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Prohibido arrojar piedras a este letrero
Hay, en toda ciudad, entre los múltiples y caóticos orígenes, indicios reveladores del verdadero carácter de sus habitantes. El espacio urbano forma parte determinante en la obra de Santiago Gamboa. Este tipo de espacios marcan un particular punto de vista, ya que en la ciudad las acciones se desarrollan de manera particular, distinta a las que suceden en otro espacio geográfico. En Páginas de Vuelta, Bogotá es esa ciudad protagonista y dentro de ella se mezclan las vidas e historias de los personajes, mientras que los sonidos, las calles, el bullicio le brindan un especial color a la narración.
El amor y el desamor, la alegría y la tristeza, la desazón y la esperanza se entrelazan en la urbe y le dan forma al carácter de los personajes. Natalia, por ejemplo, descubre cuando vuelve a Bogotá que ese espacio es el suyo, que, a pesar de los paisajes que conoció días antes, ella se reconoce como parte sustancial de ese sitio en el cual ha crecido y donde ha desarrollado gran parte de su existencia. Entonces hablamos de un personaje urbano, así como lo son Jaime o Arturo, quienes llevan una carga emocional y psicológica enmarcada dentro de los linderos de la gran ciudad.
En un aparte del texto, Natalia y Arturo pasean por diversas calles y sitios de la ciudad, lo cual le permite al lector trasladar su imaginación hacia esos lugares que le pueden resultar familiares, reconocibles. Es claro el conocimiento que el autor tiene de los espacios a los cuales se refiere en la novela, de allí que resulte tan fluida y natural la descripción de los mismos:
Caminan por la 7ª, sin afán, mirando las fotos de los cines y de vez en cuando alguna vitrina. En la 19 Natalia piensa en ir al paradero de las busetas del norte, pero mira un poco alrededor y siente ganas de estar un rato más con Arturo.
-¿Tienes algo que hacer?
-No, ¿y tú?
Caminan hasta el Planetario con la idea de ver la proyección pero una vez allí ven el cartelito de “completo” en la taquilla; dan una vuelta por el edificio, miran las pinturas en el segundo piso y luego se fascinan con las arañas en el Museo de Historia Natural. Al salir vuelven a la 7ª, se quedan un rato en las vitrinas de la Buchholz, frente al Centro Internacional, y finalmente van a sentarse a una cafetería. Oscurecía, eran más de las seis de la tarde. (Gamboa, 154)
Resulta imposible no dejarse llevar por la fascinante narración, o por lo menos para quienes reconocen esos espacios resulta fácil sentirse caminando por ellos junto a los personajes. Definitivamente la novela es urbana, impregnada de ese aire particular que inhala y exhala la ciudad, de esos ambientes que aunque resulten específicos a veces, vienen a convertirse en universales cuando se identifican como presentes en otras ciudades del mundo. Y es que la ciudad forma a un tipo de personaje único y reconocible.
Isaac Joseph nos habla acerca del “laboratorio urbano” en el que sociólogos de Chicago observaron fenómenos de socialización-desocialización, señalando tres características a las que denominan “movilidades” del habitante urbano: “Primera movilidad: el hombre es un ser de locomoción al que los encuentros y las experiencias de copresencia transforman en un enorme ojo. La ciudad instaura el privilegio sociológico de la vista (lo que se hace) sobre el oído (lo que se cuenta), pero al conjugar la adversidad y lo accesible, la ciudad afecta lo visible con un coeficiente de indeterminación y de alarma. Segunda movilidad: el habitante de la ciudad es un ser cuya relación con el lugar que habita es completamente particular; con él la movilidad social y la movilidad residencial se conjugan. El habitante de la ciudad acumula las residencias y se deslocaliza constantemente. La tercera movilidad [...] es la que Simmel llama movilidad sin desplazamiento, la versatilidad del habitante de la ciudad [...]” (Joseph, 21).
La presencia cotidiana de imágenes hace del ser urbano un individuo en constante transformación, movido en gran manera por la observación de los detalles que se acumulan a su alrededor; pero muchas veces ese individuo se ve saturado por dichas imágenes y termina absorbido por esa masa que lo hace desprenderse de su propio criterio. Los personajes de Páginas de vuelta se observan moviéndose dentro de ese engranaje que conforma la ciudad, motivados por las experiencias a las que la misma les recrea y les permite acceder.
Cuando Tati llega del campo a la ciudad, se siente desorientada debido a su infancia y adolescencia rural. Pero conforme va corriendo el tiempo, las experiencias la llevan a formar parte de la movilidad que supone la vivencia urbana. Es así como desde su llegada comienza a descubrir lugares y espacios que le eran desconocidos y a los cuales se va integrando como una necesidad de su nuevo estado. Si Tati se hubiera quedado con un pensamiento rural muy seguramente la ciudad la habría vencido, pero es el hecho de conocer y reconocer los códigos citadinos lo que la lleva a acoplarse al lugar que se convierte en su hogar por un buen tiempo. Cuando Heberto la invita a salir, ella reconoce los lugares en los que deben encontrarse, de allí que se hable de una movilidad residencial y social que van de la mano, ya que la una involucra a la otra en cuanto a que se conjugan casi invisiblemente y se complementan inexorablemente.
