

No sé si fue ella o su hermana. Ya ha pasado un año y sigo sin saberlo. Y la verdad es que eso me atormenta muchísimo. Llevar dos horas esperando para que te llamen por teléfono y te vengan con eso de que la persona con quien hablas no es la persona con quien hablas. Le digo cariño, es tu cumpleaños, he cocinado el día entero, he comprado un mantel y puesto flores en el jarrón; tulipanes, le especifico, y es cuando me interrumpe y repite que no es ella, sino su hermana, o sea, mi cuñada. Por supuesto, le digo que ella no tiene ninguna hermana, pero la voz, quien quiera que haya estado al otro lado de la línea, dice oh, entonces veo que no te ha dicho nada, que ha optado por la vía cruel, por romperte el corazón. Le pregunto de qué habla, y pienso que debí imaginarme algo de todo esto por la mañana, cuando se alistaba para el trabajo y se puso a oír sin parar esa canción, Ela Desatinou. Cada vez que se terminaba, iba y la volvía a poner. Y yo haciéndome el dormido, oyendo su taconeo por toda la casa, preguntándome a qué lugar de su alma estaría accediendo la música. ¡Con qué gusto habría metido allí una de esas camaritas instaladas en la punta de una manguera! Desde luego, debí imaginarme que era a un lugar vedado a gente como yo.
Hablo de que soy tu cuñada, dijo, y de que te llamo para avisarte que tu mujer, mi hermana, no va a volver a casa. Así, sin que le temblara la voz. Exactamente un día como hoy, hace un año. ¿No es para volverse loco? ¿No es para darse cabezazos contra la pared? Le digo está bien, cariño, no vas a volver a casa. ¿Se puede saber por qué? Y su voz, esa voz, dice suponer que lo que le estoy exigiendo es una explicación racional, un argumento concreto, pero que se teme que en este caso no existe, o al menos ella no lo conoce. ¡Es su voz! En ese sentido, dice, lo único que me ha dicho mi hermana es que eres un tipo bastante raro, y que como ella también lo es, las cosas no les van muy bien. Le digo disculpa, pero yo no creo que sea tan raro. Y tan pronto lo hago, quiero decir, en el preciso instante en que cierro el pico, sé que entro en su juego, a la defensiva, como si el futuro de la relación dependiera de mis respuestas. Pues ella dice que cuando te conoció tú no sabías quién era Ricky Ricardo, dijo. ¡Y un cubano que no conozca al más famoso de todos los cubanos sí que es un tipo raro! Dios mío. ¿Cuántas veces le expliqué eso? ¿Cuántas veces le aseguré que independientemente de las veces que lo hubiera visto por televisión, Ricky Ricardo no era el más famoso de todos los cubanos?
Tan pronto cerró la puerta, me puse manos a la obra. Era una sorpresa, ¿no? Me di una ducha, me metí en una tanga suya, y después me vestí y bajé a conseguir lo necesario. Ella y yo teníamos la misma opinión con respecto a un montón de cosas, una de las cuales era la certeza de que si Dios existía, si tenía nombre y apellido, se llamaba Bill Evans. Nos encantaba imaginárnoslo por el Riverside Park, saco oscuro y camisa blanca, en la comisura de los labios un cigarrillo cuyo humo le hacía entrecerrar los ojos ligeramente agrandados por el efecto lupa de sus toscos espejuelos de pasta, mientras de los árboles, como llovizna, caían las notas de My Foolish Heart. Quizás fue por eso que no me asombré esa noche, meses después de que me dejara, cuando me la encontré en el parque, del brazo de Bill. No sé por qué, sostuve con Bill la misma conversación que había tenido con ella por teléfono. Mientras hablábamos, ella se dio vuelta y se puso a mirar hacia el espacio negro del río, pero yo la veía de perfil, y por la forma en que le temblaban los labios, deduje que estaba avergonzada y que sufría. Bill llevaba el saco al hombro y las mangas de la camisa dobladas hasta los codos. Dijo, tú le pegaste a ella, cuñado. Y yo respondí: yo nunca te he pegado (aunque sabía que esto no era del todo cierto). A las mujeres no se les pega, insistió él, y yo le dije: cariño, ¿qué te pasa, es que has decidido sacar a relucir el día de tu cumpleaños todos estos temas tan desagradables? Yo nunca te he pegado, o al menos nunca he tenido intención de hacerlo. BILL: Sí le pegaste a mi hermana, cuñado, en Budapest. Ella me contó que le diste un tortazo a orillas del Danubio, junto a la varilla metálica que indica el nivel al que subió el agua el año de las grandes inundaciones, y que ella lloró, recostada a la varilla, y que al separarse la dejó mojada, como si el agua hubiera subido más que nunca. ¿No fue así? YO: No puede haber sido así, entre otras cosas porque tú sólo mides uno sesenta y cinco, y en el año de las grandes inundaciones el agua subió mucho más que eso. Dicho esto, no sé por qué, alzo el brazo y le tiro un golpe a Bill, pero mi puño atraviesa su rostro sin encontrar resistencia, como si tanto él como ella no fueran más que una proyección. Bill apenas se inmuta. Chasquea los labios con aire decepcionado y extrae una cajetilla de cigarros, de la que saca uno y lo prende con ademanes parsimoniosos. Inhala, suelta el humo por la nariz y le ofrece un brazo a ella.
