

Este 22 de febrero se cumplen tres años de que Guillermo Cabrera Infante dio el gran salto, de que cruzó el inevitable umbral que separa la llamada realidad aparencial del ámbito plurivalente de la memoria. A partir de ese mismo instante su obra se disparó hacia la eternidad, sólo que también desde entonces su persona parece haberse extraviado para siempre. Ahora podemos leer a Cabrera Infante con la absoluta certeza de que empieza a ser un clásico, pero cada día se hace más aguda la sospecha de que no volveremos a conversar con Guillermito. Hasta nuevo aviso no queda más remedio que intentar recordarlo.
Soñar, para mí, es la mejor manera de recordar; y quizá a ello se deba que en estos tres años he soñado muy a menudo con Guillermo Cabrera Infante, con GCI, con G. Caín —esos tres tristes tigres transfigurados ahora por el recuerdo—, y hasta con el Estrungundrán e incluso con el Reporter Sesos, éste último un tigrillo difunto más antiguo que sólo conocí de nombre (mejor, de sobrenombre). Después de todo, soñar con tigres es bueno: te puedes dar el gustazo de tropezarte con Guillermo todavía lampiño al timón de su Nash blanco descapotable para sólo dos pasajeros y emprender un larguísimo recorrido por una iluminada Habana de noche que hace más de cuarenta años dejó de existir. La ciudad perdida se rescata gracias a la magia del sueño, aunque más por las encantadas palabras del escritor que por las borrosas imágenes de la memoria.
En más de una ocasión le escuché decir a Guillermito que "la muerte es la Gran Bulldozer de la Historia" —las mayúsculas son mías, con la intención de mostrar gráficamente el énfasis del comentario—, para tras una breve pausa muy intencionada, añadir: "es lo único que de un modo u otro iguala a todos los hombres". Nunca supe si la declaración era una simple broma o escondía un ejercicio intelectual más trascendente. Pero lo que sí sé a ciencia cierta, porque lo soñé, es que G. Caín no estaba de acuerdo con su alter ego, o viceversa; el propio Caín en persona —me refiero al muñequito dibujado por Sergio Ruiz para ilustrar Un oficio del siglo XX—, se me apareció la otra tarde, mientras dormía una inusual siesta, para dejar constancia de su más enérgica protesta contra "esa metáfora constructivista", pues en su opinión la muerte podrá igualar a todos los hombres, pero solamente podría igualar a las mujeres nacidas A.C. (Antes del Cine). Palabras finales del cronista cinematográfico: "Esos rostros y esos cuerpos divinos de las mujeres de la pantalla serán eternamente únicos por los siglos de los siglos...". Ah, men!, fue todo lo que se me ocurrió pensar al despertar ese atardecer en Miami.
Guillermo Cabrera Infante practicó la parodia, con máximo desenfreno y ningún pundonor, desde su más tierna infancia: a los 16 o 17 años, según propia confesión, se hacía llamar el Reporter Sesos en un magazín estudiantil, y su lema de combate era "el último con las primeras". Se trataba de una parodia de El reporter Esso, el primero con las últimas, un suplemento informativo que transmitía la radio cubana de esa época. Nunca vi a Sesos, el Reporter, y la única vez que soñé con él me aseguró que le habría gustado mucho más ser el Resorte Sexo, sin poner a discusión si era el primero con las primeras o el último con las últimas.
También he disfrutado mis veladas oníricas con el Estrungundán —si alguien sabe el significado exacto de la palabrita, pido el favor de comunicarlo al lector más cercano: no soy bueno para explicar términos filosóficos. Este fugaz tigre sólo lanzó tres o cuatro zarpazos en el semanario humorístico El pitirre, pero cada uno de ellos dejó memorables cicatrices que, es de lamentar, todavía nadie se haya decidido a rescatar del olvido. Basta un ejemplo: según el Estrungundán el verdadero autor de Las tres hermanas no fue Antón Chéjov, sino José Martí, a juzgar por aquellos versos metereológicos donde se anuncia: "Hay sol bueno y mar de espuma/ y Arena, Fina y Pilar... "Lo único que le resultaba extraño al Esttrungundán era aceptar que existiera un padre cubano capaz de escoger para la mayor de sus tres hijas un nombre tan húmedo, liviano y molesto como Arena.
Una noche soñé que recibía, desde Bruselas, una mísiva firmada por GCI. Decía así: "Estoy cansado de escribir cartas a tontos y a locas". Uno de los tontos, sin duda, era yo. Entre las locas me imagino que podrían estar Virgilio Piñera, Antón Arrufat, Néstor Almendros, Natalio Galán y hasta José Lezama Lima y Pablo Armando Fernández, quién sabe. Me di cuenta enseguida que la escueta epístola era una múltiple parodia de la despedida: de Bruselas, exceptuando una breve y angustiosa estancia en La Habana por la muerte de su madre, Guillermo no regresaría más a la isla; como saludo final insultaba a sus viejos amigos, según recomienda la etiqueta; y por último le subía la parada a George Bernard Shaw (Show, habría dicho él), no sólo trasmutando a Guillermo Cabrera Infante en GCI sino además a Tres tristes tigres en TTT. Una suerte de adiós a las almas.
Mi último sueño con tigres es tal vez el más complejo de relatar, sin duda porque tenía como figura protanica a Shorty Giraldino... ¿Quién es ese tal Giraldino? Nadie lo supo nunca, ni siquiera el mismo Guillermo, que no se cansaba de citarlo en cualquier conversación. Shorty Giraldino fue el hombre que un día se tropezó con un niño que jugaba a las bolas en la calle y, tras un breve vistazo, le recomendó a sus padres que le compraran de inmediato un piano... o un clavicorodio, no sé. El niño se llamaba Wolfang Amadeus Mozart. Bajito y panzudo, Shorty no sólo poseía el don de la presciencia y la ubicuidad, sino que además había estado presente en todos y cada uno de los momentos cumbres de la Historia del Hombre, así con mayúsculas porque yo soy adicto a magnificarlo todo. De manera que para mí resultó un tanto perturbador ese sueño en que lo veía —de espaldas, claro: jamás dio la cara— en la redacción de Lunes de Revolución, donde también veía a Calvert Casey, Virgilio Piñera, Rine Leal, Heberto Padilla, Ricardo Vigón y a dos o tres más que no logré identificar, con sus rostros definitivamente apacibles aunque también definitivamente muertos, sentados alrededor de una mesa. Fue entonces que Giraldino dijo: "Por favor, que alguien acerque otra silla". Y me pareció ver en el sueño la sombra de un viejo y majestuoso tigre cruzando el umbral de la puerta.
Soñar con tigres es bueno. Lo malo es cuando uno despierta.
Escritor y periodista cubano, residente en Estados Unidos.
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