Dentro de la ciudad se genera un constante proceso de movilidad, que se manifiesta en el flujo constante de imágenes, de olores, de áreas, es decir, de particularidades propias del pertenecer a un espacio urbano. Es por eso que el habitante de la ciudad va transformándose día a día dentro de ella, aunque parezca que se encuentra siempre dentro del mismo espacio. Esto quiere decir que la ciudad va renovándose constantemente y los seres que la habitan entran a formar parte de ese renovarse, de ese cambio constante que denota la idea de movimiento.
Es por eso que un personaje como el joven sacerdote que llega a la ciudad, comienza un profundo proceso de transformación dentro de la misma. Mientras permaneció en cierta manera aislado de la urbe, mantenía gran parte de su estado natural, a pesar de ciertas inquietudes intelectuales. Pero es al momento de llegar la ciudad cuando esas inquietudes comienzan a hacer mella, cuando se chocan de frente con el fluir de un espacio que comienza a mostrarle las cosas desde otro punto de vista. Pasa de la seguridad de su recinto a la abierta gama de situaciones que se le cruzan por frente a sus ojos y todo ocurre dentro de la ciudad. Se trata entonces de esa movilidad sin desplazamiento, generada al interior de la gran urbe y que está determinada principalmente por el constante movimiento que va de la mano de ésta.
Podemos observar que Natalia, Arturo y Jaime se sienten protegidos dentro de la ciudad, porque ese es el espacio que reconocen, al cual se han adecuado, en el cual se mueven con total libertad y donde se sienten cómodos. La narración de las situaciones ocurridas a Natalia y Arturo cuando tratan de ocultar a Claudia, nos demuestra que a pesar de trasladarse a sitios aparentemente pacíficos de tierra caliente no adquieren una garantía de tranquilidad, ya que hasta esos sitios llegan los hombres que están detrás de su amiga. En cambio la ciudad, a pesar de lo vertiginosa que resulta, acoge, cuida y escuda a quien sabe moverse dentro de ella. Estos personajes vuelven a la ciudad y allí siguen su ritmo de vida, con contradicciones y desencantos, pero con esa sensación de estabilidad que les hace permanecer dentro de ella.
Con Tati el asunto es distinto, ya que huyendo de la violencia se refugia con su familia en una pequeña ciudad, Sogamoso, donde siente que encuentra esa tranquilidad que ha buscado ya sea consciente o inconscientemente. Lo que nos demuestra esto, es que la ciudad no resulta apta para todos, a pesar de lo acostumbrado que alguien pueda estar a ella. Y es dada la personalidad que la ciudad posee, ésta va formando un carácter especial en quienes la han vivido desde siempre, o entre quienes deciden habitarla a pesar de todo. El ser urbano entonces viene a ser un individuo particular, que vibra al compás del espacio en el cual se mueve.
El joven sacerdote no alcanza a asimilar lo que se mueve a su alrededor, la necesidad, la indiferencia, la injusticia que se acumulan en la ciudad y que se le muestran de manera cruda y descarnada, y termina sintiéndose como un mártir que debe salvar a todos aun a costa de su propia integridad. Su locura se genera como consecuencia del choque cultural generado por las enseñanzas de su infancia y las vivencias en la ciudad. Joseph recuerda a Simmel, señalando que, “Lo cierto es que la ciudad provoca una ‘intensificación de la vida nerviosa’ que raya en la esquizofrenia” (Joseph, 29). Y es que quien no está preparado para resistir la presión que genera el habitar en la ciudad, puede terminar dejándose llevar por el nerviosismo creado a partir de la intensidad del devenir cotidiano.
Razones como las expuestas nos permiten entender los motivos por los cuales ciertos personajes, como Claudia, deciden seguir con una vida difícil dentro de la ciudad y no trasladarse a un ambiente rural. El personaje urbano se identifica con los lugares que ya ha recorrido, con esos espacios que forman parte de su existencia y de los que le cuesta trabajo desprenderse. Ya forma parte de un lugar que puede resultar salvaje, pero al cual ama interiormente y se aferra porque representa y simboliza parte importante de su vida, de esa vida que corre al ritmo de la ciudad, como si las dos fueran una sola.
Espíritu de papel, carne de sombra
El oficio de escribir, así como la relación entre realidad y fantasía, toman una inusitada importancia en Páginas de vuelta, como en muchas de las obras de Santiago Gamboa. Y es que este es uno de los temas más recurrentes de este escritor, para quien el trabajo artístico ronda el lindero entre la vida real y la artificial, creada en este caso por la literatura, y que toma tintes que pueden mezclarse de tal forma que a veces la una y la otra se funden a la luz del trabajo estético.
