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ISLAS
Una vez en los tiempos remotos, el fondo tembló con poderío y todo el mar quedó inundado por una sola ola, tan alta como el campanario de la iglesia de San Pedro. Había venido de las profundidades de abajo y se explayó de costa a costa. Derrumbó muchas orillas y construyó nuevamente muchos lugares. En algunas partes se formaron las bahías en las que hoy vive la gente, y en otras surgieron las rocas en las que hoy anidan las gaviotas, las palomas de roca, las pardelas y los somorgujos y las pequeñas golondrinas de mar.
En medio del mismo mar se formó, tan pronto como se apaciguaron el terremoto y la ola, una grieta en el fondo. De la grieta prorrumpió una llama afrentándose al agua. Detrás de la llama apareció una masa de fuego procedente del centro de la Tierra y comezó a brotar como en ebullición. Entre el estruendo del trueno y los silbos del chirrido, atravesó la superficie del mar irrumpiendo en el aire como si el agua y el fuego la hubieran expulsado de su combate. Estalló hacia el cielo y explotó hacia lo lejos, hacia todas partes, y al cabo de un tiempo, inició su vuelta en descenso, y así chocaba contra el mar como una candente lluvia de piedra, circular y alejada del centro de la irrupción. Y, en el centro, una masa negra rodó desde el fondo del mar, derramándose por encima de sí misma, enroscándose alrededor de sus propios tentáculos, amontonándose y derrrumbándose, agrietándose y aglutinándose, creciendo y despeñándose, hasta que el mar la enfrió tanto que endureció y se calmó aunque quedó despidiendo humo durante mucho más tiempo.
«¿Cómo aparecieron las islas?», preguntó Piacun. Estaban sentados, Sebald y él, en los amarraderos y no se veía un alma excepto ellos.
«Los dioses de antaño las sembraron por el mar para que pudieran servir de salvamento de los náufragos», le dijo Sebald.
«¿Pero antes – antes de que existieran los náufragos?»
«Las islas de antes se formaron de las numerosas lunas que en aquel entonces rondaron la Tierra», le dijo Sebald.
«¿Qué lunas? ¿Han caído a la tierra?»
«Antes había muchas lunas alrededor de la Tierra –continuó Sebald–, pero un día empezaron a descomponerse y caerse a pedazos a la tierra, y así aparecieron las primeras islas».
«Las primeras. ¿Y las últimas?»
«Las últimas nacieron de la misma Tierra. Surgieron de su vientre.»
«¿Cómo, de dónde, a través de qué?», se empeñó Piacun.
«Con dificultad. En los dolores del parto. Desde el útero. A través del pipi.»
«¿Qué pipi?», casi resolló Piacun.
«Ya lo sabes – como el que tienen las mujeres», dijo Sebald.
«¿Esto significa que las mujeres paren a las islas?»
«Islas o hijos. ¿No oyes que suena algo parecido?»
«¿Entonces cada hijo es como una isla?»
«Cada hombre es una isla», dijo Sebald.
«Pero por cada isla anda también más gente», dijo Piacun.
«Y se van. Y vienen», dijo Sebald, con más inseguridad que antes.
Desde su amarradero miraba hacia el Ombligo del mar aunque no lo podía ver porque estaba detrás de un cabo.
Mientras Sebald y Piacun hablaban, un mero salió de su grieta volcánica, donde vivía, debajo del Ombligo del mundo.
Era un mero grande, uno de los últimos de ese tamaño, pesado y grueso, y al posar en el saliente blanco y liso sobre la grieta, se coloreó de manchas blancas por todo el cuerpo y su color se fundió por completo con el de la base en la que yacía. Pero su forma perduró. A veces se elevaba, moviendo suavemente las aletas laterales por encima del fondo y, entonces, debajo de él se extendía su sombra; cuando pasó nadando un pequeño banco de jóvenes salpas, levantó la cabeza y se enderezó en su cola, pero las salpas no se detuvieron y el mero volvió a reposar a su propia sombra. A través de su boca entreabierta y las branquias dilatadas corría un arroyo invisible del mar.
