

A los que han muerto huyendo de Cuba
"La balsa de la medusa" (1819)
Théodore Géricault
Nuestra isla se hunde. Los últimos sobrevivientes del cataclismo nos hemos puesto a salvo. A nuestras espaldas han quedado las pesadillas que como cadenas arrastramos desde el día de nuestro nacimiento. Atrás quedan las calles oscuras, solamente alumbradas por las linternas siempre vigilantes del poder; siempre encendidas proyectando su luz enceguecedora sobre nuestros rostros, en busca de la más mínima expresión que pudiera delatar nuestro descontento. Atrás quedan, también, las casas derruidas, invadidas por la tierra; los techos decrépitos que la naturaleza engulle con tanta lentitud que su agonía se vuelve imperceptible. Hemos renunciado a ver las miradas tristes de la gente, miradas sin brillo ni fuerza para mirar al cielo del que saben no obtendrán misericordia alguna. No deseamos seguir viviendo en el silencio sordo de miles y miles de voces apagadas, que ni siquiera recuerdan ya cómo emitir el reclamo que por derecho les pertenece. Escogimos con nuestra huida el camino más corto hacia la muerte. Si sobrevivimos, la vida, la que otros seres parecen merecer, la verdadera vida, podrá ser la recompensa que obtendremos al final de esta locura.
La isla se hunde. Poco a poco, día a día, como los barcos que encallan en un banco de arenas y el peso de los años y el embate de las olas terminan por hundirlos para siempre. Se hunde y a nadie, ni aún a nosotros, nos importa. Prófugos somos. Autómatas también. Huimos por puro instinto, como los animales que presienten la hecatombe y escapan en desbandada sin importarles mucho a dónde ir con tal de no morir a cuentagotas. Huimos porque hay que huir, porque así lo exige nuestra condición de seres instintivos, tal vez para no morir sin debatirnos y rebelarnos, al menos débilmente, por los últimos destellos de vida que nos quedan. Nuestra suerte no importa a nadie. No encontraremos en nuestra huida ningún barco que se apiade de nosotros. Podrán acercarse con la intención de tomarnos en fotos, de llenar páginas de inútiles periódicos que todo el mundo lee por puro vicio. No faltará incluso quien pueda acercarse y nos aseste el golpe de gracia que arrojará nuestra barcaza definitivamente al fondo del océano. Intento que mis compañeros de deriva cesen de pedir auxilio a los contornos confusos de un velamen que se dibuja en el horizonte; deseo que comprendan que para ellos no somos más que un grupo de apestados que amenaza con perturbar la paz que quiso Dios ofrecer a sus vidas rutinarias. Necesitan nuestro descalabro para mostrarnos como una evidencia más, ante sus propios ojos, de que ellos viven en el mejor de los mundos. O quizás les recordemos demasiado los harapos que llevaban sus antepasados cuando empezaron a poblar el Nuevo Mundo, o aquellas filas interminables de gentes malolientes que tuvieron que soportar los suyos antes de atravesar las fronteras. O el futuro incierto que todo hombre sabe puede depararle la vida. Ruego porque mis compañeros cesen de gritar y entiendan que necesitamos bogar discretos, que debemos esperar el fin de la tormenta y a que las olas encuentren sosiego.
Me pregunto cuántas pruebas más de nuestra fe y resistencia necesita Dios. ¡Cómo si la isla entera no fuera también un barco que naufraga, con hombres a bordo que se delatan, se humillan, se rehúyen, o intentan, como nosotros, ponerse a salvo sin importarles lo descabellado de la empresa! No sé qué tiene Dios contra nosotros.
La sal me devora los pies. A veces los hundo para sentir el frescor de la corriente pero los recojo inmediatamente pues sé que estas aguas están cundidas de tiburones. He oído decir que los secuaces del dueño de la isla vierten en el mar toneles de sangre para despertar el apetito de estas bestias. Cuando se les alborota con el olor de la sangre fresca los tiburones buscan desesperados una presa viva que les permita saciar el instinto depredador propio de la especie. Tengo tanto miedo de los tiburones de este mar como de aquellos que dejamos atrás en la tierra.
