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Retomo aquí lo dicho en el ensayo que da título a este libro sobre mis criterios de evaluación literaria. Sé que éstos pueden parecer muy personales, pero mi propia persona constituye el límite de lo que sé como suma de mis lecturas y resta de mis ineptitudes, balance de la memoria y la experiencia vital. No es un método, pero son criterios que supongo muchos, si no la mayoría, comparten de forma tácita, y que por lo tanto pueden servir de primera aproximación. Lo personal, en tanto que común y compartido antes que exclusivamente propio, puede y ser y es generalizable, y donde no lo es, apto a ser corregido. En mi caso, creo, mis criterios han ido siendo corroborados con el pasar del tiempo y la imposición de categorías que no se deben, desde luego, a mí, sino a preferencias que se han establecido por la circulación continuada de obras y la desaparición de otras que no han resistido la prueba del tiempo, que no es más que el resultado de las preferencias de críticos y lectores. Para mí los casos paradigmáticos han sido Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, que se han impuesto a pesar de los prejuicios políticos, sexuales y estéticos de los comisarios cubanos y sus seguidores. Del otro lado no sólo se encuentran los muchos mediocres promovidos por la crítica oficialista cubana que han caído en merecido olvido, sino también estrellas fugaces como el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, que se ha ido apagando a medida que el movimiento político a cuyo reflejo brillaba se extinguía. Los escritores clásicos que he estudiado, como Alejo Carpentier, han seguido (y seguirán), por supuesto, en el lugar prominente que les corresponde. Pero la última novela de éste, La consagración de la primavera, que consideré desde el principio deficiente (no fui el único), no ha tenido resonancia ninguna y, que yo sepa, no se ha traducido ni siquiera al inglés. Con otros consagrados me he equivocado. Rayuela, por ejemplo, me deslumbró al principio, pero hoy se me cae de las manos, y me temo que de Cortázar van a quedar algunos cuentos, pero nada más.
Los cinco criterios que propuse en el ensayo mencionado son los siguientes. Primero: la obra debe tener elevación, en el sentido que le da Longino al término, por los temas de que se ocupa, que son los grandes de siempre, y que nombrados parecen banales, pero esto es sólo un efecto retórico: el amor, la muerte, la culpa, la injusticia, el deseo de trascendencia. Suenan huecos porque lo crucial es cómo aparecen en la obra, pero de todos modos son ellos los que le dan aliento y dimensión, que no tiene que ser material por cierto. Hay insufribles novelones de mil páginas y relatos sublimes de diez. Segundo: prefiero obras que revelan su urdimbre, pero con cierto recato, como Cien años de soledad y el Quijote, y muchas novelas vanguardistas. Es aquí donde se aloja la ironía, donde la obra y su autor le hacen un guiño al lector para recordarle que se trata de una ficción, y que esto mismo es tema importante del texto que lee porque remite a la condición humana y su relación con la realidad. Tercero: las obras que me gustan siempre se reservan un secreto que no podemos descifrar aunque nos provoca instándonos a interpretarlo, pero a la postre nos elude. Creo que ese secreto escapa también de la conciencia del escritor, que se para ante él en condición análoga a la del lector. Es como un residuo, tal vez el origen mismo del texto, que es determinante; principio en todo sentido. Al tratar de conocerlo dialogan el subconsciente del escritor y el del lector o crítico, y es de ese diálogo que emana el texto de este último, que tiende en ciertos momentos también a tornarse enigmático (ma non troppo). Cuarto: las obras importantes reciclan la tradición recibida, pero no únicamente la nacional o local, sino la universal. Es su sello de originalidad, su marca de fábrica, por así decir. No concibo esa relación como lucha agónica según la teoría de mi gran amigo Bloom, sino como algo más benigno, que puede surgir del deseo del nuevo escritor de encontrar amparo a la sombra de una obra clásica, pero añadiéndole un toque personal que en el mejor de los casos se convierte en algo sublime en sí, no en relación con ésta. Estimo que es lo que ocurre con Cien años de soledad. En ésta se perciben ecos de Faulkner, de Carpentier, de la tragedia griega, de Cervantes, de los cuentos de Borges, y de muchas obras que García Márquez mismo menciona en el texto de su novela. Pero la armazón de relojería de esa gran novela, que sugiere la presencia de un destino tan minucioso como fatal, cómico y trágico a la vez, es única y suya propia, además perfectamente reconocible en cualquiera de sus oraciones, desde la primera hasta la última. Quinto, y último criterio: la obra debe tener prosa, la marca de que acabo de hablar, estilo propio. Hay escritores sin estilo, pero apenas podemos llamarlos tales. Tal vez todo se remita a una especie de pulsación de las ondas cerebrales que determinan los períodos sintácticos y el orden de las palabras —colocación de adjetivos, formas y tiempos verbales. El ritmo de una prosa lo constituyen esas elecciones, que hacen la de Proust inigualable y reconocible antes de llegar al final de la oración —que tarda en llegar, como sabemos. Claro, como todos estos criterios se refieren a cualidades entretejidas el estilo tiene que estar a tono con el tema, con los coqueteos de ese enigma que nos elude, con la elevación de la obra, y así sucesivamente. Cuando no, como ocurre en obras como el Ulises de Joyce, y en la de seguidores suyos como Cabrera Infante, el efecto que se persigue surge de la disonancia, que es entonces, paradójicamente, una forma de armonía.
