

Imperceptibles, pero irrevocables, han sido los cambios ocurridos en la televisión chilena en los últimos cuatro años. Es una fortuna poder asistir a este proceso, porque no se exagera al afirmar que compromete la democracia, la libertad y la conciencia nacionales. Han sido cuatro años en los que, además, Chile ha cambiado algunas de sus costumbres. Y si me lo permiten, no exagero si declaro que esto es, realmente, lo fundamental.
En general, puede considerarse la televisión como una entidad joven, pues la pluralidad de canales, sus exploraciones y propuestas, y su auténtico desarrollo tiene menos edad que el victorioso plebiscito del No. Los dos canales ancestrales, TVN y UCTV (Televisión Nacional y Universidad Católica Televisión), nacen para empezar la década de los setenta del siglo pasado, mientras Mega (Megavisión) enciende cámaras en 1990 y Red (Red Televisión) en 1995.
A veces podría parecer exagerado pedirle más a un medio de comunicación adolescente, que aún va, de tumbo en tumbo, en busca de su propia voz. Pedirle más contenidos culturales, más lenguaje, más y mejor creación y más y mejores producciones propias, es tema para otro momento. Por eso, el camino que le queda por recorrer es todavía largo, no obstante los bríos que ha tenido.
Uno de los pasos hacia delante, a mi juicio significativo, consistió en ampliar la oferta informativa y noticiosa, lo cual comenzó a ocurrir en el 2004 cuando las transmisiones dieron inicio a las 6:00 de la mañana. Hasta ese instante, a la audiencia se le ofrecían los logosímbolos de identificación de los respectivos canales. Y lo más vanguardista eran los videos musicales de TVN, con una voz en off que, de manera intermitente, acotaba un gracejo con voz de huaso, o leía un titular de la prensa.
Increíblemente, eso era lo que tenía en las pantallas de sus televisores, un país que se preciaba de pertenecer al exclusivo club de los pesos pesados del primer mundo.
Era como decir que TVN, el canal del Estado, por cierto, le llevaba la delantera a los demás canales que iniciaban su programación más tarde.
Y resulta destacable que, sin anuncios, sin publicidad, sin réditos de la jugada, Chilevisión empezó a las 6:00 de la mañana a competir con TVN. Lo hizo con un espacio en vivo, presentado por el periodista Álvaro Sanhueza. Combinaba noticias y ácidos comentarios de su cosecha, acompañado de un hippie desdentado, con atuendo de vendedor de electrodomésticos, puerta a puerta, tan característico de las películas estadounidenses de mediados del siglo XX. Apoyados en una escenografía visiblemente de cartón pintado, ponían un toque de humor a ese momento en que las personas despiertan y comienzan a transformarse en ciudadanos.
Entre tanto, en la pantalla de Red se podía ver el logosímbolo de su óvalo amarillo, y en la de Mega una botella de agua mineral Benedictino. Ni siquiera música ponían a esa hora.
Muy temprano, hacia las 6:30 de la mañana, Chilevisión siguió siendo innovador, y puso al aire la primera emisión de su noticiero, presentado por el periodista Alejandro Guiller, a la sazón Director de noticias del canal. Dicho entre paréntesis, cuando éste decidió ser candidato a la Presidencia del Colegio de Periodistas de Chile, lo reemplazó la periodista Macarena Pizarro, quien sigue actualmente presentado esa franja de noticias en Chilevisión.
Con esto, pues, se fue encontrando la teleaudiencia a esa hora, a mediados del 2004. Pero pocas semanas después irrumpió UCTV. El espacio lo conducía el periodista Carlos Zárate, y lo acompañaban Eduardo Fuentes y Andrea Hoffman. Ésta pareja era el equivalente del hippie de Chilevisión y de la voz del huaso gracioso de TVN, poniéndole un toque de humor.
Lo que siguió, unos meses más tarde, era de esperarse. Mega, después de beberse su Benedictino, prendió también baterías a las 6:00 de la mañana, con el periodista José Luis Repenning, y otro tanto añadió Red. Desde luego, TVN entró en el juego de los informativos y las noticias tempraneras, tras suspender sus videos musicales.
¡Nadie imaginaría, hace apenas un lustro, que la televisión tendría semejante cambio! Se pasó de una pantalla estática, silenciosa, muerta, a una algarabía de mercado público, al ofertar una gama de opciones informativas y noticiosas.
En este momento, el país comienza a ser informado por la televisión desde las 6:00 de la mañana. A esta hora, hay cámaras y reporteros en las calles, informes de tránsito, predicciones climáticas, agendas previstas para el día, reacciones a los hechos político o judiciales del día anterior.
¡Despertó a la vida la televisión chilena!
La oferta informativa se amplió, en beneficio de la audiencia, ni más ni menos. Pero también, en beneficio de la conciencia nacional. La teleaudiencia —y evito la expresión "auditor", porque éste designa, más directamente, a quien "realiza revisiones de contabilidad de una empresa o sociedad"— tiene hoy, al menos, cuatro opciones para estar informada.
En este sentido es que cuenta el paso imperceptible —y quizás para algunos intrascendente— que ha dado la televisión en los últimos cuatro años, porque resulta ser de una dimensión tal, que la gente tiene más libertad para informarse.
Y esto, sin duda, es un hecho no menor.
El que las noticias resulten casi las mismas, los enfoques casi los mismos y el lenguaje —empobrecido— casi el mismo, es asunto de otro momento, y no éste. Las diferencias se centran, prácticamente, en los presentadores. Pero no hay duda alguna en que tener más información y más noticias ofrece mayor capacidad de raciocinio, y más elementos de evaluación del entorno y la existencia misma. La intensidad noticiosa se profundizó, tanto como la disponibilidad que ahora tienen los televidentes de elegir sintonizar uno canal u otro.
