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Pero sobre todo Cervantes le sirve a Borges, particularmente en “Pierre Menard, autor del Quijote,” como cifra de su poética, según ya dije, tanto en la ejecución del relato como en lo que propone en él, y siempre como respuesta al contexto ideológico y político en que se va desplegando, que Balderston (18-38) ha detallado minuciosamente como si el personaje borgeano hubiese sido una persona real. Esa poética del Borges maduro podría sintetizarse de la siguiente manera. El acto de creación literaria tiene un vínculo ambiguo con las contingencias personales de su autor; el texto es plural, con múltiples significados, no atribuibles exclusivamente a ese acto sino a la confluencia tal vez fortuita de textos anteriores que se dan cita sin propósito claro y que nunca es reducible a un significado fijo, imputable a la persona del autor o a una ideología. El texto adquiere coherencia y forma sólo en la lectura, o en las lecturas, en que revela su virtual redondez, su acabado, su armonía provisional y efímera. En ese texto el autor virtual se entretiene barajando enigmas filosóficos que no pretende resolver, y que remiten siempre a un infinito que lo descalifica de entrada como proposición o programa coherente. En el texto se reactiva la secular enemistad entre filosofía y literatura, en la que ésta última siempre sale vencedora por su propensión a hacer de la duda, la aporía y la anécdota sus recursos principales. El deseo de superar ese escepticismo sistemático, la ansiedad de alcanzar el conocimiento, conduce a los protagonistas, y a veces al narrador, a situaciones en las que los personajes pierden la vida, como en el caso de “La muerte y la brújula,” lo cual dota a la literatura de un componente agónico, que es lo que motiva su origen. Ese elemento trágico se manifiesta también en la relojería de los cuentos, que es como una metáfora del destino; ningún detalle es inerte, todos entran en juego para propiciar un desenlace fatal. Esto, que nos parece hoy tan familiar, lo encuentra, o sugiere Borges que lo encuentra en Cervantes, y con razón sí tan sólo pensamos en el prólogo al Quijote de 1605: los personajes cervantinos, sus textos, sus juegos de atribución autorial, le sirven para proponer esa concepción de la literatura, en última instancia vanguardista, moderna en el sentido inglés del término (me refiero al Modernism). Este es el motivo por el que los textos de Borges (como los de Cervantes) parecen haberse anticipado a no pocas de las teorías críticas del siglo XX, que surgen paralelas a éstos y a veces sus autores (Foucault, Genette, Derrida) se declaran deudoras de ella.15 Por eso, incurriendo en la tautología, la obra de Borges ha sido objeto repetido de análisis por los seguidores de esas modas y discursos dizque teóricos que, como ese mar “toujour recommencé,” han traído a las riberas de nuestra tierra baldía oleadas de ruinas y escombros de conceptos y retorcida terminología.
