

A mi hermano Guy Cuevas, el mejor disc-jockey de todos los tiempos.
"Escena de Carnaval o El minué" (1754)
Gian Domenico Tiepolo
Disfrazada observo el bullicio. ¿Será que el Carnaval nos sugiere una fugaz representación del Paraíso? ¿O será más bien que nos sitúa con antifaz de ventana ante una efímera versión del Infierno?
Me siento bella con este traje de raso amarillo que, en realidad era dorado, lleno de encajes de Burano, especialmente bordados para mí durante seis meses. Ya empieza a molestarme el corsé, pero cuando el público desaparece, mi camarera lo afloja y descansa un poco mi cintura de vieja avispa. Viene entonces el dentista de al lado, el del cuadro que hace pendant con mi lienzo y me pone unas ventosas que me dejan como nueva.
Llevo un lunar en ese justo punto de la cara para que hable por mí, sobre mi secreta coquetería. Estos lunares significaban todo un lenguaje codificado en nuestra época. El mío significa que soy irresistible. Si estuviera pintado en el rabillo del ojo, por ejemplo, querría decir que soy apasionada. Todo esto procede de antiguos estudios sobre los lunares reales que poseemos en la cara y que leemos si bien el significado pudieran ofrecernos un mapa universal de nuestras verdaderas características sensuales. Creo que hoy poco se habla de eso. Propongo a los espectadores que se fijen en el espejo y una vez que descubran dónde se hallan sus lunares, busquen la información en Internet, cosa de evaluar sus sensualidades de una forma distinta a las miles que proponen en estos tiempos vuestros. Si no encuentran ningún lunar, y se les antoja parecerse a nosotros, los venecianos de mi tiempo, les aconsejo que empiecen a pintárselos, sobre todo tan grandes como los nuestros. No les sugiero tatuarlos pues, así podrán cambiar el mensaje, según el día o la necesidad. Nunca he tenido el valor de ser coqueta. Sólo en ciertas ocasiones, aunque en realidad, lo que sí he sido es muy intensa.
Mi tez emana la palidez de la distinguida blancura que tanto se apreciaba en la Venecia de mis tiempos y que simbolizaba mis orígenes aristocráticos. ¿Será por eso que Tiépolo desistió de ponerme un antifaz? ¿O sería para que con el paso de los años se perpetuara mi singular belleza?
Tantos años en la misma pose. Tanto más observando a mi alrededor. No sólo a mis compañeros de fiesta, sino a aquéllos que se asoman a mi lienzo, que deambulan pasando rápido delante del aparentemente frívolo retrato de una escena de un carnaval veneciano, sin percatarse tal vez de que "la vida es un carnaval", como dijo la estrella de la música cubana, Celia Cruz, y como han cantado muchos otros en diferentes épocas. Sólo que yo difiero de la idea que confunde la risa con la alegría.
Cuántas veces reímos al ver un payaso sin pensar que probablemente su vida esté llena de tristeza o que pudiera ser incluso un calvario; que su risa es probablemente la máxima expresión de su amargura y sólo su instrumento de trabajo. Una profesión. Claro que los hay alegres, pero créanme que eso es más bien cuando son jóvenes. Sé de lo que hablo. A mis años conozco el fondo trágico de cualquier tipo de disfraz y en particular durante el Carnaval, sea o no el de Venecia.
Sin duda el disfraz es también parte indispensable del teatro. En el momento en que Tiépolo pintó este cuadro, la ciudad de Venecia tenía catorce teatros. París, por ejemplo, tenía sólo tres. En la ópera y en la Commedia dell’Arte cada personaje llevaba una máscara y un traje propios.
Durante el Carnaval, los venecianos enmascarados nos comportábamos (nos comportamos aún) como si estuviéramos en un teatro. Cada año en Venecia, desde tiempos inmemoriales, un lacayo del Senado, bajo una máscara grotesca, salía del Palacio del Dux los 26 de diciembre para anunciar al populacho reunido en la Plaza de San Marcos la gran noticia: el Carnaval comenzaría y duraría hasta el Miércoles de Cenizas. Durante esos dos meses se autorizaba a portar máscaras.
Hacia el año 1754, fecha de culminación de mi lienzo, el Carnaval era una fuente de ingresos para una ciudad arruinada. Los patricios eran los primeros en sacar beneficios financieros de las festividades del Carnaval, pues eran los propietarios de los edificios donde se hallaban los teatros, casinos y palacios que alquilaban a los aristócratas de paso. Los gremios también ganaban mucho con los visitantes. Por momentos, había en Venecia tantos extranjeros como autóctonos. Hoy sucede lo mismo, sólo que todos los días del año. El Carnaval era tan importante que, en 1789, cuando murió el Dux Paolo Renier, se ocultó su muerte, para que la fiesta no fuese interrumpida.
