

La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos, las pesquisas, los atardeceres perpetuos en el desierto, los terrones sueltos, los chistes macabros, la filosofía, los cementerios olvidados, los terrenos baldíos que integran el universo del libro? ¿Cómo llevar los crímenes de Sonora al teatro? Cinco horas toma a los once actores dirigidos por Álex Rigola (en un trabajo conjunto con el dramaturgo Pablo Ley) componer este espectáculo que recoge la esencia de la novela y la presenta en cinco partes autónomas, aunque perfectamente encajadas unas con otras. La historia de los cuatro académicos europeos obsesionados con la obra literaria del misterioso Benno von Archimboldi, que cruzan el Atlántico en su búsqueda y se topan con las escabrosas muertes de mujeres en Sonora, es llevada a escena en detalle, punto por punto, con una fidelidad a ratos extrema respecto del original. Aunque la obra deja fuera innumerables pasajes del libro, logra transmitir algo que está en el original y que va más allá de las palabras: el concepto del mal. El tono de la fatalidad. La fragilísima línea que va del humor al horror. Son cerca de cuarenta personajes repartidos en los cinco partes: la de los críticos, la de Amalfitano, la de Fate, la de los crímenes y la de Archimboldi.
En la primera parte los críticos archimboldianos cuentan las impresiones de uno y de otro acerca del admirado autor. Mientras relatan las experiencias de cada cual en tercera persona, toman apuntes en una pantalla que luego sirve de proyector de imágenes del destino final: Ciudad Juárez/Santa Teresa. En la parte de Amalfitano (un profesor de filosofía chileno que vive en Santa Teresa) ya la muerte ronda en las escenas que a ratos parecen sueños o alucinaciones del protagonista: mientras Amalfitano cuelga un libro de un cordel en el patio de su casa, escucha la voz de su padre muerto que le advierte sobre los asesinatos cometidos a la vuelta de la esquina. Y el hombre concluye: "En esta ciudad están pasando cosas mucho más terribles que colgar un libro de un cordel". En la parte de Fate (un periodista afroamericano que llega a Sonora para cubrir una pelea de box) el tono se vuelve inquietantemente festivo. Ocho personajes apilados en un estrecho cubículo beben, hablan, se turnan el micrófono, discuten. Sobre el cubículo una pantalla proyecta las imágenes grabadas de lo que está ocurriendo ahí abajo, en vivo y en caliente: la incontinencia, el baile al ritmo de Daddy Yankee, los golpes, el peligro. Ya se huele el espanto, aunque aún no le veamos la cara. "Nos hemos acostumbrado a la muerte", admite alguien. Y las cartas ya están echadas. En la parte de los crímenes se diría que el montaje entra de lleno en el ojo del mal. El ser humano y el mal. Latinoamérica y el mal. Los meros machos y el mal. Cinco policías bromean frente al cadáver de una de las más de trescientas mujeres asesinadas en Sonora. La escena es algo recargada y explícita, pero logra sacudir al espectador. Chistes y más chistes de una misoginia descomedida. Aparecen las especulaciones, el sospechoso encarcelado, los posibles hilos de esta historia demencial. Y en la parte de Archimboldi, la última de 2666, ya todo se desgrana. ¿Qué movió al enigmático escritor a esta ciudad? Las imágenes de los principales horrores del siglo veinte acompañan el desenlace de la trama. Los nazis, la guerra, el abuso, la podredumbre. "Sólo la poesía está a salvo", dice por ahí un personaje. Y uno se queda pensando en las muertes en escena; en la muerte tácita que atraviesa el libro, que atraviesa el edificio monumental de esta obra. Y en la gran pérdida que sigue siendo la propia muerte de Roberto Bolaño.
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Uriel
Quesada
Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
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Amir
Valle
Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
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Alejandra
Costamagna
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Elidio la torre
lagares
Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
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Edmundo
Paz Soldán
La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
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Ladislao
Aguado
Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.
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León
de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...