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El desplazamiento de la muerte como punto culminante de la experiencia humana radica en la contradicción que la reconocida concepción colectiva del destino nos presenta: ser o morir. Y la creciente importancia que tienen la violencia y la supervivencia ante la muerte en la obra de Castellanos Moya es necesaria ya que la primacía de estas responden a la exigencia de conmemorar a los ausentes. Más que asignar responsabilidad colectiva por las muertes, las novelas tratan de abordar las cuestiones personales y morales de cada caso para humanizar e individualizar las muertes, ya que las nociones de culpabilidad o inocencia sólo tienen sentido cuando se aplican a individuos. A través del proceso de reestablecer la relación del ser fallecido con el mundo que este ha dejado, el texto restituye el factor humano a las víctimas de la violencia, dándoles una voz y así llenando el vacío del silencio de sus muertes y luchando contra el olvido de sus vidas.
La diabla en el espejo afronta la conmemoración y la memoria del ser querido a través de una suerte de monólogo interior y con la reconstitución de los últimos meses de la vida de Olga María desde el punto de vista de su mejor amiga Laura. Ella explora los acontecimientos anteriores a la muerte de su amiga a través de conversaciones con conocidos de ambas en las semanas que siguen el asesinato. Este desdoblamiento temporal coincide con el desdoblamiento de personalidad de la narradora, quien poco a poco manifiesta una depresión nerviosa. Su proceso de duelo, y la melancolía que lo acompaña, privilegia el rechazo de lo real que es su manera de conmemorar a su amiga, como podemos constatar en las últimas líneas de libro:
Mi mamá dice que estoy grave de los nervios, que no me encuentro bien de la cabeza, que desde que murió Olga María permanezco alterada, que me la paso hablando sola, que siempre salgo sin compañía como si no supiera que ando con vos. Dice que está muy preocupada [...] Lo que me preocupa es qué será de vos durante mi ausencia, con quién platicarás, con quien saldrás para no aburrirte. Si sólo Olga María estuviera. 22
Hay que remarcar que el ‘vos’ a quien Laura se ha dirigido a lo largo de la narración, se nos da a entender aquí al final de la novela, no existe. Si el pensamiento es el diálogo silencioso del alma con sí misma23, entonces el monólogo interior de Laura será el instrumento con el que su conciencia explora la obligación moral de esta dentro de la vida, y la muerte, de Olga María. En efecto, ella a creado a su interlocutora en un esfuerzo por negar la ausencia de su amiga muerta y para así mediar la pérdida, el miedo, y su propia culpabilidad en el hecho, y la manifestación de su crisis nerviosa se produce justamente en el momento en que —inexplicablemente— ella se cree la próxima víctima del asesino de su amiga. Recuerdo y responsabilidad conciertan en la agitada mente de la narradora.
La redención del ejecutante puede igualmente conmemorar a las víctimas, y este es el caso del protagonista de El arma en el hombre. Aunque el antes mencionado asesinato de Olga María Trabanino no es el único homicidio cometido por Robocop, sí es el punto decisivo en la vida del ex-militar ya que más que un simple crimen, este se convierte en un acto político, y por consiguiente pone en marcha toda una serie de eventos que culminan con el rescate-condena del asesino y mercenario salvadoreño:
Desperté en el hospital de la cárcel de San Isidro, Texas: una esquirla me había volado parte de la frente. Un chicano, que se hacía llamar Johnny, gordo y bigotudo, sentado en una silla junto a mi cama, después de identificarse como agente anti-narcóticos, me explicó la situación: [...]ellos habían revisado mi hoja de servicio durante la guerra en el batallón Acahuapa y creían que yo merecía una segunda oportunidad. El trato era este: yo les contaba todo lo que sabía y, a cambio, ellos me reconstruirían (nueva cara, nueva identidad) y me convertirían en agente para operaciones especiales a disposición en Centroamérica. [...] "Es tu chance de convertirte en un verdadero Robocop", me dijo Johnny, incorporándose, sonriente.24
Vemos que el personaje se encuentra nuevamente destinado a ajusticiar en nombre del mismo gobierno que le entregó la violenta identidad de Robocop. La oferta redentora que podría lograr la humanización completa del animal que es Robocop, coincide con la animalización total del ser humano, esto se debe a que el agente emancipador es el mismo gobierno que lo condenó (y quien lo hace nuevamente) a una vida de ajusticiador sin conciencia. Y bien que el apoyo gubernamental puede ser una excusa legal para un crimen como el homicidio, de ninguna manera lo es moral. Entonces lo que podría verse como una salvación, en realidad es una suerte de purgatorio donde la expiación de sus pecados podrá llevarse a cabo hasta que este recupere su humanidad. Este es el único acto conmemorativo permitible.
