

Lo que sigue son unas notas absolutamente personales. No sé si el Delibes real responde al que yo dibujo. Pero ¿acaso importa? La imagen proyectada por sus obras es la semilla que ha germinado en mi imaginación, y así ha salido la rosa… perdón, la prosa.
Recientemente formé parte en un jurado de un premio y nuestro presidente, que tomó la palabra en nombre de los demás, procuró explicar al público asistente lo que le aporta a un hombre la lectura de novelas: comprensión humana y una sabiduría, dijo, que ni la ciencia ni casi ninguna de las otras artes ofrecen; por lo menos, no de la misma manera.
Digamos que el lector es un individuo hambriento de humanidad y que la lectura agranda el corazón. A la pregunta ¿por qué leer novelas?, yo contestaría que porque las ficciones literarias son uno de los bagajes imaginativos más valiosos que uno pueda concebir y que esa riqueza imaginativa es algo que nos acompaña toda la vida y que nos condiciona más de lo que la mayoría creemos.
Lo característico del lector de novelas es que a fuerza de estar en tantas cabezas diferentes, de bucear en tantos mundos dispares –porque cada novela es una ventana abierta a un universo singular-, crece casi necesariamente su capacidad de empatía, de identificarse con el otro, y también la de multiplicar los puntos de vista sobre una cuestión a la hora de analizarla; cosas ambas que redundan en una mayor humanidad.
¿Y Delibes en todo esto? Pues Delibes es un concentrado de esa tan nutritiva savia literaria que, por su excelencia, uno recomienda siempre: una literatura que enriquece y que revigoriza en el hombre una humanidad de la que no anda sobrado este mundo.
Existe un tipo de genio tan discreto que a menudo pasa desapercibido y que llamaremos aquí genio compasivo. Se trata de un genio que no se cierra, que no se construye en una coherencia restrictiva, en una arquitectura intelectual propia, sino que lo que busca es abrirse y, si acaso, desarrollarse tirando abajo murallas interiores y destruyendo prejuicios en aras de una mayor comprensión y tolerancia de todo lo humano. Reconozco en Delibes este tipo de genio.
Creo recordar que en su discurso de agradecimiento por el premio Cervantes, Delibes hablaba –cito de memoria- de todas esas voces que uno lleva en su interior y que identificó con todos esos seres potenciales que hemos podido ser, en uno u otro momento, a lo largo de una vida.
Esa experiencia de la personalidad abierta, que es la que caracteriza al novelista, se opone a la del escritor puro y duro. El genio del escritor está en la forja de una voz única, absoluta, singular y convincente: es el caso de Umbral. El genio del novelista, en cambio, radica en la capacidad de multiplicarse en una pléyade de voces diversas, también singulares y convincentes, cada cual con su propia microvisión del universo: es el caso de Delibes.
La obra de Miguel Delibes es la victoria del temperamento abierto sobre el egotista, la de los otros sobre el yo, la de la compasión sobre el narcisismo. Umbral decía de Delibes que tenía el don del ventrílocuo. No conozco textos que reflejan de manera más natural nuestra pluralidad interna.
Que Delibes ha rehuido concienzudamente el culto a la personalidad es algo de todos sabido. Su modestia laboriosa, nada ingenua, se ha afirmado año tras año, a veces orgullosamente ("tú es que eres muy de aparentar, Camilo", le dijo una vez a Cela), a veces con sencillez ("para escribir memorias hay que sentirse importante, y yo no lo soy"), pero siempre con la misma tranquila contundencia. Su consigna podría ser: yo no soy importante, los importantes son los otros que viven en mí. Es la constatación de la miseria del egotismo y de la grandeza de las inteligencias múltiples, como la de Shakespeare.
El novelista sólo puede existir cuando ha matado a su yo.
Recuerdo haber leído en un libro de sus viajes por Suramérica un detalle curioso. Se sorprendía Delibes de la carta tan variada que le ofrecía cierto restaurante. Decía que a él todo aquella variedad le sobraba; que con un buen solomillo le bastaba. Delibes es un hombre conformista, en el mejor sentido del término: que acepta lo que hay, que no busca lo que no tiene: ¿no está esto en contradicción, de alguna manera, con el principio de su novelística, buscar ser lo que no se es? Y al mismo tiempo, ¿no reside en esta estabilidad personal su fuerza para sus aventuras imaginativas?
Es la aventura novelística como un viaje astral, una peculiar transmigración espiritual: para completarlo con garantías corresponde que el cuerpo de partida esté sano y bien asentado en la realidad. De otra manera es una forma de suicidio, una huida hacia ninguna parte, un comenzar la casa por el tejado.
Delibes dijo de Sánchez Ferlosio que sería grande si perseveraba en su vía. Era la época de El Jarama. Ferlosio no lo hizo; no ha tenido la modestia necesaria para ser novelista. Él quería ser algo más: gramático y pensador, un filósofo a su manera. A Ferlosio le pudo su vanidad intelectual. Esa pulsión hacia algo más elevado se palpa en Delibes y se pulsa en sus novelas pero él ha sabido mantenerse en su sitio. Ha tenido los pies en la tierra…, en su tierra.
Hay pocos artistas que partirán, al final, tan "libres de equipaje". Delibes ha sabido mantener, al cabo de los años, su independencia moral e intelectual. Ha acaparado lo mínimo y partirá con la misma ligereza con que ha vivido. Como decía otro gran enamorado de Castilla:
Y al cabo nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
(Madrid, 1971) Finalista del Premio Nadal 1994 con la novela Historias del Kronen, considerada una de las mejores novelas españolas de los últimos tiempos. Además, ha publicado, entre otras: Soy un escritor frustrado (2005), Caso Karen (2005), finalista del Premio Hammett, y La pella (2008)
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