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El Combinado parecía una ciudad: edificios, una inmensa pista deportiva en el centro, vehículos, gentes de civil, militares y muchos, muchos reclusos. El edificio azul, el más pequeño de los cuatro, servía de hospital. Nos condujeron a la oficina de admisión donde nos desposaron. Decenas de presos caminaban escoltados de un lado para otro. Otros esperaban al lado de las consultas. De admisión nos llevaron al tercer piso donde estaba la sala de psiquiatría, con las historias clínicas a cuesta. Allí nos atendió una enfermera, una mulata de cuarenta y tantos años de edad, alta y sólida. Leyó nuestros documentos y preguntó quién era Juan Carlos y quién Rafael. Llamó a uno de los sanitarios-reclusos ocupado en llenar con pastillas unos envases de plástico. Quería saber en qué camas nos ubicarían. Me tocó la número cinco. "Una cifra baja", calculé. A Juan Carlos lo mandaron a otro cubículo. Nos dieron unos pijamas y ordenaron que nos quitáramos los uniformes. Fuimos al baño para cambiarnos. El sanitario precisó que debíamos ducharnos y enrollar la ropa que traíamos. Nos dio un pedazo de papel cartón sobre el cual escribimos nuestros nombres. Se llevó las pertenencias para un armario colectivo situado al fondo de uno de los pasillos. A esa hora, comentó la enfermera, no podíamos acostarnos a menos que ella o el jefe de la sala, o sea el psiquiatra, lo autorizaran. Teníamos que permanecer de pie, deambulando, jugando dominó como hacían los pacientes, o simplemente mirando desde las ventanillas hacia el resto de la prisión. Si queríamos fumar teníamos que hacerlo en el baño. Dos o tres hombres se entretenían lustrando el piso de granito con un brillador, dando las mismas vueltas interminablemente.
No demoré en enterarme de muchas historias. Las razones para el ingreso en psiquiatría abundaban.
Orestes Kindelán fue acusado de hurto al descuido. Se coló en un apartamento cuya puerta estaba abierta y se apropió de un reloj Seiko. No lo acompañó la suerte. Alguien salió del fondo, lo sorprendió y se le tiró encima. Al escándalo se sumó una fajazón escuchada por los vecinos quienes ayudaron a neutralizar al ladrón. Kindelán fue detenido y enviado a la estación policial. El tribunal municipal lo condenó a cumplir sentencia en el Combinado. Tan pronto Kindelán entró a las celdas y se percató de la forma en que se vivía y moría en aquellas leoneras se quedó estupefacto. Sus ojos perdieron brillo, la mirada se le vació, adquirió la rigidez de un robot defectuoso y lento. Dejó de hablar y al parecer no escuchaba aunque no era ni sordomudo ni ciego.
Jorgito inspiraba lástima. De origen campesino, era un muchacho que a todas luces padecía de retraso mental profundo. Sólo sabía su nombre y de qué pueblito de La Habana rural provenía. Varios asaltantes de bodega lo usaron de vigía mientras robaban. Le confiaron la misión de sentarse a la puerta del negocio y avisar en caso de que se acercara una patrulla de la policía o la guardia del comité. Al marcharse le regalaron una lata de galletas dulces. Jorgito no se movió del sitio donde se quedó comiendo hasta que, en efecto, la policía lo descubrió. Lo arrestaron, lo sometieron a juicio y le echaron tres años. En la prisión fue violado infinidad de veces. Entonces lo reubicaron en la "patera", es decir, las galeras designadas para los homosexuales. Un famoso bugarrón apodado "panqué", debido al tamaño de su glande, no se cansó de perforarlo. Cuando la situación se agravó los guardias lo mandaron para psiquiatría. En su mundo no había fechas ni direcciones, sin saber qué era vivir y menos aún qué harían los guardias con él. En la etapa del Mariel intentaron mezclarlo con un grupo de criminales pero rehusó subirse a la guagua que lo llevaría al puerto.
