

Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo. Un acuerdo oficial, que me consigna un número de pasaporte, una fecha y un lugar de nacimiento y ciertos recuerdos.
El exilio, es decir, esta distancia geográfica y afectiva entre pasado y presente, sólo consigo entenderlo como un acto de ofensa. Los millones de habitantes de esa isla llamada Cuba que hoy vivimos fuera de ella, deberíamos reponernos de esa dualidad que provoca vivir entre el dolor de la huida y la alegría de la fuga. Sencillamente, porque ni una ni otra son valores ciertos. Lo único palpable en nuestra vida de todos los días es la espera, la incomodidad de la memoria, la resignación ante lo imprevisible.
Por tanto, sería más conveniente que aceptáramos nuestra pérdida del país. Acaso, porque tampoco el país nos toma afectivamente en serio. Somos cifras de divisas en remesas familiares, de palabras en evocaciones e insultos, de sueños inconfesos en aquellos que aún dudan entre el mejor camino a seguir, si mares afuera, si silencios adentro. Y poco más.
La elección del exilio, como evasión del caótico panorama socioeconómico de la isla, significa, para la mirada torva de la dictadura, la muerte del nacional que pudimos ser, la conversión del cómplice en sospechoso, del acólito en desertor, del borrego en náufrago.
Y nuestra suerte entonces, buena o mala, dependerá sólo nuestra capacidad de reconversión en nuevos ciudadanos de un nuevo país, con nuevas leyes, nuevos hábitos y nuevas inclemencias. Porque no hay país que llamar en nuestro nombre. Las embajadas y consulados se ocupan con desgano de nuestros trámites de rigor y cobran a precio de imperio la pertenencia a él de sus súbditos. Ningún diplomático cubano vendrá a validar nuestra honradez en suelo extranjero; tampoco, nuestra culpa o inocencia. Somos el enemigo. O acaso, una masa enorme de criaturas de ninguna parte, que el gobierno cubano adorna con los peores calificativos, con severas leyes de exclusión, con la camisa de fuerza que imponen las familias divididas, los hijos anhelados, las presencias aún por resolver.
Allá, en las aguas poco clementes del Mar Caribe, Cuba es un país de miedo y horripilantes fantasías, una vergüenza en nuestra historia personal. Ésa, la más íntima, la que debemos de enfrentar ante el espejo, alguna mañana que nos atrevemos a preguntarnos de dónde venimos y hacia dónde vamos y, como una mancha en el pulmón, la figura de la isla brinca ocre y muda, sobre la imagen difusa algún planisferio de nuestra infancia.
Acá, no importa dónde, el exilio es un inmenso campo de acogida, un sitio prestado, una gratitud sumada de antemano. Los versos de una vieja canción de Kansas podrían inscribirse en la predicción de cada uno de nuestros adioses. Dust in the wind, all we are is, dust in the wind. En fin, nada que justifique, en últimas, alguna lealtad de nuestra parte.
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Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...