"Escribir es ser nosotros mismos
sin ambages, sin tapujo alguno"

Entrevista en exclusiva para OtroLunes

Dossier
Por Amir Valle

enrique-jaramillo-levi-entrevista-dossier-otrolunes31A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Enrique Jaramillo Levi? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Enrique Jaramillo Levi, el ser humano y Enrique Jaramillo Levi, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

En general, soy una persona existencialmente sencilla, pero exigente, propositiva y bastante disciplinada y decidida siempre a imponerse metas y logros de diversa índole, quien desde los 16 años se ha tomado muy en serio la vida y la literatura, como formas paralelas y completamente afines de ser y de estar  en el mundo.

Soy poco sociable, pero compasiva; idealista y romántica, aunque práctica en cosas cotidianas; nada afín a los adelantos imparables de la tecnología. No sé cocinar, ni nada de mecánica. Me encanta dar clases, debatir, dar conferencias. Leer y escribir son mi pan de cada día. Si no fuera escritor me hubiera gustado ser actor teatral. Siendo muy tímido de joven, me forcé a tomar clases de teatro para obligarme a estar frente a un público, y lo logré; acabé siendo profesor.

Nacido en la ciudad de Colón, en la República de Panamá, el 11 de diciembre de 1944, desde los 16 años entreno con pesas (en 1964 obtuve el segundo lugar en el concurso Mr. Panamá), lo cual me mantiene aún en buena forma a mis 69 años. Mi afición al ejercicio y mi vocación de escritor surgieron casi al mismo tiempo, hacia 1961.

Soy claustrofóbico. No soporto a los fanáticos religiosos e ideológicos. Pienso que las dictaduras civiles y militares deben ser combatidas con firmeza, independientemente de su signo ideológico. La política me parece cada vez más sucia y detestable, porque las mieles del poder, la ambición humana y su secuela la corrupción, no parecen tener límites. De ser una persona muy inocente y confiada he pasado a ser muy desconfiado y arisco con gente que me ofrece o propone cosas que no me convencen. Pienso que la libertad de expresión y de movimiento, así como la privacidad, deben defenderse a como dé lugar.

Enemigo declarado del consumismo, la defensa del medio ambiente me parece una prioridad absoluta por la que es preciso luchar. Jamás me compraría algo que realmente no necesite (comida, ropa, artefactos de cualquier tipo). Soy tolerante, pero exigente en cuanto a derechos y obligaciones.

Soy católico, pero no muy religioso. Estoy en total desacuerdo con el celibato al que se obliga a los sacerdotes y con el estigma eclesial que se impone al divorcio. Me avergüenzo de los crímenes cometidos en la historia de la Iglesia Católica, sobre todo los de la “Santa Inquisición”. Repruebo el exceso de riquezas del Vaticano y la tolerancia a la pederastia de los curas que lleva años ocurriendo con impunidad. Rechazo los dogmatismos a ultranza.

Soy adicto al chocolate amargo, a los helados, a las sopas y al café. Y en otras épocas, por supuesto, a las mujeres. No fumo ni bebo (excepto una copa de vino tinto con el almuerzo).

Estuve casado dos veces. Tengo tres hijas maravillosas de mi segundo matrimonio, una de las cuales –la del medio— me ha dado tres nietos encantadores; y tengo un hijo (talentoso arquitecto y pintor) de otra relación.

Prácticamente todos las características zodiacales que se dicen de los sagitarianos se cumplen en mi personalidad.

Como escritor soy también muy exigente, conmigo mismo y con los demás. Creo en el poder terapéutico de la literatura, en su magia de poder comunicar ideas, emociones. Considero que lectura y escritura son dos caras de la misma moneda. Inseparables en la práctica.

Disfruto inmensamente cuando estoy inmerso en la escritura creativa. A veces escribir es un parto doloroso, pero otras agradabilísimo. Y sin duda hay textos que nacen de forma natural y otros cuya materialización debe ser inducida por una suerte de cesárea emocional, que a veces se torna física; hasta que nace la criatura.