La grieta serpenteaba en un zigzag agudo desde la costa, donde se originaba, por una pendiente suave del suelo hasta un escalón donde empezaba su descenso escarpado hacia la profundidad y donde se desvanecía en la gravilla. Era una grieta larga y profunda, sin fondo. Tal vez sólamente el mero sabía dónde acababa su profundidad, si es que acababa en algún lugar. Cuando el sol alcanzaba el cenit, sus rayos penetraban a mucha profundidad, pero, antes o después, quedaban exhaustos en la oscuridad. Pero la grieta tenía sus superficies planas y balcones y galerías laterales y grietas laterales menores que formaban parte de las redes de pasillos debajo del mismísimo fondo, y allí vivían peces pequeños, algún que otro buey, centollas, cangrejos, algún bogavate pequeño.
Por toda la superficie del fondo se trazaban, entrecruzados, los cordeles de viejos palangres y redes deshechas. En algunas partes había redes envueltas en sí mismas, enganchadas en las piedras del fondo, que se erguían derechas como cipreses en un cementerio; a las horas de la marea, cuando llegaba la corriente, ondeaban a su compás, ora en una dirección ora en otra, dependiendo de la dirección de la corriente, tal como oscilaban la pleamar y la bajamar.
Eran los malos Aku-Akus, con los que la gente marcaba su presencia.
El mero ponía mucho cuidado en no chocar contra esos monumentos erguidos o en no engacharse en los ramales delgados y pérfidos que había en el fondo; y si le ocurría —y hasta que se acostrumbró le había ocurrido— se revolvía como loca partiéndolos todos con su enorme fuerza. Una vez arrastraba, durante unos días un palangre viejo, ceñido en su aleta ventral, y cuando, por fin, se desprendió de él dentro de su agujero, tuvo que salir de allí y mudarse a otro.
La mayoría de los meros más pequeños ya habían sido capturados por los pescadores y, durante los últimos años, también los dentones evitaban el Ombligo del mar. Los cargueros estaban vacíos y ya no había corvallos. Las masas de usatas que antaño poblaban las grietas volcánicas dispersas alrededor de la isla como las patas de una araña, disminuían y se reducían cada vez más. Debajo de las superficies planas vivía aún alguna que otra morena; en primavera aparecieron de una parte desconocida los pulpos y, en verano, las chuclas de color violeta se concentraban aún en nubes alrededor de las rocas y de las grietas, salvando de esta manera tanto al mero como a los pescadores para que pudieran capturar al menos eso.
En casi todas las estaciones del año, el tío Gruje circulaba por todo el archipiélago y también en torno al Ombligo del mar, con su barco de pesca de seriolas. En lo alto del mastil tenía una tabla, en la que estaba el observador observando el mar para divisar bancos de seriolas. Ocurría una o dos veces cada temporada. Entonces cerraban el banco entre el barco y una barca, y lo rodeaban con una red, y todo el archipiélago se alegraba, todos comían seriolas, también los turistas donde Dalton Pešekan, y había ganancia considerable para algunos nativos. Pero el mero no mantenía ningún contacto con las seriolas, vivía a su manera en el fondo, y ellas en el piélago abierto, él solitario, ellas muy juntas, y cada uno de ellos luchaba por sí mismo y por su propia vida.
Así como los pescadores.
CORVALLOS
No daba crédito a sus propios ojos. Junto a Sika de Arroyo, no a más de diez metros de profundidad pastaban los corvallos, entre las hierbas del mar y las placas lisas de piedra. Seguramente había más de veinte. Como una manada de caballos satisfecha y rumiante flotaban por encima de las hierbas, casi sin moverse. Los rayos del sol doraban sus cuellos en forma de hermosos arcos.