Sólo quedamos quince de los trescientos noventa y cinco seres que emprendimos esta aventura hacia la libertad. Mis compañeros siguen agitando sus camisas, como banderolas al viento, esperanzados en que la diminuta punta de lo que parece un barco, a lo lejos, cambie de dirección y enfile hacia nuestra balsa si sus tripulantes llegasen a divisarnos en medio de este océano embravecido. Tal vez debiera incorporarme a sus esfuerzos. Abandonar el pesimismo natural con que fue marcado mi espíritu el día en que vi la luz en la isla. Creo que mi sufrimiento es tal que sólo me quedan fuerzas para dejar la mente en blanco y fingir que medito. Es lo que hago; aún cuando las ideas se arremolinen en estos momentos que muy bien pudieran ser los últimos de mi existencia. Necesito creer que la isla es un lugar acogedor y que en caso de que la corriente, los hombres o el destino me devuelvan a sus costas podré sentirme como quien llega por primera vez a la tierra prometida que en otros tiempos fue, o, simplemente, a un sitio virgen del que ignoro todo.
Las olas alcanzan la altura de una palma. La balsa sube hasta lo alto de sus crestas y desde allí contemplo otras que avanzan sin piedad hacia la enclenque armazón de tablas que improvisamos antes del naufragio de nuestro barco. Cada vez que la balsa se desliza por la pendiente de una ola siento que me ha llegado el fin. De niño me encantaba ser propulsado desde lo alto de una canal o de un columpio, deseando sentir el cosquilleo de la bajada que me provocaba erizamientos deliciosos. El único cosquilleo que siento ahora, cada vez que la balsa cae desde la cresta de una ola como un descenso al infierno, es el que me produce el pavor que me anuda la garganta y me inmoviliza los músculos.
No sólo debo sobreponerme a mi miedo sino que tengo el deber de no perder el cuerpo inerte de un compañero que ha quedado sin conocimiento. Todavía respira. Lo sostengo lo mejor que puedo con mis escasas fuerzas, a sabiendas de que una ola terminará por arrebatármelo. La desnudez de su cuerpo lanza todavía destellos de belleza. Por alguna razón que ignoro los últimos sobresaltos de su cuerpo en lucha contra la fatiga, aferrándose a la vida, parecen esculpidos por un cincel que ha deseado abandonar la obra antes de terminarla. Un poco como ese célebre esclavo tallado por el gran Miguel Ángel para el mausoleo inconcluso de Julio II. También sé que el cuerpo que defiendo contra las olas puede hacer que la balsa zozobre. Aún así me niego a entregárselo a la diosa de los mares en la que hace tiempo dejé de creer.
La gente de mi pueblo sigue creyendo en dioses que, si existieron, hace rato nos abandonaron. Tal vez fueron ellos los primeros en salir en balsas como la nuestra. Puede que a estas alturas descansen en la panza de algún monstruo marino que les devoró a pesar de la inmortalidad con que fueron dotados. Sólo así, prisioneros en las cavernas digestivas de serpientes marinas y calamares gigantes, puedo entender que no nos hayan prestado socorro durante todos estos años de espera. Ahora me niego a entregar el cuerpo que sujeto, porque me encandila aún el brillo de la mirada de este hombre, al que apenas tuve tiempo de conocer, cuando me anunció, jubiloso, que en Tierra Firme le esperaban su esposa y sus dos hijos pequeños a quienes no había podido ver crecer. Me he propuesto, como en una lucha contra el demonio que habita la transparencia de estas olas, entregarles el cuerpo. No creo que a Dios pueda molestarle, a estas alturas, que un cadáver llegue a salvo a la orilla.
