Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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El Cervantes de Borges: fascismo y literatura

Roberto González Echevarría
Ensayo

Página 1

A lo largo de su larga vida, a Borges le tocó convivir con el surgimiento y evolución del fascismo, y escribió el grueso de su obra durante el apogeo del movimiento en Europa y América Latina. Primero fue la Marcha a Roma de Mussolini en 1922 y el estreno del término fascismo en Italia, luego, en 1933, el acceso de Hitler al poder en Alemania a la cabeza del partido Nacional Socialista. En 1939, el final de la Guerra Civil trajo el ascenso de Franco a jefe del estado español, y seis años más tarde, en 1945, la subida a la presidencia argentina de Perón.1 Hitler y Mussolini, cuyos regímenes, sobre todo el primero, arrastraron a Europa a la Segunda Guerra Mundial, tuvieron no pocos adeptos en la Argentina y otros países latinoamericanos, y la España de Franco volcó sobre sus antiguas colonias, además de numerosos exilados (que las enriquecieron intelectualmente), una campaña de propaganda cultural basada en la comunidad de idioma, religión e historia. Expresa o implícita, esa presunta coalición de agentes, característica del fascismo, subyugó a muchos en las tres décadas que van de mediados de los años veinte a mediados de los cincuenta.

Todas las manifestaciones del fascismo mencionadas, de las que los acontecimientos citados sólo fueron los hitos más sobresalientes, dejaron huellas en los escritos de Borges, sobre todo la alemana, que fue la que más popularidad tuvo en el Río de la Plata, y la española, con la que compartió en los círculos intelectuales de Buenos Aires.2 A Perón Borges se opuso desde el principio, y su régimen lo hostigó como represalia, según ha sido ampliamente comentado.3 El caso de Alemania es especial porque, como es sabido, Borges fue gran admirador de la filosofía y la cultura alemanas, por lo que la conducta del estado nazi antes y durante la guerra fue para él motivo de frecuente reflexión, así como trasfondo de algunos de sus relatos más conocidos. El fascismo italiano dejó menos rastros en los textos de Borges, aunque la numerosa población italiana en la Argentina, sí suministran el ambiente de algunos cuentos, como por ejemplo “El Aleph.” El fascismo español dejó aún menos marcas obvias en Borges, pero no son por ello de poca importancia. Una de ellas, la de mayor interés para la literatura, fue la manera en que Borges proyecta la figura de Cervantes en su obra. En el ámbito de lengua española, el autor del Quijote se había convertido en símbolo de un nacionalismo con ribetes fascistas que preocupó a Borges, no tanto por sus repercusiones políticas como por lo que suponía respecto a la creación y recepción literarias y el desarrollo de su propia obra.

Borges meditó especialmente sobre el fascismo alemán. En “Deutsche réquiem,” como es sabido, dejó una dramática representación de la mentalidad nazi vista desde dentro. También escribió, con su acostumbrada ironía, sobre un innominado devoto argentino de Hitler en “Definición de un germanófilo,” y en relatos como “El milagro secreto” plasmó la imagen de un escritor judío a punto de ser ejecutado por los nazis a poco de ocupar éstos su Praga natal. Borges no fue un activista político, aunque sí un opositor eficaz y recalcitrante del fascismo en su país, como han documentado Emir Rodríguez Monegal (1977) y Annick Louis (1997 y 1999). El fascismo le interesó en especial, aparte de la razón literaria antes vista, por la manera en que éste tergiversa la filosofía y la historia para promover un providencialismo, de estirpe hegeliana con mucho de Nietzsche y otros filósofos alemanes como Oswald Spengler, que fue una especie de síntesis de ambos. (A Spengler Borges le dedicó una elogiosa nota en El Hogar, un poco para exonerarlo de lo que los nazis habían hecho con sus ideas).4 El fascismo exaltaba un nacionalismo de raíces románticas, elevado al plano de una religión civil, encarnado en la figura de un caudillo, inevitablemente militar, rodeado de una aparatosa iconografía patriótica, ampliada a dimensiones insospechadas por los avances de la megafonía y los nuevos medios de comunicación masiva como la radio y el cine. La glorificación de lo militar deriva del culto a la violencia del fascismo, que se regodea en la persecución de los no pertenecientes a la etnia nacional o a su ideología y que, basado en un resentimiento que es tal vez su resorte principal, propone e intenta la expansión del territorio patrio. Las artes, incluida la literatura, estarían supeditadas a los intereses del estado, y su misión fundamental debía ser la puesta en evidencia y celebración de las esencias nacionales, entre ellas la del idioma, de las cuales serían expresión. Como sabemos, no faltaron escritores e intelectuales (D’Annunzio, Heidegger) que se sumaron fervorosamente a estos programas, algunos de los cuales, como Giovanni Gentile, para justificar sus fundamentos.5 En la Argentina el caso más notorio, y próximo a Borges, fue el de Leopoldo Lugones.