Válgame Dios, ¿dónde estaban durante todo ese tiempo en que no aparecían?, se preguntó Sebald. Durante todos esos meses, ¿se ocultaban debajo de las piedras y salían a pastar sólo por la noche? ¿O es que han venido de otra parte? ¿De una profundidad mayor? Pero estaban exactamente en el sitio donde debían de estar siempre. Donde habían estado siempre.
Como si hubiesen venido de un Antes.
Sebald acababa de sumergirse varias veces durante la última hora, y estaba contento con sus capacidades. Alcanzaba los diez metros de profundidad sin problemas. De todas formas, conocía sus límites deportivas. Han aparecido de manera espontánea, a paso indulgente. Primero se le reducían las horas que pasaba en el mar, de ocho a seis, de seis a cuatro, de cuatro a tres, a dos... Después se enrarecían los días. Pasaba cada vez más tiempo en la barca y cada vez menos debajo de ella. Pero nunca había desistido. Así que el mundo submarino seguía siendo su casa, pero con cada vez menos habitaciones. Se le redujo —digamos— al tamaño de una taberna. Lo cual era suficiente para su estancia, y podía seguir contemplando la Lejanía. Porque existía por todas partes y también había existido antes debajo del mar; desde los diez metros de ahora o desde los treinta de antaño, la lejanía seguía siendo la Lejanía, y la profundidad, la Profundidad. Podía conquistar la isla, las dos últimas jamás.
A veces pensaba en el momento cuando este fondo, esta casa, esta habitación única, esta taberna —llegaría a ser una planta imaginada. En la que los peces reirían con socarronería y tintinarían con sus escamas...
Yacía en la superficie del mar, pegado a la pared de una roca, sin moverse.
Los corvallos pastaban.
Los observaba admirado y a pesar de sentir un deseo vehemente de cazar uno de ellos, quedó inmóvil.
Pero los peces lo iban detectando. Uno tras otro empezaron a moverse hacia las placas lisas, sin prisas, como si, en cualquier caso, lo hubiesen planeado. Se hundían debajo de las placas hasta que desapareció el último.
Sólo ahora los siguió. Llenó sus pulmones con aire, se puso cabeza abajo y se deslizó hacia el fondo. Aplicando una buena técnica, uno se ahorra mucha fuerza. Con una cabeza razonable que excluye todo lo demás, excepto el instinto de supervivencia, uno llega lejos. Hasta el fondo, sobre todo si no es más profundo que diez metros, y aquí no lo era; y la vuelta también.
Con una linterna inspeccionó varias grietas debajo de las placas y volvió a la superficie. No había visto ningún corvallo.
En cuanto tomó un respiro hondo, volvió abajo e inspeccionó otras grietas. Los corvallos se habían hundido en el fondo. Se preguntó si siquiera habían estado allí. ¿O sólo los había evocado su vehemente deseo? ¿Se los habrá imaginado?
Había diminutos serranos y doncellas y varias melvas en miniatura que se movían a ras del fondo, pero ya no se veía corvallos, que tenían un tamaño respetable.
Y entonces nadó al otro lado de la roca, se sumergió y debajo de la primera piedra vio a un solo corvallo que le daba la parte lateral; se abanicaba con sus aletas bordeadas de oro, esperando su propia muerte.
Sebald sentía su corazón que latía con la velocidad del corazón de un pájaro cuando lo desenganchaba de la punta. El corazón de Sebald se volcaba al ritmo del de un pájaro.
Y, sin embargo, siguen siendo, se dijo a sí mismo, cuando nadaba de vuelta a la barca, siguen siendo reales. No todo está inventado. No todo es echar botellas en el Océano.
Subió a la superficie detrás de la popa y, por encima de la barranda, al puente de mando. Metió el corvallo en la caja. Tiene un kilo, se dijo a sí mismo, no es suficiente para todos de la terraza de Fiameng, pero bastaría para dos. ¿Para quiénes?
Miró inmediatamente hacia la Placa negra. Allí estaba Ivana con su perra, pero sólo como una de los Aku-Akus.
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