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Para comenzar mi análisis sobre las situaciones y problemáticas que se plantean en la Cuba de hoy, quisiera ofrecer una síntesis sobre las consideraciones que desarrollaré en los capítulos subsiguientes sin ánimo de ser exhaustivo ni totalizador; simplemente expondré mis criterios como parte de lo que podría ser un aporte muy personal al diálogo y al debate de todos con todos que deberíamos abrir los cubanos de dentro y de fuera, con el propósito de propiciar el reencuentro, la reconciliación, el perdón y la concertación básica a favor de la paz, el desarrollo y la justicia social para todos sin excepciones.
Es evidente que en la Cuba de hoy vivimos un trascendental momento de inflexión, aunque algunas personas detenidas en el tiempo de dentro y de fuera se obstinen en negarlo. Como nunca antes en nuestra historia desde 1959, los cubanos estamos en peligro de perder todo lo poco o lo mucho que hemos logrado en los últimos cincuenta años, incluso hasta la nación misma, y, en consecuencia, pienso que la responsabilidad con las palabras y los juicios siempre sería poca, máximo cuando se vive dentro y se tiene cierta participación e incidencia en lo que sucede y en lo que podría suceder.
Así, voy a escribir desde dentro, y nunca saliéndome hacia fuera de un proceso en el que he participado de una forma u otra desde 1957 hasta la fecha, con mayor o menor responsabilidad, pero nunca desde posiciones neutras. En este orden de pensamiento, quiero expresar que yo plantearé mis criterios y análisis plenamente comprometido con el ideal de justicia social y de equidad distributiva que proclama el cristianismo (véase el Nuevo Testamento, Hechos de los Apóstoles 2, 44) y el socialismo verdaderos.
Así he vivido y así quiero morir, dentro de mi país y con mi pueblo, con mis errores y mis aciertos, pero con un sentimiento y una pasión máxima por la justicia social y la equidad distributiva. Sobre todo, en la actual etapa de mi vida, tratando de seguir el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio, con Jesús de Nazaret como paradigma único, a quien considero mi verdadero maestro.
Hay algunas cuestiones fundamentales que deberíamos resolver dentro de Cuba para evitar que todo lo positivo que ha tenido el proceso revolucionario de 1959 pueda ser arrasado por los errores y los graves problemas que se han acumulado en estos últimos cincuenta años.
Mi posición nunca podría ser la de atacar un proceso cuyas ideas y realizaciones primigenias han tenido un talante de justicia social para el pueblo cubano, pero tampoco puedo detenerme en el tiempo, como lo han hecho algunos que lo ven todo con la clave de los años cincuenta del siglo pasado, porque desde entonces han sucedido muchas cosas que no se pueden pasar por alto, y más del 70 por ciento de la población actual de Cuba ha nacido después de 1960. Personalmente, me encuentro en la posición de los que vemos todo lo bueno y lo apreciamos, pero que también identificamos los errores, las desviaciones y las perversiones que hay que erradicar por todas las vías posibles.
El no haberle dado paso real, y no virtual, en el poder máximo de la sociedad a las nuevas generaciones que han ido surgiendo en estos años para que hubiera una permanente y dialéctica renovación desde las cúpulas hasta la base, ha detenido y desvirtuado en mucho los avances iniciales; incluso puedo plantear que algunos han sido borrados casi totalmente.
Ha habido cuestiones muy reprobables y dañinas que no pueden desconocerse ni dejarse ahogar por las consignas y los planteamientos, muchas veces idílicos y virtuales, propios del lenguaje triunfalista del proceso en los últimos años, que, por demás, algunas personalidades extranjeras se toman al pie de la letra y las repiten de memoria, dejándonos muy poca oportunidad a los que vivimos dentro para plantear las verdaderas realidades que estamos atravesando, con el fin de ejercer una crítica constructiva y sana junto con el planteamiento y proposiciones de los cambios, las reformas y las rectificaciones que necesita la sociedad cubana contemporánea.