La condena a gran escala de la moral corrompida subyacente en el silencio colectivo que forma el segundo plano de Insensatez —el testimonio siendo el primero— concentra el deseo de recordar, de admitir responsabilidad por el genocidio, de absolver a los testigos de la alteridad impuesta a sus memorias, de rememorar y celebrar a los muerto, en el informe arzobispal. El monumento conmemorativo y fúnebre son las mil cien cuartillas del documento que evidencia la perturbación generalizada de toda una nación. Basta con citar tres fragmentos de testimonios, que como en el caso del anteriormente citado ‘yo no estoy completo de la mente’, honran la vida más que la muerte de los desaparecidos:
Leí el primer subrayado que encontré y que decía: Hasta a veces no sé cómo me nace el rencor y contra quién desquitarme a veces […] Monseñor se me quedó viendo con una mirada indescifrable tras sus gafas de cristales ahumados y montura de carey, una mirada que me hizo temer que él me considerara un literato alucinado en busca de versos allí donde lo que había era una brutal denuncia de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el ejército contra las comunidades indígenas de su país.25
Y más tarde:
[...] me encontré con la última frase apuntada [...] dicha por un anciano quiché a quien el ejército dejó en el mayor de los desamparos, al masacrar a sus hijos, nueras, nietos y demás familiares, en un desamparo tan extremo que el último lamento de este sobreviviente en su testimonio era Si yo me muero, no sé quién me va a enterrar .26
Al final de la novela vemos hasta qué punto la mente humana no está dispuesta a aceptar ciertas realidades que de alguna manera u otra contradicen su marco de referencia moral:
Me entró la tremenda ansiedad por saber lo que había sucedido la mañana del día anterior en la catedral, donde monseñor lo había dado a conocer con gran propaganda [el informe], [...] yo me encontraba tiritando de frío en una ciudad desconocida al otro lado del mundo, abandonado en un bar donde no podía conversar con nadie, con ganas sólo de regresar al apartamento del primo Quique a encender la computadora y enterarme al menos del título que finalmente le habían puesto al informe, que mi propuesta había sido que lo titularan con la frase más contundente encontrada en testimonio alguno, la frase que decía Todos sabemos quiénes son los asesinos era para mí la propicia, la indicada para servir de título al informe, que en verdad quería decir eso, que Todos sabemos quiénes fueron los asesinos [...] y en efecto, en mi buzón había un mensaje del compadre Toto, el cual procedí a abrir con mi mejor entusiasmo, y que no era una carta sino una especie de telegrama que decía: ‘Ayer a mediodía monseñor presentó el informe en la catedral con bombo y platillo , en la noche lo asesinaron en la casa parroquial, le destruyeron la cabeza con un ladrillo. Todo el mundo está cagado. Da gracias que te fuiste’. 27
Más que condenar al régimen gubernamental, la novela —y el meta informe testimonial— señala las atrocidades cometidas contra la dignidad humana de toda una nación al subrayar la crueldad y la deshumanización del acto mortífero por su carácter anónimo. El monumento que edifican los testimonios recuperan las cualidades específicas a los individuos que la violencia y su muerte hicieron desaparecer.
La sorprendente banalidad del mal en Centroamérica durante los años de lucha armada, y en El Salvador en particular, desplazó las nociones de moralidad y de responsabilidad preexistentes en estas sociedades con respecto a la muerte. Y aunque muchos prefieren romper y liberarse del pasado, Castellanos Moya reconoce a través de su escritura que evadir este pasado no permite terminar con el terror y la angustia de todo un pueblo. Nada puede vivir bajo la sombra del sufrimiento y el anonadamiento del ser, y por eso, la violencia a la que fueron sometidas innumerables personas bajo la dirección de una conciencia pública corrupta permitió al mismo tiempo proteger la vida de ciertos y autorizar el genocidio de otros, pero detrás del largo proceso que lleva al reconocimiento de derechos humanos y libertades fundamentales queda la memoria de las víctimas. La obra de Horacio Castellanos Moya construye con la violencia, la culpabilidad, y la muerte un homo sacer con un doble estado soberano de vida y muerte, con una vida que puede ser extinguida pero que no puede sin embargo ser sacrificada28 para de allí sobrepasar las categorías de justicia y castigo, y poder así recrear con la violencia subversiva de sus relatos lo que una primera violencia creyó haber destruido.
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Imagen de portada:
"El hombre II con la mano en el pecho" (detalle)
Lorenzo Mena