Para mí, escribir creativamente es una manera virtual de ordenar el mundo, de descubrir sus maravillas y sus contradicciones, de auscultar la manifestación de sus absurdos. Es una forma de desplegar nuestras inquietudes más profundas y de celebrar los motivos de nuestra alegría; al hacerlo nos interpretamos a nosotros mismos y mitigamos en no poca medida la angustia.

Escribir es crear espejos que, como es de rigor, reflejan los pormenores de la realidad, aunque en el proceso de hacerlo puedan llegar a distorsionar las certezas y por tanto sacudirnos estrepitosamente el piso bajo los pies; sobre todo cuando esa visión nos involucra espiritual o emocionalmente.

Escribir es darle a las palabras el poder que intrínsecamente tienen pero que a menudo permanece latente hasta que, predispuestos a la creatividad, las activamos de formas singulares, poco previstas, sugerentes, mediante la magia de la escritura.

Escribir es mirar atentamente, amorosamente, críticamente, hacia afuera y hacia adentro; darle un sentido a lo que vemos, a lo que se descubre. Y por supuesto, organizar los resultados, darles un orden, sacarlos del caos mediante su articulación creativa en el lenguaje.

Escribir es ser nosotros mismos sin ambages, sin tapujo alguno,  a fondo, sin temor a las consecuencias; pero también ser el otro, no sólo solidariamente sino asumiendo una radical empatía y un ósmosis sin fisuras, hasta despersonalizarnos (exactamente lo que hace un buen actor en escena al convertirse en determinado personaje). En este proceso, escribir es también sorprendernos y a veces incluso aterrarnos ante descubrimientos que no conocíamos y que acaso preferiríamos no saber, pero que la escritura revela en algún momento cuando el texto que vamos creando se materializa y empieza a dictar sus propias pautas.

Escribir, en resumen, es darle vida en una novela, en un cuento, en un poema, a ingredientes dispersos que están vigentes en la cotidianidad, o que simplemente pulula en la mente del creador como posibilidad. Para ello, como herramientas indispensables de trabajo, memoria e imaginación se funden y confunden; y el lenguaje, henchido de sí, novedosamente se crece. El resultado será entonces una nueva realidad, apuntalada por las palabras, distinta a aquella otra de la cual procede.

Y si acaso se trata de la escritura de ensayos, artículos de opinión o algún otro tipo de texto de naturaleza expositiva en el que, más bien, son las ideas las que privan, las premisas son similares, si bien el procedimiento escritural ocurre de manera mucho más racional que intuitiva o emocional.

Escribir creativamente es, indudablemente, aspirar a ser artista. Y eso merece apoyo y respeto. En Panamá hay cada vez más excelentes  resultados a la vista en el trabajo diario de nuestros escritores de trayectoria y en el de muchos nuevos creadores.

 

Panamá y Enrique Jaramillo Levi pueden ser dos términos contrapuestos, esencialmente, porque Panamá significa una geografía y una idiosincrasia puntual, y el ser humano que eres, como todo escritor, anda en busca de un ámbito que está más allá de las geografías y las idiosincrasias. ¿Cómo llevas esa lucha de opuestos que todo escritor tiene que cargar con su tierra? ¿En qué sentidos te alimenta o te asfixia el simple hecho de haber nacido en Panamá?

Panamá, como todo sitio en el que uno nace y crece echando raíces, me ha moldeado con sus cosas buenas y con sus defectos que uno acaba aborreciendo. Pero el hecho de haber vivido 12 años en la ciudad de México en una época (1971-1983), tres más en la mexicana ciudad de Querétaro (1993-1995),y antes tres años becado en la ciudad norteamericana de Iowa City (1967-1970), como estudiante de Maestría en Creación Literaria y en literatura Iberoamericana y más adelante tres más en Corvallis, Oregon (1987-1990) como becario Fulbright, contribuyeron a mi formación humana y literaria, y fueron internacionalizando mi obra literaria, sobre todo mi cuentística.