Sandalio Hernández constituía un caso extraordinario. Había tratado de acarrear una gran cantidad de productos alimenticios de un supermercado. Allí agarró una carretilla y empezó a llenarla sin prestar atención a las limitaciones de la libreta de racionamiento. Simplemente tenía hambre y quería cargar con todo. Al terminar su faena se dirigió a la salida y eso bastó para que le cayeran atrás. Se defendió con un argumento increíble: "había pagado." Tres meses de cárcel por hurto al descuido. En psiquiatría se presentó como guionista de cine, autor del libreto de la película Guerra de las galaxias; compositor de una de las canciones interpretadas por Nat King Cole —"El amor es una cosa esplendorosa" [Love is a many splendor things)—, contador público, abogado, etcétera. Interpretó la canción tantas veces que la aprendimos de memoria: "Ay, qué magnífico esplendor/ el amor es en la vida/ cual lámpara encendida/ que da, para vivir, una ilusión/ ay, qué magnífico esplendor". Todo el mundo tenía que ver con Sandalio. En la sala continuó haciendo de las suyas: sustraía cigarrillos, alimentos, incluyendo las cáscaras de plátanos que se pudrían en los latones de la basura, ropas, revistas, libros, pijamas, pastillas, termómetros, pastillas, bolígrafos, libretas de apuntes y hasta trozos de periódico llenos de excrementos que guardaba en el bolsillo de la camisa para usarlos luego en la confección de cigarrillos. Escondía su tesoro debajo del colchón de la cama. Nadie le peleaba seriamente porque aún allí se admitía que era el loco mayor y el más simpático. Por otra parte, debido a su delgadez y fragilidad nadie se atrevía a agredirlo.
A Ramón Cantero Cervantes lo apodaban "Ichi" por el nombre del samurai ciego de las películas. Realmente parecía japonés. Estaba preso por robar tendederas. Con un grupo de amigos del barrio Buenavista se dedicaba a afanarse las ropas tendidas en los patios, cuidando siempre de que no hubiese nadie en las casas. Escogían los sitios de acuerdo con la facilidad de acceso y de salida, posibles observadores desde las viviendas aledañas, ya fuese a los lados o desde las ventanas de los edificios colindantes. Al igual que Jorgito, Ichi actuaba de vigía. Después de cometer unas cuantas fechorías lo detuvieron en compañía de sus consortes de causa y lo sancionaron a un "pescao", como informaba él utilizando el lenguaje de la charada, es decir a diez años.
Se ganaba la vida de muchas maneras. Para tener cigarrillos sin necesidad de comprarlos se valía de dos instrumentos: un saco y una varilla de madera en uno de cuyos extremos tenía clavado un alfiler. Se iba a las paradas de los ómnibus durante las horas más concurridas, antes de las ocho de la mañana y a partir de las cinco de la tarde. La gente fumaba mientras esperaba las guaguas y cuando llegaban tiraban los cabos. Ése era el momento apropiado. Colocaba el saco donde los habían echado, los pinchaba y los dejaba caer dentro. Cuando había coleccionado una respetable cantidad se retiraba. En casa los desmenuzaba y depositaba la picadura dentro de un plato hondo. Con una máquina rudimentaria confeccionaba las nuevas brevas, enrolladas en papel cebolla.
Sin embargo, hacerse de dinero constituía su verdadera ocupación. Había confeccionado una suerte de escudo, hecho con una chapa de madera dura y delgada que le cubría parte del pecho y toda la barriga. Con tachuelas clavaba firmemente sobre la superficie bolsitas de plástico llenas de mercuro cromo. A continuación, se colgaba el escudo, lo sujetaba metiéndose una parte en la cintura del pantalón, se ponía una camisa cualquiera y cargaba con un cuchillo grande de los llamados matavacas. En la heladería Coppelia ejecutaba su acto. Se paraba en medio de la multitud que como siempre hacía colas.
—¡Compañeras y compañeros. Soy Ichi y voy a presentarles un duelo entre samurais!
La gente lo miraba con curiosidad y se reía. Arrancaba a hablar en supuesto japonés que de inmediato traducía al habanero, interpretando a sus personajes. Movía los brazos y las manos sosteniendo una pelea terrible entre dos sablistas imaginarios. De momento uno de ellos decía: "Chino maldito, me has cortado el moño", lo cual en el código samurai, explicaba, implica una derrota moral muy grave. La única manera de repararlo es mediante el "hara-kiri." Entonces Ichi extraía el matavacas y se arrodillaba en el piso ante un público atento e irónico. Se abría la camisa pero sin enseñar abiertamente el escudo. De las bolsitas comenzaban a brotar chorrillos de tinta roja. Ciertos ingenuos entre los espectadores gritaban. Creían que Ichi se mataba de verdad. Otros soltaban carcajadas. Ichi se ganaba el aplauso del público que le daba algunas monedas.
