Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Oye mi son

Roberto González Echevarría
Ensayo

Página 1

El libro que el lector tiene en las manos contiene escritos, entrevistas y reseñas de los últimos veinte años más o menos y pretende ser una muestra de lo que he pensado y expresado en español durante ese período sobre temas relativos a la literatura en lengua española, sobre todo hispanoamericana, pero también algo de la peninsular. (Lo más ambicioso sobre literatura española está en otros libros míos).1 Las entrevistas me eximen de presentarme aquí y a la vez reflejan el sesgo más personal que ha adquirido mi trabajo en esta etapa de mi carrera; de ahí el epígrafe homérico-gongorino, alusivo a mi presunta musa. Por eso también el título del libro, tomado de uno de los ensayos aquí recogidos, que igualmente sugiere el tono propio, particular por así decirlo, de la crítica que en ellos practico. Esto no quiere decir que me haya abandonado al impresionismo, ni que haya prescindido del andamiaje erudito de la crítica académica: soy, y a mucha honra, profesor universitario, no periodista o ensayista, aunque me precio, sobre todo en este libro, de que mis escritos sean literarios en su factura. De lo que me he ido despojando con el pasar del tiempo es de cierto ropaje teórico que pretende hacer de la crítica algo dependiente de sistemas o métodos teóricos ajenos a uno, que no hay más que poner en movimiento sin intervención de facultades tan aparentemente pasadas de moda como la sensibilidad o el gusto. Semejante cosa me parece hoy, en el mejor de los casos, una evasión o un error, y en el peor una impostura.

Seducida por la tendencia teórica proveniente de Francia y Estados Unidos, o de Francia pasada por Estados Unidos, que a veces se cree aliada a ideologías o doctrinas políticas, la crítica latinoamericana (si es que ésta existe todavía) ha errado por varias sendas cuyos puntos de partida y llegada son casi siempre, tácita o explícitamente, la negación de la literatura o de lo estético.2 Como consecuencia no ha producido obras de peso (digamos, como el libro de Amado Alonso sobre Neruda o el de Enrique Anderson Imbert sobre Darío), ha abandonado la responsabilidad de intervenir en la creación de buena literatura separando la mies de la cizaña (según hacía Emir Rodríguez Monegal), y, como era previsible, no ha tenido tampoco ni el más mínimo impacto político. En contra de lo que pretende, y en parte por su jerga incomprensible, es una escritura para muy selectas minorías. Del zig a mí me gusta sobre todo el zag, como digo en una de las entrevistas. Por lo tanto, mi respuesta ha sido dar cada vez más importancia a lo estético, centrar más mi trabajo en escritores importantes, y estudiar sus textos tomando en cuenta todo lo que pueda llegar a saber sobre ellos sin preocuparme cómo, aprovechando lo que la experiencia de cuarenta años de estudio de la literatura me ha enseñado y los residuos que han dejado en mi discurso crítico metodologías que van desde la filología y la estilística hasta el post-estructuralismo. Procuro, además, sin permitirme simplismos populistas o posturas pedagógicas, escribir con claridad.

La antisepsia de los métodos no es sólo reductora sino esterilizante; apaga la chispa crítica si ésta alguna vez se enciende, lo cual es raro en estos días. Además, el aprendizaje de la mal llamada teoría le roba a uno tiempo de lecturas más amenas y provechosas, como son las literarias. Es posible invertir varias horas en descifrar a alguno de los autoproclamados teóricos —casi sin excepción pésimos escritores— sólo para descubrir que lo que dicen es una perogrullada. Pienso que lo obtuso de esas peroratas proviene, contrario a sus propias posturas, del deseo de competir en originalidad con la literatura misma, aspiración vana que sólo en casos excepcionales como los de Barthes o Derrida se realiza, o, más atrás, en los textos del gran escritor que fue Lévi-Strauss. La “obra” de los discípulos académicos de algunos de esos pensadores, especialmente los de un Althusser o un Lacan, suena con frecuencia a no intencionada parodia, un poco como el negrito catedrático de la tradición bufa cubana, que quiere sonar “curto y apreparado.” No puedo pensar sino en un libro, de los tantos que han salido en las áreas que me interesan de las literaturas españolas o hispanoamericanas, derivados de tendencias teorizantes, que merezca mencionarse o ser objeto de discusión en un seminario graduado serio: El género gauchesco, de mi querida amiga y colega de Yale, Josefina Ludmer. Pero es un libro cuyo discurso crítico emerge no de un a priori teórico, sino de su roce con los textos literarios (y no literarios) mismos que analiza, y que es en sí literatura y parte de lo que analiza. En el área colonial, sólo el trabajo de mi también querida amiga y colega de Yale, Rolena Adorno, logra pasar del detalle filológico finamente aislado a formulaciones más amplias pertinentes no sólo para los estudios literarios sino para los históricos. La suya es ya una obra. Lo demás son enrevesados lamentos neoindigenistas por parte, por lo general, de muy blanquitos profesores universitarios provenientes de Hispanoamérica, pero a buen resguardo en instituciones norteamericanas.