Es lamentable que personalidades que se dicen progresistas coadyuven a favor de las peores tendencias acríticas que, en nombre de las reales amenazas a que está sometido el proceso cubano, ahogan el pensamiento de quienes vivimos dentro, sufrimos los errores, afrontamos los problemas y las deficiencias que se han acumulado e, incluso, defendemos lo positivo que se ha alcanzado en todo este tiempo. Éste es un primer problema del momento actual que quisiera exponer: el dañino efecto de la polarización en que se plantea agruparnos, así como la desestimación y el desprecio por las opiniones y criterios de los que realmente sufrimos estos problemas. Esto, en mi opinión, nos está haciendo mucho daño y acumula una importante deuda de quienes nos visitan en esta actitud sin un criterio de objetividad y de sana crítica constructiva, o por lo menos sin tener el pudor de no ahondar, con su triunfalismo, en las angustias y sufrimientos reales que nos aquejan adentro.
Esto ha llegado a tal grado de desarrollo que los debates sobre el presente y el futuro de Cuba se realizan en el exterior y frecuentemente sólo con la participación de intelectuales extranjeros o de cubanos, de un signo o de otro, que viven en el exterior, mientras que los que vivimos dentro tenemos muy pocas posibilidades de participar, algunos incluso nos niegan la autoridad natural de participantes directos y descalifican nuestras opiniones, colaborando con el esquematismo de los que desde dentro se manifiestan detenidos en el tiempo. Estas personas e instituciones apoyan directa o indirectamente todo el amordazamiento real a la libertad de expresión y la falta de ejercicio de la creatividad personal que sufrimos internamente y que considero resulta ser otro de los problemas del presente de Cuba que necesitamos resolver y superar para avanzar hacia el futuro. Son nuestros problemas, son nuestras angustias y requieren de nuestras opiniones y de nuestra creatividad para encontrar las soluciones que necesitamos, así como un mayor respeto de los que teóricamente nos analizan sin contar con nosotros para nada. Quizás pueda considerarse que estoy magnificando el asunto que planteo, pero debo expresar que realmente tiene una gran incidencia, porque esos criterios, que provienen desde fuera como reflejo externo del triunfalismo que nos invade, generalmente son los que dentro se difunden hasta la saciedad, mientras que los nuestros siempre están sujetos a la sospecha y al control que estas personalidades no sufren y ni siquiera perciben. Sospecha y control sobre los que incluso en medio de nuestras opiniones y nuestras críticas defendemos las ideas del socialismo, porque los que ejercen los timones de mando en la sociedad sólo admiten un único tipo de socialismo y un único esquema de desenvolvimiento, mientras que en lo externo esos mismos aplauden las versiones autóctonas que se intentan implantar en Venezuela y Bolivia, por darles un ejemplo, y miran con cierta ojeriza lo que se hace por las izquierdas en Argentina, Brasil o Chile y en España con la política del PSOE.
Algunos nos idealizan mucho más allá de lo que somos y otros nos demonizan totalmente. Hay quienes se aferran con obsesión al paradigma que les ofrecen sus criterios sobre nosotros, sin darle espacio a la dialéctica de la vida y a la necesidad del constante perfeccionamiento de errores y desviaciones. Se olvidan del planteamiento de Heráclito: "No te bañarás dos veces en el agua del mismo río".
