

Página 2
Por ejemplo, a mí me parece altamente significativo que Borges, autor de cientos de colaboraciones en Sur, no figurara en el número especial que la revista le dedicó a Cervantes en 1947 por el aniversario, donde por cierto hay un ensayo de Castro. Sí lo hizo, sin embargo, en la revista Realidad, que también le dedica un número a Cervantes, donde colaboran el ubicuo Castro, Joaquín Casalduero y Francisco Ayala (a veces residentes en la Argentina), pero con una áspera nota sobre el evento. Sacada de ese contexto específico, la conocida “Nota sobre el Quijote” pierde su filo, pero si la pensamos en el Buenos Aires de 1947, durante el apogeo peronista, y donde se publican dos números de revistas importantes dedicados a Cervantes cundidos de colaboradores españoles, podemos recuperar algo de su agresividad. Dice allí Borges: “Paradójica gloria la del Quijote. Los ministros de la letra lo exaltan; en su discurso negligente ven (han resuelto ver) un dechado de estilo español y un confuso museo de arcaísmos, de idiotismos y de refranes. Nada los regocija como simular que este libro (cuya universalidad no se cansan de publicar) es una especie de secreto español, negado a las naciones de la tierra pero accesible a un grupo selecto de aldeanos.” (1947, 234). La puya contra los “ministros de la letra” no podía ser más clara, sobre todo si tomamos en cuenta los homenajes de 1947. En cuanto a la repugnancia que le causan las celebraciones de nacionalismo literario, Borges le había hecho decir en 1939 al narrador de “Pierre Menard, autor del Quijote,” que la obra maestra de Cervantes “ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo” (15).
En “Una sentencia del Quijote,” poco conocida nota de 1933, ya se había referido a las “obscenas ediciones de lujo” y se había burlado de las celebraciones de la gramática cervantina como modelo de la española: “Si la vida póstuma de Cervantes nos interesa, debemos rescatarla del purgatorio extraño en que sufre. Su novela, su única novela, el Quijote —lenta presentación total de una gran persona, a través de muchísimas aventuras, para que la conozcamos mejor— ha sido denigrada a libro de texto, a ocasión de banquetes y de brindis, a inspiración de cuadros vivos, de suplementos domingueros en rotograbado, de obscenas ediciones de lujo, de libros que más parecen muebles que libros, de alegorías evidentes, de versos de todos tamaños, de estatuas. Pero hay algo peor. La Gramática —que es el presente sucedáneo español de la Inquisición— se ha identificado con el Quijote, nunca sabré por qué” (1933, 2).12
Lo del “discurso negligente” de Cervantes lo venía diciendo desde 1930, en “La supersticiosa ética del lector,” y no como crítica, sino como elogio del estilo del Quijote en contra de una opinión de Groussac. Borges siempre insistirá en que la gloria de Cervantes se debe a la creación del personaje don Quijote, no a su estilo (tildar de “negligente” el estilo de Cervantes es un error, producto de la irritación de Borges y de su conocimiento algo somero de la prosa del Siglo de Oro). En “Magias parciales del Quijote,” nota publicada en La Nación en 1949 y recogida en Otras inquisiciones (1952), cita de nombre a los escritores españoles que creen ver en las descripciones de Cervantes un elogio embelesado del paisaje español: “A las vastas y vagas geografías del Amadís [Cervantes] opone los polvorientos caminos y los sórdidos mesones de Castilla; imaginemos a un novelista de nuestro tiempo que destacar con sentido paródico las estaciones de aprovisionamiento de nafta. Cervantes ha creado para nosotros la poesía de la España del siglo XVII, pero ni aquel siglo ni aquella España eran poéticas para él: hombres como Unamuno o Azorín o Antonio Machado, enternecidos ante la evocación de la Mancha, le hubieran sido incomprensibles” (OC, 667). En medio del coro de panegiristas de los festejos de 1947, la voz de Borges es la de un aguafiestas.
