Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2007. Antilde;o uno. Número dos

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Trece preguntas a José Manuel Fajardo

Entrevista

Por Ladislao Aguado

Página 1

José Manuel Fajardoá

Foto: Daniel Morzdzinski

1. ¿Por qué escribir?

No creo que haya una sola razón ni que todos los que escribimos lo hagamos por iguales motivos. Esa es precisamente una de las cosas que me atrae de la escritura: su radical diversidad. En mi caso es ante todo una necesidad. Cuando escribo me ordeno por dentro, establezco un vínculo con el mundo que me resulta esclarecedor. Desde niño he mantenido siempre una relación conflictiva con la vida: por un lado soy un vitalista instintivo pero, al mismo tiempo, siento que la existencia tiene mucho de absurda, que es algo por construir, algo que se me escapa. No sé, es como escuchar en la noche la música de una fiesta sin saber de dónde viene exactamente. Llevo cincuenta años esforzándome para que la vida que yo vivo y esa melodía vital que siempre he buscado coincidan. Se puede decir que escribo para comprender o, al menos, para hacerme las preguntas necesarias que me ayuden a vivir. Lo que sucede es que el punto de vista de un solo ser humano es demasiado pequeño ante la complejidad de la existencia, por eso la literatura, que nos permite ser habitados siquiera sea fugazmente por otras identidades ficticias, amplía nuestra visión. Es algo que creo que comparten tanto lectores como escritores, pero en el caso del escritor esa visión ampliada se va construyendo durante el proceso de creación, la escritura puede ser así un camino de experiencia y conocimiento. Y, por supuesto, escribo por placer. Me divierte enormemente el juego del lenguaje y la arquitectura de las historias.

2. ¿Cómo construye una historia?

Suelo partir de un sentimiento, que a veces se concreta en una imagen. Por ejemplo, la novela Carta del fin del mundo nació de una sensación de soledad radical, motivada por avatares de mi vida privada, y se concretó en una imagen: la de un barco que parte mientras un puñado de hombres se queda en la playa. Con ese barco se va todo vínculo con su mundo, son varias personas pero están solas en la peor de las soledades, aquella que se siente en compañía. Esa imagen me la sugirió el paisaje de la ciudad en que me hallaba (Saint-Malo, un antiguo puerto corsario francés) y el recuerdo de una anécdota histórica sobre la que había escrito un artículo unos meses antes: la desaparición de los hombres que Cristóbal Colón dejó en el Nuevo Mundo al término del viaje del Descubrimiento. Como ves, es un cruce de elementos: una emoción personal, un paisaje y un elemento cultural. Todas mis novelas han surgido más o menos del mismo modo. Y es a partir de ese impulso inicial que comienzo a preguntarme qué historia se esconde tras esa emoción y esa imagen, quién es su protagonista, cómo habla, qué pretende. Por eso la escritura de cada libro es para mí también un descubrimiento: más que inventar novelas, las descubro.

3. ¿Dónde termina el periodismo y comienza la literatura?

Para empezar, habría que señalar que el periodismo escrito también es literatura. Se trata de un género literario con sus propias reglas. El problema es que mientras el periodismo se ciñe (o debiera hacerlo) exclusivamente a la realidad con una vocación informativa, la narrativa incluye la ficción y su búsqueda va más allá del mero relato de acontecimientos reales, se propone interpretarlos, bucear en sus significaciones, jugar con ellos, deformarlos si es necesario para alcanzar la belleza formal y expresar las múltiples facetas de la condición humana, incluso en aquellas áreas de la percepción más difíciles de nombrar. Para mí, el periodismo escrito con rigor formal y fidelidad a la deontología del género (búsqueda de la mayor imparcialidad posible, contraste de fuentes informativas y honestidad en la exposición de la información conseguida) debe ser considerado también como literatura y, además, puede ser un formidable gimnasio del idioma, muy útil para mantener el tono muscular de la escritura y poder adentrarse luego en aventuras literarias de mayor ambición, como la novela. En la novela vale todo, incluso incorporar elementos del periodismo, como demostró Truman Capote con A sangre fría, pero no sucede lo mismo a la inversa. La introducción de la ficción, de la mentira, en el periodismo es absolutamente inaceptable porque niega la esencia misma del oficio.

4. ¿Es posible la convivencia entre política y literatura?

La política y la literatura llevan conviviendo desde que ambas existen. Basta recordar el propósito político de las comedias clásicas de Aristófanes o la obra poética del rey Alfonso X, el Sabio. La lista de escritores y artistas que han creado su obra al servicio del poder político es gigantesca. Todos los grandes del Siglo de Oro, con Cervantes y Lope de Vega a la cabeza, contaban con mecenas poderosos. Hay incluso periodos enteros de la historia de la cultura que están marcados por la figura de los políticos que la auspiciaron, como sucedió con la Atenas de Pericles o con la Florencia de los Medicis. De hecho, la figura del escritor independiente, que no sirve a ningún señor, es muy reciente. Y la del intelectual enfrentado al poder tiene poco más de un siglo, cuando Emile Zola se lanzó en defensa del capitán Dreyfuss con su célebre carta al Presidente de la República francesa, "Yo acuso". El problema no es si la polítia y la literatura pueden convivir, porque lo hacen siempre, sino en qué términos se da esa convivencia, cuál es el margen de independencia de que goza el escritor, hasta dónde interviene el poder político en la vida cultural, cuáles son los límites de la libertad de expresión . Porque siempre hay límites a la libertad de expresión, ya sean políticos, económicos, ideológicos o judiciales (ahí están los delitos de injurias y calumnias, por ejemplo, para limitar la libertad de expresión cuando se extralimita en el ámbito de la vida privada perjudicando el honor de terceros). Me irrita particularmente que se hable de la libertad de expresión como si fuera un valor absoluto. Todos los valores están sometidos a equilibrios y tensiones, pues en ocasiones pueden entrar en conflicto. Lo importante es encontrar los mecanismos de diálogo y legalidad que permitan que unos valores no limiten excesivamente a otros valores. Por ejemplo, que la seguridad no reduzca a nada la libertad de expresión pero que tampoco la defensa de la libertad de expresión sirva de excusa para violar el derecho a la vida.

