

«En l967 (hace ya cuántos años, santo Dios) conocí a Julio Cortázar, quien acababa de llegar a La Habana para participar como jurado en el concurso Casa de las Américas. Cuando terminó nuestra primera conversación, le entregué un breve cuestionario, garrapateado a todo correr, con destino a una entrevista que pensaba publicar en alguna revista del país.
Si la memoria no me falla, al día siguiente Julio me llamó por teléfono para decirme que podíamos encontrarnos en un lugar que, después de tanto tiempo irreparable, me parece imaginario (¿acaso fue en el hotel Capri, en la Bodeguita del Medio?), y cuando estuvimos de nuevo frente a frente, me entregó su respuesta: tres cuartillas (ya amarillentas) calzada con su firma indescifrable.
Por motivos que tampoco recuerdo bien, o que tal vez no valga la pena relatarlos, la entrevista permaneció inédita mucho más allá del tiempo concebible, pero al fin se publicó, por primera vez, en l993, en la revista Plural, de México. Son obvias las razones por las cuales considero importante resucitarla para el público lector. En primer lugar, por la sorprendente vigencia del texto de Cortázar. Y en última instancia, para revivir el recuerdo de un escritor realmente excepcional.
»
JC: Casi todas las palabras que componen esta pregunta son abstractas, y aunque se comprende el sentido a que apuntan, invitan en cierto modo a formular una respuesta igualmente abstracta, es decir, completamente inútil. Prefiero situarme en un terreno concreto y decir que en este último decenio, algunos escritores latinoamericanos —muy pocos, pero muy buenos— han quebrado por fin las barreras que más obstinadamente se oponían al auténtico ingreso en nuestra propia casa. De esas barreras, la peor era el miedo, que con infinitas máscaras inhibió y condicionó buena parte de la literatura de nuestros países. Miedo a quedarse corto, miedo a no reflejar la realidad americana, miedo a que se adivinara el miedo. Un miedo muchas veces inconsciente (pero ya Freud mostró que las fuerzas más terribles de la psiquis son las que ignoramos en la vigilia); una especie de gran terror agazapado determinó durante mucho tiempo la doble equivocación de nuestras novelas: modestia del subdesarrollo cultural que acepta sus límites, o desmesura de matón de feria que dispara al aire todas las cargas. A lo largo del siglo XX, los grandes libros latinoamericanos fueron siempre excepciones casi milagrosas, hasta que en la quinta década se advirtió poco a poco una toma de posición que podría describirse como un ingreso en la naturalidad, en la literatura como un hecho ni vergonzante ni desaforado; en esa década entramos, creo, en la edad adulta de nuestras letras.
Este despertar a una condición normal, ni mejor ni peor que la de los escritores de cualquier otra literatura del mundo, no debe movernos a un optimismo exagerado, pues en nuestros países el problema no está en los autores sino en el público lector, todavía infinitamente por debajo de los niveles y cifras que vuelven viviente, activa y hermosa una literatura. Repito que un puñado de escritores acaba de ingresar a una etapa que creo fecunda; la respuesta positiva de los lectores ha sido inmediata en muchos países, como en la Argentina, donde hace quince años casi no se leía a los autores nacionales, y ahora cualquiera de éstos ve agotarse las ediciones de sus libros. Pero considerar estos signos promisorios como un a meta alcanzada sería una peligrosa ilusión: autores y lectores tienen todavía por delante una larga marcha hacia niveles más exigentes, hacia una dimensión creadora integrada en la realidad más profunda de nuestras tierras. Estoy seguro de que un día, que nosotros ya no veremos, esta etapa de nuestras letras parecerá ingenua e imperfecta; pero también estoy seguro que se reconocerá en ella ese primer movimiento, ese gesto indefinible en el que un padre descubre, un día cualquiera, que su hijo adolescente ha entrado en la hombría y echa a andar solo por la calle, con la llave de la casa en el bolsillo.
JC: Ciertamente que sí. Puedo decirlo con algún conocimiento de causa, pues fui jurado de novelas en l964, y este año la diferencia de nivel es sorprendente. Hay más y mejores novelas, hay una ganancia en todos los terrenos: riqueza imaginativa, libertad de expresión, control de los medios. Lamento irme ya de Cuba, pues nada me hubiera agradado más que llegar a conocer los nombres de muchos de esos autores, para hablar con ellos de sus libros y de sus proyectos. Si algo puedo agregar, ello se vincula con mi respuesta a la pregunta anterior: en general se advierte en los novelistas cubanos una mayor seguridad en su obra, pero a la vez les falta severidad, sentido crítico, esa despiadada vigilancia que elimina las sobras para no dejar más que lo realmente significativo. Muchas novelas excelentes en su primera parte, se desmoronan luego por exceso de entusiasmo, por seguir adelante sin respetar esa misteriosa simetría que da forma a los cuerpos vivos y a los cuerpos literarios. Las manos con ocho dedos son feas e inútiles; nos parece muy natural tener cinco dedos, pero no siempre pensamos en el fabuloso juego de equilibrios, en el orden biológico que determina esa cifra en nuestra mano. Habría que mirar largamente el ritmo vital, la morfología de una planta o de un animal, como una lección de novela o de cuento. Habría que mirarse largamente las manos antes de apoyarlas en el teclado de la máquina de escribir.
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