La próxima vez que vengan a verme procuren fijarse con mucho cuidado en los personajes. Tiépolo se empeñó en pintarnos de manera que todos los payasos aparecen desarrollados en el cuadro y me puso a bailar un minué para amenizar la algarabía en derredor. También quisiera proponerle al espectador que se detenga y estudie a las restantes personas que pueden rondar cerca en ese momento. Fíjense en que todos llevan disfraces. Que el ser humano se disfraza de continuo y lo que es más: lo ha hecho siempre desde que llegó al mundo. Con hojas de parra y hasta con los tenis y jeans de hoy. Aún sin ropa también se disfraza, pues nunca es lo suficientemente valiente como para dejarse ver tal y como es. Las mujeres son en ello las más expertas: maquillarse es el mejor antifaz y aquella que no lo lleva se las arregla con otras mañas. A cada cual, no obstante, lo acompaña a la hora de vestirse, arreglarse, maquillarse o no, una idea, pues entregarse al mundo tal como uno es pudiera resultar peligroso para la lucha por la supervivencia. Ésa es la ley de la vida o, para ser exactos, la de la existencia.
¿Pues, no estarán ustedes de acuerdo en que el Carnaval más que una diversión es un ejercicio para cubrir y ocultar aún más secretamente la condición humana mediante una aparente muestra de desinhibición?
Me siento como un reloj sin cuerda. Estática. Ya estoy harta de reflexiones, de evaluar, de ser evaluada. Al fin y al cabo, yo como ustedes, soy una creación más o menos imperfecta. A mí me pintó y creó un hombre, pero el hombre no es perfecto. Claro que nuestro Creador, sí. Quizá sea ése el punto que nos diferencia: yo no soy más que la creación de un hombre y por lo tanto, no puedo salir de mi medio, no tengo libertad de elección. ¡Dichosos ustedes, espectadores! Por eso les pido humildemente que, en su próxima visita, me den un poco de su tiempo para hacerme existir. Les recuerdo que todo lo que no ven es como si no existiera. Sólo existe lo que nos rodea. El resto: países, casas, familia, amigos, autos, bosques, selvas, ciudades, no es más que mera ilusión si no están presentes. Tan abstracto como moléculas dispersas y tan concreto como cuando lo refleja nuestra pupila.
Todos sentimos en parte el miedo a la vida, que no es más que el miedo a la muerte, al sufrimiento y a la agonía. "…Dichoso el árbol que es apenas sensitivo. / Y más la piedra dura porque ésa ya no siente. / Porque no hay mayor dolor / que el dolor de ser vivo / ni mayor pesadumbre que la vida consciente…". Y yo no estoy de acuerdo, en parte, contigo, José Asunción Silva. Porque el árbol, la piedra, el lienzo y yo sabemos también del pesar y del dolor de la vida consciente. Lo que sucede es que comenzamos todos por olvidarlo. Lo complejo de la vida cotidiana y sus necesidades, la facilidad que ofrece la tecnología, comienzan a confundir al hombre. La selva cada vez se nos ofrece más peligrosa, la lucha por sobrevivir más ardua. Resta poco tiempo para el pensamiento y la búsqueda de sí mismo. Y como yo, perdemos el sentido del ritmo, del latido que define nuestra existencia, de su brevedad que nos hace deudores más allá de los hijos que son la fuente perpetua y el regalo de la vida. Porque debe haber en la corta creación del hombre otros objetivos que, a pesar de ser ignorados, conducen a algo más sustancioso que la risa, ya sea de pena o de alegría, y con esto, podríamos prescindir definitivamente del disfraz y de la máscara.
Tantas son las ganas que tengo de comunicar mis ideas que casi olvido presentar a mis compañeros de lienzo. En el extremo izquierdo distinguimos a Pantalón, con barba y boina de lana. Él, como en el teatro italiano (la Commedia dell’Arte) representa a los maridos cornudos y a los viejos concupiscentes, de los que se burlan las muchachas por su atuendo apretado de estilo turco. Durante el Carnaval, Pantalón se entromete en los asuntos ajenos y ofrece consejos que nadie le ha pedido.
Delante de él, la batuta en mano, Arlequín hace un gesto para mostrar su presencia. Arlequín es pobre, originario de Bérgamo, lleva ropa de parches y como casi todos los campesinos de su región, porta un sombrero adornado con una pata de liebre, en vez de plumas. Su antifaz negro deja adivinar un rostro marcado por el trabajo al aire libre.
También pueden verse en el centro los Polichinelas con jorobas, siempre numerosos, con sus narices largas y enormes, trajes coloridos y grandes y altos gorros cónicos. Polichinela es napolitano. "Pulcinella" quiere decir pollo y se le reconoce por su ruido que imita el cacareo. Es inconsciente y no se preocupa por el mañana. Sabe que la vida continúa, a pesar de todas sus miserias.
