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Esta vez los dolores de parto comenzaron temprano, cuando aún no era la hora de retirarse a descansar y aún no se había producido el primer bostezo de Joaquín, seguido de aquel invariable:
—¡Bueno! ¡A descansar, muchachos, que ya mañana será otro día…!
Invariable, y sin efecto inmediato, pues ni él mismo ni ninguno otro parecía tomar en serio estas palabras una vez dichas. Preciso era, que volviera a decirlas un par de veces más. Entonces, sí, se levantaban todos, uno tras otro, arrastrados por la fuerza de la reiteración si no de lo que decían las palabras:
—A la tercera va la vencida —rubricaba entonces Joaquín lo dicho por él, para dejar en el aire una frase redonda como debía ser aquélla.
Y así sucedía noche tras noche, con pequeñísimas variantes que no alcanzaban a alterar el ritmo conocido.
Una vez cada cuanto, sin embargo, podía ocurrir algo semejante a lo que ahora ocurría. La parturienta vino a sacarlo todo de su ritmo más predecible para meterlo en aquel otro de cada tantas lunas, y por lo mismo, con cierto aire de novedad.
—Vamos, vieja, —le dijo Joaquín a modo de consuelo a la acongojada, como para deshacerse él mismo de su inquietud— que ya debías haberte acostumbrado…
A modo de respuesta, la parturienta se quejó largamente, con un aullido casi. (Lobuno, debió parecerle a los presentes). Los hermanos sintieron sin proponérselo no sé qué solidario afán con lo que tenía lugar, y no podía ser de su competencia, pero igual los desconcertaba. Para que no estorbaran metiendo en todas partes la mirada, el padre los echó de allí. En eso, llegó al fin Ramírez, que venía a ayudar con el parto.
Ella volvía a quejarse con redoblado brío, y el recién llegado se sintió obligado a decir aquello que ahora dijo, dirigiéndose al hombre:
—No se preocupe, compay, que aquí estoy yo.
—Y muy a tiempo que llega, cará’. Recién, y se ha puesto mala la Juanita.
Un perro ladró a la distancia, y como si se destapara una caja de ecos muy fijos, se oyeron en sucesión otros ladridos. Bientedije y Mieldeabeja, los perros de la casa, no ladraron sin embargo, a lo mejor, conscientes de lo que estaba ocurriendo muy cerca de ellos. Bientedije gruñó lo suyo entre dientes y muy por lo bajo, pero nada de incomodar a nadie con sus ladridos. Mieldeabejas pareció dulcificarse aún más hasta la punta misma de la cola.
El saco amniótico se quebró de repente y el líquido al derramarse les mojó las patas delanteras a ambos perros.
—Ya se rompió la fuente, compay —dijo Ramírez, como si el decir aquello formara parte de un repertorio de actos y palabras que se esperaran de su función y presencia allí.
Los dolores fueron en aumento, pero la parturienta ya casi había dejado de quejarse. Por ella hablaban los ojos muy dilatados y el jadeo acezante para el que la nariz no parecía alcanzarle a ventilar todo el aire que requerían sus pulmones. Experimentó un pequeño alivio cuando la masa placentaria, parecida a un molusco que tuviera vida propia salió de sí, arrastrando hacia fuera un amasijo retorcido sobre sí mismo que debía tratarse del cordón umbilical. Tras él venían en sucesión, como si formaran un todo larval —un acordeón de carne y hueso— los ocho cochinitos.
—Ocho —anunció Ramírez como si sólo él pudiera verlo—. Ya lo decía yo que eran ocho por lo menos. Con esa barriga de la Juanita no podía ser para menos…
Joaquín observó entonces lo pega’os que estaban unos de otros, como si no quisieran separarse por nada de este mundo.
—Ocho, y siemeses, compay —volvió a hablar Ramírez. Los lechones gruñían a la vez, sin poder separarse, tal vez, sin quererlo—. ¡De pulmones están bien!
La mirada ensombrecida de Joaquín se había posado en Ramírez, en busca de confirmaciones. Los cerditos cupieron con holgura en las manos de éste, que los alzó hasta la mesa donde estudió lo que debía hacerse.