Ha pasado un año. Ya lo dije. Entonces llevaba la tanga y un traje regalo suyo; el mismo atuendo que llevo hoy. Pensé a lo mejor descubro algo, un detalle que me guíe al fondo del asunto, y cociné lo mismo que la noche en que me dejó: sopa de espárragos y lenguados en salsa de atún. Una vez listo, lo tiré todo a la basura. Hace un año estaba esperándola para secar los filetes, echarles la salsa y decorar los platos con perejil y uvas. En eso sonó el teléfono. ¿Qué se supone que debí creer? Me acuerdo del vacío que se expandió por mi cuerpo, como la humareda de un edificio que se derrumba. Había algo diferente en su entonación, un matiz que, en efecto, podía ser de una hermana suya, pero que también podía imprimirlo ella para fingir ser alguien diferente. Me acuerdo de mí mismo, preguntándole dónde está, y de ella diciendo que estaba en su casa. ¿En Nueva Orleáns?; le pregunté, aunque era imposible que hubiera cruzado el Atlántico en dos horas, y entonces fue cuando gritó: ¿En New Orleans?, a la par que soltaba una tremenda carcajada, una risotada que me hirió como una ráfaga de ametralladora. Era como hablar con una loca. Le pregunté de qué se reía, y dijo: ¡Me río de que no puedo creer que mi hermana haya seguido con ese cuento de New Orleans tantos años! ¡Por Dios! ¡Yo estoy en Japón! ¡Yo vivo en Japón! ¿En Japón, cariño? Cuñado, mi hermana es rara, creo que ya te lo dije y que, además, ya habrás tenido tiempo de comprobarlo tú mismo. ¿No sabes que mientras viajábamos por medio mundo con nuestro padre mi hermana se la pasaba diciendo que vivía en New Orleans, cuando en realidad en New Orleans no vivía nadie, que de allí sólo era una canción que le gustaba mucho? ¡No puedo creer que haya seguido con ese cuento! ¡Es increíble! ¿Está loca, o qué?
Después de tirar el teléfono contra la pared, me quedé junto a la ventana, preguntándome si alguien en su sano juicio sería capaz de llamar a su pareja, fingir ser una hermana inexistente, y decirle todo lo que ella me dijo. Pensé muchas cosas. Pensé avisarle a la policía, pero no tenía los papeles en regla. Pensé que lo primero que tenía que hacer era quitarme la tanga, que me estaba rajando la piel. Y traté de concentrarme en su voz. La vi en una cabina telefónica, a un par de cuadras del apartamento, diciendo todas esas sandeces sobre Japón y Ricky Ricardo. Y mientras estaba en eso, empecé a oír una voz diferente en mi interior, una voz desconocida, asegurándome que lo que acababa de pasar era real, que ella se había ido para siempre. Había algo en la voz que me exigía que le creyera. Probablemente una segunda voz de esa voz surgida de la nada. Y de pronto, me acordé de esa época de mi vida, en Cuba, en la que empecé a oír voces. Debo haber tenido nueve o diez años; cuando todos nos la pasábamos dando saltos mortales y caminando de cabeza. Entonces, para acallar las voces, desarrollé una serie de tics. Carraspeaba, pestañeaba fuertemente y me golpeaba las caderas con la parte interior de las muñecas. No llamaba mucho la atención porque todos teníamos nuestros tics. Aquello fue una plaga. En mi caso, lo hacía para acallar las voces. Claro que dicha época no tenía nada que ver con mi vida de hace un año, pero, no sé por qué, de un modo automático y parado frente a la ventana, como si nunca hubiera dejado de hacerlos, repetí los tics. Es decir, carraspeé, pestañeé con fuerza y me golpeé las caderas con las muñecas. Las voces, sin embargo, no desaparecieron. Todo lo contrario. Se multiplicaron. Como ranas a la orilla de un charco. La voz de ella, la de su hermana, la mía, la que me advertía de que todo era real y su segunda, la de mi padre dándome consejos… A lo largo de este año, no he dejado de repetir los tics. He sufrido ataques de ansiedad, y a menudo mi corazón es una tortilla lanzada al aire. Así salta. Me acuerdo que la oí soltar una risita irónica y que la rabia me desbordó. Le pregunté de qué se reía, y me dijo que nunca nadie la había llamado cariño, y que le resultaba gracioso que quien lo hiciera fuera su cuñado, o, para ser más exactos, su ex cuñado. Ese fue el momento en que lancé el teléfono.
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