Veamos primero cómo dentro de la obra estudiada, Jaime es el personaje que le permite al autor indagar acerca del oficio de escritor. Jaime trabaja en una novela titulada Ahora el amor, a la cual dedica sus esfuerzos. En desarrollo de esto observamos el trabajo intelectual y el mundo que rodea al escritor:
Hace un recuento del día: a las once, clase de presocráticos, luego por la tarde inglés y el seminario de Kant. A partir de las cuatro ensayo en la casa de Carlos con Arturo y los otros. Baja a la cocina y se sirve un café bien cargado. Vuelve a su cuarto y se sienta en la mesa delante de varios montones de papeles. ¿En cuál trabajará esta mañana? Lleva varios años de escritor así, usando la Remington del papá, escondiendo manuscritos, copiando pedazos enteros de libros que admira para darse cuenta de que lo bueno está a su alcance, que es una cuestión de genio pero que con una vieja Remington también se puede ser Truman Capote.
¿Poesía, prosa, pensamiento? Esta mañana se siente novelista: elige un morro de páginas y lo pone delante de los ojos. Recuerda que el trabajo literario, según Hemingway, comienza por corregir a lápiz lo que se ha escrito el día anterior. Y ahí empata con Vargas Llosa: “el día anterior”, porque la literatura es cosa de todos los días: sábados, domingos y feriados. No hay vacaciones, el escritor nunca descansa. Tiene casi tres horas por delante. Lee por centésima vez su título: Ahora el amor. Y más abajo sus notas: “Novela de inspiración romántica y corte realista. Emilio Zola. Cecilia Valdés. Agustín Lara”. (Gamboa, 29)
Vemos claramente, que este es un pequeño tratado del trabajo del escritor, una labor constante e intelectual que se basa en el estudio continuo, en el conocimiento previo de otros autores, en ese constante crear, recrear, construir, derribar y volver a construir. Se denota en el autor un tinte autobiográfico, si se tiene en cuenta su trabajo como creador. Además, es una reafirmación del oficio literario, al cual Gamboa dedica varios pasajes dentro de su novela.
Algo interesante en la obra es la relación entre realidad y ficción planteada desde el punto de vista artístico. Dentro del texto existen pasajes que hablan de un sargento que pierde su esposa y decide retirarse de la policía y vivir en un pueblo de tierra caliente. Pero no sabemos cómo esta historia forma parte del texto sino hacia el final, cuando Heberto asiste a una reunión del sindicato fuera de Bogotá. Las historias se entrecruzan y existe una doble visión de un hecho: el ataque con armas de fuego a los sindicalistas. Por una parte se nos relata que el oficial retirado es contratado para atacar a un grupo de hombres que van a una manifestación. En desarrollo del ataque es herido y rematado por sus supuestos compañeros de fuga. Por otro lado, leemos que Heberto llega al lugar de la manifestación con sus compañeros y que allí son atacados por varios hombres. Heberto se salva y el sargento muere. Pero lo interesante es que nunca se nos dice si el pasaje del oficial tiene que ver directamente con el de Heberto y viceversa, porque Heberto forma parte de la novela que escribe Jaime, mientras que la historia del sargento no es encasillada dentro de un lugar en particular de Páginas de vuelta. Pero para el lector queda la sensación de que esos dos hechos se relacionan directamente. Es la realidad mezclada con la ficción y detallada por el trabajo literario. Entonces queda la duda, ¿en qué punto se separan o se unen realidad y ficción? Estos paralelos son constantes en la obra de Gamboa y hacen que su trabajo adquiera una gran relevancia crítica, porque la novela no termina en la última página del texto, sino que continúan recreándose y actualizándose en la mente del lector.
En suma, la novela de Santiago Gamboa abarca una exuberante cantidad de elementos que le brindan ese carácter tan particular, porque los temas van destilándose uno a uno a través de las páginas del texto y muchas veces se hace necesario volver atrás para descubrir lo trascendental y la multiforma de su presencia; el lector requiere volver, páginas de vuelta, para reconocer el espacio que la novela le ha planteado.
Publicado en el Número 37, Noviembre 2007-Febrero 2008, de Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
Bibliografía:
1. Bajtin, Mijail. Estética de la creación verbal. Madrid: Siglo Veintiuno, 1998.
2. Gamboa, Santiago. Páginas de vuelta. Bogotá: Seix Barral, 1995.
3. Joseph, Isaac. El transeúnte y el espacio urbano. Barcelona: Gedisa, 1993.
4. Kundera, Milan. El arte de la novela. Barcelona: Tusquets, 1987.
Escritor colombiano (Sincé, Sucre, 1970). Es periodista, guionista e investigador de temas literarios. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Cartagena, y cursos de Periodismo en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ha publicado: Hombres solos en la fila del cine (novela); El temblor del kamikaze (cuentos), Canciones de un barrio en la frontera (poesía), Temeré por mí al final de estas líneas (prosa poética) y Papeles para iniciar el fuego (poesía). Nominado al Premio Rolex Mentor de Suiza (2003), Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá (2002) y ganador de la Beca Nacional de Novela del Ministerio de Cultura (2002).