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Pero el atractivo del béisbol consistía sobre todo en que aglutinaba en sus ritos dominicales otras formas de expresión, especialmente el baile. Desde sus comienzos en los Estados Unidos los clubes de béisbol auspiciaban actividades diversas, algunas, pero no todas, parte de un juego contra otro club. Cada club contaba con varios equipos, escalonados por niveles de destreza. El primer team era el que se enfrentaba a los demás clubes, pero se celebraban muchos juegos en el seno mismo de cada club. Estos desafíos, y los realizados contra otros clubes, incluían grandes cenas después del partido, con brindis extravagantes, discursos laudatorios, declamación de textos literarios propios o ajenos, etc. En Cuba, a la costumbre de las cenas se sumó la del baile. Cada partido de béisbol culminaba con una fastuosa cena y baile, para los que se contrataban orquestas que tocaban sobre todo danzones. Filósofo al fin, Varona prefería el deporte al baile, y escribió en el artículo citado una frase tan lapidaria como ineficaz contra el impuso que los unía a ambos: "Nuestro progreso será cierto, indiscutible, el día en que entre nosotros el buen sportman haya destronado al buen bailador" (p. 87).
Hacia fines del siglo la más célebre de las orquestas contratadas para rematar los juegos de béisbol era la de Raimundo Valenzuela, otro famoso y cotizado mulato matancero, que llevó el danzón a su más acabada forma. En publicaciones de la época a veces se dice, utilizando la terminología béisbolera, que el baile sería amenizado por el "primer team de Raimundo Valenzuela". Era en estos bailes, creo que podemos suponer sin mucho riesgo, que el rito prenupcial se hacía cada vez menos ritual y más cabal. El intercambio de jóvenes devenía un hecho públicamente consumado. Lo que empezaba en los escarceos propiciados por el juego, y más tarde por los tanteos de la literatura (poemas escritos en álbumes, intercambio de textos de poetas favoritos, recitales), cobraba un carácter más palpable en los intoxicantes bamboleos del danzón, donde la distribución por parejas se hacía visible a todos, como confirmándose el hecho. El 29 de octubre de 1885, El Fígaro informa que después de un juego de béisbol se bailó mucho, porque "allí estaban muchas Evas, muchos Adanes y Valenzuela de serpiente" (p. 7). Si hago hincapié en este aspecto distributivo del béisbol, aliado al baile, es porque pienso que su temprano arraigo en la cultura cubana tiene mucho que ver con esa función de encauzar el deseo erótico por vías sociales mediante un complejo rito dominical de juego y actividades anexas. La sociedad cubana se reproducía, en cierta medida, gracias a ese rito, que formaba parte del asueto colectivo organizado en áreas de las ciudades, sobre todo La Habana, destinadas especialmente a ese fin.
La glorieta era el espacio por excelencia donde las actividades mencionadas se llevaban a cabo. Los clubes más importantes de béisbol, el Habana B.B.C. y el Almendares B.B.C. en especial, contaban con terrenos propios. Estos terrenos se construyeron en las áreas de La Habana antes mencionadas: zonas rurales invadidas por la sacarocracia para convertirlas en quintas de veraneo. Es decir, campos que antes eran o productivos o baldíos, transformados en jardines para el recreo, en mansiones para el descanso, o en cotos de caza para la práctica de ese deporte. El Almendares B.B.C. construyó el suyo en el barrio del Cerro o Tulipán, al suroeste de la ciudad, accesible por la Avenida de Carlos III, uno de los caminos por los que La Habana rebasó el perímetro de la antigua muralla. Ese primitivo terreno se convirtió más tarde en el célebre Almendares Park, que duró (con una reconstrucción) hasta los años veinte del siglo xx. El Habana B.B.C. construyó su terreno en la zona del Vedado, al oeste de la ciudad.
Al desplazarse hacia esas zonas a las afueras de La Habana los jóvenes peloteros no se arrojaban a la naturaleza bravía (“al rudo manigual", para recordar a Ernesto Lecuona) ni mucho menos, sino a un campo desmochado, podado y acicalado por los aperos del jardinero, balizado según los planos de arquitectos del recreo y agrimensores del placer. El campo de béisbol mismo refleja el carácter mixto de esa zona intermedia que es el faubourg, o faux bourg, ciudad falsa, como ha estudiado magistralmente John M. Merriman.14 Si bien hay yerba, se trata de un césped bien podado que recuerda los orígenes ingleses del juego; praderas aptas para el béisbol no se dan de forma natural en la manigua tropical cubana, a la que hay que someter con rigurosas labores para convertirla en "diamante" de béisbol. Como bien lo indica el vocablo diamante que se usa para designar la cancha béisbolera, se trata de una precisa geometría, una especie de mandala enigmática en que un círculo rodea un cuadrado, que a su vez contiene otro círculo (el del lanzador, antes en forma de rectángulo). Las rayas de foul delimitan la zona de juego de la otra, inculta, donde la bola está en juego, penalizándose al jugador que la haga llegar allí con un strike. La bola que "pica" dentro del terreno es "buena", la que cae fuera es 'mala", en la jerga béisbolera cubana. La glorieta se erigía de manera que, desde ella, los espectadores, y sobre todo las espectadoras, pudieran ver y admirar a los jugadores en acción, protegidas del implacable sol del trópico.
