Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2007. Antilde;o uno. Número dos

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Las moscas

José Manuel Fajardo
Cuento inédito

Página 1

Aquí las noches de invierno se anuncian ya en los sopores de la siesta, cuando el sueño reclama sus dominios y el calor del vino hace más acogedor el mundo. Se presiente entonces la pronta muerte del día, y las pocas horas que se demora en llegar la oscuridad son puro trámite. Después cae la noche con una rotundidad inapelable contra la que nada pueden las farolas, que sólo consiguen convertir la plaza mayor en un escaparate navideño en el que brillan los letreros de los tres cafés, la panadería y la tienda de ultramarinos como si fueran frutas escarchadas.

A las siete y media de la tarde, cuando echo el cierre de la papelería donde trabajo, es ya noche cerrada y el viento de la Sierra barre las calles y se mete bajo los más gruesos abrigos como un reptil, sinuoso y frío. Cruzo la plaza casi siempre solo, pues durante el invierno el pueblo se vacía y el paso de los meses ahoga las conversaciones en tedio. A veces nos reunimos en el café El Mirador los pocos que quedamos, para jugar a cartas o ver la televisión, y apenas si cruzamos palabras. Pero son tales los caprichos de la soledad que una silenciosa partida de mus o la contemplación gregaria de algún concurso de la tele se antojan preferibles al disfrute de un solitario o de una buena película de vídeo en casa. Las nieves de enero terminan de aislar al pueblo y en las calles, convertidas en trampas para automóviles, sólo se oyen el viento, que se trae de los pantanos un murmullo de árboles, y el eco del veloz paso de las aguas del río que corren hacia tierra de campos con un brillo de cristales.

En esos días blancos y solitarios busco siempre el amparo del pub de Santiago, que es el único que abre hasta la madrugada durante todo el año sin que el hecho de ser él mismo su principal cliente parezca desanimarle en modo alguno. Como poco gana, menos gasta; de tal manera que el local apenas si está iluminado. Unos fluorescentes situados al otro lado de la barra le dan un aire de aparición cuando se acerca a preguntarte qué deseas, pero lo más frecuente es hallarle al fondo de la sala, sentado sobre un alto taburete y ensimismado en la elaboración de moscas.

Un pequeño flexo y una lupa, montada sobre un brazo metálico articulado que se sujeta con una pinza al borde de la barra, dan al rincón la luz y el ambiente de un taller artesano. Allí se encorva Santiago, rodeado de hilos, alambres, pinzas, tenazillas y plumas de pato, de perdiz o de una raza local de gallos que parecen sacados de una película impresionista y cuya crianza no parece tener otro destino que proveer de arcoirisadas plumas a todos los fabricantes de moscas de la región, que son tan numerosos como cabe esperar en unos parajes en los que los ríos surten a las mesas de exquisitas truchas.

Con paciencia de monje copista, Santiago trenza y destrenza los finos plumones, rodeándolos con unas cortas y delicadas hebras de hilo cuyo origen se niega a confesar y que, según él, son el secreto de la eficacia y la belleza de sus moscas. Sea cual sea su origen, lo cierto es que una vez que halla suficiente cantidad de alguno de esos hilos, el muestrario de su virtuosismo se llena durante un largo período de moscas marcadas por la misma tonalidad. Unas veces es el negro azabache el que impera, en otros períodos lo hace un marrón acastañado y últimamente había sido el amarillo platino el color predominante. Con ellos y haciendo gala de una inagotable paciencia, Santiago va dando forma en torno al anzuelo a ingrávidas figuras de insectos. Unas, chatas cual moscones; otras, gráciles y alargadas cual libélulas o delgadas y amenazadoras como enormes mosquitos. En cada una se emplea con atención cirujana y los dedos de sus manos, cortos y finos, ejecutan una danza sin música sobre el vacío, arrastrando invisibles filamentos bajo la mirada ciclópea de su ojo agrandado por la lupa. Nada altera su concentración, ni siquiera la entrada de un cliente, así que suelo dirigirme directamente hasta donde está sentado, echo un vistazo a lo que se trae entre manos y sentencio:

—¡Te vas a volver loco, Santiago!

—Mira qué bonita. Es un tricóptero —responde impertérrito.

Muchas veces tengo la sensación de que Santiago se inventa los nombres científicos de los insectos a los que dice imitar, cuando no se inventa los bichos mismos porque los hay que no se parecen a insecto alguno que haya visto yo en toda mi vida.

—Éste es chévere para los días de lluvia, porque es cuando más hay en el río y a las truchas les encantan -te explica, mostrándote un enorme mosquito azulón.

