

Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
La memoria del hombre está enferma, me he dicho muchas veces. Y nadie puede obligarme a pensar otra cosa porque, desde que me obligaron a dejar mi tierra, me he enfrentado a esa tozudez humana que esconde horrendos crímenes en varias partes del mundo: miles de viejos alemanes que siguen alabando al Führer, en silencio o en la impunidad de sus años (está loco, dirán, cuando más), por la simple razón de que vivieron económicamente bien aquellos años en que morían millones de personas en los crematorios y los campos de batalla; hombres de izquierda nostálgicos que aseguran que el comunismo y el socialismo del siglo XX fue la mejor de las sociedades, lanzando un manto de silencio sobre los millones de muertos que provocaron la intolerancia y la falta de raciocinio de los ex países socialistas y de esos muertos que todavía siguen ingresando al listado de víctimas en China (oficialmente, centenares cada año) y en Cuba (más de veinte mil hasta la fecha); millares de seres humanos que siguen apoyando los genocidios de Estados Unidos y sus aliados en varios países del mundo, en estos últimos 20 años; y millones de personas que ni siquiera saben que existieron esos grandes cataclismos históricos y viven sus vidas sacando sus perros a pasear y llevando sus gatos a desahogar sus bien alimentadas barriguitas en las arenas de un hermoso parque.
Nüremberg, ante mis ojos, fue un encontronazo fortísimo con algo sobre lo cual la vida, muchas veces, no nos deja pensar: el comienzo y el fin de las grandes tragedias.
El padre de mi anfitriona había muerto creyendo que todo lo que allí, en la ciudad preferida de Hitler, se adoraba, había significado el momento más grande de la gran Germania: las calles de la ciudad amurallada todavía con el aliento de grandeza que había enamorado al Führer; la inmensidad imperial del terreno de las Convenciones Anuales del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes; el Palacio de los Congresos que se construyó imitando al Coliseo Romano, aunque tres veces en mayor tamaño; el Estadio Municipal, para que realizaran allí sus juegos las juventudes hitlerianas; la gran Avenida de los Desfiles; el hermoso lago donde una vez se planificó el mayor estadio de deportes del mundo, la "Olimpia Alemana"; el descomunal Campo de Zeppelín o Catedral de la Luz, desde donde Hitler arengaba a los cientos de miles de alemanes que se concentraban cada año en Nüremberg, venidos de todas partes del imperio alemán; el Templo de los Caídos; el Campo de Marte; todo planificado por el arquitecto Albert Speer con la marca de la majestuosidad e imponencia del mundo imperial romano.
Todo construido para engañar al ser humano con las promesas de una Alemania superior, de un mundo perfecto, de un futuro más luminoso para la raza humana.
¿No les suenan conocidas esas palabras? ¿Cuántas veces, hoy, hemos escuchado esas mismas promesas?
El poeta nicaragüense, religioso y comunista, Ernesto Cardenal, estuvo parado antes que yo en el mismo podio desde el cual Hitler lanzó sus ladridos contra el mundo, enardeciendo el odio del pueblo alemán contra sus semejantes, y escribió en su poema "Hay un lugar en las afueras de Nüremberg":
Desde aquí él hablaba sobre la masa hipnotizada,
Gritaba, pataleaba,
Histriónico melodramático frenético fanático maniático
Reaganeano
Blandiendo retóricos revólveres
Fusiles invisibles
La perorata de los "poderosos slogans" como él decía
Aterrando demócratas con el Coco Comunismo…
Lástima de poema, me dije al leerlo. Lástima de ceguera. Porque, a quienes hemos vivido bajo el socialismo, nos resulta muy incómodo (pero natural) reconocer que nuestras vidas se han movido bajo esos mismos "poderosos slogans", de los que tanto hablaba Hitler. Los que hemos vivido, por ejemplo, en Cuba, hemos escuchado la amenaza (eterna, según nuestros dirigentes) que contra nuestra isla se cierne debido a esos "retóricos revólveres", a esos "fusiles invisibles", que tanto molestan al poeta Cardenal (y hemos escuchado historias similares, sucedidas a "nuestros hermanos soviéticos", a "nuestros hermanos alemanes de la RDA", a "nuestros hermanos del campo socialista"): el Coco Capitalismo nos miró siempre desde algún rincón del mundo, presto a devorarnos. Los que hemos vivido en la Cuba de los últimos tiempos sabemos bien de alguien (hoy humanamente empequeñecido por la vejez y la enfermedad) que, como dice el poeta comunista Cardenal, "con su absoluta autosuficiencia y conciencia de genialidad, arrobado ante su propia voz amplificada gigantescamente por el micrófono", nos engañó durante décadas, prometiéndonos ese mismo futuro más luminoso para la raza humana que prometió Hitler, que prometió Stalin, que prometió Mao, exportando su sueño político a costa del sudor y el sacrificio de los cubanos, sin hacernos saber que lo único que lograríamos, como sucedió a los alemanes, a los rusos, a los chinos, sería pagar una cuota de sangre altísima, unas marcas profundísimas de odio en nuestra nación. Y la ruina. Y el miedo. Y la pérdida de memoria.
