

Le miro. Va con pantalón de mezclilla y saco gris. Bajo el brazo lleva algunos libros y unas hojas. Lo reconozco y de inmediato obtengo una percepción sobre su trabajo, sus pensamientos, de a dónde viene o a qué ha dedicado esa tarde, y esto lo sé porque conozco su trabajo como poeta, sin embargo me pregunto qué piensa la gente que lo ve, la que viaja junto a él en este vagón del metro, en esta noche.
No sé si sería conveniente que los poetas tuvieran cara de poeta. Andarían con los adjetivos en pleno rostro, con las metáforas saliendo de los bolsillos o aplastándolos en cada sentada. Y lo peor, la gente los vería de manera extraña, sin encontrarles acomodo en el mundo.
Nuevo intento.
Lo veo entrar al vagón del metro y lo reconozco, quiero gritarle: ¡Hey, poeta! pero me detengo, quiero jugar un poco a este asunto del anonimato, porque además ni siquiera creo que él me recuerde si yo lo saludo, sería largo e incomodo eso de dar explicaciones "¿recuerdas?, nos conocimos en tal parte, fulana de tal nos presentó..."
A su lado un padre y su hijo comparten el asiento y Félix los mira, le sonríe al niño, le dice alguna palabra amable, el niño le devuelve la sonrisa.
Estoy sentado frente a él y en algún momento nuestras miradas se cruzan, sabe que lo he visto decididamente, algo en él aparenta que me reconoce, y queriendo recordar aventura...
—"Tú eres..."
—"No. Tú lo eres".
Un juego estúpido de palabras.
El metro llega a la estación donde debo bajar. Me levanto. Y para crear el absurdo total, miro a la gente que está a su alrededor y señalándolo les digo en voz alta para que todos escuchen y a manera de advertencia: ¡Cuidado, ese tipo es poeta y es de los buenos!
Pude haber dicho otra cosa, pero el caso es que la gente toda de inmediato voltea a mirar a ese hombre de canas y cabello largo.
¡Bien! Salgo del vagón y me alejo sabiendo que lo dejé con la tarea. Ahora deberá comportarse como poeta, sentarse como poeta, mirar, sonreír, levantarse y caminar como poeta. Lo he dejado con una responsabilidad tremenda, grande, enorme. ¿Cómo será el resto de su trayecto en ese vagón de metro?
No lo sabré. Yo salgo a la noche capitalina en ciudad de México y me alejo recordando uno de sus poemas leído años atrás.
Bajo esta llovizna
en medio de este frío
entre estas calles anchas y arboladas
brillantes por el asfalto negro
¿se habrá de detener tu corazón?
¿Se detendrá tu corazón dentro del Gran valle?
¿Regresarás a la patria convertido en una bolsita de cenizas?
Se llama Félix Viera, es cubano, nació en Santa Clara un 19 de agosto de 1945. No lo he visto muchas veces, mentiría, acaso esta sea la quinta ocasión, pero alguna vez alguien me dio sus poemas y me gustaron. Así que una tarde de octubre voy a buscarle para decirle que quiero tener un poemario suyo, porque no sé dónde diablos están publicados sus libros y que por lo tanto no los puedo conseguir.
En el centro cultural José Martí, en ciudad de México, todo es contradicción. Félix ha huido de cuba precisamente por su percepción de lo que fue o es la revolución cubana, se caga en Fidel Castro y esas cosas, y curiosamente da clases en un centro llamado José Martí y el día que llego a visitarle hay una exposición fotográfica y de poemas sobre el Ché Guevara a 40 años de su muerte.
Espío por la rendija de la puerta y veo a Félix tener clase con sus alumnos, la cual inicia puntualmente a las 6 de la tarde de cada viernes.
El centro cultural José Martí está saliendo de la estación Hidalgo, una zona muy céntrica en ciudad de México, a un costado de la Alameda Central.
Terminando la clase me acerco y le digo que vengo a por él para llevarlo a cenar o a tomar un café, y el cabroncete me dice que lo siente que apenas tiene cinco minutos.
—Bueno, te invito un café de cinco minutos —reviro.
—Pero debo marchar. Voy hasta el metro Zapata.
—Te acompaño hasta esa estación, o a donde vayas —le contrapropongo.
¡O sea, este cabrón será muy poeta pero no se me va a ir así de fácil!
Lo piensa un poco, se rasca la sien y dice que de acuerdo, pero que debe hacer una llamada por teléfono. Y entonces se encamina a las oficinas del centro cultural y se sienta a platicar por teléfono los diez minutos que supuestamente apenas tenía para dedicarme.
Está bien, me digo, él es el poeta y yo soy el que busca sus poemas.
Termina su llamada telefónica y Félix sale de la oficina, abrumado, me cuenta que la noche anterior un amigo suyo, poeta, de apellido Victoria, se ha suicidado, en Miami.
Sin palabras.
Caminamos por la pequeña alameda hasta la boca del metro y le digo que en realidad lo que quiero es tener sus poemas, inencontrables.
De acuerdo, me los enviará. Anota mi correo electrónico.
La ciudad se ha puesto oscura y un poeta de pelo canoso, saco gris, cruza los torniquetes del metro en la estación Hidalgo y desaparece.
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