—No es nada grave grave. Digo, nada que no pueda remediarse. —En esos momentos Ramírez reparó en que uno de los pliegues del acordeón se había sumido en el silencio, o bien desde el comienzo había permanecido mudo—. Hay que separarlos enseguida, compay.
La madre de los cochinitos se había puesto de pie, y contraria a la que antes había sido siempre su actitud, no pareció interesarse de inmediato por los recién nacidos. Le dolían las entrañas aún, y apenas si con el parto se alivió algo de aquella sensación agobiante de acarrear un peso extraordinario. El corte era superficial —se congratuló Ramírez— y debía comenzarse por aquél que, al final de la reata de lechones, no se movía. Joaquín se apoderó de él y le cerró los ojos, que tenía azules, de un azul semejante a los suyos, y lo enterró en algún lugar de la estancia, envuelto en un paño blanco que halló en una gaveta del armario.
En poco tiempo, cundió la noticia del alumbramiento entre los vecinos de la comarca.
—Lindo’stan lo’ condena’o…
—Saben má’ de lo que le’ han enseña’o
Seis tetas tenía la madre, pero pronto se vio que el séptimo de los lechoncitos prefería el biberón con leche de vaca, a mamar de alguna teta sobajeada con fruición por sus hermanos hembras y machos. Como era toda muy blanca y tenía las cerdas blandas como copo de algodón, Joaquín no supo qué nombre darle que hiciera honor a todas sus cualidades.
—¿Motica? —pensó—. ¡A lo mejor Sol!
Y al cabo, para no hacer merma de ninguna dejó lo del nombre para cuando se le ocurriera alguno que lo dejara contento.
***
—¿Cómo va la cría, Joaquín?—le preguntaban todos al verlo asomar por la tienda que había sido del gallego Evelio, o al acercarse a la fonda quefuera de Severina. Y él se sentía el más dichoso de los hombres de responder que bien, que ahí estaban, lo más lindo’ el mundo; creciendo que era un gusto ver
Esto decía, sin sospechar siquiera que ya de boca de Cipriano Alcántarase había desprendido en más de una ocasión un como vaho hediondo que ponía herrumbrosos los metales y preparaba el camino para una siembra de hongos venéficos, cuyas esporas todo lo emponzoñaban con su pátina gris.
***
—El chisme e’ cosa’e vieja —dijo tajante don Olegario Cintra, cortando por lo sano aquel brollo que intentaba desenrollarse en su presencia. Pero fue uno solo. El aburrimiento, o la flojera de muchos, o quién sabe cuántas cosas más, que siempre se juntan y prosperan para hacer lo suyo, le dieron curso franco a aquel ovillo
—Pa’ mí que ésas son habladurías… Bolas…
—Dicen las malas lenguas, sacando la mía del cuento, que al compay Joaquín le gustan con locura los cochinitos.
Hubo algunas risitas entre los reunidos. Toses que delataban algún nervio. Carraspeos inciertos. Pero la presencia imponente de don Olegario todavía consiguió imponer algún recato al asunto.
Otra vez, sin embargo, en un lugar cualquiera se volvía al tema. Ya se iba instalando en la costumbre de la gente. Joaquín Fundora, por otra parte, se les iba desdibujando, o haciéndoseles de otra estofa:
—Pueblo chiquito, infierno grande: ya lo dice el refrán —dijo todavía doña Carmen—. A mí, me pue’n despellejar to’ lo que quieran. Que yo sí que soy dura de pelar en cantidá. ¿De mí qué es lo que van a decir?
Sin embargo, en esas mismas frases se deslizaba (de modo que ni ella hubiera sido capaz de colegir) una cierta duda respecto al sujeto, o se le endilgaba vagamente una respon-sabilidad o culpa sin precisar, pero de otro modo ahí —eviden-te— que debía hacer vulnerable a aquél a quien se desollaba en público y a sus espaldas.
Los más chismosos eran los hombres —no todos, era verdad—, pese a eso que se decía siempre de que el chisme era cosa de comadres. Naturalmente que el mujerío también aportaba lo suyo.