El Cervantes de Borges responde específicamente a lo anterior, pero tiene además una dimensión a la vez más íntima y más general o teórica; sus reflexiones sobre el Quijote giran en torno a la relación entre escritor y obra, entre obra y lengua materna, entre literatura y nacionalismo, entre condicionamientos históricos e imaginación literaria. Es decir, a Borges le interesa la relación entre él mismo y su propia obra, entre su obra y su lengua materna, entre su literatura y la nación. Es cierto, quiere sustraer la obra maestra de Cervantes de las políticas culturales de los gobiernos con los que convivió, pero Cervantes también le sirve a Borges para elaborar y proyectar su propia poética —es como una cifra o prisma de ésta. Por lo tanto, desmintamos o por lo menos maticemos una afectación borgeana. Dice en la ficticia entrada bajo su nombre de una Enciclopedia suramericana que habría de aparecer en el 2074 y que sirve de epílogo a las Obras completas de 1974: “no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas” (OC, 1143).13 Lo cierto es que, para no haberle gustado, Borges no sólo le dedicó sostenida atención a Cervantes, sino que también escribió con no poca frecuencia sobre Quevedo, Gracián, Góngora y Unamuno.
Como ha dicho Sylvia Molloy, la literatura española fue “un ámbito que Borges amó y desdeñó con igual intensidad” (39); o, según lo expresa Rafael Olea Franco: “en su relación con España, Borges asume una postura ambigua que es parte de la ambivalencia misma que caracterizó toda su obra” (98). Lo que a Borges le irritaba era el lema “letras hispánicas”—o “Hispanidad,” consigna franquista— en el sentido institucional, ya fuera político o docente, que vimos antes, que conducía a un exclusivismo que él habría considerado inaceptable por falso, provinciano y próximo al fascismo. El cosmopolitismo, o, menos tendenciosamente, el universalismo de Borges, no le permitía suponer que había que preferir una literatura sobre otras por el mero hecho de ser la escrita en la lengua materna propia. Por eso, de forma polémica, y también probablemente para irritar a sus críticos, se interesó en las sagas islandesas y las literaturas orientales. La imaginación creadora era una para Borges, fuera cual fuera la lengua o el tiempo en que se expresara. También se preciaba de tener un criterio independiente sobre el valor de las obras que no tenía que coincidir con las normas establecidas por la crítica y mucho menos por cánones oficiales y académicos, por eso escribe todo un libro sobre un autor minúsculo como Evaristo Carriego. Por eso, también, rechazó irreverentemente a Ortega y Gasset, figura respetada en el Buenos Aires en que le tocó vivir, al que había hecho una memorable visita, y no estimó tampoco a García Lorca, quien también había pasado ruidosamente por el Río de la Plata. Del primero dijo, con injusticia, que escribía tan mal porque se dejaba embelezar por recursos literarios como la metáfora, y del segundo, también injustamente, que no sólo era un poeta menor sino un “andaluz profesional.”14 A Borges le repelía la España “de pandereta,” que hace alarde de su primitivismo, y además le divertía, tras la fachada del cegato, bonachón, irónico y condescendiente, hacer juicios tajantes e injuriosos —puño de acero en guante de terciopelo. No hay que tomarse del todo en serio esas majaderías de Borges. Los escritores en lengua española le fascinaron porque, en su conjunto, eran como una galería de espejos o cámara de ecos en que se reflejaba su propia figura o voz, con todas las deformaciones de rigor.
En cuanto a Cervantes, a Borges lo seducía también su figura por el contraste entre su gloria póstuma y las miserias de su vida de soldado, cautivo, suplicante ante la burocracia imperial, marginado de las capillas literarias de su época, pobrete entrampado y encarcelado más de una vez. Este tema aparece a todo lo largo de su obra, especialmente en los poemas que le dedica a Cervantes hacia el final de su vida, como “Un soldado de Urbina” (OC, 878). Es también uno de los temas de “Lepanto,” el resonante poema de Chesterton que Borges traduce y publica en 1938. En todos estos escritos Borges expresa asombro y admiración ante la arbitrariedad del destino, que hizo de aquel hombre valiente, pero insignificante en su época, el dueño de una grandiosa imaginación literaria, desdoblada en la figura igualmente patética de Alonso Quijano, inventor de sí mismo como don Quijote. Esa arbitrariedad del destino es uno de los principios de la ironía borgeana, en tantos aspectos paralela a la cervantina. Con esa postura irónica ambos se forjaron un personaje-autor que emerge escudado tras una modestia estratégica, socrática, con la que fingen no responsabilizarse por sus creaciones o exigir gloria por ellas. Para Cervantes y Borges la fortuna distribuye sus dones al azar con tal descuido que sería presuntuoso vanagloriarse de los que nos tocan porque son siempre inmerecidos, como el hidalgo le recuerda a Sancho cuando acaba de ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria. Borges mismo practica un engañoso menosprecio de sí mismo, memorable en “Borges y yo” pero sostenido a lo largo de toda su vida. El desacuerdo entre Cervantes, hombre común, y la gloria de su creación es un tópico en Borges porque le sirve para destacar el abismo, no la disociación, entre las contingencias personales o históricas y el misterio de la creación literaria, por lo tanto, lo falaz que es atribuirle a una lengua, a una tradición, o a una nacionalidad la grandeza de una obra. Esto es primordial en el Cervantes que Borges se labra y la base de sus escritos en que el Quijote y su autor desempeñan un papel protagónico, especialmente en “Pierre Menard, autor del Quijote,” según se verá.
