

La imbecilidad es uno de los grandes atributos del ser humano. Sin ella, la vida tendría mucho de encantamiento y menos de literatura; acaso, sería menos riesgosa o menos dura, nadie sabe.
De cualquier manera, es un alivio que disfrutemos de la obcecación y la fuerza, como quien paladea un helado. Hay un gran consuelo en sabernos absolutamente cretinos, torpes y estúpidos como pollos, porque, de lo contrario, ¿quién, si no un ejemplar modélico de la imbecilidad del hombre, se habría atrevido a golpear hasta la muerte a John Francis Anthony Pastorius III, alias Jaco, el mejor bajista del mundo?
La noche del 11 de septiembre de 1987, Jaco Pastorius estaba borracho, muy borracho. Primero, había intentado boicotear, sin éxito, un concierto de Carlos Santana; luego, procuró aguarles la fiesta a otros en un bar de la zona. Pero no lo consiguió. El portero, cinta negra en kárate, no se anduvo con miramientos. Lo sacó a empujones del local y una vez fuera, comenzó a golpearlo. Se lo merecía. Nadie alborotaba en sus predios. Menos, aquel tipo ebrio y neurótico, que había convertido el sonido del bajo eléctrico, uno Fender sin trastes, en un instrumento solista, tan locuaz y diverso como cualquier otro. Ni de bromas.
La paliza fue ejemplarizante y letal. Pocos días después, Jaco moriría de un derrame cerebral. Luego, como quien asiste a un final previsto de antemano, el guardia fue condenado a cinco años de prisión. Pero sólo cumplió cuatro meses. El juez debió tener en cuenta su aversión por la música, la fuerza de sus puños, lo inflexible de su conducta laboral. O algo así.
En la historia de la música quedan discos imprescindibles. Por ejemplo, Hejira de Joni Mitchell; Jaco, con Pat Metheny; Land of the Midnight Sun, con Al Di Meola; su trabajo con Weather Report; y por supuesto, una y otra vez, Jaco Pastorius, de 1976. ¿Pero esto a quién le importa?
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