Prefiero recordar a Guillermo Vidal desde la perspectiva de un magisterio –esa palabra tan en desuso hoy–, un magisterio literario que se ejerce sin que medien consejos ni compañías prolongadas. En realidad conocí al Guille ya bastante tarde y coincidimos relativamente poco, sobre todo nos veíamos en sitios y eventos como las Ferias del Libro de La Habana y alguna que otra actividad literaria en mi antigua ciudad, Holguín, o en la suya, Las Tunas.
Mientras yo estudiaba en la Universidad de Oriente había leído apenas un cuento suyo, “Se permuta esta casa”, y su novela Matarile, que llamó mucho la atención del lector de apenas 20 años que yo era. Pero ya desde entonces se me reveló lo que luego confirmaría con cada nuevo libro suyo: Guillermo hizo todo lo que pudo por quitar corsés a la narrativa cubana y también por insuflarle otra vida a la narrativa no urbana, concretamente no habanera. Leer más…









