportado constantemente, a entrar a formar parte de ese movimiento que le propone el texto.
Cuerpo y alma: vértigo de los espejos encontrados
Dentro del texto se presenta un elemento que resulta aglutinante en la narración, se trata de la relación cuerpo-alma. Observamos entonces, la separación, unión y complemento que se generan a partir de estos componentes, como resultado de la manera de entender cada uno de estos conceptos como una realidad distinta dentro de un mismo ser humano.
Todo esto tiene que ver, en algunos casos, con la capacidad que las personas poseen o pueden poseer para vivir dos realidades distintas: la de su cuerpo y la de su alma. En otros casos, se refiere a la forma en que el ser humano entiende a su cuerpo como parte de una naturaleza concreta pero en cierta forma aislada de una verdad espiritual que vive internamente y en donde, aparentemente, lo primero no le permite disfrutar de lo segundo con total libertad.
La modernidad ha hecho que conceptos como el cuerpo y el alma se alejen casi que dramáticamente. El gozo corporal no siempre manifiesta un bienestar espiritual, y una paz anímica no lleva obligatoriamente a un bienestar corpóreo. Esto se refleja claramente en el texto y en diversos pasajes en los que el autor da muestra de una realidad que aqueja al hombre moderno.
Veamos por ejemplo el caso de Tati, quien se ve obligada a recurrir a la prostitución como forma de sobrevivir. Ella vende su cuerpo, pero su alma parece que sigue intacta dentro de sí, ya que no permite que esos seres extraños que poseen su parte material lleguen a poseer su parte espiritual. Esto permite que la mujer entienda claramente que se comienza a enamorar de Heberto, independientemente de que su cuerpo tenga que venderse cada día. Leamos:
Pasó la tarde haciendo esfuerzos, mirando con angustia el reloj cada vez que pasaba por el hall. Qué alegría, se había cumplido el deseo de volver a verlo y eso era lo más importante. Sentía algo nuevo. Un entusiasmo que nunca antes había sentido. ¿Será eso estar enamorada?
Siguió pasando el tiempo. Un poco antes de las ocho tenía que volver a subir y pensó ya, éste es el último antes de él. Dieron las 8:30 y Tati miró con ojos huérfanos hacia la puerta, espiando ansiosa cada movimiento a la entrada y a la vez con miedo de que otro cliente llegara a invitarla. Pero de pronto el mundo comenzó a girar muy rápido: Heberto entraba al salón elegantísimo, con un vestido a rayas verde oliva y camisa azul. (Gamboa, 125)
Tati entiende, casi instintivamente, que tiene derecho a dejar aflorar los sentimientos que siguen vivos en su interior, y que enamorarse forma parte de esos derechos que posee como persona. En el pasaje leído atiende a un cliente, pero éste no pasa de allí, de ser un cliente; en cambio, cuando aparece Heberto sale a flote el estremecimiento que produce el amor. Aquí sucede algo, y es que a través del alma viene a adquirir sentido la felicidad del cuerpo. Santiago Gamboa nos muestra cómo el amor es aquel elemento que logra reunir nuevamente a esas dos entidades del ser humano, dándole sentido a la existencia.
Otro pasaje que nos permite observar una variación de esa relación cuerpo-alma es la del monseñor que dirige el claustro a las afuera de Tunja, donde crece el joven sacerdote protagonista de la novela que lee Arturo. El estado de salud del sacerdote se encuentra deteriorado, debido a afecciones digestivas que no lo dejan en paz. Ante tal situación, éste siente que se le está castigando a través de su cuerpo, lo cual no le permite tener bienestar físico ni anímico:
La humillación mayor era la incontinencia de los músculos últimos, los encargados de llevar a buen término el accidentado periplo alimenticio. La hermana Pía y dos novicias mostraban un enorme estoicismo al tener que enfrentar a diario ese desastre orgánico.
“¿Por qué me castigas, Señor, sacando la basura de mis entrañas a los ojos de todos?”, pensaba el Superior entre lágrimas [...]
[...] ¿Por qué me acercas al infierno, Señor, por qué lo traes a mi lecho haciéndolo salir de mis propias vísceras? (Gamboa, 209)
En este caso, el Monseñor se acerca a Dios por medio de la oración, es decir, su alma está cerca del Creador, pero su cuerpo, como él mismo lo dice, lo aleja del paraíso y lo acerca al infierno. Esto, primero que todo, nos habla de esa separación cuerpo-alma que muchas veces se hace y que proviene de formas de pensar antiguas, en donde las funciones del cuerpo se tomaban como aspectos que alejaban al espíritu de la relación con Dios.
Una de las variantes presentes y relacionadas con este tema en la novela de Santiago Gamboa, muestra que tanto lo uno como lo otro forman parte integral e intrínseca de la existencia humana y que separarlos puede resultar antinatural, debido a que el ser humano es una conjunción de la materia y de esa energía que se mueve en su interior.
El juego entre estos dos elementos es recurrente en el texto y denota ese interés del autor por el tema. El ser humano puede que a veces no logre decidir a quién dar cabida en su cuerpo, pero sí puede hacerlo en su alma; no se trata entonces de separar los dos estados, sino de equilibrarlos de acuerdo a la situación. Tati deja que a su alma entre Heberto y toma este hecho como algo natural, lo cual le permite tener otra oportunidad frente a su futuro.