Cabe aquí, con entera precisión, el slogan de una radio que se adjudicó la titularidad de toda "la radio" chilena, según el cual "no puede tener opinión" el que no esté informado. Un slogan de Perogrullo, pero que para los efectos de estas líneas ayuda a graficar la necesidad básica que tienen los habitantes del mundo contemporáneo.
Se trata de una mayor oferta informativa y noticiosa. De una mayor disponibilidad de elección en manos de la gente. Este tipo de derechos, fortalecen, quiérase o no, la democracia y la libertad. Y también la conciencia del "quiénes somos", cuestionada a partir del "qué ocurre", "quiénes lo protagonizan" y "dónde".
Desde el punto de vista social, las consecuencias de la ampliación del horario hace ciudadanos mejor informados, más aptos y dispuestos a asumirse dentro del contexto histórico nacional y global que correspondió vivir.
El mayor o menor desarrollo de los medios de comunicación permite determinar la clase de sociedad en la que actúan. Los valores humanos se transforman, sin duda, al transformarse la manera como los poseedores de esos valores se comunican. Sin embargo, más allá de la ecuación que se pueda construir desde los cambios en la manera de cómo se comunica una sociedad, está el insoslayable factor económico.Los canales de televisión son empresas con ánimo de lucro. Curiosamente, dentro de esta misma definición, cabe el canal del Estado, TVN, cuya misión pareciera ser otra distinta a la de competir, de tú a tú, con la empresa privada. Asunto éste que soporta un análisis complementario en otra ocasión oportuna. Porque lo que cuenta por ahora, a efecto de esta labor de amanuense historiográfico del devenir de la televisión, es la posibilidad de rentar. Una posibilidad de rentar aparejada con la mayor oferta informativa. O derivada de ésta.
Es decir, no solamente se extendió el tiempo (horas/día) de información y noticias, dentro de las parrillas programáticas de los cuatro canales nacionales, sino que ese mismo tiempo (horas/día) permitió incluir elementos de rentabilidad como la publicidad matutina. Habiéndole disputado audiencia a la radio, ¿por qué no lucrar con ello? Por lo demás, una pregunta legítima, con una respuesta, obvia y legítima. Sí, se puede lucrar con ello.
Podía aprovecharse la nueva costumbre de Chile de acudir por más noticias e información. Desde luego, porque la gente podía sentirse –y estar– acompañada mientras se alistaba para ir a trabajar. Y esto, ¡vaya!, cuesta.
El fortín que era de la radio este espacio desde las 6:00 de la mañana, desde el 2004 la televisión entró a disputarlo. O sea, un medio frío ganándole audiencia a un medio caliente.
Pese a que no llevemos la descripción del proceso histórico hasta el detalle de la casuística, son pertinentes varias preguntas sucesivas.
¿Es útil toda esa información? ¿Son útiles todas esas noticias? Además de informar, ¿la televisión debe entretener y enseñar? ¿Tiene la televisión una responsabilidad social, o simplemente es una mina de billetes? Cuestiones que podrían rebasar al observador en su propósito de dejar por escrito los acontecimientos, que es, por lo demás, la forma en que se diferencia una sociedad primitiva de una evolucionada: el paso de la tradición oral, a la tradición escrita.
Brevemente, se puede responder de esta manera: Hay noticias e informaciones útiles, y hay noticias e informaciones inútiles. Es posible que cada cual piense de una manera determinada en lo que le parezca de "utilidad", y lo que le resulte "inútil". Puede considerarse útiles, las informaciones y noticias relacionadas con el precios de los alimentos y los combustibles, las opciones de cine y teatro, los destinos turísticos, las ofertas universitarias, las novedades escolares y el transporte masivo.
Por contra, serían inútiles las noticias y las informaciones que no aportan a hacer mejor o peor mi existencia. Alguien puede pensar que resulta peyorativo hablar de informaciones y noticias "inútiles", por lo que la referencia será de informaciones y noticias "prescindibles". Así, hay muchas noticias e informaciones que entregan los noticieros de televisión que son prescindibles. (Y la definición de prescindibles la hará cada cual: de si es prescindible el bravío copucheo —entre banal e invasivo— de la farándula —que no es periodismo del espectáculo—, o si lo es la declaración del político equis o ye, o si lo es el publireportaje.)
Para hacer de abogado del diablo, no hallo de ruborizarse afirmar que, aún con todos los defectos posibles, es mejor la pluralidad, la mayor oferta noticiosa, la libertad de sintonizar este o aquel canal para informarme, y la conciencia que ya puedo tener para evaluar —y valorar— los acontecimientos que me cuentan en la pantalla, frente a los sucesos y expectativas de mi existencia de televidente.
Por eso, asumiendo las cargas que puedan considerarse negativas en la televisión y los noticieros e informativos, como el lucro —legítimo— y la utilidad —de aquello que los canales, los directores de noticias, los secretarios de prensa y los editores consideran, a su juicio, que son útiles para mí—, es categórico aceptar que el país cambió.
Y cambió el país para despertar, levantarse y echar a andar mucho más temprano, y con mayor vigor, muy distinto al macilento ritmo que habían impuestos los canales, de encender sus transmisores tarde, muy tarde, después de las 6:00 de la mañana.
Periodista colombiano residenciado en Chile. Trabajó para Radio Caracol, canal RCN y los diarios El Siglo y El Tiempo. En Chile produjo y dirigió para el canal de la Universidad de Concepción y colaboró para el diario El Sur.
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