Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Diciembre 2007. Antilde;o uno. Número tres

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Literatura, baile y béisbol en el (último) fin de siglo cubano

Roberto González Echevarría
Ensayo

Página 1

EL 27 DE DICIEMBRE DE 1874, el Habana Baseball Club hacía el recorrido de poco más de cien kilómetros por tren hasta Matanzas para enfrentarse al club local, en lo que la mitología nacional iba a monumentalizar como el primer encuentro de béisbol entre equipos organizados celebrado en Cuba. Es más, para la mayoría de los cubanos hoy, el partido de béisbol celebrado ese domingo por la tarde, en un terreno llamado Palmar del Junco, fue el primero jamás jugado en la isla, sin antecedentes ni preparación previa.1 Como el béisbol sería proclamado años más tarde deporte nacional, honor que todavía goza a pesar de más de 30 años de un régimen ferozmente antinorteamericano, se trata de un componente problemático en la fabulación nacional. El juego es uno de nuestros mitos de fundación, más extendido que muchos otros porque se trata de algo perteneciente a la cultura popular.

Cuatro años después, en la misma ciudad de Matanzas, se componía, tocaba y bailaba, el primer danzón, intitulado "Las alturas de Simpson", pieza inaugural de lo que, con el pasar del tiempo, vendría a identificarse como la música cubana. Su compositor fue el mulato Miguel Faílde, que había fundado en 1871 una orquesta que llevaba su nombre.2 En el danzón se encuentra la semilla de la salsa, pero más que una semilla "Las alturas de Simpson" era ya un fruto maduro, producto de varias influencias: la francesa, traída a Cuba por los colonos haitianos que llegaron huyéndole a la revolución de Toussaint Louverture, la española y la africana. Matanzas era también para esta época ya conocida como la "Atenas de Cuba" 'por la abundancia de literatos, con sus cenáculos, sus revistas y sus cafés. Deporte, baile y literatura se aliaban así en un momento decisivo de la historia de Cuba para, junto con el proceso político que había de llevar a la guerra de independencia en 1895, terminar de dar forma a la nacionalidad. No cabe duda de que la literatura, la música y el béisbol son los productos culturales cubanos de mayor prestigio y circulación internacional desde entonces, y que son componentes fundamentales —y fundacionales— de la mitología nacional. Conviene, entonces, regresar a ese momento para observar cómo se entremezclan esos factores en el agitado fin de siglo cubano, cuando, en efecto, Cuba fue la última nación hispanoamericana en alcanzar la independencia.

Como ha detallado Manuel Moreno Fraginals en su hermosa y cabal obra El ingenio, los pasos decisivos en los inicios de la moderna historia de Cuba fueron dados por Francisco de Arango Parreño (1765-1837) a fines del siglo xviii, es decir, en el penúltimo fin de siglo.3 Ante el colapso de Haití como principal productor mundial de azúcar, debido a la revolución de los esclavos, Arango y Parreño tomó las medidas que habrían de poner a Cuba en ese puesto y lanzarse a la loca carrera del azúcar, cuyos desmedros todavía sufrimos al final del siglo xx. Las decisiones y gestiones de Arango y Parreño, entre otros, llevaron a Cuba al mercado internacional y a la modernidad; y también, por cierto, al monocultivo, el latifundio, la dependencia y otros subproductos indeseables. Para poder competir a nivel mundial en el feroz mercado capitalista, la élite cubana, denominada felizmente por Moreno Fraginals la “sacarocracia”, moderniza la producción del dulce, adquiriendo de Inglaterra maquinaria de vapor y ferrocarriles, y participando en un intercambio financiero en el que los Estados Unidos figura cada vez más prominentemente. Los sacarócratas cubanos se adelantan a la metrópoli y al resto de su antiguo imperio no sólo en la adquisición de maquinarias y ferrocarriles —para mediados de siglo la red cubana era la más extensa de América Latina— sino también en el disfrute de los últimos lujos y adelantos de la industria. Gozaron, por ejemplo, del uso del primer water closet del mundo hispánico, y se construyeron, en La Habana y a las afueras de la capital, fastuosas mansiones, muchas en los mismos ingenios azucareros que eran la fuente de su riqueza.

