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Parece que en algún escrito memorable pero olvidado de Leonardo da Vinci, o quizás en una posible (y descartada) definición del Diccionnaire d"idées reçues de Flaubert, la belleza se estableció como todo aquello que al quitarle el trasfondo, la luz exterior, el sonido y el movimiento (es decir el tiempo real) guarda a pesar de estas privaciones una perfección conmovedora que eleva el espíritu y ennoblece el corazón del espectador. Parece que la belleza —tal cual un producto de la melancolía, la nostalgia o el deseo —se produce como efecto después de la experiencia y es una constatación a posteriori. Y si me permito imaginarme tal definición, lo hago porque en el caso de Carta del fin del mundo y El converso de José Manuel Fajardo, los mecanismos estéticos y sintácticos de estas obras enfrentan a la memoria personal y a la historia universal, y de este encuentro surge la belleza de la experiencia y el dolor del recuerdo.
En ambos casos Fajardo elabora un relato que enfrenta a sus personajes a la Otredad, elemento decisivo al que tienen que enfrentarse o unirse: el Nuevo Mundo y los indígenas, la Colonia y la piratería. Estos protagonistas, hombres y mujeres, viven el altruismo del autosuficiente y habitan su tiempo sin conciencia de su lugar en el mundo. Al limitar su libertad y cuestionar su importancia, tienen ellos que escoger entre el presente y el pasado, entre vivir o recordar. El momento trascendental de estas dos obras surge del sufrimiento humano y evoca desde un principio un diálogo con el Otro, es decir reconocer su individualidad y autonomía frente a un destino o un dios que los deshumaniza. La búsqueda es una de subordinación y relevancia frente al Otro a través de la aproximación física, del diálogo y del amor. Y la belleza, o por lo menos descubrir la capacidad a contemplarla y acordarle un valor, descentra al sujeto y lo pone en cuestión.
Fajardo sitúa a sus protagonistas frente a la grandeza de la naturaleza, los rinde insignificantes frente a la Historia para así mostrarles su incompletud y abrirlos hacia el mundo. Los incita con la belleza humana y con la abundancia de la naturaleza, los completa con esta humildad y les entrega una responsabilidad frente a la Historia que anteriormente habían simplemente habitado. En otras palabra, les permite amar.
Carta del fin del mundo es el diario de un momento en que la historia se vivió plena y atentamente. Un momento histórico consciente de su historicidad. Un momento, hay que decirlo, inolvidable. No se equivoca Luis Sepúlveda en su apreciación del primer libro de Fajardo, al acertar que más allá de una aventura entre cristianos, conversos e indios, más allá del encuentro entre dos mundos (o realmente el desdoblamiento del único que existe), se inaugura con la aventura de los náufragos de la Santa María, la historia del exilio pues más allá que contar los porvenires de la tripulación española de la encallada carabela dejada por Colón, Fajardo nos presenta lo que fue de aquellos que quisieron ser americanos.
Si al principio el protagonista tiene una visión externa del Nuevo Mundo, excluyéndose de la realidad que lo rodea, éste se percata poco a poco que en su afán de comprender, de apreciar, su medio ambiente ha abierto la puerta del infortunio: el exilio. Aquí está la singularidad de esta primera entrega en la obra de Fajardo pues no es sólo a partir de la otredad que se viven y se aprecian el entorno y las experiencias insólitas del conquistador, sino también del abandono y la nostalgia. El punto referencial es siempre el pasado y la tierra natal dejada atrás pero no olvidada. La percepción de lo bello es el hilo conductor que marca dicho movimiento entre viajero y exiliado, y es igualmente el mecanismo que conduce al narrador a su salvación.
Testigo y protagonista del Descubrimiento y miembro de la primera fortaleza Europea en las Indias, el narrador declara al principio, tener antes sus ojos "el espectáculo más fabuloso que imaginar" se pueda, reconoce que todo es "nuevo a nuestro entendimiento y de tal belleza que es maravilla" ver, oler, gustar, tocar y oír todo "lo fascinante y extraño pero también ajeno" que los rodea. Este mundo maravilloso se acerca, lo acecha y lo seduce. Pronto sabe que "no habrá otro lugar en este ancho mundo donde mejor se nos trate ni más grata sean sus gentes". La violencia del encuentro entre los dos mundos, cede el paso a la tranquilidad de la transculturación y luego a la entrega del no retorno. Primero belleza de la isla y su geografía exótica ofrecen una lujuria de aromas, sonidos y colores insólitos para el nuevo arribado, pero muy pronto será la humanidad y hermosura de la gente y su comportamiento que marcará más nítidamente los contrastes y apela a las sensibilidades innatas del marinero vizcaíno. Si al principio explicaba sus orígenes para deslumbrar a sus interlocutores americanos, luego estas "conversaciones silenciosas" llegan a producir tristeza por su escueta verdad. Los variados encuentros con estos indios despiertan la curiosidad del "Hombre Bermeo" y motivan su acercamiento. Sus primeras observaciones son de unos indígenas "de cuerpo hermoso", y de una belleza rara y pura entre las mujeres pues éstas "guardan la piel de una tersura no vista cualquiera sea su edad" y tienen "ojos grandes y oscuros, sonrisa fácil y tal gracia en su andar que parece bailaran." Una en particular, "la más bella," es "menuda, de tez dorada y largos cabellos crespos", capaz de una desnudez impune e incorrupta que confiesa no haber "visto en toda mi vida una criatura tan hermosa y digna de admiración," poseedora de "la voz más dulce del mundo," aunque irónicamente, será "un amor nacido sin palabras" ya que ambos desconocían el idioma del Otro. Esta mujer, Nagala, será su esposa, maestra y salvación.