He puesto a nuestra balsa el nombre de La Medusa. La he llamado igual que aquel célebre barco francés que naufragara en altamar, frente a las costas de Mauritania, en el lejano año de 1816, por irresponsabilidad del almirante Hugues de Chaumereys quien queriendo ganar tiempo acortó el camino desviándose por fondos traicioneros que terminaron por apresar la nave. El mismo naufragio que inmortalizara Géricault en un gran lienzo que si mal no recuerdo atesora el Louvre. No sé cómo puedo recordar en un momento tan patético estos detalles insignificantes. Ni tampoco cómo puedo evocar el nombre de un museo tan lejano e inaccesible. ¿Quiénes tendrán ahora, en este justo instante en que la muerte nos acecha, la dicha de poder pasearse por las extensas galerías del museo, rebosantes de obras maestras y de belleza? ¿Quién estará ahora contemplando nuestro naufragio creyendo de seguras que somos personajes del pasado cuya historia no volverá a repetirse? ¿Quién estará señalando con el dedo a ese hombre en el borde de la balsa, en actitud pensativa y que sostiene el casi cadáver de su compañero, como hago yo en, este instante, en otro siglo, en una latitud distante?
A nuestra balsa la he llamado, como dije, La Medusa, porque sabido es que los nombres de monstruos, como los mascarones demoníacos medievales que se adosaban a los arcos de los puentes y a las fachadas de las casas, suelen ahuyentar, con sus rostros y nombres terroríficos, la mala suerte. No sé si mi ardid funcionará. Hace trece días que erramos en estas aguas y todavía vemos pasar cadáveres hinchados como sapos toros cerca de nuestra balsa. Cadáveres que pueden muy bien corresponder a otros naufragios similares al nuestro. Algunos hombres prefirieron quedarse en el bricbarca encallado en uno de los funestos bancos de arena del canal que separa a la isla de otras islas menos desafortunadas. La gente de esas otras islas es malévola. Nos odian y cada vez que le echan mano a alguien de los nuestros que huye de la Isla se dan gusto repatriándolo o encarcelándolo para humillarlo mejor. Por eso, por temor a ser capturado por esa gente arrogante, todavía resentida por los trescientos años de esclavitud que se mangaron y en los que nada tengo que ver, que pretende desquitarse con nosotros el fracaso de su historia de colonia tan insignificante como una plantación de cocoteros en que se solazaban los bucaneros borrachines de otros tiempos, decidí sumarme al grupo de los que huyeron del encallamiento en esta rudimentaria balsa.
Evocando el nombre de aquel barco francés de Géricault quise también darme la posibilidad de llegar con vida a tierra. Recuerdo haber contado a los sobrevivientes y el número coincide con los que aún vivimos en este trance. Debo guardar fuerzas para proteger el cadáver, que sujeto del hambre que acosa a los demás náufragos. No quiero presentarme ante la madre y los hijos de este hombre con un amasijo de huesos; quiero darles al menos la ilusión de haber enterrado un cuerpo que si Dios quiere llegará aún incólume si nuestra deriva no se prolonga.
Tengo miedo que mis compañeros me empujen fuera de la barca. Siento voces que traman un complot para echarme de aquí y tengo que fingir indiferencia para no despertar la bestialidad que todo hombre esconde detrás de sus falsas costumbres de civismo. Toda esa algarabía que montan los que piden auxilio es pura comedia para que yo crea que me han olvidado y baje la guardia. No me echarán de esta balsa que junto a ellos también construí. Me angustia pensar que sean ellos simples esbirros a las órdenes del amo de la isla y que hayan armado todo este teatro para perderme definitivamente, para tener las pruebas de la desafección que nunca pudieron achacarme durante mi vida en la isla. Ahora sé por qué algunos simulan estar exhaustos. Lo hacen para vigilarme con el rabillo del ojo como lo hacían los chivatos a la paga del amo de la isla. Si no tuviera tanto miedo de los tiburones y de esos monstruos que devoraron a los dioses que moraban en la isla de antes, me tiraría al mar y daría tantas, tantas y tantas brazadas, que llegaría, mojado, harapiento, pero con los ojos radiantes de felicidad a esa galería del museo donde tal vez, mirándome de frente, lograría saber si viviré. Y allí, colgado para siempre a la vista de todos, seré al fin libre y no tendré que levantar la vista para reverenciar a nadie, ni podrán preguntarme, ni amenazarme, ni me interesará ya que se salve la balsa o que desaparezca para siempre en el fondo del mar el cadáver de este pobre hombre. Y viviré resignado con mi suerte, pero libre y en paz.
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