Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Guaria

Rodrigo Soto

Cuando pienso que estuve veinte años casada con Juan Gatgens, me dan ganas de morirme. ¿Cómo pude vivir tanto tiempo con alguien sin sospechar qué clase de persona era? Fue después de divorciarnos que empecé a llamarlo Juan Jetas, pero ya era demasiado tarde, al menos para mí, pues veinte años es una enormidad y la juventud nadie puede devolvérnosla. Y aunque los cirujanos plásticos y los dietistas digan lo contrario, la belleza tampoco.

A los cuarenta y pico me tocó empezar de nuevo. Quizás estoy dramatizando (Juan siempre dijo que yo era una exagerada); después de todo, él me dió dos hijos, esta casa, un carro regularcito y la pensión que me pasan mis suegros. Mis ex-suegros. Es un poco humillante, pero no tengo opción. Además, no es gran cosa. ¿Pero qué puede hacer alguien como yo? Los muchachos ya están en la universidad y pasan poco tiempo aquí, de modo que me hice de Buby. El nombre es ridículo para una pastor alemán, ¿pero a quién le importa? A mi no. A ella menos. Y nos llevamos bien.

Han sido años difíciles, pero poco a poco me he acostumbrado. No me tiré a la calle en busca de una juventud irrecuperable, como le ha pasado a tantas conocidas después de divorciarse, pero tampoco me amargo la vida. Paso bastante tiempo sola y salgo de vez en cuándo con amigas. De hombres no quiero saber nada, al menos por ahora. Sobre el futuro prefiero no hablar, porque nunca se sabe.

Cuando las cosas salen mal, lo primero que hacemos es buscar a quién culpar, y yo a menudo me pregunto por qué los familiares de Juan no me advirtieron nada, tampoco sus amigos. Al contrario: desde el primer momento todos se mostraron encantados con nuestro noviazgo. Ya sé que es una palabra anticuada, pero es la única que cabía para nosotros. Juan y yo nos hicimos novios a los veintidós años. Él había dejado la universidad para meterse de lleno en los negocios, y yo seguía dando tumbos de facultad en facultad, sin encontrar lo mío. Aunque entonces no lo admitiera, ahora reconozco que estudiaba M.M.C, "mientras-me-caso".

Papá había muerto unos años antes, y yo vivía con la sensación de ser arrastrada por una decadencia imparable, en la que la pérdida de influencias iba pareja con la del dinero familiar. La carnicería que se produjo para repartir la herencia es algo con lo que yo no conté, creo que mis hermanos tampoco. Los abogados se quedaron con la mejor parte.

Creí que ser la esposa de alguien importante sería mi salvación, y encontré a Juan, que parecía el candidato perfecto. Don Diego, mi suegro, había sido diputado y era amigo personal de un par de ex-presidentes. La familia no era exactamente rica, pero tenía una aureola de respetabilidad que deslumbraba a cualquiera. Doña Emma era una señora encopetada que organizaba tés de canastilla y obras de caridad. Federico, el hermano mayor de Juan, había sido ministro de seguridad (conocido como "el breve", pues ejerció el cargo sólo unos meses), y en aquellos años se rumoraba que sería un buen candidato presidencial. Sonia y Mayra, las hermanas menores de Juan, estudiaban en Londres; Sonia, psiquiatría o psicoanálisis o algo por el estilo, y Mayra decoración de interiores.

Desde el primer momento Juan me fascinó. Además de ser guapo (aunque no muy alto, pero nadie es perfecto) tenía una vitalidad avasallante y vivía soñando con grandes proyectos: cuando tengamos esto; cuando hagamos lo otro; vamos a meternos en tal negocio; lo que ganemos con esto lo vamos a reinvertir en esto otro… Hablaba así con todo el mundo, pero cuando lo hacía conmigo sus ojos se llenaban de un brillo incomparable. A veces me daba la impresión de que hablaba más de la cuenta, pero no tanto para resultar chocante o despertar sospechas.

Su familia me acogió con calidez. Después de la muerte de papá, yo anhelaba sentirme parte de algo, y se los agradecí de corazón. Desde el principio ellos nos apoyaron bastante, pero siempre mostraron reservas en relación con los proyectos de Juan. Él lo explicaba todo por su antagonismo con Federico, y esperaba con ansiedad la ocasión de mostrarles que también él estaba llamado a grandes cosas.
Me embaracé pronto y desde el principio me dediqué a los niños. El nuestro fue, en ese y en todos los sentidos, un matrimonio convencional. Nunca pretendí otra cosa. Por el contrario, sentía que mi anhelo de ser "la esposa de Alguien" se estaba realizando. Era, como decían las viejillas de antes, una mujer dedicada a mi familia y a mi marido. A él lo quería, de veras lo quería. Puedo decir que durante años fui feliz. Además de su familia, con nuestro matrimonio Juan me heredó sus amigos, pues mis amistades de juventud languidecieron con los años. No me importaba mucho lo que sucediera fuera de la casa, y compartía con Juan buena parte de su vida social. De sus negocios me mantenía sólo superficialmente informada, pero la verdad es que nunca nos faltó nada.

Al cuarto año de matrimonio, cuando iba a nacer Julián, construimos esta casa. El lote nos lo regalaron mis suegros;  lo segregaron de una finquita de café que doña Emma heredó. La finca quedó atrapada por la expansión urbana, y se había convertido en una mina de oro sin explotar. En la familia todos hacían números, pero al final fueron mis suegros los que se quedaron con el negocio, eso sí, después de regarle su buen cuarto de hectárea a cada uno de los hijos. Desde el primer momento me fascinó el lugar. De un lado se miran las montañas de Heredia, y del otro, bastante abajo, la ciudad de San José.