El deslizamiento de maestro a alumno ocurre al comprender el narrador la soberanía de la realidad americana sobre los prejuicios y mitos europeos. La grandeza de la verdad experimentada —desde la naturaleza de las sirenas y los arrecifes hasta los misterios del amor —se sobrepone por su incomprensible belleza, la realidad fantástica de esta y el entrego a un destino hasta entonces desconocido por él. El lenguaje —la palabra, con todas las connotaciones posibles —juega un rol importantísimo en el contrapunteo cultural del naufrago. Al principio, la mímica y la música son los únicos métodos de comunicación entre conquistadores e indígenas, pero pronto vemos como el traductor de la expedición —un judío converso —se aproxima a los americanos y establece los primeros nexos entre los dos bandos; luego el narrador mismo se hace de un vocabulario rudimental, y eventualmente adquiere fluidez en la lengua de los caribes. A lo largo del relato, el narrador nos hace un catálogo etnográfico de esta gente, haciendo hincapié en su lenguaje y costumbres sino su historia. De sus observaciones lingüísticas destila un entendimiento nacido de "esa sabiduría del corazón que ve allá donde los ojos no alcanzan, y habla su propia lengua sin que precise de las palabras." Esta inteligencia se la ofrece y la recibe de Nagala tras muchas "jornadas de tantas enseñanzas" en las que aprende "las sencillas maneras de su lengua y muchas de sus palabras" y también, a amar y a ser libre.
Esta epístola es sobre todo una silenciosa conversación entre hermanos. Diego Pérez se dirige a su lejano pariente, y sin embargo, lo que al principio empieza como un diario y testimonio personal, se convierte paulatina e inesperadamente en un trágico documento de soledad, nostalgia y despedida que cuenta las desventuras de uno que vivió el sueño de una vida paradisíaca en uno de los confines más lejanos del mundo, y lo perdió. Desde la partida de las naves de Colón hasta el ataque final por los indios, el narrador transita entre dos mundos que se preparan a chocar, entre la experiencia y la memoria que cristalizan en la escritura del diario, entre el miedo y el amor que los indios despiertan en él. Es la evolución del miedo —en primera instancia por perder su vida y en última por perder su alma gemela —que es el resultado del encuentro entre culturas. Gradualmente, el narrador se pregunta si es realmente a su hermano a quién escribe "o si seré yo mismo" el destinatario de su propio relato. La posibilidad de no regresar a su tierra natal se hace, entonces, presente. Reconoce "renacer" en esta extraña tierra, pero sabe igualmente que "es menester que deje ahora este Paraíso en castigo por mis pecados, como hubieron de dejar el Jardín del Edén nuestros padres, Adán y Eva, tras ofender gravemente al Señor". Tras saquear la tierra y la gente que lo acoge, después de violar la moral cristiana y la ley natural, luego de arrepentirse de todo esto y ulteriormente recibir de Nagala el perdón para "su corazón blanco", reconoce que "algo ha cambiado en mis adentros" y que "no puedo ver ya nada como antes lo veía." Una suerte de caída de gracia y expulsión que termina el relato con la constancia de que sólo la muerte —simbólica o concreta —puede darle acceso al Paraíso que es el Nuevo Mundo.
Cierra Fajardo su relato con dos misterios: la suerte de Diego Pérez tras el ataque indígena al fuerte de la Navidad, y el porvenir de Luis de Torres, el converso que a duras penas logra llegar hasta la tribu del Cibao y quien decide integrarse a los indios y sus costumbres. Éste es, en cierta manera, la antítesis de Diego Pérez ya que desde el principio se acerca a los aborígenes aprendiendo su lenguaje y apreciando sus costumbres. Es él quien decide exiliarse, sabiendo que ser yucemí entre los nativos es mucho mejor que ser converso en Europa. Aunque Luis de Torres sea para el lector una figura marginal, no lo parece ser para nuestro autor ya que aprendemos en El converso que debe el narrador principal de esta novela su parentesco al abuelo Abraham quien usó el apellido Torres para recorrer "las tierras americanas en los primeros años de la Conquista" y quien "buscó refugio entre los indios".
Un poco más de cien años después, en una taberna de Londres, nos encontramos cara a cara con el nieto del converso, Luis de Torres. Este, al igual que su aludido antepasado, se muda de nombres y geografías, cargando su fe judía oculta en su corazón. Casi como en un cuento de Borges vemos que Stephen Tower, Shlomo Hamigdal "Cristóbal Mendieta, Mohamed Al-Minar y Pierre Latour ... en realidad, [...] eran la misma persona." Su anhelo no es olvidar el viejo mundo de la inquisición, sino regresar a él, pero no a la España de sus antepasados sino a Holanda y la judería de Ámsterdam. Y sin embargo, aunque figura principal de este relato igualmente epistolar, éste converso tampoco encabeza el reparto de esta novela: el narrador y escribano es otro. Quien cuenta la historia (a pesar de la cacofonía narrativa que permite voz narrativa al converso y otros personajes) es un inglés criollo, corsario y renegado con nombre de Thomas Bird, que busca igualmente regresar —por primera vez —a lo que considera su verdadera cultura, en Europa.
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