Me atrevo a aplicarle a una novela contemporánea que considero excelente los criterios antes expuestos: La virgen de los sicarios (1994), del colombiano radicado en México, Fernando Vallejo. La obra tiene altura porque su tema no es otro que el de la milenaria pugna amorosa entre eros y tanatos, entre deseo y muerte, entre amor y violencia. En ésta un homosexual “viejo,” según él mismo se describe, seduce a jóvenes asesinos que matan por encargo o capricho en las luchas entre pandillas expendedoras de drogas. El viejo seductor, especie de Fausto que enamora y destruye a la joven Gretchen, o de Humbert Humbert que conquista a la impúber Lolita, representa la muerte que aniquila a la vida, bullente en los jóvenes, quienes a su vez trabajan para ésta, son sus sicarios. Senectud y juventud, muerte y vida, como en La Celestina, que acaba siempre con la victoria de aquélla. Claro, aquí la temática homosexual le suma a este desenlace trágico la aniquilante esterilidad constitutiva del amor gay, que no puede en ningún caso llevar a la renovación, y por lo tanto conduce sólo a la muerte. El narrador, que es el viejo seductor, es un intelectual, un ilustre gramático, cínico, misántropo, creyente en una moral de genealogía nietzscheana que rechaza toda caridad para con el prójimo, en especial los pobres que se reproducen desenfrenadamente. Le obsede, precisamente, la reproducción como resultado del amor, del deseo heterosexual, y goza cuando sus sicarios, primero Alexis y luego La Plaga, matan a mujeres encinta. La virgen de los sicarios es una obra despiadada que enfrenta sin tregua deseo y muerte y revela a cada paso la interdependencia de ambos.
La virgen de los sicarios es de una reflexividad elegante. La narración incluye tácitamente, en el sentido literal, al lector, a cuyas preguntas parece a veces responder el narrador. La obra va como haciéndose a partir de ese diálogo entre interlocutores cultos. En el curso del monólogo-diálogo se alude a otros autores como Balzac, Dostoievski, Cervantes, y el narrador, puntilloso en cuestiones gramaticales y de léxico (es gramático y autor de libros sobre la materia) se expresa en una prosa juguetona, que revela y esconde, que sopesa la validez de la terminología que emplean los sicarios, que son prácticamente analfabetos y van inventándose un discurso hecho, como es natural, de metáforas y figuras retóricas para nombrar sus espeluznantes actividades. El narrador juega con el “interlector,” para darle ese nombre, enseñándole la mano para luego ocultarla, tratándolo como extranjero al que hay que instruir e ingenuo al que hay que despabilar y al que termina maldiciendo, inmisericorde hasta con este personaje que no es sólo de su creación, sino que es, después de todo, su igual, su hermano, para recordar a Baudelaire, y tan hipócrita como él mismo.