No debe descartarse tampoco que la afinidad que Borges sentía por Cervantes y don Quijote también se debiera a su conocida admiración por la valentía, por el coraje de ambos, que recuerda a Dahlman, protagonista de “El Sur,” que sale a enfrentarse a una muerte segura a manos del gaucho que lo provoca. Cervantes fue valeroso en Lepanto, donde sufrió su famosa herida; Alonso Quijano, sedentario, sin los atributos físicos imprescindibles, y como Borges lector empedernido, abandona su hogar a una edad ya avanzada para lanzarse a unas aventuras tan quiméricas como peligrosas, según lo atestiguan las múltiples lesiones que sufre a lo largo de la novela. En su predilección por Cervantes y sus personajes, Alonso Quijano, don Quijote y el propio Cervantes, Borges revela su añoranza por el pasado heroico que no tuvo, pero que sentía era parte de su herencia y estirpe. Es la disputa entre las armas y las letras que tanto preocupó a don Quijote.
Por
Uriel
Quesada
El gobierno no pudo preveer el impacto social y político que CAFTA causaria entre los costarricenses [...] Y si bien los grupos que apoyan el tratado son económicamente muy fuertes y tienen amplio acceso a los medios de comunicación, quienes se oponen han encontrado su nicho principalmente en Internet.
Por
Amir
Valle
Fui testigo directo, entonces, de la primera metamorfosis que sucedía ante mis ojos: vi a unas cuantas (y muy feas) orugas convertirse en mariposas, lo cual sucedía siguiendo el ciclo natural, quizás con las únicas diferencias de que no se les llamaba “orugas” (se les decía “gusanos"...
Por
Alejandra
Costamagna
Millán supo que tenía cáncer al pulmón y se largó a escribir. “Ahora me preocupo sólo de mí, me olvido de los otros. Me interno en el ensimismamiento porque veo con alarma que el barquero aborda su nave”...
Por
Armando
de Armas
En el pasado los vecinos de un país eran determinados sólo por la geografía. Hoy, experiencias comunes, aspiraciones, valores y la solidaridad determinan quienes son nuestros vecinos, tanto o más que la geografía. Ningún ejemplo de esto puede ser más dramático que Cuba y Polonia.
Por
Edmundo
Paz Soldán
Hay nombres que no sorprenden a nadie (Neruda), autores sorpresivos (Tim Burton), y autores sobre cuyos méritos literarios los críticos todavía no se ponen de acuerdo (Isabel Allende, Hernán Rivera Letelier)
Por
Ladislao
Aguado
En una época donde la imagen del hombre sustituye al hombre mismo y donde los shows mediáticos elevaban a la categoría de notorios a cientos de imbéciles, la porfía de McCarthy por disolverse tras sus libros parece incomprensible.
Por
Elidio la torre
lagares
...más que emails y confabulación, lo grandioso de la novela de López Nieves –traducida al islandés y próximamente al francés- es menos obvio, y es que la misma se estructura como artefacto literario tomando una forma muy frívola y poco literaria: la del hipertexto.
Por
León
de la Hoz
Sin la independencia de la boca sobre el cerebro es difícil imaginar que un ser humano pueda articular tanta estupidez, a no ser que sea un extraño caso clínico de los Expedientes X. Sólo cabe preguntarnos si también cuando duerme esa boca no deja de cometer palabras.