Yo apoyado en el barandal de acero de la plataforma
Donde se irguió aquel hombre que fue un ungido del demonio,
Que tanto hizo por aumentar el índice de mortalidad,
Disfrazó de idílico el terror,
Encarnación de las frustraciones y fobias y odios de todos,
Que realizó la insurrección del orden
Por el hambre y sed de autoridad de aquellos tiempos,
Engendró ese monstruo Democracia-Totalitaria,
Fascio-Socialismo, racismo arremedando el comunismo,
Que tenía la fuerza como fin y la idea como medio,
Para quién la realidad sólo era los efectos teatrales,
Fascinado ante lo falso, abominando la verdad…
¿Habla de mi país el poeta?, me pregunté cuando mi anfitriona me regaló, orgullosa, el libro donde aparecía aquel poema. ¿Qué pensará el ciudadano y poeta ruso Alexander Solzhenitzin si llegara a leer ese poema?, ¿Qué connotaciones tendría para cualquiera de los estudiantes chinos muertos en la Plaza de Tiananmen?, ¿Cómo lo decodificaría, por ejemplo, mi amigo el escritor iraquí Abdoul Sadi Hadoun, que tuvo que huir de la tiranía de Saddam Husein y que hoy sufre por los desmanes de los yanquis sobre su tierra?, ¿Qué señales encontraría en este poema el casi desconocido poeta checo Vadislav Censko, muerto a los 24 años en la invasión de los tanques soviéticos a Praga, en 1968?
Yo, apoyado en el barandal de acero de la plataforma donde se irguió Hitler para engañar a su pueblo, sentí la humillación de haber perdido más de treinta años de mi corta vida engañado con las mismas palabras, con las mismas promesas. Caminando por las calles donde todo un pueblo gritaba ¡Heil Hitler! creí percibir los mismos enrarecidos aires de cuando yo gritaba, rodeado de multitudes, ¡Viva Fidel! Mientras me hundía en los laberintos del Centro de Documentación sobre el Partido Nazi, ubicado allí en el Palacio de los Congresos, ese Coliseo que jamás se pudo terminar, encontré señales, signos, rostros, situaciones tan similares a las de mi país; a las de esa siniestra Alemania socialista que se instauró después de la Segunda Guerra Mundial; a las de la fascista URSS, solapada de "Socialismo Luminoso"; a las de la Corea Popular y Democrática de hoy; a las de la China comunista, a las de la actual Venezuela, por sólo mencionar los recuerdos que vinieron a mi mente en ese recorrido por el pasado de la Alemania Nazi, que salí de aquel lugar hecho pedazos. ¡Qué pésima memoria tiene la especie humana!, me dije.
Pero luego, cuando estuve en el edificio donde fueron juzgados los criminales nazis, cuando pude ver de cerca sus humanizados cuerpos después de las horcas: las lenguas afuera en rostros contraídos; el terror a la muerte todavía empegostado en las caras muertas de quienes sembraron el terror; los ojos botados por el esfuerzo en la búsqueda del aire que faltaba cuando colgaban, ya sin poder, de la cuerda, todavía en sus uniformes militares; y hasta la indefensión en el rostro mofletudo de Goering, que escapó a la horca mediante el cianuro, aprendí que el ser humano es un ser mortal, por mucho poder que crea tener en sus manos.
Era algo que me había impactado cuando vi las imágenes del ahorcamiento de Saddam Husein, el "eterno líder", el "Dios del pueblo iraquí", difundidas por el mundo desde que uno de los ajusticiadores las grabó en su celular. ¿Por qué será que en Cuba no se difundieron, como en todo el mundo, esas imágenes?
"El mal siempre encuentra el castigo. No se puede someter a nadie eternamente mediante el engaño", me dijo en una tarde berlinesa mi editor y amigo, el escritor alemán Peter Faecke.
Y quizás por eso, allí, en las instalaciones del Terreno de las Convenciones del Partido del Tercer Reich, en Nüremberg, el dolor de las muertes provocadas por aquella locura totalitaria sigue existiendo, tozudo, aunque sean ciertas las palabras con las que el poeta Cardenal comienza su poema: "Hay un lugar en las afueras de Nüremberg que no visita nadie".
Yo estuve allí, como Ernesto Cardenal, "en la pequeña, altísima plataforma sobre la vastedad vacía". Y pude sentir y ver cosas muy distintas a las que vio y sintió el poeta, comunista y sacerdote nicaragüense. ¿Seré yo el equivocado?
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