En este orden de pensamiento debo decir que los derrumbes totales que algunos quieren y compulsan podrían traer un vacío muy grande y muy propicio para la guerra fratricida y los desórdenes destructivos que no acepto y con los que nunca podría colaborar. En este sentido, pienso que algunas medidas y actitudes oficiales de los últimos tiempos, incluidas en lo que se ha dado en llamar la "batalla de ideas" y que muchas veces, con la mejor intención del mundo, se han planteado y se han ejecutado de forma precipitada incluso, dada su centralidad y su falta de variedad de alternativas factibles que se correspondan con lo específicamente más personal de los individuos y de las familias, así como debido a la diversidad de circunstancias en que se desenvuelven y a la falta de debate crítico, al no descentralizar además las responsabilidades de ejecución y de iniciativas válidas, crean un efecto contrario a lo que se proponen, esta situación constituye un problema de gran vigencia actual que muchas veces nos asfixia totalmente y un verdadero peligro en lo más profundo de la sociedad cubana contemporánea, porque puede permitir al Gobierno de los Estados Unidos presentarse internamente de forma idílica como el campeón de todas las libertades posibles. Para conocer bien a fondo la realidad de lo que sucede, habría que estar presentes en las conversaciones informales que se realizan en las casas, en los centros de trabajo, en las paradas de ómnibus y en los más diversos lugares de La Habana en que vivo, las cuales, la mayor parte de las veces, se expresan en voz baja y confidencialmente, y no sólo ir a Varadero, a Cayo Largo o a los lugares a los que se lleva a los visitantes extranjeros y los turistas.
En mi opinión, estos hechos subjetivos y objetivos y las expresiones concretas de la población al respecto afloran a la superficie un determinado desentendimiento con los procesos políticos, que es posible observar aun entre las personas que masivamente asisten a las manifestaciones y actividades de reafirmación revolucionaria. Este desentendimiento se va ampliando a medida que pasa el tiempo y crea una brecha cada vez mayor, por lo que llegará un momento en que no será posible superarla sin una ruptura total. Por eso en mis crónicas, mis artículos y en los cursos que imparto, en muchas ocasiones planteo que cada vez nos queda menos tiempo para el diálogo y la rectificación necesaria e imprescindible. Ésta es una realidad que requiere de un análisis profundo. En definitiva, debo añadir que, sin duda alguna, existe un consenso a favor de la Revolución por sus esencias y realizaciones de justicia social pero, a la vez, se está desarrollando, según percibo, un sentimiento contradictorio que lo debilita día a día debido a los problemas y las contradicciones que estamos viviendo.
Ante todo, quisiera plantear que hay algo muy importante que creo necesario tomar en consideración en todo momento, y es que la realidad casi nunca resulta ser completamente lo que queremos que sea tal y como se expresa en la versión triunfalista que nos invade, sino que se desenvuelve como lo que crudamente es, a pesar y pasando por encima de nuestros propósitos, nuestras intenciones e, incluso, nuestros planes, proyectos y acciones específicas. Sobre este asunto tendré que volver varias veces en los próximos capítulos.
Además, si somos capaces de llegar a la base de la sociedad cubana contemporánea, a donde no van los turistas ni esos visitantes oficiales, se podría observar un trecho faltante en el que anidan una desesperanza y hastío no bien identificados, junto con lo que resulta extemporáneo y malo para la sociedad en su conjunto, lo que es negado a priori, tal y como lo hace el pensamiento triunfalista del que les hablo. Considero que ese trecho está adquiriendo proporciones considerables, lo que se hace más grave aún, porque no se escuchan por parte de los que hablan de crecimientos económicos inusitados, las alarmas sociales que alertan sobre la situación real que existe. Y es básico que esto se comprenda para plantearse objetivamente las correcciones que son urgentes y poner en práctica las medidas adecuadas que permitan solucionar los errores e insuficiencias del proceso social en estrecha comunicación y coordinación participativa, así como dentro de un diálogo efectivo y no formal con el pueblo. En este sentido, sería también algo muy importante y demostrativo de madurez y sabiduría analizar, incluso, los planteamientos de los que se consideran enemigos, para sacar a flote todo lo que pueda ser verdad con independencia de su origen. No obstante, se actúa como si las realidades fueran distintas a las que realmente son y aquí hay un importante segmento de conflictividad interna que es apoyado también por la solidaridad sin crítica. Creo que las actitudes cerradas al análisis y a la crítica objetiva están dañando sensiblemente el proceso revolucionario, así como sus posibilidades de recuperación y perfeccionamiento para hacerlo más eficaz y efectivo.
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