El secreto que luchamos por descifrar en La virgen de los sicarios es el sentido que pueda tener la religión en la obra, tanto en sus manifestaciones populares de imágenes, estampas, prácticas de devoción, como en el trascendental que mueve a los personajes, que buscan el misterio de la vida en la muerte, en las sucesivas muertes. (El misterio está inscripto en el título mismo, La virgen de los sicarios, porque se sugiere que la virgen es la patrona de estos jóvenes asesinos, y la virginidad misma es, si nos saltamos el milagro de la inmaculada concepción o lo incorporamos al enigma, sugeridora de esterilidad, por lo tanto de muerte). Al barrer con toda moral, o al demostrar que el mundo de los sicarios se mueve en una especie de inmoralidad anterior a la civilización o posterior a ella —en sus ruinas—, el narrador, y con éste la novela, indaga en los resortes primarios del sentimiento religioso, que surge ante o con la violencia inherente a las relaciones humanas. A los asesinados se les pega un tiro en la frente que es como la cruz de ceniza que se traza en las frentes de los fieles el Miércoles de Ceniza, hay balas santas que son hervidas en agua bendita, los sicarios entran en las iglesias para confesarse y hasta recibir la comunión. Se trata del misterio del origen mismo de lo social y del discurso que lo acompaña, que emerge primero en el nombrar las cosas con un sentimiento que las unge de un aura sacra para que tengan sentido.
En cuanto al reciclaje de la tradición, he mencionado el Fausto de Goethe, Lolita, de Nabokov y La Celestina, de Fernando de Rojas, clásicos que La virgen de los sicarios rescribe, y habría que añadir a esa lista La muerte de Venecia, de Thomas Mann. La fascinación de Gustav Aschenbach por el bello adolescente polaco lo lleva a él, y tal vez también al efebo, a la muerte, en medio de una meditación profunda del viejo escritor sobre el arte. Entre obras hispanoamericanas la que más se le parece La virgen de los sicarios es “El hombre que parecía un caballo,” relato del guatemalteco Rafael Arévalo Martínez, que es muchísimo más refinada en su presentación del tema gay, pero en la que también amor y violencia se trenzan apretadamente. En Cobra, de Severo Sarduy, un(a) joven es martirizada(o) por una vieja celestinesca, y en la más reciente novela de García Márquez, Memoria de mis putas tristes (2004), un nonagenario erotómano celebra su cumpleaños haciendo el amor con una adolescente virgen.
Por último, la prosa de Vallejo, o por lo menos la del narrador de La virgen de los sicarios, es suya, inimitable en sus juegos y retozos, seductores e insultantes a la vez para con el lector. Baraja niveles retóricos, desde los más soeces hasta los más refinados, se regodea tanto en la propiedad etimológica de ciertos vocablos como en la impropiedad de otros incorporados de los medios y atravesados por la influencia del inglés. Vallejo se burla del prurito de corrección lingüística de los colombianos incorporándolo a las divagaciones del narrador. No hay nada chato en esta prosa, que no decae a lo largo de toda la obra en su mezcla de densidad y ligereza, y que a veces es francamente cómica. Esto se nota en la desenfadada incorporación que hace Vallejo de una figura no del folklore institucionalizado, sino del más vulgar y populachero comercio sexual machista latinoamericano: el “viejo maricón.” Se trata de un individuo patético, generalmente rechazado por su propia familia, motivo de burla de la mayoría, solitario en su vejez por su carencia de prole por definición y porque los individuos que le son afines prefieren cuerpos menos averiados por la edad y la vida disipada. Es una figura que se dedica a lo abyecto, que lo practica sin recato. El viejo maricón les ofrece a los adolescentes una promiscuidad sin límites ni exigencias del más mínimo decoro (te la mamo en la oscuridad del cine o en los urinarios), aferrándose a la vida en su predilección por el vigor juvenil. Es un tipo fáustico, celestinesco, envilecido, que nadie, ni Mann, había pintado más vivamente que Vallejo. Este es el tipo de audacia que, como la de Nabokov en Lolita en su momento, lleva la marca de la originalidad. De todas las novelas hispanoamericanas que he leído en años recientes La virgen de los sicarios, creo, es la que va a quedar.
¿Convenzo a mi asendereado lector? No quiero convencerlo sólo de lo que digo aquí sobre la novela de Vallejo, sino de que él o ella van a pensar lo mismo que yo y por razones muy similares, de que mis criterios, a pesar de ser personales, porque son mi son, también son los suyos, y de que en última instancia son, en ese sentido, objetivos. Mi son, querido lector, es tu son.
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