Si me hubiera quedado en Panamá probablemente hubiera renunciado tarde o temprano a ser escritor, o habría terminado siendo un autor mediocre. La razón es muy sencilla: falta de estímulos (editoriales en donde publicar, críticos, suplementos culturales idóneos, carrera de Letras en las universidades).El haberme fogueado en México entre escritores de mucho relieve y trascendencia me ayudó no sólo a formarme sino a querer superarme a diario. Mis maestros, en un taller literario del Centro Mexicano de escritores al que llegué becado en 1971 fueron nada menos que Juan Rulfo y Salvador Elizondo, una vez a la semana, durante once meses consecutivos. Conocí personalmente a Caros Fuentes, Octavio Paz, Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Edmundo Valadés, Fernando del Paso, Juan García Ponce, entre muchos otros destacados escritores. De hecho, Rosario Castellanos fue la primera persona en escribir sobre mis cuentos en su columna del periódico “Excélsior”, y Elena Poniatowska, hoy Premio Cervantes, la primera en entrevistarme (en el diario “Novedades”). Y además en ese país se me abrieron muchas oportunidades (en periódicos y revistas, en las editoriales, en los suplementos culturales dominicales, en la Universidad Autónoma Metropolitana en donde fui profesor titular durante 8 años).

Regresé a Panamá por recomendación de Rulfo porque aquí había una enorme labor cultural que realizar, sobre todo como gestor de proyectos, como promotor cultural, como profesor de talleres literarios, como editor (de libros y revistas), labor que yo empezaba a realizar con éxito en México a pesar de ser extranjero.

 

Pregunta gastada pero obligada: ¿cuándo, dónde y en qué circunstancias de tu vida te dijiste (o descubriste) que podías (y querías) escribir?

A los 16 años, en clases de Redacción, de Literatura y de Filosofía, en la Secundaria, me di cuenta que me encantaba leer y escribir (Colegio San José-La Salle, en la ciudad de Colón). Y tuve buenos profesores que supieron incentivarme. Igual en la Universidad de Panamá. En 1965 publiqué mi primer libro de cuentos Catalepsia, que ganó una Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Literatura “Ricardo Miró el año anterior; en 1966, un libro con dos obras de teatro, que ganaron un premio similar el año anterior en el mismo certamen La cápsula de cianuro, y en 1969 en periódicos locales mis primeros poemas. Y en esa época tres obras de teatro mías fueron escenificadas.

 

Me gustaría remontarme más anecdóticamente a ese comienzo y que intentaras recordar cuál fue y cuándo surgió tu primer cuento.

Mi primer cuento fue “Catelepsia”, un texto largo, escrito en 1963. En esa obra estaba bajo la influencia de la escritora chilena María Luisa Bombal, con su novela La amortajada, así como de los cuentos del panameño Rogelio Sinán y del uruguayo Horacio Quiroga.

 

Se impone también, en una lengua de cuentistas como lo es la lengua española, que hables de quiénes fueron tus maestros en aquellos tiempos iniciales y, además, a quiénes hoy lees con ese placer de saber que uno se está enriqueciendo, nutriéndose como sólo sucede con la buena literatura.

Además de los tres autores ya mencionados, en ese tiempo empezaba a leer mucho a los norteamericanos Mark Twain, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne, Ernest Hemingway, William Saroyan,  Jack London  y John Steinbeck, y más adelante a Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Antón Chejov, Jorge Luis Borges, Luigi Pirandello (como cuentista), Alberto Moravia,  Ramón María del Valle-Inclán, José Revueltas, Juan García Ponce, Jean Paul Sartre, Virginia Woolf, Albert Camus, Ernesto Sábato, Honoré  de Balzac, Pablo Neruda, Guy de Maupassant, Saul Bellow, Ana María Matute, Vladimir Nabokov, Walt Whitman, Graham Green, Juan Carlos Onetti, Gabriel García Márquez, Bernard Malamud, Mario Benedetti, Adolfo Bioy Casares, Federico García Lorca, Clarice Lispector, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Isabel Allende  y Juan Rulfo. Después vendrían Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Sergio Pitol, Gustave Flaubert, Jorge Edwards, José Lezama Lima, Gunter Grass, José Emilio Pacheco, José Saramago, Jaime Sabines, Álvaro Mutis, Sergio Ramírez, Umberto Eco, Antonio Muñoz Molina, Gioconda Belli…, entre muchos otros. Como ves, siempre he leído en un total desorden de autores, países y géneros.