Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Literatura, baile y béisbol en el (último) fin de siglo cubano

Roberto González Echevarría
Ensayo

Página 2

Ahora bien, el exotismo del danzón también se manifiesta en su capacidad para incorporar lo extranjero en su propia contextura melódica. Hoy nos sorprende oír, en medio de un danzón como "El cadete constitucional", frases musicales tomadas de marchas de John Philip Sousa. Pero esta tendencia, parecida por supuesto a las alusiones a lo francés o a lo oriental en la poesía modernista, es inherente al danzón desde sus comienzos. Zoila Lapique Becali informa que una de las asistentes al baile en que se estrenó "Las alturas de Simpson", escribió en Matanzas lo siguiente: "Estos danzones a base de la melancólica música africana, en artística mescolanza —gratísima al oído— nos regalaban compases de populares trozos de ópera italiana, de zarzuelas españolas".7 Es significativo que el béisbol también se dejó influir por la ópera italiana, ya que varios equipos cubanos de la época adoptaron nombres de algunas de éstas, como el Boccacio y Fattinitza. El culto a lo extranjero era algo generalizado, y se extendía, desde luego, a la incorporación de vocablos de otros idiomas, lo cual, tanto en la música como en el beisbol, era prácticamente inevitable.

La sacarocracia cubana pronto se percató de que una educación norteamericana era más útil para sus hijos que una europea, sobre todo española, y comenzaron a mandar a sus hijos (pero a veces también a sus hijas) a colegios y universidades "del norte". Allí aprendieron a jugar béisbol estos jóvenes que, al regresar a la isla, verían las costumbres españolas, comparadas a las que los habían regido en Norteamérica, como especialmente retrógradas, arbitrariamente restrictivas o simplemente bárbaras. De éstas ninguna lo era más que las corridas de toros, popularísimas entonces en La Habana, en cuya plaza hacían temporadas los toreros españoles más famosos, haciendo escala en sus viajes a México.8

El béisbol pronto se vio como el antídoto contra el primitivismo peninsular. El juego arraigó en la capital y en el área de Matanzas, sobre todo entre jóvenes de buena familia, pero también se diseminó entre las clases populares, inclusive los negros, que habían sido declarados libres con la abolición de la esclavitud en 1886. A la popularización del béisbol también contribuyó no poco la llamada "emigración", es decir, el exilio de numerosas familias cubanas a los Estados Unidos a raíz de la Paz del Zanjón, en 1878. La comunidad cubana en puertos como Cayo Hueso, Tampa y Jacksonville se hizo nutrida, como también lo fue en Nueva York y zonas aledañas.

El béisbol empieza a jugarse en Cuba, sin embargo, desde la década del sesenta, y ya hay clubes organizados en la próxima década. El primero fue el Habana Baseball Club que, como vimos, viaja a Matanzas a fines de 1874 para retar (y derrotar) al club de la "Atenas de Cuba". Para los ochenta ya hay cientos de clubes por toda la isla, así como docenas de revistas y periódicos dedicados al deporte. Sabemos hoy tanto sobre los orígenes del béisbol en Cuba, por cierto, gracias a su estrecha relación con la literatura, que ha preservado la huella de su primitiva historia en revistas, crónicas, novelas y poemas. La revista literaria antes mencionada, El Fígaro, cuyo primer número es del 23 de julio de 1885, se proclama "Semanario de Sport y de Literatura. Órgano del Base-ball". Manuel Serafín Pichardo fue uno de los fundadores de El Fígaro y su principal animador. La revista contiene crónicas de juegos, artículos sobre jugadores prominentes, así como chismografía literaria, musical y social, y publican en ella algunos de los escritores más conocidos del momento, como el poeta Julián del Casal. La primera historia del juego en Cuba, publicada en 1889, fue escrita por el novelista Wenceslao Gálvez y Delmonte, campocorto del Almendares Baseball Club y hoy miembro del Hall de la Fama del Baseball Cubano. Gálvez, amigo de Casal, publicó una soporífera novela con el prometedor y decadente título de Nicotina, y una colección de ensayos, crónicas y cuadros de costumbres, Esto, lo otro y lo de más allá (mosaico literario), en la que demuestra estar muy al día en literatura europea, española e hispanoamericana. El béisbol era para estos literatos una actividad exótica y decadente, totalmente opuesta a la mojigatería hispánica y a su salvajismo taurino, por eso se le ve en principio como algo compatible con la nueva literatura y con el independentismo. Su relación con la música la veremos enseguida.

El libro de Gálvez, titulado El baseball en Cuba. Historia del Baseball en la Isla de Cuba, puede que sea la primera historia de ese deporte jamás escrita.9 Es digno de ponderación que, ya para 1889, pueda hablarse de una historia del béisbol cubano, cuando el deporte apenas contaba con tres décadas de práctica organizada en su propio país de origen. A petición de Gálvez, el prólogo de El baseball en Cuba fue escrito por el médico Benjamín de Céspedes, que hace un análisis brillante y jocoso del juego, destacando sus beneficios terapéuticos para la salud física y moral. Darwinista, descreído y algo cínico, como el propio Gálvez, este médico está a favor de la medicina y del deporte para aumentar el deleite físico. La práctica del béisbol robustece al individuo y hasta aumenta su potencia sexual, sostiene, influido por la ideología sobre la cultura física en boga entonces en los Estados Unidos y Europa. El doctor de Céspedes contrasta la pujante salud de los jóvenes jugadores de béisbol con la de muchos de sus pacientes, dedicados a actividades sedentarias, que pronto los conducen a una flaccidez endémica. La relación del deporte con la medicina no es casual, es parte del culto decadente a lo inútil y frívolo; la salud debe cultivarse para el placer, no para el trabajo útil y productivo. El decadentismo incluye una fuerte preocupación por el físico que se manifiesta en los opuestos correlativos del neurasténico y enfermizo poeta que se regodea en sus dolencias, y el atleta que vive atento a la fortaleza, agilidad y garbo de su cuerpo. De un lado Casal y del otro su amigo Gálvez. Este último también ensalza la capacidad terapéutica del deporte, así como su fuerza civilizadora, y traza la historia de los diversos clubes del área capitalina y de las provincias. El propio Casal, en nota elogiosa del libro, escrito por "uno de mis mejores amigos", dice, destaca el optimismo y vigor que éste rezuma:

"Nada más raro, en nuestros tiempos, que la aparición de un libro sencillo, empapado en sana alegría y escrito al correr de la pluma cuyas páginas sirven para desarrugar los ceños más adustos, entreabrir los labios más serios y disipar las brumas melancólicas que difunden en el espíritu las miserias de la vida, ya se contemplen en su asquerosa desnudez, ya al través de las hojas de los modernos libros pesimistas".10

Un par de años antes otro escritor importante, nada menos que el filósofo Enrique José Varona, había dedicado un artículo al béisbol en que destacaba el provecho moral del juego, si lograba enseñar a los cubanos a competir, y sobre todo a perder, de forma civilizada.11 El juego se había convertido en una actividad social de importancia considerable porque no consistía simplemente en partidos entre equipos organizados, sino que éstos representaban clubes sociales en los que se desarrollaban varias otras actividades, según se verá.

Es curioso que, si bien la presencia norteamericana pronto se convirtió en amenaza para la nacionalidad cubana, a fines de siglo lo norteamericano representaba algo opuesto al caduco poderío español. Es por esto que el béisbol se incorpora a la ideología antiespañola y patriótica que conduce a la independencia. En la práctica, hubo equipos de béisbol en Cayo Hueso, por ejemplo, que donaban las recaudaciones de sus juegos a la causa revolucionaria. Fue entre los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso que Martí promovió y organizó la guerra libertadora. Muchos de esos tabaqueros jugaban al béisbol, y el hijo de uno de los amigos de Martí, Alejandro Pompez, llegó a ser uno de los magnates más importantes del béisbol de color en los Estados Unidos. Cuando estalló la guerra un número considerable de jugadores de béisbol se sumó a las filas insurrectas, y uno de ellos, el célebre Emilio Sabourín, fue detenido por conspirar contra el régimen colonial y enviado a la temida prisión de Ceuta, donde murió, mártir de la independencia.

Como el danzón, el béisbol contenía una carga erótica considerable, y como el baile —y aliado a él— facilita el encuentro de jóvenes que llegarán a constituir parejas, convirtiéndose así en una especie de rito prenupcial. Los primeros uniformes de béisbol, si se ven en el contexto de la ropa tan conservadora de la época, eran provocativos en extremo. Sorprende observar, en las fotografías de la Cuba de entonces, cómo la mayoría de los habaneros vestía de frac y sombrero negros a pesar de la asfixiante canícula antillana. Los peloteros, sin embargo, llevaban pantalones bombachos, en su mayoría blancos y muy ceñidos al cuerpo, medias largas de colores, camisa holgada con pechera en la que, en letras góticas casi siempre, aparecían las iniciales o emblemas del club, pañuelo de seda del color apropiado, y gorra. Era una indumentaria que destacaba el contorno físico del jugador, y adornaba su cuerpo. Así vestidos, los peloteros salían al terreno blandiendo potentes estacas, llamadas bates, cuyo simbolismo no es necesario subrayar.12 Una vez en el terreno, estos muchachones, ante un público nutrido de jóvenes del sexo opuesto, se dedicaban a hacer proezas físicas que ponían de manifiesto su agilidad, fuerza y buena constitución. A lo que las jóvenes respondían otorgando "moñas" (hechas de cintas de colores) a aquéllos que hacían buenas jugadas. Este intercambio era parte, evidentemente, de un rito simbólico que conducía a mayores dentro o fuera de los canales prescritos por la sociedad.

No cuesta trabajo ver en los primitivos uniformes de béisbol el cariz modernista, sobre todo en las letras góticas que ostentaban las pecheras de las camisas, en los pantalones bombachos y en las medias de colores. Y es que el béisbol es un deporte que, por su exquisito esteticismo, es de raigambre netamente modernista; hay que ver en los peloteros la contrapartida de las varias bailarinas descritas con sensual dinamismo en poemas de Casal y del propio Martí.13 No existe en el béisbol el burdo simbolismo bélico del futbol o del baloncesto, donde se trata sobre todo de la conquista de territorio para anotar goles o puntos y derrotar al contrario. El béisbol es más oblicuo y metafórico. Los corredores describen círculos alrededor de un cuadrado para anotar carreras, evitando ser tocados por la bola en manos del contrario (el béisbol puede que sea el único juego en que la bola la tiene la defensiva). Impulsada por el bate, la pelota puede describir enormes parábolas, o rodar hasta ser capturada por un jugador que la lanza a otro, de su mismo equipo, que está a gran distancia, para poner fuera a un corredor de la manera más simbólica posible, a veces sin necesidad siquiera de tocarlo. Son todas relaciones indirectas, basadas en reglas de una sutileza y arbitrariedad que hace poco menos que imposible explicarle el juego a quien no se haya criado jugándolo u observándolo. El atractivo que el béisbol tenía para los jóvenes literatos y patriotas cubanos radicaba sin duda en estas características del juego en sí, que se asemejaba a las de la poesía modernista, por su elegante estilización, inherente esteticismo y cultivado artificio.

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