Pero si le preguntas cuándo se ha visto en el río un mosquito que parezca un pájaro en miniatura, te contesta con un categórico:

—¡Qué sabrás tú de esto! —y vuelve a ensimismarse en el irreconocible bichejo.

Lo mejor entonces es dejarle a solas con sus moscas y servirse uno mismo lo que quiera beber. Una buena cerveza, por ejemplo, o un gin-tónic con corteza de limón. Después, elijo la canción que me apetece oír, pongo en marcha el equipo de música y salgo de la barra para sentarme en algún taburete y poder observar las filigranas de Santiago mientras mato las horas a ritmo de los Crumberrie o de Gloria Estefan. Y así noche tras noche, mientras el invierno encierra al pueblo en su bola de cristal y las moscas van alineándose en las grandes bandejas de tela donde Santiago las guarda, cual si se tratara de las piezas de una joyería. Sólo la rara aparición de algún viajero o de algún turista viene a romper la monotonía.

Aquella noche, cuando se abrió la puerta del local, yo estaba al otro lado de la barra sacando una cerveza de la cámara refrigeradora. La muchacha que acababa de entrar debió pensar que yo era el camarero y me pidió que le serviera una cerveza también a ella. Santiago ni siquiera levantó la mirada de la mosca que trenzaba y a mí me gustaron los ojos que me miraban bajo aquella melena pelirroja, así que serví la cerveza procurando componer los ademanes de un barman experto.

—¿Tienes algo para picar?

Por supuesto que había algo para picar, le respondí mientras buscaba con la mirada desesperadamente qué podía darle. No hacía ni treinta segundos que estaba ante ella y ya estaba metiendo la pata. Dirigí una mirada de socorro a Santiago, pero él seguía enfrascado en sus moscas. No tenía ni idea de dónde buscar. Al fin reparé en una solitaria bolsa de patatas fritas que asomaba sobre el expositor de botellas, a saber desde cuándo estaba olvidada allá arriba. La tomé con gesto decidido, vacié su contenido en un platillo y se lo puse junto a la cerveza. Después salí de la barra, deseoso de abandonar el papel de camarero antes de que nuevos pedidos me pusieran en un apuro, y llevé mi cerveza hasta un taburete situado junto al que ocupaba ella.

—¿De paso?

Ella estaba mirando hacia el extremo de la barra donde Santiago proseguía con su tarea. Se volvió hacia mí y me contestó con un deje de fastidio:

—Sí, pero me temo que va a ser un paso largo. El coche me ha dejado tirada y con la nieve no sé cuando voy a poder salir de aquí.

Le dije que era amigo del mecánico de la Renault y que al día siguiente hablaría con él para que la ayudara aunque fuera domingo. Le dije que la carretera, más allá de la bifurcación, no tenía problemas; que yo tenía una moto pero, con tanto frío, no había quien saliera a la calle montado en ella; que había estado de vacaciones en Santo Domingo y aquello sí que era vida, con tanto sol y tanto ron; que me gustaba bailar salsa y soñaba con vivir en una gran ciudad, y que no había nada mejor en el mundo que las fiestas del pueblo porque entonces se llenaba de veraneantes y había trabajo para todos y muchas chicas que venían de Madrid y de Bilbao e incluso de Barcelona, y se podía bailar y lo que hiciera falta. Creo que esto último, lo de bailar y lo que hiciera falta, lo dije ya con un cierto aire de complicidad porque a esas alturas me había bebido otras dos cervezas y un gin-tónic. Claro que a ella tampoco pareció importarle el tono, en parte porque después de la primera cerveza se había tomado otra y estaba apurando el whisky con coca-cola que yo le había obsequiado magnánimamente, metido de nuevo hasta el cuello en mi papel de camarero; y en parte porque no parecía que le interesara en absoluto lo que yo pudiera decirle.

Ella me había dicho que era de Madrid, que iba a una reunión en Santander, que era bióloga y que se llamaba Ana. Pero era la paciente elaboración de moscas de Santiago lo que había acaparado casi por completo su atención. Se había acercado hasta el rincón y yo con ella, por supuesto, y le había pedido a Santiago algunas explicaciones sobre su tarea. Explicaciones que Santiago le dio cortés pero desganadamente, sin levantar más que un par de veces la mirada del trabajo. Ella hizo algunos comentarios valorando las formas y colores de las moscas sin obtener respuesta alguna y después se sumió en un silencio ensimismado que yo aproveché para hablarle de mi amigo Santiago como si éste no estuviera presente.

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