La región de Matanzas, al este de La Habana, se convirtió en una zona privilegiada para el cultivo del azúcar por su proximidad a la capital, la feracidad de sus tierras, y por los tupidos bosques que se talaban para obtener combustible y a la vez despejar terrenos para la caña. A esto hay que añadir las ventajas de la hermosa bahía de Matanzas como puerto, a lo que se suma la existencia de ríos que no sólo fertilizan la región, sino que además facilitan las comunicaciones al desembocar en ella. El puerto de Matanzas se convirtió en escala importante en una red de navegación que incluía los puertos norteamericanos de la costa este de ese país (Baltimore, Nueva York, Boston) y los del Golfo de México (Cayo Hueso, Tampa, Nueva Orleans), además de La Habana.

Con el auge de la industria azucarera en la región que abarca de La Habana hasta Matanzas, y más allá Cárdenas, Sagua la Grande y Caibarién, la cultura de esa zona de Cuba cambió marcadamente. En primer lugar se empezaron a importar grandes cantidades de esclavos para satisfacer las necesidades de una industria siempre ávida de brazos. El área de Matanzas pronto se convirtió en la de mayor densidad de negros del país, distinción que siguió teniendo en el siglo xx. También acudieron a la ciudad negros libertos y mulatos que se dedicaban a artesanías y oficios menores, como el de sastre, pero pronto también se destacaron como músicos. Si Matanzas llegó a ser la "Atenas de Cuba", también se convirtió en la Roma o Jerusalén de las sectas afrocubanas, así como en la Bayreuth de la emergente música cubana. La ciudad todavía conserva la preeminencia en ambas cosas.

Con la apertura del comercio con Estados Unidos en 1817, y la creciente presencia norteamericana en la industria azucarera, un número considerable de norteamericanos tomaron residencia en el área de Matanzas. Algunos eran dueños de plantaciones e ingenios, otros se ganaban la vida como mecánicos o maquinistas, y en otras profesiones, mientras que otros abrieron negocios de diversa índole.4 ¿Quién era el Simpson del título del danzón? Un americano avecindado en Matanzas. Evidentemente el barrio Las Alturas de Simpson surgió en lo que era o había sido su propiedad. Hacia la década del setenta es probable que esa comunidad norteamericana haya crecido. Lo que sí es sabido que aumentó la propiedad cubana en manos de norteamericanos. Esto ocurrió como resultado del fracaso de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), que termina con la derrota de los cubanos y la llamada Paz del Zanjón. Muchas familias criollas pudientes se arruinaron durante la guerra, no sólo debido a los estragos de ésta, sino también a los inicios de un declive en el precio del azúcar que habría de continuar durante el fin de siglo. Como producto de las múltiples bancarrotas, muchos ingenios y plantaciones pasaron a manos de compañías y bancos norteamericanos a los que los cubanos debían fuertes cantidades de dinero. La región matancera, a la que apenas alcanzaron los rigores de la guerra (que se concentró más en la región central, y sobre todo en la oriental), sufrió una transformación considerable. A esto hay que añadir un conocido cambio en la historia económica de Cuba: la creación de "centrales", enormes fábricas de azúcar que molían la caña de otros (llamados colonos) que ya no podían procesarla en sus propios ingenios, ahora anticuados e ineficientes. Los grandes centrales concentraron el capital y la capacidad productiva y pusieron bajo su control a los dueños de plantaciones, que dependían de ellos para procesar su producto. No es difícil imaginarse que todos esos norteamericanos, en frecuente contacto con su país, donde el deporte evolucionaba y se expandía rápidamente, jugaran al béisbol y le enseñaran el juego a sus amigos y vecinos.5

En La Habana el boom azucarero había traído como consecuencia la construcción de palacetes y mansiones, la ampliación de avenidas y parques, y la expansión de la ciudad más allá de la muralla que la había defendido, por el oeste, de las incursiones de piratas y corsarios. Poco después de mediados de siglo, alrededor de 1863, la muralla fue demolida. Las zonas hacia el sur, suroeste y oeste de la ciudad, de mayor elevación que el puerto, naturalmente, y por lo tanto más frescas, se convirtieron en áreas de recreo para la sacarocracia, con bellas quintas accesibles por nuevos caminos de tierra y de hierro. La Habana se fue desplazando en esa dirección, absorbiendo poco a poco esas zonas de asueto e incorporándolas a la red urbana. Pero el casco de la ciudad misma también dedicó más y más espacio al esparcimiento y recreo. El Paseo del Prado, que da al mar, se convirtió en el lugar de convergencia de numerosos carruajes descapotables en los que se exhibían los nuevos ricos en su mejor indumentaria, así como de no pocos peatones que acudían a presenciar el espectáculo y dedicarse a sus propias actividades sociales. La vida teatral se enriqueció con la construcción o renovación de varios teatros, como el Tacón, el Albisu y el Irajoa, visitados por las mejores compañías europeas, inclusive algunas francesas que representaban en su idioma obras de última moda. La ópera y el teatro musical menor también gozaron de mucho auge durante todo el siglo. Surgieron cafés y restaurantes con nombres —El Louvre, Las Tullerías— que revelaban hacia dónde miraban los cubanos cultos, y qué y a quiénes querían imitar.

