Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Julio 2007. Antilde;o uno. Número dos

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Las moscas

José Manuel Fajardo
Cuento inédito

Página 2

Le dije que había nacido en Colombia, pero que de niño se vino con sus padres al pueblo porque eran hijos de emigrantes que se habían ido a América antes de la guerra civil; que era un hombre reservado al que sólo se le había conocido como novia una morenaza con la que yo jugaba de niño y que había estado casado después con la mujer más guapa del valle, rubia como una artista de Hollywood, hasta que ésta le abandonó, hacía unos meses, harta de los horarios del pub y de su pasión por las moscas. Le dije que fabricaba cientos de moscas cada invierno y que luego las vendía a muy buen precio. Le dije que nadie había conseguido arrancarle el secreto de la procedencia de aquellos hilos cortos cuyos colores realzaban y daban vida a sus moscas. Le dije... bueno, ya no me acuerdo pero le dije todo lo que se me pasó por la cabeza, como me ocurre siempre que hablo con una mujer que me gusta. Hablo y hablo, bebo y bebo, y termino por estropearlo todo, así qe ya me voy haciendo el cuerpo a quedarme soltero.

No sé qué hora sería cuando Ana dijo que estaba cansada y que necesitaba un lugar donde quedarse a dormir, porque si dormía en el coche iba a morirse de frío. Yo me ofrecí a alojarla en mi casa y hasta creo que realmente, a esa altura de la noche, no albergaba propósito carnal alguno. Había llegado a ese punto de la soledad y del alcohol en que uno carece ya de expectativas y sería capaz de consolarse incluso con la presencia de un ratón en la casa. Pero Ana no supo ver la inocencia de mi propuesta y declinó mi invitación con tanta amabilidad como determinación. Fue entonces cuando me ofrecí a acompañarla hasta la única pensión que hay en el pueblo. Al oírme, Santiago levantó la cabeza y me tendió las llaves de su automóvil.

—Hace mucho frío y la pensión está al otro lado del pueblo, mejor será que lleves a la señorita en mi coche.

Ana le dio las gracias y salimos a la noche, que nos esperaba con su aliento más gélido. Yo no estaba en condiciones de conducir o, al menos, eso me dijo Ana antes de hacerse con las llaves y de empujarme hacia el asiento del copiloto. Le fui indicando el camino y en dos minutos estábamos ante la puerta de la pensión. Me enpeñé en acompañarla hasta la recepción, pero Ana me mandó a casa con el deseo de que pasara muy buena noche. E incluso me dio un beso, sospecho que para que me fuera contento y de una vez.

A la mañana siguiente, me desperté con la sensación de que un destornillador ajustaba más de la cuenta los invisibles tornillos de mis sienes. Recalenté el café del día anterior y recordé que tenía que devolverle a Santiago las llaves del coche. No estaban. Tardé unos instantes en comprender que se las había quedado Ana. Sentí un pellizco en el estómago: le había dejado las llaves del coche de mi amigo a una perfecta desconocida. Una hermosa desconocida, desde luego, pero detrás de su belleza podía esconderse cualquier cosa.. Quizá fuera una delincuente, una desaprensiva. Ni siquiera había llegado a ver el coche supuestamente averiado que decía tener. Empecé a preocuparme de tal modo, todavía bajo los efectos de la ginebra, que me puse lo primero que encontré y salí rumbo a la pensión para recuperar la llave. Ojalá que no fuese demasiado tarde.

Al llegar, vi que el coche no estaba aparcado donde lo habíamos dejado la noche anterior. Entré en la recepción con el corazón en un puño y pregunté por Ana. No sabía su apellido. ¿Y si Ana no era su nombre verdadero?

—Aquí no hay ninguna Ana —me respondió agriamiente la dueña. Nunca he llegado a comprender por qué inexplicable razón esa mujer tiene un negocio que la obliga a tratar con sus semejantes, siendo como es una de las personas más desagradables que he conocido en mi vida.

