

«Sin duda hemos cambiado mucho físicamente durante estos casi cuarenta años que hemos dejado de vernos, pero no lo suficiente para encontrarnos en la calle y mirarnos con la indiferencia de dos desconocidos. Eso es lo primero que pienso apenas Cundo Bermúdez sale a la puerta de su casa, en Miami, para recibirme, y nos fundimos en un fuerte abrazo. Pero mientras nos prodigamos frases de afecto y nos miramos directo a los ojos, de pie en el zaguán, antes de pasar a la sala donde vamos a conversar detenidamente, pienso todo lo contrario: nuestros rostros han incurrido en tantos cambios que, en efecto, no nos hubiéramos reconocido de habernos encontrado casualmente en la calle. Y sin embargo, pese a los ineludibles estragos del tiempo, me percato de que este Cundo Bermúdez que ahora contemplo es el mismo que vi en La Habana (¿hace cuántos años, treinta y dos, treinta y seis? De suerte que en el trayecto hasta la sala, reflexiono con indulgencia que los cambios no son tan ostensibles como creí al principio. Viste, acaso como entonces, una camisa de mangas cortas, un pantalón gris y cómodas sandalias de suela de goma. Sí, lo compruebo: su modo de andar es el mismo de siempre. Sus pasos son afelpados y todo su cuerpo se desplaza envuelto en un silencio que parece protegerlo. El escritor Raúl Aparicio, que lo conoció en su juventud, decía que a Cundo se le veía en las calles habaneras como "una cosa desvaída; desasido de todo lo terreno, ensoñando". Así lo recuerdo yo también. Me parece estarlo viendo en los momentos en que atravesaba la calle Galiano o ingresaba al Paseo del Prado envuelto en un aura de indispensable silencio. Hoy como ayer, su persona siempre ha destilado timidez y silencio porque toda su fuerza, toda su furia, parece haberlas reservado para pintar.
Al cabo de tantos años de no verlo, he decidido visitarlo después de recibir desde Puerto Rico una llamada telefónica de Vicente Báez anunciándome el propósito de publicar un libro que refleje toda la extensa obra de Cundo Bermúdez. Para engatusarme, me comunica que el prólogo del libro lo iba a escribir otro amigo entrañable, Guillermo Cabrera Infante.1 ¿Te animas a colaborar?, me preguntó. "Por supuesto", respondí sin pensarlo dos veces. Aunque no mediara la amistad, hubiera aceptado con la misma alegría la invitación. Cundo Bermúdez es una figura legendaria: de todos los grandes maestros de la pintura cubana, surgidos en la década del 40, es el único que a sus incontables años permanece trabajando. Los demás han muerto: Víctor Manuel, Wifredo Lam, Carlos Enríquez, Amelia Peláez, René Portocarrero, Fidelio Ponce.
Ocupamos dos butacones situados frente a frente. Acciono la grabadora que va recogiendo minuciosamente sus palabras. Lo escucho decir que en la vida lo que más miedo le provoca es llegar a olvidar algo. "Las cosas se me olvidan con gran facilidad", enfatiza. Me confiesa que la víspera de mi visita estuvo largo rato tratando recordar la figura de la madre de Amelia Peláez, doña Carmela, quien por cierto —agrega— era la hermana menor del poeta Julián del Casal. Cuando al fin logró recordarla nítidamente se sintió feliz. "Por eso pinto, porque es otra forma de atrapar el pasado"»
CB: Yo pintaba desde niño. Todos los niños pintan bien hasta que se le acercan los mayores y les dicen cómo deben hacerlo. Así se pierde el encanto inicial, ese rasgo de genialidad que existe en cada niño pintor. Pues bien, alrededor de los cinco años yo empecé a pintar en unos papeles blancos que los chinos utilizaban en las lavanderías para envolver la ropa cuando la devolvían a sus clientes. Recuerdo que yo no pintaba sentado a una mesa sino en el suelo, en contacto directo con los mosaicos del piso. Las formas bellísimas de los mosaicos de los pisos cubanos quedaron grabados desde entonces en mi interior, en mi subconsciente, y más tarde, cuando ya era adulto, comenzaron a aflorar en mi pintura. Para mí, aquellos mosaicos eran un tesoro. Cuando encontraba abandonado en algún lugar un fragmento de mosaico lo recogía, lo limpiaba y lo guardaba. Así que no es ilógico ni casual que las formas que me entregaron esos mosaicos, que tanto amé siendo niño, se convirtieran en elementos que fui incorporando a mi obra.