5. ¿Hacía dónde va la novelística de JMF?

Portada del libro Pacá y Pallá

Foto: Daniel Morzdzinski

Estoy intentando cerrar un ciclo de escritura que comenzó hace diecisiete años, con la publicación de mi primer libro, La epopeya de los locos, y que se ha concretado en novelas, relatos y ensayos históricos. La novela que estoy escribiendo, que se titulará Jamaica, viene a concluir ese camino literario, en ella coexisten las dos vías que hasta ahora había practicado en mis anteriores novelas: la novela histórica, de un lado, y las novelas de trama contemporánea, de otro. Es mi libro más ambicioso, un verdadero reto en el que trato de dar forma y coherencia a la búsqueda de estos años, la reflexión sobre la identidad y el espacio de la libertad en la sociedad moderna. Y todo ello en torno a la huella histórica de los judíos españoles. Ahora todo mi esfuerzo va dirigido a terminar ese libro, pero sé que después tendré que reinventarme como escritor si quiero seguir avanzando. Tendré que abrir otra vía de escritura porque siento que estoy clusurando un mundo literario. La verdad es que todavía no sé bien hacia dónde evolucionará mi novelística, pero esa misma incertidumbre es un tremendo acicate para escribir. Lo que tengo claro es que Jamaica va a ser la base a partir de la cual podré levantar un edificio literario diferente, por eso lucho para que sea mi mejor libro.

6. ¿Qué opiniones le produce la novela iberoamericana actual?

La narrativa iberoamericana lleva siendo vanguardia de la literatura mundial desde hace ya medio siglo. Borges, García Márquez, Cortázar, Carpentier, Vargas Llosa o Lezama Lima son figuras universales. La narrativa actual tiene el reto de asumir esa preciosa herencia sin dejarse aplastar por el peso de tales figuras, y yo creo que lo está haciendo sobradamente. La narrativa actual de América Latina tiene una vitalidad extraordinaria y, además, ha sabido ampliar el campo de su escritura con una gran sensibilidad hacia las nueva realidades latinoamericanas. Autores como Jorge Franco, Santiago Gamboa, Herctor Abad Faciolince, Williams Ospina, Leonardo Padura, Karla Suárez, Ena Lucía Portela, Angel Santiesteban, Antonio Sarabia, Jorge Volpi, Luis Sepúlveda, Mauricio Electorat, Hernán Rivera Letelier, Pablo de Santis, Elsa Osorio, Mempo Giardinelli, Andrés Neuman o César Aira dan una idea de la diversidad y la tremenda potencia de esa literatura, que personalmente me ha marcado mucho en tanto que escritor, a veces pienso que incluso más que la literatura de España.

7. ¿Hasta dónde es posible el compromiso del escritor?

Hay un primer compromiso del escritor que es consigo mismo, con su honestidad a la hora de escribir. Ese compromiso es fundamental. En cuanto al compromiso entendido como vínculo con la sociedad, creo que a cada escritor le corresponde establecer el suyo y mesurarlo de modo que no venga a destruir el compromiso consigo mismo que tiene como escritor. No creo que haya otro límite. En mi caso, soy consciente de que ser publicado es un privilegio que los demás me conceden (al editar mis libros y leerlos) y creo que ese privilegio debe ser correspondido poniendo mi capacidad de hablar en público al servicio de quienes no tienen acceso a esa misma publicidad. Eso ha hecho que apoye causas que considero justas y que denuncie situaciones que me parecen injustas. Sin embargo, hace años que decidí no establecer mi compromiso con un partido político concreto, aunque me sienta particularmente cercano a alguno: la vida burocrática de los partidos me resulta insufrible y además tiende naturalmente a coartar la independencia intelectual. Yo no creo en verdades absolutas pero sí creo que es posible hallar y defender ciertas verdades concretas. Eso es lo que trato de hacer, pero huyendo tanto de los apoyos incondicionales como de las enemistades incondicionales. Toda incondicionalidad imposibilita la comprensión de la realidad, que está siempre llena de matices. Yo diría que precisamente la inteligencia consiste en la capacidad de apreciar y valorar los matices, sin olvidar los principios. En todo caso, cuando la realidad contradice a los principios lo único honesto es revisar esos principios para que se adecúen a la realidad, no negar lo real para permanecer fiel a los principios. Es un equilibrio difícil, porque hay el riesgo de caer tanto en la intolerancia y como en el conformismo, pero creo que es necesario intentarlo.

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