Conocí a Nicolasito Guillén Landrián, sobrino del poeta, quien cumplía una sanción por peligrosidad. No había cometido delito pero lo encerraron para que no lo cometiera. No era la primera vez que aterrizaba en la cárcel. Antes, decían, estuvo por "diversionismo ideológico". Hizo algo o dijo algo que llegó a oídos de la policía. Había varias versiones, usualmente alimentadas por él, un notable fabulador. A ciencia cierta nadie sabía qué le había sucedido pero sin dudas su carrera de cineasta había concluido hacía tiempo. Estaba muy mal de los nervios, se le notaba deprimido e incongruente, con los ojos pestañeándole constantemente. Para ser presidiario, estaba demasiado gordo. Por prescripción del Dr. Jesús Edreira González, lo abarrotaban de sicofármacos cuatro veces al día además de recibir electro-shocks. Caminaba con lentitud y torpeza. Muchas veces sus monólogos concluían abruptamente, simplemente se quedaba callado. Calzaba unas botas militares tan inmensas como sus pies de plantígrado. Aquellos zapatones pesadísimos le servían de chancletas. Cuando se entristecía empezaba a murmullar una súplica desesperada: "¡Quiero el final, quiero el final, quiero el final!"
El tío, poeta nacional y miembro del Comité Central del partido comunista, no había hecho nada por él. Nicolasito escribía versos tan buenos como los de su famoso pariente. Mi preferidos son "Cuánto nos cuesta el alba" y "Por solidaridad" los cuales recitaba con voz y cadencia envidiables:
Cuánto nos cuesta el alba...
Cuántas veces la presencia
de la muerte aquélla que nos prolonga...
Qué ansiedad
el trajinar contra el dintel de las puertas,
el cristal de las ventanas
y el sillón que dejó el viejo;
el alba desde niño
está en los furtivos sueños onanistas
y en el badajo que involucra
al hombre oscuro.
Quiero alertar el sueño del regreso,
en las sienes convergen la luz y el ángulo
que sube y baja en su nocturno suceder.
Todo ha sido previsto.
No puedo.
Por solidaridad
Qué formidable fruta debió ser
la que el diablo puso
para que Adán,
estando con Eva y en el paraíso se atreviera
cosas del diablo y de Dios y de Eva
cómo prohibir a Adán tomar la fruta
estando con Eva
pidiéndolo Eva
con Adán estoy porque al estar con Eva
se olvidó del diablo, se olvidó de Dios
además, qué formidable fruta debió ser.
Los presos, los pacientes, los sanitarios, todos lo queríamos mucho porque cuando Nicolasito —"Nicolach" lo apoda mi hijo Michael— se encontraba lúcido, su sentido del humor, gracia e inteligencia, los temas de su conversación, se volvían fascinantes. En Cuba nunca escuché mejores comentarios sobre jazz de nadie excepto quizás de Horacio Hernández el crítico de la emisora CMBF-Radio Musical Nacional y del musicólogo Leonardo Acosta. Sufría viéndolo apagarse en medio de una conversación que hasta ese momento había sido iluminadora. De súbito las ideas tomaban caminos imprevisibles, se alzaba del sitio y empezaba a vagar sin dirección. Lo terrible era que las autoridades intentaban apagarlo y daba la sensación de que a Nicolasito le habían cortado las energías.
El "gato" no se bañaba y había que amarrarlo para poder colocarlo debajo de un chorro de agua. Los pacientes lograban asustarlo cuando, en registro siniestro, pronunciaban esta frase lapidaria: "Gato, te llama la muerte".
Aníbal era un mulato alto y fuerte como una ceiba. Había tomado salfumán luego de una decepción amorosa porque su pareja, un joven apodado "Sarita Montiel," lo había dejado. Me enseñaba los poemas de amor escritos para la "mala mujer" que lo había decepcionado. Nunca admitía que "la pérfida" era otro hombre, pero en la cárcel es típico enmascarar ciertos sentimientos y éste uno de ellos, sobre todo si el papel que se interpreta, como el de Aníbal, es el del macho.
Por
Uriel
Quesada
Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
Por
Amir
Valle
Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
Por
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La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]
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Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
Por
Edmundo
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La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
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Ladislao
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Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.
Por
León
de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...