***
—¿Y cómo va esa cría, Joaquín?
***
Juanita pronto destetó a sus lechones —aparentemente, sin amor por los hijos— y Joaquín tuvo que vérselas con un mundo de biberones con los que alimentar a los animalitos. Suerte que entonces aún no escaseaba la leche como ocurrió algo después.
—La trastornó el parto —dijo Joaquín en defensa de la madre, cuando intentaron restarle méritos en presencia suya. No se percató de aquel brillo de socarrona picardía, que se agaza-paba en los ojos de alguno cual si se tratara de las puntas aceradas de unas flechas que se aprestaban a herirle traicione-ramente—. Mi juanita e’ güena mae: lo que pasa es que el parto le trastornó el seso. Así pasa. Eso mesmitico dice Miguel Ramírez, que de estas cosas sabe más que naiden.
—¿Y a quién se van pareciendo ya los cochinitos, Joaquín? ¿Alguna seña particular?
En ese momento, Severina plantó delante de Joaquín Fundora un plato en el que flotaban unos trozos menudos de carne muy magra.
—La sopa de vaca, Joaquín, como a usté le gusta, con sustancia. Yo mismitica se la hice.
—La mar de gracia’ comay Severina… Vea que se agra-dece. ¡Se agradece en cantidad, sí señor!
***
Para el infinito desconsuelo de Joaquín, la Juanita se puso mal algún tiempo después del parto, y ya no volvió a recobrarse más. Pasaba la mayor parte del día tendida sobre un lecho de ramas y hojas muy mullido, que Joaquín le renovaba diligente-mente. Porque no se levantaba siquiera para comer, Joaquín le acercaba el caso de madera con viandas suculentas. Las había cosido hasta convertirlas en una papilla fácil de tragar. Con dulce paciencia, el hombre se ponía de rodillas junto a la enferma y, alzándole la cabeza de modo que pudiera descansar sobre sus muslos, hacía tragar a la Juanita cucharada tras cucharada del alimento.
Los peones de la finca decían entre sí que Joaquín lo que sentía por Juanita era adoración. Y no habría podido saberse a estas alturas si había un algo de ironía en lo que decían, ahora que el estado de Juanita y la genuina preocupación en la que parecía consumirse Joaquín, lograban conmoverlos nuevamente. Otra cosa ocurría en los predios ajenos a la finca.
—Dicen que el compay Joaquín anda de lo más atribula’o
—Eso se dice, sí. Que y que no le alcanza el desvelo pa’ cuidar de la puerquita.
Y alguno, queriendo hacer trocha por derecho, aventuró:
—Dizque endende que la Juanita se puso mala, anda el compay Joaquín con el rabo entre las piernas…
Hubo risas, suscitadas por aquello.
—Eso… que antes de la desgracia de la puerquita era otra cosa…
—Bien mira’o pue’ que hasta haiga su mérito en eso de ser un buen verraco.
Ahora todos reían sin disimulos.
—Lo que son las cosas. ¡Y dipué haiga quien diga que los animalito’ no son igual que la gente!
***
Cuando murió la Juanita se comentó en el pueblo con picardía:
—El compay Joaquín no tiene suerte… Primero se le va la comay Rebeca, y en cosa de dos meses, la Juanita… ¡Perdonando la comparanza! Onque yo creo que no ha de ser demasiá la diferencia.
—¡Caray! ¡Caray! Viudo, y ahora sin el consuelo de su Juanita.
—¡Lo del compay Joaquín por la puerquita, era delirio, según dicen!
***
Joaquín enterró a la Juanita próxima al lugar donde antes había sepultado al cerdito que nació muerto.
—Vea y que al compay, su pérdida lo ha de ‘ber trastornao… Se dice que y que a la puerquita quería enterrarla en el cementerio como a cualquier cristiano…
—¡Hay que ver lo que el cariño ciega!
—Y dicen que el compay está empeña’o y dispuesto a to’
—¡Un hombre enamora’o es capaz de cualquier locura!
Las mujeres hablaban de un verdadero desperdicio, porque a juicio de las más lengüisueltas no estaría mal para marido el compay, según se decía de él que había sido dotado con largueza en salva sea la parte, que todas adivinaban sin dificultad.
