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La larga historia que comienza en La Habana colonial de principios del siglo XVII se desplaza entre las islas del mar Caribe, las exóticas tierras moriscas y la antigua Europa, navega entre galeones coloniales y distantes puertos de escala —de las mazmorras moriscas a las cárceles cristianas—, y alterna abordajes corsarios y batallas soldadescas. Se sitúa, igualmente, entre el desprecio y el amor.
Los protagonistas, el judío converso y el inglés cristiano, son igualmente apátridas y perpetuos exiliados en busca de su lugar en el mundo, huyendo de si mismos. Sus historias son una misma y complementaria vida de embustes, silencios y desconfianzas. Desde el principio de la narrativa —in medias res —cuando los dos amigos se reencuentran tras un largo periodo en la taberna del Diablo, en la capital de la Inglaterra de Cromwell, vemos cómo ellos comparten no sólo un pasado, sino un futuro: el encuentro, aunque fortuito, es emblemático de sus destinos entrelazados y ni este ni ninguno de los encuentros y desencuentros que pueblan la narración son productos del azar.
El contraste y contrapeso entre los personajes del judío y el inglés recuerda súbitamente el contrapunteo cultural y etnográfico al centro de Carta del fin del mundo. Por un lado, Thomas Bird transita su vida en busca de aventuras y soñando con regresar a la tierra de su juventud. Por otro, tenemos al judío converso que esconde su condición y descubre poco a poco la opresión de su situación. El uno y el otro se enfrentarán al límite de su libertad y buscan la razón de sus búsquedas y vagabundeos.
En el caso del inglés, éste acepta fácilmente ser "hombre de armas, y si alguna gratitud he de guardar ésta ha de ser hacia los españoles" aunque su oficio sea contrabandista por ser extranjero y el comercio prohibido a estos en tierras españolas. La lealtad de éste está basada en un complicado código marino muy cerca del corsario: comercio, libertad y amistad. Su infortunio tras la pérdida de su barco lo llevan a querer regresar al viejo continente en busca de fortuna y calma. En cuanto al converso, éste lleva "escrito en los ojos el recelo y el afán del prófugo," como constata Bird, y quien en última instancia sabe que lo que busca es "la libertad, que es el más precioso don que a los hombres dieron los cielos. El único por el que cabe arriesgar la vida, cuya posesión colma los corazones y cuya pérdida torna al hombre en la más infeliz de las criaturas." Lo que ninguno acaba de comprender es que la libertad, la encontrarán en el amor.
En su primera manifestación, las aparentes divergencias de valores estéticos, morales y de justicia de los protagonistas se disuelven al enfrentarse a la belleza femenina. La razón por la armonización y la concordia se forjan en la vulgaridad, vanidad y vilipendio de la vizcaína Catalina cuya belleza, además de ser extrema, es superficial. Los dos hombres se someten a sus caprichos y crueldades, y sin embargo ambos están concientes de ser menospreciados y de idealizarla. Thomas admite que "ante la promesa de sus ojos y de su boca de labios gruesos, que parecía echar a volar un beso en cada palabra que pronunciaba, no dudé en atribuir a su voz las virtudes imaginarias que había ido tejiendo en mis fantasías, sin preocuparme de su acomodo con la realidad." Igualmente, nos consta que Cristóbal —uno de los apelativos del converso judío— "la amaba y que no eras su amor la devoción del poeta por la musa inalcanzable sino la más apremiante pasión de quien conoce los secretos de la carne ajena, sus gozos y sus tormentos." Coinciden, pues, en su debilidad y sometimiento a la belleza de esta, y en el reconocimiento de la desdicha que tan gratamente aceptaban.
Si Catalina —cual bella Circe astuta y engañosa— inicia el largo viaje hacia la taberna del Diablo en Londres, es una bella holandesa quien fusiona y confunde a nuestros héroes hasta el final. "Alta y morena, de pelo ondulado y grandes ojos [...] había en sus gestos determinación y fortaleza, pero también una invitación a la ternura." Esta Penélope colonial sirve como el crisol en el cual se forjará la verdadera hermandad de los narradores. Esta mujer es al mismo tiempo la confidente, la amante y la ofrenda frente al altar del amor, y ella vive en ellos "el amargo sabor del desencuentro" que éstos sufren en su búsqueda de libertad y trascendencia. Ella reconoce en ambos la mitad que el otro desconoce pero busca, explica "vuestra apostura, vuestras dulces maneras, vuestras historias fueron el bálsamo necesario para que mi alma volara lejos," y que el amor que compartieron todos surgió no del deseo sino de la amistad que los había unido y que era "la más hermosa, encomiable y digna de perdurar." El amor de esta mujer es salve y salvamento.
La trama de El converso es al mismo tiempo circular y concéntrica. Si el principio y el fin juegan con la elipsis de un encuentro en el presente que determinará el futuro de los personajes, el argumento principal es la amplificación de sus desencuentros. El mismo Thomas se pregunta "qué raro azar había trazado entre Cristóbal y yo vidas tan paralelas." Esta estrategia retórica, de explicar de diferentes maneras una idea —en este caso, las vidas paralelas del inglés y el converso —para tratar de convencer, persuadir o transmitir una impresión precisa en el lector, es propia del diálogo entre los géneros discursivos a los que alude la novela de Fajardo: el diario y la epístola. Estas categorías narrativas colaboran en la construcción de una hipótesis borgeana: el redactor de esta historia afirma pocas líneas antes del final, "bendita libertad de las palabras, que nombran y reconstruyen el mundo a su capricho ... tanto sirven para dar cuenta de la vida extraordinaria del converso como para convertirse en mi último disfraz." El converso y el inglés pueden ser la misma persona. Y poco importa que lo sean o no, lo significativo es que esa idea se una conclusión lógica y posible.
Al parecer, Carta del fin del mundo y El converso emplean similares tácticas narrativas, contraponiendo personajes, experiencias y lugares. En los dos casos, el contrapeso entre los personajes principales establece la incompletud individual de estos, y lo complementario de sus encuentros y aventuras: la civilización y la barbarie; el cristianismo, el judaísmo y el Islam; la libertad y la esclavitud. Estos lugares comunes, no obstante, nos llevan por senderos que se bifurcan y se entrecruzan con frecuencia, avanzando obstinadamente hasta última verdad de nuestros tiempos: "es cruel paradoja del exilio el perder una tierra sin llega a ganar otra." El viaje sin retorno, la partida sin regreso, la confrontación forzada con el Otro, eso es la esencia de estas dos novelas. Si en el primer libro se recuerda al Génesis y la Caída de Gracia del Hombre, el segundo se acerca más a la Odisea en sus incesantes viajes y peripecias. En ambos casos queda claro que "la tierra prometida no está al final de ningún viaje, sino que es el viaje mismo, el artificio sobre el que surcamos los mares de la vida, la barca de los sueños que nos mantiene a flote entre las inclemencias del mundo." En otras palabras, errar es vivir y vivir es recordar el viaje.
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Imagen de portada:
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Lorenzo Mena