Concebir la posibilidad de una obra literaria sin nación es el más desafiante experimento de “Pierre Menard, autor del Quijote,” texto escrito en medio de la euforia de los nacionalismos aliados al fascismo en Europa y en la Argentina al peronismo, y que en mayo de 1939, cuando aparece en Sur, tienen a Europa al borde de la guerra, que estallaría en septiembre. El relato es una divertida, complicada y profunda broma literaria cuyo desplante más notorio es que el español no era la lengua natural de Menard, aún así aspirante a autor del Quijote. Borges va aquí más lejos que Cervantes, porque Cide Hamete Benenjeli, autor del ficticio original de la novela, la había escrito en su idioma materno, el árabe (nótese que Cervantes no propuso un origen hispánico para su invención). Borges toma de Cervantes que Benengeli le resta gloria y autoridad al castellano del Quijote, pero le añade la socarronería de que la versión de Menard va a superar a la española precisamente porque el francés escribe en una lengua aprendida. Borges mina aquí la originalidad del origen, su poder de determinación y autoridad, porque su mundo está hecho de atributos, no de esencias, de adjetivos, no de sustantivos (por eso los adjetivos son su firma estilística). La posibilidad de un origen no nacional de la escritura es básico en la concepción borgeana del principio y los principios del texto, en oposición directa a las interpretaciones españolas de Cervantes, aferradas con fervor a la fusión romántica de lengua, nación y literatura. Porque el experimento de Menard sobre la autoría parte de que él carece de los presuntos determinismos del autor en la era post-romántica. Como posible autor del Quijote Menard no posee atributos esenciales del creador literario: no es de la nacionalidad correspondiente al idioma de la obra; la lengua de ésta no es la suya natural (lo primero no supone lo segundo porque podría ser de otra nacionalidad pero ser hablante nativo de la lengua en cuestión —ser un belga francoparlante, por ejemplo); no es contemporáneo de la obra, por lo que ha experimentado más historia que el autor original (más de tres siglos, en este caso), poseyendo conocimientos sobre sucesos posteriores en la nación e idioma de origen de la obra. (Borges juega aquí con la romántica noción del genius loci). Menard quiere escribir un Quijote sin las “españoladas” que Maurice Barrès o el Dr. Rodríguez Larreta habrían recomendado, según el relato. El Quijote de Menard sería un Quijote sin una España consciente de su españolidad, que habría hecho del libro “una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo” (450). La gramática es aquí fundamental (pensemos en La peculiaridad lingüística de Américo Castro) que para los españoles ilusos sería la ley del idioma, de la lengua materna o paterna, origen étnico obedecido y celebrado. Menard se enfrenta a la tarea de escribir o reescribir el Quijote como lo haría un escritor latinoamericano (Montalvo, por ejemplo), en posesión del idioma pero ni lastrado por el peso de su historia lingüística y política, ni por el de su gramática. Aquí empieza a filtrarse o a colarse por la puerta trasera la afirmación de un genius loci distinto, pero no menos determinante que el comúnmente aceptado, a la vez que una identificación de Borges con Menard que también reintroduce al autor según la ideología romántica.
En “Pierre Menard, autor del Quijote” Borges ha hecho suya la escurridiza esencia del autor cervantino. ¿Es Menard como Cide Hamete, como el traductor, o como el narrador? Si Benengeli era propenso a la mentira, a Menard le gustaba escribir lo opuesto de lo que pensaba. Cervantes hace posible a Menard por ser un autor incapaz de las “españoladas” que su panegirista deplora porque vivió antes de que España convirtiese el excepcionalismo en manera de autoanálisis, autorreflexión, y exhibicionismo ante una Europa de la que progresivamente se hacía distinta y distante —la “tierra de Carmen” (13), como se dice en el relato. Menard quiere ser el Cervantes que Cervantes habría sido en el siglo XX si hubiera podido saltarse los siglos XVIII y XIX españoles, un Cervantes que podría haber sido un argentino educado en Ginebra, empleado como bibliotecario en Buenos Aires. La identificación implícita de Borges con Menard —manifiesta en el tono agónico del relato— desdice también del rechazo del concepto romántico del autor que el texto parece sugerir, socavando su ironía y todas las negaciones implícitas en éste.