Nos pasamos a la casa todavía sin terminar, porque el dinero del préstamo no alcanzó para los detalles. Jamás tuve una queja para Juan, pues sabía que sólo era cuestión de tiempo, y que cuando alguno de sus negocios importantes cuajara, el asunto se iba a resolver. Y aunque los negocios salvadores no llegaban, terminamos por acostumbrarnos, y los trabajos que debían hacerse, se hicieron poco a poco, durante los años siguientes.

Nosotros mismos plantamos el jardín. Recuerdo que un sábado fuimos a comprar los árboles a un vivero. Los escogimos juntos: naranjos, mandarinos, mangos, aguacates, un cedro… Juan se empeñó en cavar él mismo los agujeros, y soportó sin quejarse las ampollas que rápidamente brotaron en su piel. Mientras alistábamos los árboles, conversábamos sobre nuestros planes. Juan estaba más locuaz que de costumbre, y hablaba sin parar de sus proyectos. Como un juego, al sembrar los árboles los bautizamos con el nombre de alguno de ellos. Así surgieron  el naranjo de los peces (por un cultivo de tilapias que en algún momento íbamos a hacer), el aguacate del vino tinto (Juan previó que tarde o temprano el consumo de vino aumentaría en el país, y pensaba entrar en el negocio de importación), el mandarino de la casa en la playa, el cedro de los cigarros (pues Juan estaba convencido de que poner un pie en ese negocio era asegurarse dinero fácil y constante, y se proponía comprar acciones de una de las grandes tabacaleras del país.) Y así, otros que ya no recuerdo…

Me tomó muchos años reconocer que Juan deliraba y que seguirá haciéndolo mientras viva. Yo hubiera podido continuar así por mucho tiempo, tal vez el resto de mi vida. Pero descubrí, más bien por accidente, que durante años él había tenido una amante. Supongo que a esas alturas Juan contaba con mi credulidad hasta tal punto, que ni siquiera se tomó la molestia de ocultar bien una de sus cartas. Cuando le pregunté de qué se trataba aquello, me aseguró que era una vieja amiga, pero lo que ahí se decía no me daba oportunidad de creerle.

Durante la discusión, las contradicciones de Juan fueron demasiado evidentes, pero lo decía todo con la convicción y seguridad de siempre. Entonces, de alguna forma, tuve que admitir la posibilidad de que si mentía en esto lo hiciera en lo demás, y en cosa de segundos, como un jarrón que se cae y hace añicos, comprendí que había botado mi vida alimentando los delirios de un enfermo, que además es el padre de mis hijos. Fue como si saliera de un sueño, de un espejismo aterrador.

Después, con el tiempo, ha sido aún más aterrador tener que admitir que yo necesitaba de sus mentiras tanto como él. A veces sospecho que de alguna forma, sin decírmelo, sus padres y sus amigos me advirtieron de esto, y que yo  no lo quise o no lo pude ver.

Con los años, los árboles del jardín crecieron hasta formar un bosquecito. Después del divorcio, en los meses más duros, los árboles —y los pájaros que atraían—, se convirtieron en mi mayor consuelo. Con la humedad del monte, sus ramas se llenaron de epifitas y parásitas, inclusive de algunas guarias. (Por cierto, lo de mi nombre fue un asomo de nacionalismo de papá. Cuando en la escuela estudiábamos los símbolos patrios y se hablaba de la guaria morada, los compañeros se burlaban de mí. El nombre nunca me pareció ridículo pero sí extraño: a veces me sentía orgullosa y única, y otras veces un bicho raro. Con el tiempo me acostumbré, y ahora rara vez reparo en él).

Humillada por la infidelidad de Juan, al despedirnos me esforcé por ser cruel. No me guardé nada. Me reí de sus proyectos y lo desafié a concretar al menos uno antes de morirse. Hice todas las comparaciones posibles con su hermano Federico, y por primera vez, vi odio en su mirada.

La casa pertenece a nuestros hijos; una de las condiciones del divorcio fue que no podrá venderse hasta que el menor cumpla veinte años, de modo que nos quedamos aquí. Juan regresó a casa de sus padres, pero imagino que ellos no lo soportaron, pues luego se mudó a un condominio en San José. La tranquilidad no duró mucho, pues hace un año se instaló en un pequeño apartamento de un edificio cercano, argumentando que quería estar más cerca de nuestros hijos.  Saberlo cerca era una perturbación, pero nada podía hacer para impedirlo.

Y entonces, de un día a otro, Juan comenzó a merodear. A veces, cuando no discutíamos, yo lo acompañaba a la puerta mientras intentábamos sostener una conversación amigable. En alguna ocasión le confié cuánto me había ayudado el bosquecito a sobreponerme a la catástrofe del divorcio, y en otra intentamos, sin éxito, recordar los nombres que dimos a los árboles al plantarlos. También le hablé de los pájaros que anidaban, y una vez le envié mandarinas y mangos con uno de nuestros hijos. Me parece recordar que unos meses atrás mencionó el peligro que significaban los árboles para las tuberías, pero ni siquiera insinuó lo que tenía en mente.

Con seguridad, el domingo me vio salir temprano. Según me dijeron los vecinos nadie lo ayudó, pero con una motosierra no era necesario. No duró mucho. Apuesto a que esta vez ni siquiera se le ampollaron las manos.

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