—Según cuentan, la difunta Rebeca que en paz descanse, no se quejaba de escasez.
—Tres son las muestras y con todas cumple: nariz, pies y manos.
—Cuentos son esos… Que por esas señas más de una se ha lleva’o su desencanto.
—Pues ya dicen, que el caballo grande, ande o no ande.
—Eso lo dirán algunas, que pa’ mí lo que cuenta es la vergüenza del hombre. Y de ésa es de la que no parece tener el fulano, si como se dice… Aunque también es verdad que la gente habla por hablar.
—Cuando el río suena: su piedra y quién sabe arrastra.
—Mala cosa es ésa, de sacar siempre a la gente por los refranes y los dichos que se dicen. No pue’ ‘star bien eso de sacarle a la gente la tira ’el pellejo.
—Ave María, mujer, en algo hay que entretenerse. Contimás que en este pueblo no hay entretensión de ninguna clase, como hay en otra’ parte’.
—Pues tampoco la había antes y ya tú ves que nunca…
—Pues sí, pero es que los tiempos cambean.
—La culpa de to’ la tiene el alfabetismo ése que le quieren meter a una hasta por losojo.
***
Cipriano Alcántara regresó de algún lugar remoto, al cabo de dos meses de ausencia. Volvió con aires de persona muy enterada. Podía notarse en su modo de andar, que el pavimento le quedaba escaso.
—Ave María purísima, compay, dichoso’ lo’ojo’… Deisde que se golvió importante ya casi ni la sombra se deja ver.
Ahora vestía siempre de azul y verde, e iba tocado con una boina negra de lana, de la que colgaban sellitos de metal, insignias.
—Ése, desde que volvió, parece que duerme con el trajecito puesto. No se lo quita ni pa’ aliviarse.
—No es traje, mujer, que es uniforme.
—Hola, Cipriano… ¿Cómo sigue su muchachita? ¡Cocimiento de manzanilla con ruda! ¡No hay nada como eso!
A la cintura, un revólver imponente.
—¡Debe pesarle un quintal!
—¡Alaba’o! Ni que fuera una pieza de artillería, mujer.
—Dicen que lo de la criatura es malo.
—¡Daño ha de ser!
—Daño u otra cosa más peor. ¿Quién le iba a querer hacer daño a una inocente?
—Por la criatura a lo mejor no —aunque pa’ to’ se preste el mal si hay y quien lo haga— sino por el pa’e que no se merece la inocente.
—Cada perro tiene la sarna que se busca.
—Pa’ esa tiña ento’avía no ha llega’o la uña que encargaron. Acuérdate bien de lo que le hizo a Zamorano, que fue con él más que su padrino: un padre en to’a la extensión de la palabra.
—¿Y lo de Margarita Rubino, de más atrás? ¡Prometía, engañá’, dispuesta… y con tres palmos de narices!
—Verda’ es ésa que no se pue’ negar. Menos mal que la pobre tuvo suerte y se encontró al bueno de Tiguabos que le hiciera el favor.
—Bien que lo dice el refrán: "favor con favor se paga", porque lo de Margarita es adoración por el marido.
Cipriano volvió a cruzar el parque casi desierto como si hiciera la ronda. El cuero de las botas crujía con sus pisadas.
—Ahí guelve ése con cara de quien me pise el cayo…
—Pues no seré yo ésa. Mucha sonrisa y mucha coba, que cuando la basura está en alza, lo mejor es no tocarla.
—Ni pa’ acá miró
—Mejor, así se evita una el olor.
—¿Y en qué andará?
—Desde que golvió de no sé dónde, anda detrás de la enfermedá’ ésa, como el puerco detrás del vabiney. ¡Un fanguito aquí…! ¡Una porqueriita allá! Hasta volverlo to’ un revolcadero inmundo. Y luego no hay más que jociquear y revolcarse.
—¡Ah! Ya decía yo… Ahora caigo en la cuenta. Creía que eso de la enfermedá lo decías por la muchachita.
—¡Ay, mujer! ¡Siempre estás en la luna!…
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