La Acera del Louvre, es decir los portales del afamado café era el centro de reunión de literatos y de todos los entregados a los placeres mundanos de la decadencia, entre ellos jugadores y fanáticos del béisbol. Muchos de estos jóvenes eran, además, bailadores del danzón, baile cuya "lubricidad" había desatado una agitada polémica en la prensa capitalina. El danzón, el beisbol y la literatura compartían características propias del fin de siglo que hicieron posible su alianza en el momento de la independencia, y dejaron huella visible y duradera en la cultura cubana.

La primera de estas características comunes es el exotismo, que no era solamente el gusto por lo extranjero, sobre todo lo francés, sino por todo aquello que se apartara de lo español, que era visto como retrasado y demodé. La predilección por lo francés en la literatura finisecular latinoamericana es demasiado conocida para precisar mayor elaboración aquí. En Cuba no sólo había los cafés mencionados, sino que una de las revistas culturales más importantes —a la cual habrá que regresar— fue El Fígaro. Las compañías teatrales francesas, inclusive la de la célebre Sarah Bernhardt, hacían escala en La Habana camino a la ciudad de México o a la de Nueva Orleans. Quien lea las publicaciones cubanas de la época no podrá dejar de notar que los intelectuales y literatos cubanos del momento vivían atentos y ti la page de lo que ocurría en París. Los modelos de poetas como Julián del Casal, no sólo en lo literario sino también en la manera misma de vivir y de conducirse, eran los poetas malditos franceses. Encastillado en su buhardilla habanera de los altos de El País, o paseándose por parques, avenidas y terrazas de la capital —eurasténico, alcohólico, homosexual y drogadicto— Casal practicaba la decadencia a la francesa.6

El danzón, como ya se dijo, era de origen afro-francés. Alejo Carpentier, en su delicioso libro La música en Cuba, relata cómo la country dance inglesa pasó a ser la contredance francesa, y ésta la contradanza, la habanera, y por último el danzón. La habanera, por supuesto, fue incorporada por Bizet en Carmen, por lo que el tráfico musical fue en ambas direcciones. En Carmen la habanera le dio vuelta al mundo, y fue tal vez la primera música cubana de alcance internacional. La contradanza, desde luego, también se conoció en España, y variantes suyas llegaron hasta Buenos Aires, donde influyeron en los orígenes del tango. Pero lo peculiar del danzón es que el componente africano es más fuerte y que llegó a convertirse en baile de salón de la sociedad cubana, compitiendo con las mazurkas, polkas y valses de moda en el mundo entero. No cabe duda de que tanto el ritmo como la letra, muchas veces sugestivos (como uno intitulado "Negra, dame tu amor"), podían parecer escandalosos a los mojigatos de entonces. Es cierto que en algunos locales, como los altos del Louvre, se bailaban piezas más picantes, algunas de un estilo al parecer vulgar llamado "arroz con picadillo", y que había otros bailes denominados "empinar el papalote" y "matar la culebra", que sí eran más explícitos en su sexualidad. Y era notorio que al otro lado de la bahía de La Habana, en Regla y Guanabacoa, centros de santería y cultura africana hasta hoy, se tocaban piezas con títulos al parecer procaces, como "Cochino", "Baja la pata', "Guabina'y "Oso". Pero no el danzón. Visto desde este fin de siglo, el danzón era un baile decoroso, hasta casto, bailado por parejas enlazadas, pero no se bailaba ni se baila apretado ni mucho menos. En el danzón se pasó de los cuadros de la contradanza al baile por parejas, pero se trataba de una música tan estilizada como la poesía modernista, con pausas, golpes de abanico por parte de la mujer, y un púdico abrazo a prudente distancia. Lo que sí había era un provocativo mecerse de las caderas —sobre todo en la parte final, que ya anunciaba sones y guarachas— y una serie de fintas que tal vez recordaban la persecución ritual de la hembra por el macho que representaban algunos bailes africanos. Frente a la pacatería peninsular de la última década del xix, sin embargo, el danzón era algo peligroso, exótico, decadente y demasiado cubano. Se trataba, nada menos, que de la incorporación abierta de lo africano a la vida social de las clases acomodadas; una incipiente mulatización de la gente pudiente.

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