En “Deutsche réquiem” Borges retrata a un nazi típico, torturador y asesino en los campos de concentración, que pondera su destino en vísperas de su ejecución tras la derrota de los nazis. Culto, refinado, imbuido de filosofía y música alemanas, y lisiado en una refriega a punto de comenzar la guerra, el reo relata cómo llegó a la militancia en el partido Nacional Socialista, y cómo se ha despojado de toda compasión. (El detalle de su lesión, origen físico de su resentimiento, es genial). Hay una inflexible lógica en su razonamiento que me parece es lo que Borges propone como la falla trágica de este intelectual, y como el error fundamental del fascismo. Según escribe Borges en el “Epílogo” a El Aleph, libro en el que recoge este relato, firmado en 1949: “En la última guerra nadie pudo anhelar más que yo que fuera derrotada Alemania; nadie pudo sentir más que yo lo trágico del destino alemán; Deutsche réquiem quiere entender ese destino, que no supieron llorar, ni siquiera sospechar, nuestros ‘germanófilos’” (OC, 629). De la conocida aporía borgeana que abre su oda en memoria de Alfonso Reyes, “el vago azar o las precisas leyes/ que rigen este sueño el universo” (OC, 829), el fascismo, este nazi en particular, han optado ciegamente por las “precisas leyes.” Estas serían las inexorables fuerzas de la historia, aliada a la naturaleza como en toda ideología romántica, que determinan la superioridad de Alemania e imponen el deber, la necesidad, de sumarse a la lucha por su hegemonía. No es el universo como sueño sino como pesadilla, una recta, y rígida narrativa de la nación. Es esa forma de pensamiento la que se manifiesta, de manera más o menos velada o latente, en las interpretaciones españolas del Quijote, y a la que Borges contrapone la suya propia, en medio de la campaña propagandística del estado español y de intelectuales y escritores españoles muchos opuestos a éste, pero que sin proponérselo se convierten en sus aliados. La canonización del Quijote se remonta al siglo XVIII, pero cobra auge en el XIX durante la plenitud del romanticismo, del que derivan todos los esfuerzos por hacer de Cervantes portavoz del volkgeist español.6

Borges escribe sobre Cervantes en rechazo de ésa, más que canonización monumentalización, asidua y creciente durante su propia vida.7 Algunos de los libros principales dedicados por españoles al autor del Quijote que aparecieron en vida del de Ficciones son: Miguel de Unamuno, Vida de don Quijote y Sancho (1905), Azorín, La ruta de don Quijote (1905), Ramiro de Maeztu, Don Quijote, Don Juan y la Celestina (1926?), José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (1914), Américo Castro, El pensamiento de Cervantes (1925), Joaquín Casalduero, Sentido y forma del Quijote (1949), Ramón Menéndez Pidal, De Cervantes y Lope de Vega (1940). De algunos de éstos, especialmente de Vida de don Quijote y Sancho hubo reiteradas ediciones; de esta obra en particular una de Espasa-Calpe de 1936 que es a la que Borges evidentemente reacciona (la Colección Austral, que difundió éste y otros libros, se publicaba en Buenos Aires). A esta avalancha editorial se suman las montantes ediciones críticas del Quijote publicadas por Francisco Rodríguez Marín, que empiezan a salir en 1911 y culminan con la abrumadora de once volúmenes “con el comento refundido y mejorado y más de mil notas nuevas,” aparecida en Madrid, entre 1947-49, en pleno franquismo (y peronismo), para conmemorar el cuatricentenario del natalicio de Cervantes.8 En 1937 Borges desaprueba de Vida de don Quijote y Sancho (“las incontinencias patéticas de Unamuno”) en una nota por otra parte elogiosa sobre Unamuno; también critica El pensamiento de Cervantes, de Castro, en uno de sus primeros escritos sobre el autor del Quijote, de 1928, y, como es notorio, en 1941 publica una sarcástica respuesta al libro de éste sobre La peculiaridad lingüística rioplatense (“Las alarmas del Dr. Américo Castro”).9 A Maeztu, Borges no alude, que yo sepa, pero éste —notorio fascista fusilado en 1936 a principios de la Guerra Civil— fue embajador de la España de Primo de Rivera en la Argentina a partir de 1928, y su Don Quijote, Don Juan y la Celestina también fue ampliamente difundido por la Colección Austral de Espasa-Calpe.10 Es un libro, por cierto, digno de la mayor consideración, que creo inspiró Terra nostra, la novela de Carlos Fuentes.

Paralelas a esas actividades fueron las del Instituto de Filología, fundado en 1923, cuyo primer director fue el joven Américo Castro, pero sus años de gloria fueron los veinte, transcurridos entre 1926 y 1946, bajo la orientación de Amado Alonso, su sucesor (tomo toda esta información de Weber de Kurlat). El Instituto mantenía estrechos vínculos con el Centro de Estudios Históricos de Madrid y su director Ramón Menéndez Pidal, llevó a cabo una extraordinaria labor en el estudio tanto del español peninsular como del americano, especial pero no únicamente del argentino. Alonso fue cesanteado en 1946, ya bajo Perón, siendo sustituido por Alonso Zamora Vicente. Los contactos entre la España de Franco y la Argentina de Perón fueron muchos, como ha detallado Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla en su revelador libro Diplomacia franquista y política cultural hacia Iberoamérica 1939-1953La conmemoración del natalicio de Cervantes en 1947 y La peculiaridad lingüística rioplatense, que es de 1941, son, paradójicamente si pensamos en don Américo como exilado de la España de Franco, capítulos de un mismo programa cultural para exaltar y preservar la pureza del castellano y sus monumentos literarios, en que, como ha dicho Gustavo Guerrero, “se dan la mano” el régimen franquista y el exilio, ampliamente representado en el Buenos Aires de la época.11 Borges quiere rescatar al autor del Quijote de sus comentaristas españoles y demostrar que, por la naturaleza misma de su obra, es el autor menos apto para ser reclutado por proyectos nacionalistas de dudosas tendencias políticas.

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