Porque podríamos preguntar precisamente: ¿por qué el Quijote? ¿Por qué no “Pierre Menard, autor de la Divina comedia o autor de Crimen y castigo? Porque, a fin de cuentas, el hecho es que el español fue el idioma que Borges prefirió para hacer su obra, y es la lengua de su país, una entidad política reciente, alejada en el tiempo y el espacio de los orígenes de ese idioma, pero donde todavía, a pesar de las alarmas del Dr. Américo Castro, se habla y escribe. De los autores clásicos a los que Borges alude repetidamente, Cervantes, con Dante y Homero, son los tres principales, pero el autor del Quijote es el más significativo porque su obra es el monumento literario de la lengua en que escribió debido a, como dijo en 1932, su “ejercicio congénito del español” (OC, 240). Borges podría haber optado por otra lengua (escribió algo en inglés), al igual que Conrad, caso que pudo haber tenido presente al escribir “Pierre Menard, autor del Quijote. Pero, como el español fue el idioma que eligió, Borges se sintió motivado a especular cómo él pertenecía a ese idioma o ese idioma le pertenecía a él, de qué manera era y no era parte de su legado, sobre todo por la furia de los nacionalismos que lo abrumaban y los españoles que invadían su ciudad natal. El Quijote (escoltado por sus infatigables comentaristas y panegiristas) tenía que alzarse ante él como el más grandioso monumento literario en español al cual tenía que enfrentarse. Pienso que esta es la razón por la que hay ese dejo agónico en “Pierre Menard, autor del Quijote,” texto que el narrador ofrece como una especie de elegía y defensa del recientemente fallecido Menard, como si el heroico esfuerzo por completar la reescritura del Quijote lo hubiese conducido a la muerte —otra vuelta velada del autor romántico.
Porque no debe olvidarse que Menard no logró concluir su obra, de la que contamos sólo con el proyecto y algunos fragmentos que copia el narrador. Es en su no haber completado la tarea que se impuso, que sabía fútil de antemano, y en su muerte intentando hacerlo, que se hace más visible en el relato un substrato romántico, una glorificación del autor a contrapelo de las intenciones del propio Menard y del implícito esfuerzo desmitificador de Borges. Es lo que el relato, en su superficie, parecería negar, en gran medida porque el panegirista, es decir, el narrador, es una figura ridícula; un católico a ultranza, antisemita, y fascistoide. De todos modos, su “rescate” de Menard es efectivo, y el agónico esfuerzo de éste por realizar su magna obra comparable, por su descabellada dimensión, al de Carlos Argentino, ese poeta épico de “El Aleph,” su opuesto correlativo o imagen invertida. (También Tsui Pen en “El jardín de senderos que se bifurcan”). Menard sería el poeta de la no-nación, mientras que Argentino el poeta del cosmos, de la supranación, ambos empeñados en realizar empresas imposibles que los aniquilan como héroes románticos. “Pierre Mernard, autor del Quijote” surge de esta profunda incoherencia, de esta vasta aporía, porque es literatura, no un manifiesto político. Llevando las evasivas de autoría del propio Cervantes a sus últimas conclusiones, Borges le sustrae su derecho de autor; pero al mismo tiempo celebra el de Menard y de pasada el suyo propio.
Borges utilizó al proclamado más español de los escritores españoles, Cervantes, para oponerse al nacionalismo de tendencias fascistas en el que vivió inmerso, pero no por eso se adhirió al programa de su protagonista más famoso, Pierre Menard. Borges nunca practicó sistemáticamente el método menardiano del “anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas” (16) y su relato, a fin de cuentas, demuestra que es imposible escaparse de la historia y de las contingencias de la vida que a uno le toca vivir. Tampoco renunció Borges a su argentinidad, ni como ciudadano ni como escritor —se opuso a Perón en su momento y firmó todos sus libros con su nombre y apellido. Sí, proyectó en su famoso relato las angustias de la autoría y de la nacionalidad, las insistentes dudas que ambas suscitan, imposibles de disipar y por lo tanto aptas para ser convertidas en literatura. La poética que algunos han derivado de “Pierre Menard, autor del Quijote” tuvo adeptos, pero no se ha impuesto como método crítico ni mucho menos como fórmula para la redacción de textos literarios. No se puede reducir a Borges a una metodología ni muchos menos a una ideología —ni siquiera al antifascismo. Borges planteó, en el caso que acabo de presentar, valiéndose de Cervantes, preguntas sobre la literatura y el lenguaje que se ciernen sobre todos nosotros. En torno a éstas escribió inolvidables relatos y poemas, y además nos alertó a los usos y abusos de que puede ser objeto la literatura.
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