Al igual que el terreno mismo de béisbol, la glorieta era un espacio intermedio entre la ciudad y el campo, entre la naturaleza y el arte. La palabra "glorieta", según Corominas, existe en español desde el siglo xii, proveniente del francés.15 Lo de glorieta es porque se trataba originalmente de un cenador donde, entregado a la comida y otros placeres afines, se podía estar como "en la gloria". La glorieta es un edificio independiente, aislado, dedicado únicamente al placer, no a las necesidades de la vida; siempre forma parte de un jardín, no de un espacio doméstico o urbano. Esa autonomía, que concuerda con el esteticismo de la poesía modernista y su inclinación decadente, contrasta con su apertura al exterior, como si negara su separación de éste en el mismo momento en que la marca. Las paredes de la glorieta son enrejados o celosías que permiten la entrada de la brisa, aspecto imprescindible en el bochorno insular, así como los olores del campo y los sonidos del juego. Desde la glorieta los espectadores podían ver el juego casi a la intemperie, en un recinto con paredes falsas. En varios mástiles del techo flameaban los banderines y gallardetes del club, o de los varios clubes. De lejos, la glorieta parecía un vapor a rueda orlado de alegres banderines, de más cerca un hipódromo, y en efecto, algunos (el de Almendares, por ejemplo) también se utilizaban para carreras de caballos y otros deportes hípicos. Después del juego la glorieta retornaba a su origen como cenador, para más tarde transformarse en salón de baile. Una función intermedia, que correspondía a veces a teatros y otras a salones urbanos arrendados para ese fin, era la de servir de sede para veladas literarias en las que poetas y oradores hacían alarde de sus dotes y compe tían de manera similar a los jugadores de béisbol. A veces eran los mismos. Hacia fines de siglo las glorietas empezaron a ser alumbradas con luz eléctrica, lo cual permitía convertir la noche en un día artificial, un largo día de recreo, amor y placer al que la naturaleza no podía imponerle límites.
La literatura, el béisbol y el baile se refuerzan mutuamente como componentes de la nacionalidad en ciernes. En su base los une la sociabilidad de estas actividades, su carácter aglutinador y distribuidor de jóvenes, la canalización del deseo mediante la estilización estética. También los une el rechazo unánime de lo español, el ansia de ser distinto de la metrópoli, sobre todo más moderno y democrático. Gálvez y otros hacen énfasis en este último aspecto del béisbol, que le permitía a los jóvenes de origen modesto subir en la escala social y codearse con gente de las clases más elevadas. El béisbol se veía, al igual que todo lo norteamericano, como desprovisto de ínfulas aristocratizantes y como agente nivelador de las clases sociales. Bailar el danzón, gustar de una literatura estetizante y erótica, practicar el béisbol eran todas actividades modernas y contrarias al espíritu del régimen colonial. Era precisamente por su carácter extranjero que se los incorporó a lo nacional, y paradójicamente se convirtieron—transformados— en componente esencial de éste. La artificialidad inherente y manifiesta de todas estas actividades destaca su carácter modernista, no sólo moderno. Lo modernista, precisamente por su extravagante artificialidad, constituía una crítica del statu quo, como propone Cathy L. Jrade; lo natural era lo dado, lo recibido, lo español, mientras que lo cubano era lo artístico, elaborado, distinto e inconforme.16 O, como ha escrito Jorge Olivares sobre el decadentismo: "El culto a lo artificial es un escape y a la vez un reto a las normas establecidas y por ello el deseo de ir á rebours se convierte en ley inviolable para estos escritores"17 La nacionalidad cubana es, pues, en su origen, modernista, mientras que la del resto de Hispanoamérica había sido romántica. Lo cubano es en principio algo construido, fabricado con elementos que son deliberadamente foráneos, y que sirven como sublimación del deseo. Gustavo Pérez Firmat diría que lo cubano es siempre producto de la traducción.18 Por eso el béisbol, el baile y la literatura siguen siendo esenciales, a veces en contra de otras expresiones de la nacionalidad que pretenden soslayarlas.
Pero, más allá de Cuba y su último fin de siglo, lo notable en el proceso mediante el cual el baile, el béisbol y la literatura se confabulan en la formación de la nacionalidad es el hecho de que los dos primeros son actividades físicas y esencialmente lúdicas. Creo que el caso cubano puede servir de lección para el estudio de la emergencia de las modernas nacionalidades, que se piensan casi siempre basadas en actividades políticas e intelectuales, ignorándose otras de carácter más material o físico, como los juegos, los rituales colectivos, los bailes y hasta la cocina. Todas estas actividades también constituyen discursos aptos para ser analizados junto con la literatura, mediante una especie de antropología que probablemente no sabremos postular, sin embargo, sino a base de la literatura misma, que los contiene a todos.
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