Un libro que tuvo una inmerecida influencia en el ámbito norteamericano fue La ciudad letrada, del uruguayo Ángel Rama. Basado en los escasos conocimientos que Rama tenía del período colonial, y escrito en el estilo anticuado y ampuloso que lo caracterizaba, el libro le permitió a muchos profesores que lo siguieron hacer penitencia para aligerar sus malas conciencias burguesas; porque, en resumidas cuentas, eran ellos (con el propio Rama) los herederos de los presuntos letrados a quienes implícitamente culpaban de las iniquidades sociales y políticas hispanoamericanas. Otros, siguiendo a Rama, celebraron lo que pensaron era la decadencia y hasta desaparición de la “ciudad letrada,” supongo que porque así podían sentirse liberados de las densas obras literarias que ésta producía, y que francamente ellos apenas podían leer —pienso en profesores de lengua inglesa con un dudoso dominio del español. La formulación de Rama es simplista en extremo y carente de contexto histórico, tanto en el sentido de no tomar en cuenta los factores sociales e intelectuales que inciden en la fundación de las ciudades coloniales como en la evolución de sus instituciones a lo largo del tiempo antes y después de la independencia. En definitiva lo más débil del libro es la ignorancia del “derecho indiano” por parte de Rama, habiendo sido éste el discurso y la institución de los que surgen los verdaderos letrados que contribuyeron a fundar las ciudades de lo que llegaría a ser Hispanoamérica. Es prueba fehaciente de la vulnerabilidad intelectual de los estudios literarios hispanoamericanos que La ciudad letrada llegara a tener tanta influencia en las universidades, aunque sospecho (y celebro) que no en las de la América Hispánica. En éstas, me temo, predomina un marxismo aún más burdo que el muy light que practicó Rama.

El estructuralismo, del que derivan todas esas tendencias teóricas (no olvidemos que Rama dirigió en Caracas una revista intitulada Escritura), llevaba dentro el germen del repudio de la literatura, no sólo porque al hablar de ésta como algo compuesto de sistemas de significación devaluaba la imaginación individual, sino porque al insistir en que éstos eran códigos desprovistos de significado inherente o eran transmisores de significados tradicionales los vaciaba de contenido. Todo dependía de relaciones dinámicas entre elementos que producían significado al margen del lastre de sentido que pudiera traer cada uno en sí, ya fuera debido a la sedimentación histórica o a la vivencia del escritor. Los que caímos en la tentación cientificista del estructuralismo, con su base lingüística y vínculo con las ciencias sociales, y con el trasfondo de marxismo y psicoanálisis de éstas sobre todo en su versión francesa, pensamos que teníamos un instrumento de análisis que podía prescindir de toda la crítica anterior, sobre todo la filológica, con sus significados fijos, la estilística con su celebración del autor, y la historia literaria, con sus vastas narrativas basadas en concatenaciones de obras y autores. Además, se desdeñaba la hermenéutica, por cuanto ésta conducía a interpretaciones basadas en la penetración particular de un crítico, con todo su bagaje filosófico personal propio. En Estados Unidos hasta se hizo famoso un ensayo de la novelista Susan Sontag intitulado “En contra de la interpretación,” que era una especie de rechazo de la crítica literaria como actividad humanística. Yo estoy a favor de la interpretación, por contingente y provisional que sea o pueda parecerlo, porque es un reto a producir otra mejor y un testimonio personal válido y, uno quisiera, valioso para otros lectores.

Pero el estructuralismo, y el post-estructuralismo que le siguió y que fue una especie de llamada al orden al arrimarle los pies al fuego de la filosofía al primero, fueron todavía literarios en su práctica, en contra de cualquiera de sus proclamas, de las que figuras como Barthes abjuraron a la larga de todos modos. Lévi-Strauss fue un vigoroso escritor que, no sólo en su excelente libro de memorias Tristes tropiques sino en todas sus obras, a veces a partir de sus mismos títulos (De la miel a las cenizas, Lo crudo y lo cocido), hizo gala de una prosa sinfónica, barroca, sublime. Barthes, ya desde sus Ensayos críticos, pero en particular en El placer del texto y Barthes por sí mismo, hizo alarde de un estilo preciosista, de los mejores de la literatura francesa del siglo XX, y legó una forma única de mirar al mundo material, inclusive el cuerpo (Fragmentos de un discurso amoroso). Como ensayista no tuvo par pero sí muchos imitadores. Y el mismo Lacan, con su oscurantismo psicoanalítico y jerga impenetrable, elaboró un tipo de escritura sin precedente en francés, tal vez desde Rabelais, aunque en inglés sí lo tiene en el Joyce de Ulises y Finnegans Wake. Los discípulos de todos estos pensadores produjeron, aunque ha sido un rebaño numeroso de cacofónico balar, más ruido que nueces, y han dejado una estela de libros entre los cuales es difícil descubrir algo de valor.

El problema se debió en parte a la pretendida dimensión política del “movimiento,” si es que podemos así llamarlo, y a la caída en barrena que produjo el corte con la tradición, que le sacó el aire de debajo de las alas. El igualitarismo imperante en los años sesenta, reacio a reconocer jerarquías de ningún tipo en ninguna esfera, quiso transponer a la crítica literaria la noción de que no existían categorías de valor, que lo mismo era el testimonio de cualquier presunta víctima que un cuento de Borges, y que cualquier indignada denuncia de alguna de las muchas (infinitas) injusticias valía más que un poema de Neruda o Vallejo. O, peor aún, el justificado interés por la cultura popular, especialmente la manifiesta en los medios de comunicación masiva, llevó a valorar los productos de estos por sobre la literatura o las artes de lo que se consideró de élites, como la pintura, la música o la escultura. Mickey Mouse era tan digno de estudio como Don Quijote, y un jingle cualquiera merecedor de tanta atención crítica como una sinfonía. En esto se pecó de exageración, porque nadie podría negar el valor, como objeto de estudio, que la cultura popular tiene, particularmente para los sociólogos, pero como objeto de valor estético no podemos comparar un slogan publicitario con un poema de Guillén (cualquiera de los dos).

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