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A Enrique Baloyra que amó a Cuba con civismo democrático.
Los tiempos dictan las ideas y cada época nos afecta de manera particular.Cada etapa en la historia social de Cuba ha estado secundada por preocupaciones e indagaciones que buscan explicar mejor nuestra existencia; cada período ha sido seguido por el interés de analizar y pormenorizar nuestra manera de ser, y sobre todo, ha encontrado motivos para expresar los más variados juicios sobre cualidades y limitaciones del carácter cubano. Puede decirse, sin pretensiones antológicas, que los antecedentes de esa predisposición para definir el carácter y la personalidad de los criollos aparecen a partir del primer cuarto del siglo XIX, cuando la élite social criolla comienza a manifestarse como grupo dominante y las ideas ontológicas y las concepciones sociales —que excluyen otros idearios— sobre la nacionalidad cubana son expresadas públicamente. Desde esta perspectiva, habría que recordar algunas descripciones de Félix Varela en El Habanero. En los artículos "Máscaras políticas", o"Cambia colores", se explican comportamientos y actitudes de algunos criollos más interesados en sus beneficios personales que en el bien social. Las intenciones de Varela estaban muy lejos de ser una indagación sobre la identidad, pero sus observaciones, a propósito del quehacer social y político, dejaban temprana constancia de una actitud, o mejor, de una manera de ser. Así por ejemplo, los argumentos del Presbítero que describen el "patriotero" ponen de relieve actitudes reprobables latentes en nuestra sociedad:
Se observa un hombre que siempre habla de patriotismo, y para quien nadie es patriota, o solamente lo son los de cierta clase, o cierto partido. Recelamos de él, pues nadie afecta más fidelidad, ni habla más contra los robos que los ladrones. Si promete sin venir el caso derramar su sangre por la Patria, es más que probable que en ofreciéndose no sacrificará ni un cabello (1997: 4).
Un segundo momento, en esos esbozos preliminares del carácter criollo, es aquel que preside la guerra de 1895 y los acontecimientos que culminan con la República Mediatizada. En esta ocasión son las ideas de José Martí las que sugieren el carácter y la personalidad del criollo: del hombre americano que debe mirar con orgullo su condición y origen. Dispersa en toda su obra pueden encontrarse referencias a comportamientos y actitudes que aluden no sólo a los cubanos de la isla sino también a los criollos que radicados en los Estados Unidos, se expresan públicamente y ponen de manifiesto sus actitudes e intereses.
No obstante, es con el inicio de la República, que aparecen los primeros textos que inauguran el proceso de indagación de lo cubano. Desde esta perspectiva, el libro de Manuel Márquez Sterling, Alrededor de nuestra psicología publicado en 1906 y el capítulo de Francisco Figueras, dedicado a las Virtudes y vicios en su obra Cuba y su evolución colonial de 1907, son probablemente, los primeros ensayos que se ocupan de la condición cubana. Así, cuando en los años veintes y treintas, marcados por los soplos de las Vanguardias europeas se inicia una larga reflexión sobre el tema, escritores como Emilio Roig de Leuchsenring y Jorge Mañach no dudan en citar, en sus trabajos, tanto a Figueras como a Márquez Sterling, otorgándoles implícitamente la condición de pioneros.
Es éste el momento en que la identidad criolla arriba a su madurez. Son los años en que la República, por la crisis económica mundial, por la aquiescencia de los políticos criollos con los intereses norteamericanos, y por la injerencia del capital extranjero, experimenta una larga carestía que desemboca en el alzamiento del movimiento popular y los turbulentos sucesos que tienen lugar en 1933, resultado del deterioro político y social. Es, por tanto, un momento de renovada conciencia nacional, en el cual la intelligentsia criolla re-descubre lo cubano. En este contexto, aparecen los ensayos de Jorge Mañach La crisis de la alta cultura en Cuba e Indagación del Choteo, conferencias leídas en 1925 en la Sociedad Económica de Amigos del País, y en 1928, en la Institución Hispano Cubana de Cultura, respectivamente.
Son también de este período la serie de artículos de Roig de Leuchsenring "El afán de lucro, causa y razón de nuestra mediocracia"; "El Dorado de nuestros políticos, apolíticos y gobernantes"; "Patria en precario"; "Modalidades contemporáneas de la Tontería Criolla"; "De la Fantochería Criolla"; "En todo cubano hay un déspota en potencia"; "Mañana ¡es otro día!"; "El cubano ¿es, realmente, desinteresado?" y "Aparatosas manifestaciones simbólicas de la vanidad criolla", publicados en la revista Social, en la década del 30, los cuales constituyen un corpus crítico sobre la idiosincrasia y el carácter cubanos que, la crítica, prácticamente, ha pasado por alto.Los pocos estudios que sobre el tema abordan este período, se han referido casi exclusivamente a La crisis de la alta cultura en Cuba y a la Indagación del choteo.
En este trabajo quiero referirme no al choteo, sino a la intolerancia, la chabacanería y el despotismo, que atañen a la condición cubana y que desde esta lectura han sido y podrían ser mucho más preocupantes que el choteo "profundo y escéptico" según lo concibió Mañach. Curiosamente, no parece haberles inquietado a los estudiosos el fenómeno de la intolerancia, cuando en realidad si consultamos la historia social de los siglos XIX y XX, encontraremos numerosos ejemplos. Me inclino a pensar que en la medida que han transcurrido los años, la intolerancia ha encontrado familiaridad y arraigo entre nosotros.