—A lo mejor no se llama Ana... —concedí, cada vez más asustado—, pero es pelirroja y se alojó aquí anoche.

—Aquí no se ha alojado nadie nuevo desde hace dos semanas, muchacho.

La dueña había dado por zanjada la conversación y se disponía a regresar a sus labores, pero yo la retuve por el brazo.

—¡Pero cómo dice eso! ¡Si yo mismo la acompañé hasta la puerta anoche!

—Pues no se alojó —repuso mientras liberaba su brazo de un tirón—. Es más, ahora mismo no tengo ninguna mujer entre mis huéspedes.

La dueña me miró con la misma pena con que se mira a un conejo justo antes de desnucarlo. Y realmente así era como yo me sentía. Era un estúpido conejo al que Santiago iba a desnucar en cuanto le dijera que una desconocida le había robado el coche con las llaves que yo, amablemente, le había entregado.

Me dirigí a la plaza y me tomé un café en El Mirador, mientras trataba de reunir fuerzas para enfrentarme al enojo de mi amigo. Por fin me decidí. Eran las once de la mañana y el pub estaba cerrado, tendría que llamarle a casa. Saqué unas monedas y marqué su número de teléfono, pero nadie respondió. Quizá dormía todavía. No me iba a quedar más remedio que decírselo a la cara. Estuve un rato más en El Mirador antes de encaminarme a la casa de Santiago. Estaba muy cerca, como todo en este pueblo. Llamé a la puerta, pero nadie abrió. A lo mejor había salido de paseo, el cielo había aclarado y el campo refulgía de blancura. Acerqué el oído a la puerta y escuché. Me pareció sentir una música lejana, pero quizá venía de la casa de algún vecino. De todos modos golpeé de nuevo sin obtener respuesta.

El resto del día lo pasé tratando de localizarle por teléfono, pero fue inútil. A las siete y media de la tarde me dirigía al pub como un alma en pena. Tendría que haber dado parte a la guardia civil, pero me avergonzaba tener que explicar mi propia estupidez. A esa hora, Ana o como quiera que se llamase en realidad aquella mujer podía estar ya en Francia.

Cuando vi el automóvil de Santiago estacionado ante la puerta del pub, sentí un arrebato de júbilo que hizo desaparecer el dolor de cabeza que me atormentaba desde la mañana. Me tildé de idiota, de desconfiado y de borrachín sin sesera. Y me prometí perdirle disculpas a Ana, porque seguro que se llamaba Ana, en cuanto volviera a verla.

Santiago estaba sentado al final de la barra, ocupado en sus moscas, fiel a su costumbre y ajeno al angustioso día que yo acababa de vivir. Me acerqué a él lleno de alegría y gratitud hacia la vida, y entonces levantó la vista de su trabajo y me dedicó una amplia sonrisa.

—¿Una cervecita?

—Vale.

Dejó su tarea y me sirvió una bien fría.

—He visto tu coche ahí afuera. Perdona que no te trajera las llaves, pero estaba un poco cocido anoche.

—No importa.

Había vuelto a sentarse ante su taller de moscas.

—Oye —continué, desconcertado por su indiferencia —, ¿sabes que Ana no se quedó anoche en la pensión?

Supe la respuesta en el mismo momento en que terminaba de formular la pregunta.

—Ya lo sé. Anoche regresó para devolverme las llaves del coche.

Las manos de Santiago revoloteaban de nuevo sobre la frágil figura que empezaba a tomar cuerpo en torno al anzuelo. Era como ver a un arpista recorrer las cuerdas que su veloz destreza torna invisibles. Entonces reparé en que las cortas hebras con que fabricaba la mosca, larga y delicada, tenían el encendido color rojizo del cabello de Ana y comprendí que, en las largas noches de invierno, los paneles de moscas arrubiadas, morenas, castañas o pelirrojas no eran para Santiago remedios a la soledad sino la secreta manifestación de una felicidad discreta.

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