CB: Sí, y escribí algunos cuentos. Mi amor a la literatura nació cuando yo tenía unos diez años. Ocurrió que una familia que vivía cerca de nosotros, en la misma calle Delicias donde yo nací, decidió irse a vivir a Nueva York y únicamente se quedó en Cuba el abuelo, Enrique Fuentes. Cuando la familia se fue, Enrique Fuentes se mudó para una casa de huéspedes, donde ocupaba una habitación tan pequeña que le era imposible disponer de un espacio para sus libros. Nos entregó su biblioteca con el compromiso de permitirle venir todas las tardes a leer en nuestra casa. Así, gracias a su biblioteca, yo empecé a leer. Me leí todo Blasco Ibáñez, todo Máximo Gorki; en fin, cuanto libro había en la biblioteca de Enrique Fuentes. Cuando el escritor José Antonio Ramos, que era primo-hermano de mi padre, se enteró de mi interés por la lectura, me dijo: "Tú no puedes seguir leyendo en esa forma tan desordenada". Me hizo una lista de autores y de libros, que empezaba, me acuerdo, con las Vidas Paralelas, de Plutarco. Fue el propio José Antonio Ramos quien me presentó a Leopoldo Romañach y me aconsejó que ingresara en la Escuela de Pintura San Alejandro, a la que enseguida comencé a asistir como oyente.
CB: La respuesta correcta sería decir que, salvo algunos momentos, en que tuve necesidad de ganarme la vida en otras actividades, no he hecho nada más que pintar. Algunos pintores de mi generación tuvieron una actitud diferente: buscaban el modo de conseguir una beca o de desempeñarse como profesores, pero procurándose, desde luego, un tiempo libre para pintar. Abela fue diplomático. Amelia Peláez y Carlos Enríquez pertenecían a familias adineradas. Fidelio Ponce y Víctor Manuel, en cambio, eran bohemios, eran los valientes que se lanzaron a la calle para abrirle un mercado a la pintura cubana.
En marzo de l943 tuvo lugar un evento de señalada importancia para la plástica cubana: por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el Museo de Arte Moderno de Nueva York efectuó una exposición de pintores cubanos. La muestra, organizada y seleccionada por José Gómez Sicre, recogió alrededor de ochenta óleos, dibujos y acuarelas de Fidelio Ponce, Amelia Peláez, Carlos Enríquez, Mario Carreño y Cundo Bermúdez, quien estuvo representado por once obras, entre ellas El balcón, Muchacha en túnica rosa y el famoso retrato que le hizo a María Luisa Gómez Mena. La crítica le fue especialmente favorable. Edwin Alden, del New York Times, escribió sobre El balcón: "Este cuadro demuestra que el color, impulsado hasta un tono abrasador, puede, cuando se controla bien, lograr resultados importantes". Y con motivo de esa misma exposición, escribió Jewell poco después: "Podemos considerar la obra de Cundo Bermúdez como la más particularmente cubana".
La presencia de Cundo en la generación del 40 fue también su salto a la inmortalidad. Durante la entrevista le recuerdo haber leído recientemente en un periódico que uno de sus cuadros de esa época había sido subastado en medio millón de dólares. "Sí, pero cuando lo pinté me pagaron por él doscientos pesos cubanos", comenta con una sonrisa. En aquellos tiempos, agrega, pintaba temas populares como La barbería y El billar, que eran cuadros muy figurativos, en los que modelaba mucho la figura. Después pudo haber variado el rumbo en busca de otras formas expresivas. Pero para él —señala— lo fundamental ha sido siempre el ser humano. Nunca le interesó el arte abstracto. Tampoco lo ha atraído pintar el movimiento. Para su idea, las figuras en el cuadro deben estar quietas, por la misma razón que las personas que lo contemplan están, o deben de estar, en total estado de quietud. Por ese motivo muchos criticos hablan de la influencia egipcia en su pintura, precisamente —dice— "por esa cosa estática que ven en mis cuadros, que tampoco tiene que ver nada con la serenidad, porque algo puede estar estático sin estar sereno, pienso yo".
JLF: Tus amigos sabemos que siempre has tratado de alcanzar la paz interior. ¿Lo has logrado?
CB: Exteriormente yo doy la impresión de serenidad, de buscar la paz interior o de haberla conquistado. Pero no es verdad en absoluto. Yo soy meticuloso, matraquilloso. Por ejemplo, antes de salir a la calle, doy cuarenta vueltas en la casa como si hubiera olvidado algo y lo estuviera buscando. Igual me pasa cuando voy a acostarme por la noche. Todo lo quiero hacer a esa hora, y me dan las dos de la madrugada y todavía estoy despierto. Alguien me ha dicho que eso me ocurre porque nací el tres de septiembre, que en Cuba es el mes de los ciclones, y bajo el signo de Virgo, cuyos nativos, dicen los astrólogos, se cuentan entre los seres más quisquillosos del Zodíaco.
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