La intolerancia se manifiesta como actitud individual, y como voluntad social a través de entidades, organizaciones, partidos, e incluso, a través del Estado, como ha ocurrido en las últimas décadas. Esto es, toma lugar públicamente en reuniones, debates, discursos y eventos de toda índole, o en el seno del hogar, entre familiares y amigos. Convendría, no obstante, mencionar aquellos rasgos que conducen a esta actitud deplorable. Si comparamos la intolerancia con una afección clínica diríamos que su semiología o síntomas más evidentes son la hostilidad y negatividad que se manifiestan en el individuo, las cuales le impiden aceptar opiniones, y preferencias que contradigan o establezcan diferencias con las suyas. Esas demostraciones de hostilidad, cuando van en aumento, se revelan acompañadas de agresividad verbal, o escrita, y con frecuencia devienen amenazas que intentan acallar o neutralizar el comportamiento de otros. En otras palabras, la intolerancia es un rasgo destructivo de nuestro carácter que se opone al pluralismo, al consenso familiar y social, que niega toda posibilidad de objetar y disentir, al extremo de hacer irreconciliable la convivencia, lo cual en numerosos casos, conduce a situaciones de violencia de consecuencias imprevisibles. Es por demás, un rasgo que imposibilita la labor de equipo, el trabajo en colectividad y que impide, en última instancia, el desarrollo social y democrático.
Cabría entonces preguntarse ¿qué motivaciones, o contradicciones provocan entre nosotros las manifestaciones de intolerancia? Aún cuando pensadores como Miguel de Unamuno se han referido a la negatividad del individuo como un elemento creativo que contribuye a la formación de la identidad nacional, pienso que, no es este el caso, y que la intolerancia cubana es ajena a "la negatividad y la confrontación" consideradas por el escritor vasco como las fuerzas motrices de la identidad de un pueblo. En todo caso podría decirse que la intolerancia es provocada por la inseguridad: resultado del desconocimiento, la ignorancia, la incompetencia y la desconfianza hacia los demás, al margen de otras posibles deficiencias. Curiosamente, esta manifestación del carácter criollo ha permanecido solapada en nosotros, negándonos siempre a reconocerla, y con frecuencia, cuando se ha revelado abiertamente, entonces, se ha justificado con razones "trascendentales".¿No somos los cubanos intolerantes?¿No fue la intolerancia política, de los hacendados criollos y las autoridades coloniales las que, utilizadas como pretexto a propósito de los alzamientos de negros en los ingenios Alcancía y Triunvirato próximos a Matanzas, sirvieron para desatar unarepresalia en el Occidente de la isla y destruir la naciente "Burguesía de Color" en Cuba en 1844? ¿No fue la República de 1902 un simulacro, un ejemplo de incapacidad para discutir política y democráticamente el programa social que mejor convenía a la patria, circunstancias que nos dividieron y desangraron desde las primeras décadas del siglo XX? ¿Acaso, no son, los crímenes y los actos de violencia, las largas condenas a prisión, la destrucción de las familias, el destierro o el exilio que hemos sufrido por décadas, consecuencias de la intolerancia política e ideológica?
¿En más de una ocasión, no hemos manifestado nuestra intolerancia religiosa, cuando se trata de una creencia diferente a la nuestra? ¿Somos los cubanos tolerantes con las creencias y opiniones de nuestros conciudadanos? ¿Somos capaces de aceptar y respetar la homosexualidad de uno de nuestros hijos, de un amigo o siquiera de un conocido? Por demás, ¿no ha sido la sociedad cubana intolerante con el negro, con las diferencias raciales, con el homosexual, incluso con las manifestaciones afrocubanas? Y me pregunto ¿No seremos intolerantes con estos y otros aspectos cuando, llegado el momento, se inicie la reconstrucción de Cuba?¿Tienen los grupos de oposición y del exilio una actitud pluralista, —una plataforma política-social inclusiva en la cual el negro tenga participación activa en la gestión económica de la nación,— como respuesta a la intolerancia crónica que hemos padecido los cubanos en los últimos cincuenta años? No lo sé. Podrá, incluso, alegarse que estas interrogantes desbordan los límites de la especulación pura sobre la condición cubana. Pero, estimo que entre nuestras responsabilidades está el proponer un debate abierto y verdaderamente honesto sobre aquellos problemas críticos que nos han escindido, minando por más de un siglo nuestra condición, nuestro país y nuestra cultura. Quede pues, en la conciencia de todos, encontrar soluciones para que la intolerancia deje de ser algún día, el más destructivo de nuestros males.
De forma análoga, la chabacanería y el despotismo son manifestaciones de nuestro carácter que con frecuencia aparecen asociadas bajo una misma actitud. Si se relaciona con otros defectos, la chabacanería podría considerarse un mal menor, sin que por ello sea menos censurable. Cuando la chabacanería se manifiesta públicamente, a través de las instituciones y actividades sociales, denota mal gusto, ordinariez, falta de sensibilidad e incompetencia. En Cuba, con frecuencia el ser chabacano se ha confundido con el ser campechano. Esto es, se ha visto como sinónimo de ser diáfano y sencillo o "ser extremadamente franco" para ir "al grano de las cosas".
Los chabacanos están en todas partes sin ideales, preferencias o gustos y denotan su condición por su sentido de improvisación, su incorregible falta de sensibilidad, su insubstancialidad, incompetencia y ordinariez. Entre los chabacanos más populares están los políticos que desde el período republicano han dado muestras suficientes de su manifiesta chabacanería. Si a un chabacano se le asigna realizar una labor, entre sus objetivos estará el terminarla lo antes posible, por ello, el trabajo señalado una vez terminado, habrá quedado "más o menos bien". Si luego resulta que no tiene la calidad requerida, ya vendrá alguien que lo arregle o lo haga mejor. Por supuesto, siempre el chabacano encontrará razones y circunstancias que lo exoneren de toda responsabilidad, a pesar de su improvisada y deficiente labor.
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