El joven elegante que baila el minué, también sin antifaz, vestido de raso rojo y zapatillas del mismo color, es un aventurero. Provocador, lleno de brío, no es más que un industrial, o sea alguien que no debe su título a un nacimiento noble, sino sólo a sus habilidades. Estos "don nadies" salidos de las clases más desposeídas, deseaban siempre vencer todas las barreras sociales para vivir en el lujo de la nobleza. Lograban en parte su objetivo, gracias al talento que tienen para distraer a los demás. Como éste, mi compañero de escena (aunque no de vida). Suelen bailar mejor que nadie, juegan a las cartas, de forma más divertida que los otros, se visten con esquisitez y fascinan a las damas de la alta sociedad. El de mi cuadro, por cierto, se llama Marullo y su apellido lo he olvidado. Cuando no hay nadie en el Louvre me cuenta historias que mantendrían a un auditorio boquiabierto. No en balde es un aventurero del estilo de Casanova. La decadencia de la ciudad a fines del siglo XVIII, provocada por el declive económico, la poca monta del comercio con el Oriente y la disminución de la importancia de la Serenísima en el tablero político, se prestaba a la proliferación de estos individuos, representantes de una ociosa clase política que intentaba sustituir el trabajo por la diversión.
No hay más que ver su boina adornada de riquísimas plumas exóticas: me hace pensar en trofeos ganados a puerta cerrada. Bueno, en realidad eso me lo contó con lujo de detalles la chismosa del antifaz a la derecha, detrás de mi encantadora persona. Siempre fui frívola, pero el Louvre y los años de estar colgada aquí estimularon mi lado filosófico, el que ahora me ayuda a resistir mi destino.
La moza de enagua verde de crepé, con blusa rosa y abanico de China en su mano es mi mejor amiga, como una hermana, puede que hasta mi celestina. Se ha cansado de mirar al frente y hace tiempo decidió contemplar la escena como una observadora de este perpetuo ambiente donde tanta desolación y farsa existe. En realidad, ella estaba en el cuadro de al lado, pintado también por el Gran Doménico, pero se aburrió de la escena del dentista y después de haberse comido unos baicoli que allí repartían, se vino conmigo, con dolor de muelas y todo, pero contenta con evitarse la experiencia de un dentista inepto, además de con la esperanza de que el Conde Cagliostro, el napolitano Giuseppe Balsamo, que promete a los viejos devolverles la juventud y transforma piedras en oro, le diese un elíxir que la mejore. También me mantiene al tanto de los informantes de la Inquisición, siempre infiltrados como policía secreta para arrestar y condenar a muerte a aquellos que les interesa eliminar. A mí esos dos personajes, a la derecha del lienzo casi al lado mío, me tienen sin cuidado: yo soy patricia y de este cuadro, no me destierra o me multa nadie.
No olviden venir a verme, sobre todo los miércoles y viernes por la noche, pues hasta la diez el Louvre permanece abierto.
Como un barco a la deriva, solo, mi espíritu deambula y es pluma que flota al viento y que destella vestigios de experiencia mostrando la huella de los años y de destinos que no logro entender. (Repetición de algunos ritos). Recuerdo que a veces he observado una pluma juvenil flotar al viento, muerta o como un suspiro, buscando las mismas respuestas que hoy no encuentro. Aquella pluma era suave, fina, vaporosa; la de hoy, al separarse de mi carne-lienzo, me duele, deja un punto de sangre, un lunar, una marca del hierro de la vida, una desesperanza. Quizá sea un aviso de que otras plumas fuertes y brillosas aún perduran hasta que la última se ellas emprenda su vuelo.
Fui yo quien en realidad inspiró a Francesco Maria Piave en su libreto basado en Le Roi s’amuse (1832) de Victor Hugo, utilizado por Giuseppe Verdi para su ópera Rigoletto que presentó en La Fenice de Venecia, el 11 de marzo de 1851. La obra me sitúa en Mantua, pero lo interesante del caso es que fue en la corte del verdadero Duque de Mantua, Vincenzo de Gonzaga, donde la ópera fue inventada como arte a fines del siglo XVI.
¿Cómo expresar que detrás de la belleza y la máscara se encierra la desventura de los finales inevitables? ¿Qué se llora porque se ríe, y se ríe porque se llora? En continuo movimiento buscamos un no sé qué, que se transforma en vida cotidiana. Nacer, comer, fecundar y excretar. Bacterias inteligentes y ambiciosas, dotadas todas del don de la divina locura del sentimiento, ofuscadas e indefensas, recorriendo el Universo en busca de un núcleo particular que las proteja de lo que ellas mismas son capaces de destrozar sin el menor deseo de comprenderlo. Peones, ejércitos, confiscadores y acumuladores, máquinas de impresionante capacidad que, a pesar de todo, necesitan del sueño. Terroríficas criaturas en cuyo interior vive escondida profundamente la ternura que pudiera despertarse con una palabra, un beso o un gesto que nos proporcionaría la verdadera luz divina necesaria a la supervivencia de todo ser humano.
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